¡los resultados pue-
den ser maravillosos!
© narcea, s. a. de ediciones
bachillerato. Estábamos tratando de comenzar el procedi- miento de orientación antes que en años precedentes con el fin de dejar más tiempo para completar cuidadosamente el proceso. Me encontré con cierta resistencia inesperada de parte del profesorado cuando propuse empezar a apli- car los programas un curso antes. Al final, uno de los profe- sores expuso los motivos de preocupación y de resistencia: algunos profesores tenían la impresión de que, cuando sus alumnos recibieran su programa de bachillerato, dejarían de trabajar en sus clases actuales, pensando en el futuro.
Me quedé mudo cuando se me pasaron por la cabeza los “síntomas” de los alumnos y alumnas de secundaria aque- jados de “mayoritis”. Recuerdo que pensé que, si la única manera de conseguir que los estudiantes trabajasen en la escuela media era ponerles delante el señuelo del paso al bachillerato, la educación presentaba muchos problemas.
Sin embargo, debía tener cuidado con mis juicios, por- que gran parte de lo que ocurre en el bachillerato está re- lacionado con la preocupación por el ingreso en la universi- dad. En el calor del momento, quisiera haber recordado la cita de Dorothy De Zouche: “Si me pidieran que enumerara diez estupideces educativas, las calificaciones encabezarían la lista. Si no puedo dar a un alumno una razón mejor para estudiar que una nota en un boletín de calificaciones, debo cerrar mi clase, irme a casa y quedarme allí”.
Nuestra brújula educativa para la motivación del es- tudiante tiene que girar en torno al valor intrínseco del aprendizaje y a su interés por aprender. No puede moverse por los números, por obtener determinadas calificaciones. ¿Vamos por el buen camino?
Las escuelas y las universidades de todo el país luchan con lo que parece ser una epidemia de trampas y plagios, cuestión íntimamente relacionada con la de si vamos o no por buen camino. ¿Hay alguna razón convincente de este fenómeno o es que los jóvenes de hoy son simplemente inmorales? Creo que hay muchas culpas que señalar con respecto a la cuestión de la deshonestidad académica en nuestras escuelas. Podríamos empezar por la avaricia de
146 Una escuela para cada estudiante
© narcea, s. a. de ediciones notas, por la presión que se ejerce sobre los estudiantes para que destaquen y por el tono competitivo necesario para conseguir ingresar en los centros universitarios elegi- dos en primera opción.
Podríamos pasar después a la presión que sienten los es- tudiantes para compatibilizar múltiples prioridades, como deportes y presiones sociales. Y no olvidemos las horas de- dicadas a hacer tareas en casa. Después está Internet, con su fácil acceso a palabras, ideas, artículos y respuestas. Si a todo esto añadimos los modelos de deshonestidad que dan los adultos en sus vidas, tendremos que preguntarnos por qué no se hacen aún más trampas.
Me desanimé mucho cuando oí a un educador decir que la cura de la falta de honradez académica estaba en unas consecuencias más duras. Inmediatamente concluí que, simplemente, el educador en cuestión no era capaz de ver los síntomas, tras los actos de falta de honradez académica. Creo que los profesores tienen la responsabilidad de no ser tan rápidos a la hora de categorizar las trampas como un defecto de la personalidad. Es cierto que, en algunos casos, pueden tener razón, pero dudo que todos los que han co- piado una respuesta, o no han citado adecuadamente una fuente o puesto una excusa por no haber hecho una tarea tengan un defecto en su personalidad.
Los profesores tienen que proteger a los jóvenes de sí mismos, porque, evolutivamente, quizá no sean capaces de establecer la correspondencia que existe entre sus actos y las consecuencias que éstos acarrean. Son demasiados los profesores que se limitan a hacer como si las trampas no existiesen y después, caen con rigor sobre el estudiante cuando, “sorprendentemente”, hace la trampa.
Aplaudo a los profesores que trabajan concienzudamen- te para crear tareas a prueba de copia o trabajan incansa- blemente para ayudar a los estudiantes a que aprendan a citar correctamente las fuentes. Creo que los profesores y las profesoras deben disponer de otra manera sus aulas o crear múltiples variaciones de una prueba para dar menos oportunidades de hacer trampas en los exámenes. Creo que
© narcea, s. a. de ediciones
estos esfuerzos extraordinarios demuestran al estudiante que el profesor se preocupa por su desarrollo académico. Refuerza la idea de que las trampas son inaceptables y que su profesor hace todo lo posible para que ellos no caigan en eso. La mejor arma contra la falta de honradez es tratar de prevenirla.
Cuando ocurre, cuando un alumno o una alumna hace trampa, hay que atajarlo con energía. Los estudiantes tie- nen que recibir un cero en esa tarea, hay que advertir a los padres y el estudiante ha de entrevistarse con el director. Es muy eficaz también responsabilizar al estudiante de in- formar a sus padres de lo ocurrido. Los estudiantes tienen que experimentar la incomodidad y la vergüenza para que opten por otro comportamiento en el futuro.
También hay que dar a los estudiantes la oportunidad de reparar el error. Oí hablar a una estudiante de medi- cina de un incidente que le sucedió en su primer curso de bachillerato y le cambió la vida. La dirección del centro ha- bía hablado sobre ella a todos los consejos consultivos de alumnos del instituto en relación con su falta durante el otoño de su segundo curso de bachillerato. La interesada manifestó que, desde ese incidente, nunca había vuelto a contemplar la posibilidad de hacer trampas. Insistió en que la consecuencia de hablar con otras personas de la falta cometida fue mucho más eficaz que bajarle la nota.
Tenemos que ser extremadamente cuidadosos en cuanto al énfasis que pongamos en las calificaciones y todo lo que las acompaña. Personalizar nuestro trabajo con cada estudiante minimiza la competición entre ellos. Encontrar nuestra propia forma de ac- tuar, prescindiendo de las cuestiones superficiales y ayudar a los estudiantes a desarrollar sus competencias acadé- micas y éticas forma parte de nuestra tarea como profesores.