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La ciudad occidental

In document La Alta Edad Media (McKitterick, R.) (página 120-123)

Muchas ciudades de Occidente carecen de una historia continua. Se sepa­ raron en nexos de asentamientos pequeños, separados por ruinas y espa­ cios reconvertidos para ser utilizados como huertas y viñedos. Fueron po­ blados por unos centenares o unos pocos miles de habitantes. Un centro político y religioso importante como Tours parece haber sido reducido a dos complejos religiosos pequeños durante el período merovingio. Uno está junto a la catedral, en la zona en ruinas dentro de los muros de la ciu­ dad romana; el otro está fuera de los muros, alrededor de la abadía que conservaba las reliquias de san M artín. Ni siquiera Aquisgrán, el centro del Imperio de Carlomagno, era impresionante para los estándares de ciudades romanas como Rávena, Milán, Arles o Tréveris, para los de las ciu­ dades orientales bizantinas contemporáneas o, incluso, para las de la Roma y la Nápoles medievales. En el mundo franco, el poder no se mostraba en la ciudad, sino en la asamblea primaveral (véase el capítulo 1) (y en menor medida en el palacio), donde los magnates se reunían para confirmar los vínculos de fidelidad e intercambiar regalos y ofrendas. Ni la asamblea ni el palacio coinciden con la idea de una capital permanente o, incluso, des­ de el siglo vi en adelante, con una localización en una ciudad. Era radical­ mente diferente para los reyes lombardos o los visigodos, que tenían ca­ pitales urbanas importantes con la corte y la administración permanente en Pavía y Toledo.

Después del año 400, el cristianismo era una religión basada en la ciu­ dad, con comunidades agrupadas alrededor de obispos que eran los líde­ res de su civitas (véase el capítulo 4). La civitas occidental (es decir, la ciu­ dad y su zona circundante) continuó siendo esencialmente un lugar de culto hasta finales del siglo x. Es en este sentido en que uno puede hablar de continuidad en la antigua red urbana, incluidas las ciudades de Euro­ pa noroccidental. De hecho, las excavaciones de la última década han des­ cubierto restos de edificios romanos que habían sido construidos allí mu­ chos años antes. Es principalmente una continuidad funcional que se expresa de un modo sorprendente en la permanencia de la geografía reli­ giosa. Entre los años 400 y 600, la presencia o la ausencia de un obispo era lo que determinaba la supervivencia o la muerte de una ciudad romana. También perduraron asentamientos secundarios durante la alta Edad Me­ dia, y continuaron teniendo una función social, política, administrativa y religiosa en el corazón de una región pequeña.

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El panorama arquitectónico global de la ciudad altomedieval conti­ núa siendo bastante sombrío: los muros de la ciudad desmantelados, las infraestructuras públicas progresivamente abandonadas, edificios saque­ ados, el uso creciente de madera en la construcción de las casas. La única área que es una excepción es la intensa actividad de la construcción de iglesias: cuarenta en la Metz merovingia, veintinueve en París, dieciocho en Lyon y doce en Burdeos. A partir del siglo vil, el trabajo de la cons­ trucción empezó a concentrarse en su mayoría en las abadías que se fun­ daban en el campo. Los reyes francos prefirieron vivir en palacios rurales cercanos en vez de hacerlo en las antiguas ciudades. A un nivel inferior, los magnates laicos y eclesiásticos se decantaron por una variedad de resi­ dencias y ocuparon una red de centros de poder en palacios y castella y en latifundios, en abadías y en antiguos vid.

