lograr un equilibrio
entre la realización
de los sueños de los
estudiantes y su éxito
académico general.
© narcea, s. a. de ediciones posible porque nuestro profesorado había mantenido el equilibrio entre la realidad de los problemas de aprendi- zaje de su hijo y su sueño de convertirse algún día en jefe de cocina.
Nunca transmitimos al alumno el mensaje de que no po- dría llegar a ser chef, que no podría ver realizado su sueño, pero tampoco le fomentamos nunca unos sueños de futuro sin dejar muy claro que tenía que afrontar el presente y cumplir sus responsabilidades como estudiante.
11. SER RESILIENTES
Aunque he trabajado en centros escolares durante trein- ta y siete años, cada jornada sigue resultándome un tanto imprevisible. Si es cierto que la escuela es un lugar impre- visible, también podemos suponer siempre que algunas cosas ocurrirán con regularidad. Las cosas ocurren. ¿No le parece, aunque no pueda probarse científicamente, que la mala conducta de los estudiantes aumenta cuando barrun- tan la lluvia? ¿Tiene la sensación de que los días previos a las vacaciones, los estudiantes se muestran un poco más hiperactivos, a causa de que están haciendo planes para esos días? En cuanto cae un poco de nieve, los estudiantes empiezan a moverse, inquietos, previendo la salida anti- cipada de clase. ¿Y no le parece que la ley de Murphy: “si algo puede ir mal, probablemente vaya mal” golpea en los momentos más inoportunos? Todas estas cosas me han su- cedido a mí.
Si tenemos en cuenta que la resiliencia puede definirse como la capacidad de superar rápidamente los efectos de la enfermedad, el cambio o la desgracia o, quizá, como la capacidad de recuperar la forma después de doblar, estirar o comprimir algo, podemos entender su relevancia para la profesión docente. Nuestra forma de responder a lo ines- perado, al estrés o a las tensiones de nuestro trabajo diario con los alumnos define, en muchos sentidos, la medida del éxito que tengamos para alcanzar nuestros objetivos.
Doce principios para ser un profesor excelente 127
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Siebert (2005) señala que la resiliencia es esencial en el mundo de hoy. Afirma: “en el puesto de trabajo, todo el mundo se siente presionado para hacer más, de mejor cali- dad, con menos personas, en menos tiempo y con menos di- nero. En nuestras vidas personales, las cosas están cambian- do con tanta rapidez que todo el mundo debe aprender a ser competente en cambios, a afrontar los contratiempos imprevistos y a superar las adversidades no deseadas”. ¿No parece esto la perfecta descripción de nuestra experiencia cotidianas en la escuela? La buena noticia es que la resi- liencia puede aprenderse, practicarse y desarrollarse con el tiempo.
Dice Siebert que todos nacemos con el potencial para incrementar nuestra capacidad de resiliencia y menciona cinco niveles graduados de esa capacidad. El primero seña- la la necesidad de mantener la salud y la estabilidad y de tener la energía para funcionar a pleno rendimiento. El se- gundo nivel implica nuestra capacidad de afrontar los retos externos que requieren notables competencias de solución de problemas. El siguiente nivel se centra en el yo interno, en como adquirir una autoestima fuerte. En cuarto lugar, Siebert expone los atributos y competencias propios de las personas capaces de recuperarse con facilidad. Por último, el nivel más elevado de la capacidad de recuperación es la capacidad de convertir la desgracia en fortuna.
La información más aplicable a la enseñanza que me ofrece la obra de Siebert es tener en cuenta que, cuando nos enfrentamos a la adversidad:
• Podemos tanto levantar barreras como tender puentes hacia un futuro mejor.
• Podemos aprender a aprovechar nuestra propias capa- cidades innatas para recuperarnos con facilidad.
• En nuestros intentos para recuperarnos de situaciones adversas, podemos desarrollar capacidades que no sa- bíamos que poseyéramos.
Estos puntos pintan un retrato esperanzador y digno de atención del potencial de los educadores resilientes.
© narcea, s. a. de ediciones Nos enfrentamos constantemente a elecciones relativas a nuestra forma de reaccionar ante las situaciones. Pode- mos facilitar experiencias que nos for- talezcan o que nos debiliten y, si busca- mos seriamente las primeras, podemos acabar muy asombrados con nosotros mismos. ¿Ve a un profesor deslumbran- temente capaz de recuperarse cuando se mira a un espejo? ¡Es muy posible!
12. CONSIDERAR LA ENSEñANzA COMO RECOMPENSA DE Sí MISMA
En una ocasión, Arthur Ashe dijo: “con lo que obtene- mos, podemos ganarnos la vida. Lo que damos, sin embar- go, es lo que realmente da vida”. No nos equivoquemos; las personas que ingresan en la profesión docente deben estar dispuestas a crear vida, porque, desde luego, la profesión docente no es la forma más sencilla de ganarse la vida.
Sin embargo, la enseñanza ofrece otras ventajas que no se reflejan en salarios elevados ni en ganancias materiales. Hemos oído algunos de los clichés, como: “enseñar es al- canzar el futuro” o “la enseñanza te permite mantenerte joven”. Según mi experiencia, estos son beneficios muy rea- les asociados a la enseñanza. Nos mantenemos implicados en el entusiasmo propio de la juventud y ayudamos a con- figurar las generaciones futuras. Hay muchas recompensas que, si lo pensamos bien, pueden minimizar la decepción que pudiera suponer el ir por el mundo con un coche de segunda mano.
Según los ya clásicos estudios de Frederick Herzberg acerca de la teoría de la motivación, los salarios, los be- neficios económicos y demás cosas por el estilo no son los elementos motivadores que la gente cree que son. Herz- berg asegura que el logro, el reconocimiento y el trabajo mismo son factores que conducen a una satisfacción extre- ma en el trabajo. Desde luego, ésa ha sido mi experiencia