El discípulo que penetra en la experiencia de la noche oscura del alma afronta la realidad de la vida y de la muerte en su propia personalidad. Su indesviable ascenso en el camino místico es una callada petición dirigida a los Poderes invisibles para ser capaz de atravesar esa oscuridad que es la muerte mística de todo aquello que, perteneciendo a la vida personal, resulta indigno de vivir en la luz de Cristo. Es un período de ajuste a los valores de la vida en el que conscientemente se han de eliminar y desechar muchas cosas que resultan ser un peso y un obstáculo para el discípulo. Se tra- ta de una época de cierta duración, pues la personalidad es sometida a prueba respecto de aquello en lo que es más vulnerable y se revela ante lo que ella misma ha evocado. El tipo de discípulo que sea, su fortaleza natural y la medida de su evolución pasada, son los factores que determinan de qué modo pasará para el discípulo esta etapa. Pero sean cuales sean los cambios producidos en él como consecuencia de esa purga que es la noche oscura, emergerá de ella una virtud cardinal que constituirá el sello de su discipulado: el espíritu del amor místico nacerá en él, tolerante, amable y enormemente paciente.
Decir que el discípulo debe ser un exponente de amor puede parecer una perogrullada y algo muy manido. La vida de la ortodoxia religiosa se caracteriza por quedar estancada en sus perogru- lladas, estas constituyen un eficaz narcótico para la consciencia-. Pero en el sendero místico existen ciertos lugares comunes que enuncian leyes estrictamente necesarias.
Son leyes básicas del discipulado que dejan de ser meras fórmulas lingüísticas para convertirse en dictados del corazón. Que el discípulo debe amar divinamente es uno de ellos. Raramente nace en nosotros un sentimiento vivo de compasión hacia el sufrimiento de la humanidad hasta que la vida no nos lleva a experimentar algo semejante. Y la vida está tan cargada de diferentes formas de sufrimiento que son pocos los que no sienten alguna simpatía hacia quien sufre. Pero ¿cuántos al- bergan en su corazón y manifiestan al mundo la fuerza y la bendición del amor místico, que en ver- dad consiste, por si lo habíamos olvidado, sencillamente en el amor de Cristo? No es extraño que sean tan pocos los que emulen aquello que sólo raramente es visto. La misión del místico consiste en manifestar e irradiar hacia el mundo esa influencia iluminadora.
Durante la fase de la noche oscura buscamos en vano algún amparo o consuelo en el exterior. Nos ayuda en cierto modo el considerar la experiencia de otros que antes que nosotros atravesa- ron la misma situación y encontraron la recompensa de la paciencia y la fortaleza; pero mientras tanto, nos hallamos solos teniendo que encontrar el camino por nosotros mismos. Depender de otros no constituye una muestra de fortaleza y desarrollo. Eso es lo que la noche oscura tiene que enseñarnos. Y la experiencia es tan intensa y alcanza de tal manera a lo más vital de nuestra exis- tencia, que, mientras la atravesamos, hay poco en la vida humana cuyo significado no comprenda- mos o no podamos valorar correctamente y hacia lo que no mostremos compasión. Las palabras de Pascal, el rostro de Steiner y la angustia de Cristo, pidiendo que pasara de Él el cáliz, regresan de nuevo a nosotros como conmovedora ilustración del «ingreso en la sombra divina» donde se ad- quiere conocimiento experimental sobre la aflicción humana. En aquello que acontece a un alma durante la noche oscura está anunciado aquello que debe acontecer en su momento a todas las almas cuando les llegue la hora. Es esa presencia, esa visión de largo alcance de aquello que ha de ser, la que mata el odio en el corazón del discípulo, suprime el derecho y el privilegio de juzgar la debilidad y el error humanos e infunde el espíritu de compasión que ve en toda la operación y el trabajo de la ley divina.
El albergar una visión empática de la naturaleza humana y una actitud de compasión hacia todo lo que esa visión revela, constituye tan sólo uno de los aspectos de la experiencia que se deriva de la noche oscura; pero es el aspecto más importante, pues determina y estabiliza de una vez por to- das la actitud de uno hacia los demás y le convierte en una vigorosa influencia al servicio del bien. Existen algunos otros aspectos beneficiosos y de particular significado que deben notarse: la liqui- dación del Karma, lo cual tiene un valor fundamental en la evolución del discípulo; la liberación por parte de éste de ciertos obstáculos personales que impedían la libre expresión de su ser más pro- fundo; la consciencia de una amplia e imperturbable fuerza y confianza espiritual que emerge des- de el caos de la vida personal; y por fin, la paz y la certeza respecto del futuro, porque el fuego del alma le ha elevado al lugar que justamente le corresponde como hijo de la divinidad. Es, por tanto, una experiencia que reorienta por completo la psicología del discípulo. Y cada aspecto de la misma se ramifica hondamente en el pasado y encierra su propio y particular interés psicológico y espiri- tual. Obviamente, por tanto, lo que llamamos la noche oscura está muy lejos de ser un término que denote meramente una experiencia emocional que tenga significado sólo para unas pocas mentes impresionables de entre quienes se hallan en el camino. Antes bien se trata de un privilegio espiri- tual ofrecido a unos pocos, para el que los muchos que hay en el camino aún no están preparados. No me agrada la palabra privilegio, porque en el camino místico no hay realmente privilegios. Se lucha para dar cada paso y cada paso se ha de conquistar. Pero, dirigiéndome al ocultista teórico - quien está aún por aprender el valor de la emoción espiritual deseo hacer especial hincapié sobre el hecho de que se corresponde con la naturaleza de un privilegio el recibir esta invitación del alma para la íntima participación en su vida más interior, y que, por tanto, él no puede permitirse des- cuidar la especial preparación emotiva imprescindible para hacerse valedor de tal invitación.
