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El año 1000 y después

In document La Alta Edad Media (McKitterick, R.) (página 134-136)

Existen pocos historiadores que no hayan adoptado la cesura del siglo x como final o principio de un período. Pero la dificultad más seria de su­ perar es de naturaleza heurística. Las excavaciones de yacimientos rurales del siglo xi son poco frecuentes y ofrecen pocos puntos de comparación con el período anterior, donde los restos de asentamientos abandonados abundan. En cuanto a las fuentes escritas, aparte de su escasez, difieren a menudo en su naturaleza y su interpretación es difícil. Además, muchas instituciones tomaron en el siglo xi determinadas decisiones sobre lo que deseaban que fuera recordado del pasado y, en consecuencia, selecciona­ ron de sus documentos históricos y archivos.26 Otros tipos de fuentes de­ jaron de ser producidas cuando los sistemas que describían fueron subs­ tituidos. Los polípticos son un claro ejemplo. Para fuentes tan detalladas acerca de los derechos y obligaciones de los campesinos como los polípti­ cos carolingios, no es hasta el siglo x i i, con las cartas de franquicia rura­ les, regulaciones y costumarios, que tenemos de nuevo fuentes que ofrez­ can detalles comparables. Es así esencial planear a largo plazo al investigar las instituciones medievales. Tómese el ejemplo del destino del arado de la corvée y los servicios de la mano de obra anotados en los polípticos de finales del siglo x e inicios del xi. El duro trabajo, sobre el que se ha in­ sistido largamente, apenas se menciona ahora. Por otro lado, los antiguos dueños de los latifundios habían diseñado un sistema eficaz y duradero de corvées para asegurar el arado de las tierras cultivables de los dominios. En Romerée, en el sur de la Bélgica actual, hacia el año 1000, la corvée era requerida todavía en su forma «carolingia», a saber, nueve días de arado con tiro; dos de corvées compartidas de un bonnier (aproximadamente dos hectáreas), pero sólo veinticuatro días de trabajo manual, concentrado durante el período más intenso del ciclo agrario, es decir, el de la henifi- cación y el de la cosecha de grano. En Thiais, a principios del siglo xm, los descendientes de los colonos de los mansos listados en el políptico de Saint-Germain-des-Prés, continuaban realizando nueve días de arado. En lugar de tres días de trabajo por semana, el trabajo manual se redujo a un día de siega. Entre el Sambre y el Mosa, en el siglo xii, los antiguos colo­ nos de los mansos eran una minoría entre los aldeanos, con cargos y pri-

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vilegios heredados del pasado, el masuirs (francés antiguo, del m ansiona-

rii latino,). Las estructuras de los antiguos mansos, gradualmente subdivi- didos, todavía son identificables a partir de las referencias a los cuartos de tierras (mansus divididos en cuatro) o a las antiguas parcelas de corvées arrendadas. El campesinado fue obligado a pagar una renta que era una proporción de la cosecha o de la tierra bajo cultivo. Esta tierra compren­ día terrenos desmembrados de los antiguos mansos o tierras ganadas a éste o por desforestación de la tierra yerma. Al mismo tiempo, todos es­ taban sujetos a nuevos cargos, recaudados por persona o para el uso de servicios comunes, como el horno o el molino. Ello significa que poco quedaba del sistema feudal donde una vez hubo florecido. Así, cualquier concepto de crecimiento en la Edad Media no puede depender del mode­ lo de la villa carolingia para entender el siglo X I. No obstante, el dinamis­ mo del latifundio es una indicación decisiva de la expansión rural y de­ mográfica a largo plazo.

En el siglo ix, Flandes, la gran región de desarrollo urbano de Europa noroccidental, era todavía una zona donde el sistema feudal era subdesa- rrollado o marginal. La idea central de Pirenne de un nacim iento de la ciudad medieval en el siglo xi precipitado por el renacimiento del comer­ cio internacional y de la producción industrial debe ser ahora completa­ mente revisada. Para Pirenne, el castrum (el asentamiento fortificado) no sólo no era una ciudad, sino que no tenía ninguna característica urbana. Su población no producía nada y, desde un punto de vista económico, su papel era el de simple consumidor. Sin embargo, la definición de la ciu­ dad medieval también debería tener en cuenta la importancia del con­ sumo en el crecimiento urbano en Flandes y en Italia. La ciudad era un centro de consumo, de producción y de comercio. Junto a los comercian­ tes, es necesario hacer sitio para los otros componentes de la población urbana, a saber, las élites eclesiásticas y laicas, los administradores, la guarnición de la ciudad, los sirvientes y los artesanos y reconocer su pa­ pel como consumidores o vendedores de excedentes de la granja. Te­ niéndolo todo en cuenta, es cuestión de aplicar a los siglos xi y xii una comprensión más amplia de lo que significa una economía de intercam­ bio, de igual manera como los portes de un monasterio carolingio jugaban un papel vital en el comercio del período altomedieval. Tampoco debemos olvidarnos de las actividades de los señores feudales: en el año 1095, los hombres del conde de Hesdin bajaron del valle de Canche al mar (donde había estado Quentovic) con maíz y vino, ¡y trajeron de vuelta sal y pescado!

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El largo y lento desarrollo de las economías

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