ramos de ellos. Una
de las claves para
dirigir satisfactoria-
mente una clase es
esperar un compor-
tamiento excelente.
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niño, al que llamaremos Billy, había echado a perder sus tres últimas clases, aunque ella trataba de evitarlo. Se enfrenta- ba a la opción de hacer algo drástico o aceptar la posibilidad de que Billy arruinara sus clases para el resto del curso. Decidió decir públicamente a Billy que estaba encantada con tenerlo en su clase y que sus destrezas y su capacidad de liderazgo contribuían en gran medida a lo que ella estaba tratando de conseguir. Al principio, Billy se quedó descon- certado y confundido ante tal atención positiva. La maestra siguió en esa misma línea y cada día encontraba algo que le gustaba de Billy. La historia acaba cuando Billy se convierte en el estudiante líder y colaborador que ella había esperado que fuese.
Saber decir “no”
Hace años, en una conferencia, oí un consejo similar que no he podido olvidar. El orador, que estaba presentando un seminario sobre el desarrollo de un importante plan de gestión de una clase, hablaba de dos letras clave que eran mágicas para lograr un comportamiento de calidad en clase.
Todos nos reímos cuando anunció que esas dos letras eran N y O, y que formaban la palabra NO. Siguió explicando que la palabra no era esencial al tratar con una clase, pero añadió rápidamente que lo mágico estaba en la forma de
decir no. Si la gente pudiese dominar el arte de decir no con cariño, las luchas por el poder que se entablan con algunos
estudiantes disminuirían significativamente.
Por ejemplo, si una alumna, Susana, pide permiso para ir al baño y su maestra se limita a decirle: “no”, sospecho que Su- sana le preguntaría de inmediato: “¿por qué no?”, quedando abierto de par en par el camino hacia un conflicto en aumen- to. En el mismo escenario, si la maestra hubiera respondido: “no, Susana, sé que es importante, pero déjame acabar esta parte de la lección y me lo pides luego”, sería mucho menos probable que se produjera la lucha por el poder.
108 Una escuela para cada estudiante
© narcea, s. a. de ediciones A menudo, lo que se categoriza como mala conducta del estudiante o como el deseo de los estudiantes de hacer pa- sar a propósito un mal rato al profesor, se malinterpreta. Es raro que la mala conducta sea algo personal, aunque a menudo se interpreta así. Los profesores a quienes les cuesta dirigir la clase tienen el don de mandar a los alumnos a los rincones. No dejan ninguna vía de salida a los estudiantes y actúan desconcertados cuando los estudiantes la empren- den verbalmente con ellos. Con frecuencia, lo que molesta al estudiante no tiene nada que ver con el centro escolar ni con el profesor, pero éste acaba dándole un objetivo al que atacar.
Los profesores tienen que ser muy cuidadosos para evitar poner a los estudiantes en situaciones en las que ellos pue- dan quedar mal. Es probable que una crítica pública, como tratar de que admitan su culpa y pidan perdón delante de sus compañeros, cree un problema mayor.
Por ejemplo, si estamos molestos con Mickey porque se ha colado en la fila de la comida y nos acercamos a él, indicán- dole que se vaya al final de la fila, es fácil que el remedio sea peor que la enfermedad. Mickey, que probablemente tiene una bajada de azúcar en sangre y necesita comer, negará que se haya colado o nos desafiará a que hagamos algo con los otros seis chicos que se colaron delante de él. Es muy probable que nos empecinemos en que el chico no se sal- ga con la suya y, de ese modo, sentaremos las bases de un conflicto que crecerá hasta un extremo que no será bueno para nadie. ¿No sería mucho más significativo hablar con él después de comer y en privado? En esa situación, incluso po- demos hacer que nos ayude a determinar una consecuencia adecuada. De este modo, habremos ejemplificado para él una forma madura y respetuosa de resolver un conflicto y el modo de pedir a otros que respondan de sus conductas.
Usar los castigos a nuestro favor
Aunque parezca raro, el castigo es a menudo el proble- ma en situaciones disciplinarias. Cuando nos enfrentamos a una situación problemática con un estudiante, suele haber
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dos respuestas posibles: podemos obligar al estudiante a que cumpla o podemos aconsejarle que cumpla. La pala- bra cumplir es el denominador común a ambas opciones y, aunque podamos mencionar miles de ocasiones en las que hayan funcionado ambas respuestas, yo creo firmemente que el cumplimiento obligado no cambia la conducta a lar- go plazo.
Mickey , el estudiante que se coló en la fila de la comida, también es aficionado a correr por los pasillos. Quiere ser siempre el primero en todo. Los adultos del centro pue- den obligarle a que obedezca. Puede caminar despacio por el pasillo porque sabe que los profesores pueden montar guardia para vigilarlo, pero estoy seguro de que Mickey ca- minará mirando por encima de ambos hombros, buscando el momento en el que ningún profesor lo vigile para echar a correr. Quedarse sin recreo, tener que quedarse en el aula después de las clases o las llamadas a casa no modificarán su comportamiento. Por un lado, él solo quiere llegar el primero y, por otro, disfruta corriendo porque pone en ja- que a los profesores. Se le ha dado poder.
Resulta un poco más lento y más difícil, pero es mucho más beneficioso ayudarle a entender que llegará a casa al mismo tiempo, tanto si corre como si no, o que no tendrá más hambre si es el décimo en la fila de la comida en vez del primero. La idea principal debe ser ayudar a nuestros alumnos y alumnas a comprender que tienen que modi- ficar su comportamiento y ayudarlos a
que aprendan nuevas conductas y acti- tudes.
El hecho de aconsejar a un alumno un cambio de conducta no significa que no se le impongan castigos a veces, sino que estos no constituyen la solu- ción. Yo tenía una norma, ya antigua, con respecto a los castigos: si noto que el castigo que voy a imponer me pro- duce cierta satisfacción, sé que lo hago por razones erróneas.