En el capítulo sobre «La Meditación Mística», me referí a la meditación en la naturaleza amoro- sa del alma, como el fundamento para el ascenso en el sendero místico. Al considerar esta práctica desde un estadio más avanzado, el discípulo puede reconocerla como la influencia cultural y purifi- cadora indispensable que ha hecho posible para él todo lo demás. El discípulo aceptará esta verdad con entero asentimiento, pues sabe que el amor abre todas las puertas en el camino místico. En este sentido es sólo del teórico de quien podemos esperar críticas o una actitud de indiferencia. De todas las personas que sufren inhibiciones y represiones, y todos los otros complejos que la psico- logía ha descubierto en los últimos tiempos, el ocultista teórico es a menudo un ejemplo típico. Su intención es buena, tiene buenos propósitos, pero está tan inclinado a concentrar las energías vita- les interiormente para el autodesarrollo, que incluso la expresión más normal de naturaleza emo- cional provoca en él la censura moral. Su evangelio es la concentración en un solo punto y si se desvía mínimamente de él se siente perdido. «Pero así tú no has aprendido a Cristo». Ni siquiera toda la concentración del mundo nos acercaría tanto a Cristo como la práctica de aquello que Pas- cal y Steiner vieron en Él. Esta indicación está dirigida a todos los que nos hallamos en el camino místico. Podemos concentrarnos hasta que nuestros cráneos crujan en un desapego perfecto, pero ello no nos proporcionará un ápice del divino fervor que hizo a Cristo y a estos discípulos perfectos siervos.
A través del contacto íntimo con las vidas de un gran número de aspirantes, he llegado a la con- clusión de que muchos de ellos tienen verdadero miedo a expresar amor en el sentido místico. Puede que dentro de los estrechos límites de una relación personal conozcan el poder y el valor del amor en sus vidas, pero en lo que concierne a la participación en las vidas de otros a través del amor místico, ellos son almas durmientes. Este es un hecho observable y lamentable. Las causas de esta inhibición en la expresión del amor son muchas y variadas y de una naturaleza, psicológica- mente hablando, demasiado remota e íntima como para ser discutidas aquí. Es posible referirse a este hecho únicamente para decir que se trata de una condición que prevalece entre los aspiran- tes. Cada uno tiene su propia problemática que el estudio individual y la reflexión pueden resolver. Debe decirse que en algunos aspirantes el rechazo hacia la participación mística es una forma sub- limada de egoísmo. El remedio estriba en liberarse del dominio de su propia voluntad. Las ideas
sobre la voluntad y el control libremente absorbidas de la literatura oriental son la causa de la mi- tad de los fracasos en el camino místico, o son la causa de que tan pocos alcancen el objetivo que es su deseo en el camino. Lo que necesitan en primer lugar es aprender, con verdadero entendi- miento y humildad, el abandono de la voluntad, para que la bendición que han recibido hasta el momento en el camino sea transmitida a los corazones humanos. El amor del alma que debería fluir libremente hacia todo, es circunscrito y retraído hacia sí mismos por medio de una atención meticulosa para asegurarse la auto-evolución. Como puro ejercicio mental esto tiene su valor, pero no tiene ningún significado místico. Es algo tan ajeno a la vida de Cristo y de los Maestros como lo es el calculado autoaprecio de esos religiosos profesos cuya religión es un disfraz para encubrir las intenciones y propósitos de un alma realmente irreligiosa. ¿Es acaso una proeza que algunas almas simplemente no egoístas, pero que no saben nada acerca del Sendero hagan todo lo que pueden para favorecer al prójimo? Sé que estas son palabras duras, pero las acusaciones de Cristo fueros más duras y verdaderas. La palabra de Cristo fue la palabra más destructiva dirigida contra la humanidad durante dos mil años. Pero había una influencia constructiva tras ella. Los conceptos básicos implantados por Él en la conciencia humana fueron la sacralidad y el valor de la individuali- dad y la necesidad de esfuerzo individual para la ascensión en grado de consciencia; la idea de la unidad de la humanidad a través de la toma de consciencia del alma interior y la participación mística en la vida de los demás a través del amor. En resumen, Él enseñó la responsabilidad indivi- dual; es decir, que sólo gracias a su propio esfuerzo personal puede uno alcanzar la divinidad; que para todos estaban abiertas las mismas posibilidades de realización mística; y que a través de la participación mística y la identificación con Él Mismo, todas las almas alcanzarían la cumbre del sendero místico.