Otro sistema de intercambio nació durante el mismo período en los límites del mundo franco. A finales del siglo vn, las abadías de la Galia no- roccidental habían dejado de organizar caravanas para ir a buscar aceite de oliva y otros productos mediterráneos traídos de Fos y Marsella. En­ tre el Loira y el Rin, los estuarios de los grandes ríos se convirtieron en puntos de entrada para viajeros, diplomáticos, comerciantes, peregrinos y misioneros a través del Mar de Irlanda, el canal de la Mancha y el Mar del Norte. Algunos francos utilizaban estas rutas. Los marineros anglo­ sajones y frisios activaron el comercio y crearon nuevos asentamientos portuarios.12 Dos de estos emporios son especialmente importantes para la Francia del siglo vil, a saber, Quentovic (en el Canche, en Neustria) y Dorestad (en el curso anterior del Rin, al sur de Utrecht, en la frontera entre Austrasia y Frisia). Al otro lado del mar fueron fundadas Lunden- wich, junto al emplazamiento de la Londres romana, Hamwic, en el lu­ gar de la futura Southampton, e Ipswich en East Anglia. Estos emporios o wiks eran centros de comercio internacional. Otros, como Dublín, Birka, Hedeby o Kiev, son testimonio del comercio estimulado por los daneses, los noruegos y los suecos. No está claro si estos w iks fueron creaciones espontáneas o fundaciones reales. No obstante, los reyes se aprovecharon de su existencia, haciendo de ellos puntos de entrada obligatoria para los comerciantes, donde se recaudaban derechos de aduana y donde tenía lugar el intercambio y refundición de divisas. Junto al puerto había un área industrial donde la gente, como en otros lugares urbanos interiores trabajaban con hueso, cuerno, cuero y metal. Existía también una zona

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agrícola o de horticultura. La dispersión de los hallazgos (salvo la pro­ ducción de alfarería, que está muy concentrada) apunta a una producción doméstica. El papel de los artesanos en la economía rural se reconoce a menudo insuficientemente: la carpintería, la extracción y procesamiento de minerales férricos o la fabricación de armas y herramientas son todos mencionados en los polípticos (las descripciones detalladas de propieda­ des redactadas a partir del siglo ix). La producción textil merece especial consideración. El lino y el cáñamo son un cultivo que exige mucho es­ fuerzo y que emplea mucha mano de obra y eran producidos principal­ mente por granjeros agricultores. La tela era producida en parte por ta­ lleres colectivos (gyn ecea), donde trabajadoras especialistas o esposas de colonos se reunían para hilar, tejer y confeccionar telas. No obstante, el volumen de la producción textil estaba dentro de la familia, como mues­ tra la distribución de hallazgos arqueológicos de artefactos vinculados a la actividad textil.13

La concentración de actividades comerciales en los nuevos wiks o en ferias anuales contrasta enormemente con la situación en Italia y en la Ga­ lia meridional, donde el papel de los «puertos de comercio» era desem­ peñado por ciudades como Comacchio, Venecia, Nápoles o Marsella. En el reino franco, el declive de los w iks había empezado hacia los decenios de 820 y 830, antes de las primeras incursiones vikingas. A partir del año 859, es posible, aunque puede ser una falsa impresión creada por las la­ gunas en las pruebas documentales, que fueran destruidos o abando­ nados emplazamientos a ambos lados del Mar del Norte. En el caso de Dorestad, por ejemplo, el estuario se encenagó. A principios del siglo x hubo lo que puede ser una reanudación de actividades comerciales en los asentamientos de origen romano o un movimiento a nuevos lugares (de Lundenwich a Londres, de Quentovic a Montreuil-sur-Mer, de Dorestad a Tiel y Utrecht). Puede haber habido un vacío en el comercio de Europa noroccidental entre los años c. 870 y c. 920, pero con el florecimiento inin­ terrumpido de otros centros como Dublín, York, Birka, Novgorod y Kiev, es improbable.

La «ruralización» de las élites francas (a partir del siglo vil y no, como se ha dicho durante demasiado tiempo, desde el año 500) tiene como con­ secuencia una dispersión real de lugares de poder a la que puede contra­ ponerse claramente Europa meridional, donde hay indicios convincentes

13 J.-P. Devroey, «On men and women in early medieval serfdom», Past a n d Present

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de la persistencia de una élite y un estilo de vida urbano. Esto puede ex­ plicar la temprana aparición (o la permanencia) en Italia de un «predo­ minio» de ciudades en el campo y el auge de una comunidad participativa y de formas de organización de vida colectiva entre la población urbana en Milán, Pisa o Lucca a finales del siglo ix y en el x. En el noroeste existe de hecho alguna continuidad funcional en la antigua red urbana. Pero la ruptura fue total entre los siglos vil y ix en la función económica de la ciu­ dad, el modo de residencia y de consumo de la élite y la concentración de excedentes agrícolas. Debe esperarse hasta el siglo xi para presenciar la aparición de una nueva civilización urbana en Occidente.

In document La Alta Edad Media (McKitterick, R.) (página 120-123)