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El último siglo del Imperio Romano occidental

In document La Alta Edad Media (McKitterick, R.) (página 178-181)

A pesar de los dramáticos cambios políticos que rodearon la llegada de los visigodos y de los vándalos a finales del siglo iv y principios del v, la imagen cultural predominante era de estabilidad, lo que no quiere decir que ningún escritor reparara en los desastres, porque un buen número de historiadores y moralistas — particularmente en la Galia y en España— dejaron constancia escrita de ellos con bastante detalle, pero otros evita­ ron con cuidado presentar una impresión de catástrofe.

No obstante, la cultura imperial no era inalterable. Había noveda­ des en la corte imperial. El magister militum Estilicón, de origen bárbaro, es representado en un díptico de marfil vistiendo pantalón — un estilo de vestir que estaba prohibido en Roma en el año 397 y en el 399 (lám i­ na 2)— . Tiene mayor importancia la nueva capital creada cuando Hono­ rio se trasladó de Milán a Rávena, para beneficiarse de la seguridad que ofrecían los pantanos del río Po. Como corresponde a una capital, Ráve­ na ganó nuevos edificios imperiales, si no bajo Honorio (395-423), al me­ nos bajo la influencia de su hermana Gala Placidia ( t 450). En el año 425 ésta construyó una capilla en el palacio dedicada a San Juan, San Giovan- ni Evangelista, para conmemorar la huida milagrosa de ella y su hijo me­ nor, Valentiniano III (425-455), de una tormenta cuando regresaban de Constantinopla para reclamar el trono. La decoración de San Giovanni incluía una serie de retratos de emperadores cristianos y, en el ábside, una pintura de la tormenta de la que San Juan Evangelista había librado al em­ perador joven y a su madre. Gala Placidia también fundó una iglesia dedi­ cada a la Santa Cruz, que tenía una capilla adyacente dedicada a San Lo­ renzo, ahora conocida erróneamente como el Mausoleo de Gala Placidia. Los Anales de Rávena, un registro aparentemente oficial de aconteci­ mientos del que sólo se conserva una copia tardía pero cuyas miniaturas marginales parecen ser una fiel reproducción de las que estaban en el ori­ ginal, están ilustrados con representaciones simbólicas de terremotos y con las cabezas de los traidores ejecutados. Los bárbaros fueron ignora­ dos. El arte de la corte de Rávena, que era esencialmente una ciudad de

nouveau riche, como Constantinopla lo había sido un siglo antes, se pre­ sentaba como un centro legítimo de poder que triunfaba sobre los aspi­ rantes a usurpadores y no afectada por ninguna amenaza externa. Ráve­ na era la nueva capital imperial en Occidente. Como tal, atraería a los

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numerosos gobernantes posteriores, entre ellos a Carlomagno (768-814) y a Otón III.

El arte imperial, en general, estaba pensado para dar una impresión de estabilidad, quizá incluso de rigidez. Aparte de edificios, había estatuas y, bastante más a menudo, retratos imperiales — expuestos en plazas públicas como todavía se exponen las fotografías de figuras presidenciales en mu­ chos países— . La autoridad imperial se manifestaba también en las nume­ rosas ocasiones de entrega de obsequios, las celebraciones de Año Nuevo, las inauguraciones de consulados, los cumpleaños y aniversarios, cuando el emperador distribuía ofrendas de plata como el m issorium de Teodosio. Cada objeto tenía el valor apropiado para su destinatario. Para los altos car­ gos había broches ifibulae), nuevamente, de valor apropiado. Podían ser enviados objetos similares a clientelas fuera del Imperio Romano.

Esta cultura de corte es tan patente en la palabra escrita como lo es en los objetos. Se refleja en los preámbulos de las leyes, incluyendo las pro­ mulgadas por Valentiniano III y sus sucesores, y también se refleja en la li­ teratura panegírica de la corte: discursos en prosa o en verso pronuncia­ dos en alabanza al emperador o a un nuevo cónsul por oradores como Símaco ( t 402) o el poeta Claudiano ( f c. 404). Tales discursos ofrecían la oportunidad de justificar una política, incluso a veces críticas delicadas, pero revestida de la imaginería del mito romano.

La cultura de la corte puede parecer exclusiva, pero era compartida por los literati del Imperio. La educación para la élite era, por encima de todo, una educación en gramática y en retórica. La retórica preparaba al hombre para el alto funcionariado, donde el arte de la persuasión era siempre una necesidad, y también para el ocio, el otium , que era el ideal de cualquier hombre acomodado. La actividad comercial, el negotium, era la negación del ideal de ocio, pero generalmente se suponía que el aristó­ crata debía privarse de vez en cuando de los placeres del otium para servir al Estado. Un senador culto era inevitablemente instruido y tenía la opor­ tunidad de mostrar sus habilidades literarias no sólo en el gobierno o en los tribunales de justicia, o en las hileras de libros de su biblioteca, sino también al escribir una carta, ya que era a través de la comunicación que mantenía lazos de amistad, algo que yacía en el corazón de la sociedad aris­ tocrática romana tardía.

Esta cultura literaria era antigua, remontándose al menos a la antigua República. Había permanecido excepcionalmente imperturbada por la cris­ tianización del Imperio Romano, aunque la Biblia, central como era para la nueva religión, suponía algo más que una obra maestra literaria de acuer­

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do con los valores morales clásicos. De hecho, los cristianos cultos eran los más indicados para mejorar la Biblia con estratagemas tales como su versificación, cuando tenían que renunciar a su amor por la literatura. San Jerónimo ( f 419/420), el magnífico traductor de la Biblia, era un es­ tilista del latín de pies a cabeza — y era consciente del posible conflicto entre los estudios literarios y la vida cristiana, sufriendo una pesadilla por ser demasiado partidario de Cicerón— . San Agustín de Hipona ( t 430), quizá el más grande de todos los teólogos, era un retórico cualificado que había hecho su aprendizaje en la corte imperial. Tanto las habilidades re­ tóricas como la filosofía neoplatónica sostenían su teología. San Jeróni­ mo y San Agustín, como Ambrosio de Milán ( f 397) y Basilio de Cesarea ( t 379), estaban a la vanguardia de los escritores patrísticos latinos y grie­ gos de los siglos iv y v. Sus obras, en particular los comentarios bíblicos, proporcionaban una base para mucha de la erudición del período alto- medieval. Como San Jerónimo, San Agustín también era un gran escritor de cartas, como lo era Paulino de Ñola ( f 431), que hizo quizá más que cualquier otro escritor por transformar la tradición epistolar en un vehícu­ lo para la expresión del amor cristiano, sustituyendo la noción de caritas (erróneamente traducida por «caridad» en la versión autorizada de la Bi­ blia) por la de am icitia (la virtud tradicional de la amistad).

La corte y la aristocracia del Imperio estaban vinculadas por una única, aunque multifacética, cultura literaria. Presentan una imagen del Impe­ rio Romano tardío que puede deslumbrarnos por la importancia funda­ mental del poder militar. Tal poder aflora más claramente en momentos de guerra civil y cuando la amenaza bárbara había escapado completa­ mente al control. Había siempre, sin embargo, un sustrato militar en la cultura romana. Puede verse en los soldados que rodean a Teodosio en su missorium y en el escudo y la lanza que sostiene Estilicón, la espada a su lado y la gran fíb u la militar en su hombro, todo retratado en detalle en su díptico. Puede verse igualmente en la arquitectura de las provincias fronterizas, especialmente la Porta Nigra en Tréveris y en los muros de las dos capitales, Roma y Constantinopla, construidos en tiempos de cri­ sis militar. También es evidente en las numerosas hebillas militares que se encuentran en los cementerios romanos tardíos de las regiones de la fron­ tera: hebillas que a su vez influyeron en el equipo militar bárbaro. Al li­ berar a gran parte de la población del deber del servicio militar y al man­ tener a la mayoría de sus ejércitos cerca de las fronteras, el Imperio había contribuido en gran medida al cisma entre la cultura civil y militar, pero era una división que sería socavada en el siglo v.

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Tampoco fue el ejército el único foco para una cultura distinta de la cultura letrada de la corte y de la aristocracia senatorial. Aunque el Impe­ rio reconocía dos idiomas literarios principales, el latín y el griego, exis­ tían otros idiomas en las provincias. En gran medida, éstos habían sido empujados a la oscuridad, pero pueden encontrarse todavía idiomas tales como el copto y el sirio en el Imperio posterior. Aparecen con frecuencia en contextos religiosos y asociados con los grupos cristianos marginales, bien ascetas o herejes. Son una marca de hasta qué punto incluso la cris­ tiandad estaba constituida de numerosas culturas regionales, divididas por el idioma, la doctrina y los cultos de los santos locales: microcristian- dades, como se las ha denominado.1 En Occidente, los testimonios escritos para este regionalismo lingüístico aparecen quizá alrededor del año 600, un poco después que en Oriente. Esta distinción cronológica puede refle­ jar la escasa conservación de documentos en Occidente, pero es más pro­ bable que, a diferencia de los pueblos de Oriente Medio, los celtas no hubieran tenido anteriormente ninguna tradición significativa de escri­ tura. No obstante, en regiones de Bretaña y en Irlanda, las culturas cel­ tas —-literaria y artística— pronto fueron reconocidas una vez que la alta cultura de la corte imperial y los senadores se habían desvanecido.

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