Es un tema muy antiguo. Si la ortodoxia religiosa ha olvidado su importancia, o no lo ha enseña- do nunca, estas no son excusas para el aspirante en el sendero. Éste debe aceptar personalmente esta enseñanza establecida por Cristo y aplicar a su propia vida los conceptos contenidos en ella y todas sus implicaciones al pie de la letra. No supone ningún mérito que el aspirante considere con legítimo disgusto la religión institucional, ese variable pasaporte público para alcanzar posición so- cial y prestigio profesional, si no tiene nada más viril y digno de emulación que poner en su lugar.
Se ha dicho que el grado de amor en un individuo es la medida de su genialidad y que el grado de su egoísmo es la medida de su estrechez mental. Hay una profunda verdad esotérica contenida en esta afirmación. El discípulo en el camino acepta y ejemplifica en su vida los tres conceptos de la vida de Cristo mencionados anteriormente. Acepta la responsabilidad individual en el desarrollo al atravesar las diferentes etapas místicas; en la fase contemplativa contacta con la naturaleza del al- ma y la expresa a través del servicio a la humanidad; y finalmente busca identificarse con todas las almas por medio del amor místico. Esta última fase precisa de gran técnica y requiere grandes dosis de autodisciplina interna. Para el discípulo el grado de su genialidad en el camino se ajustará a la medida de su amor, la disciplina puramente mental u oculta no podrá ocupar su lugar ni podrá mo- dificar este hecho. He conocido discípulos que eran grandes promesas, que poseían dones místicos que les situaban muy por delante de sus semejantes en cuanto a evolución y que sin embargo fra- casaron en una cosa, lo cual les obligó a detenerse como ante una puerta cerrada: no se dieron cuenta del valor, poder y absoluta necesidad de coronar su extensa labor con el amor místico que conduce a la identificación con Cristo y todas las almas. No importa lo elevada que esté el alma, o lo fielmente que siga su disciplina, hasta que no llegue a ser enteramente misericordiosa, suavizada e impregnada de amor místico hacia todos, muriendo a su propia voluntad para que otros puedan ser alzados por medio de la abnegación y olvido de sí misma, no podrá avanzar y hallarse en pre- sencia de quienes han llevado a cabo la última renuncia. Es profundamente verdadero que el grado del propio egoísmo constituye la medida de la propia estrechez mental, incluso aunque esa estre- chez pueda situarse en un plano mucho más elevado que aquél en el que solemos pensar cuando hablamos comúnmente de estrechez mental. ¿Por qué es esto así? Porque la identificación con otras almas a través de la participación en el amor místico puede producirse sólo gracias a una sen-
sibilidad de carácter inspirado hacia esas almas. ¿Cómo podríamos asistir verdaderamente a las al- mas si no fuéramos capaces de penetrar en la naturaleza más interior del alma? Muchos estudian- tes se enorgullecen del conocimiento que poseen de los demás gracias al ejercicio de ciertas artes ocultas, lo cual sin duda es muy interesante y divertido, y posiblemente hasta informativo. Pero el alma es una entidad original y divina y desafía todo cálculo estereotipado en el que se pretenda enmarcar su proceso e influencia. Hacerlo no resulta mucho menos impío que juzgar el alma de un hombre a partir del contorno de su rostro. El discípulo puede utilizar legítimamente estos acceso- rios del conocimiento en su servicio a los demás, pero nunca los considerará como algo básico y decisivo. La sensibilidad de carácter inspirado hacia la atmósfera y la naturaleza del alma es él ver- dadero camino de penetración y de entendimiento, el cual sólo se revela a través del amor. El amor es la cualidad reveladora y de atracción del alma, y es la única llave que nos abre a la comprensión de otras almas. Las etapas de ascenso en el sendero deben dar como resultado, si se llevan a cabo de manera resuelta, un incremento en la sensibilidad hacia la vida en todas sus formas. Cuanto más se retire el discípulo en su interior a una vida consagrada, más empáticamente penetrará en la vida de otros; ambas condiciones son simultáneas en el camino. Cuanto más profundo es el conocimien- to que tiene de su propia alma, mayor será la profundidad de su conocimiento y participación mística en la vida de otras almas.
Esta penetración y participación debe ser tan real y vital para el discípulo, que el problema de otra alma, su naturaleza, tendencia y posibilidades, deben importarle tanto como cualquier otro problema que le concierna a sí mismo. Es esta actitud que lleva a vivir en y con otras almas la que hace crecer en el discípulo una comprensión inspirada de las mismas, le dota de una intuición in- equívoca de su psicología y le inspira el pensamiento y la acción correctos para el beneficio de aquellas. Por medio de esta sensibilidad el discípulo «lee» en las almas sus procesos psicológicos, lo cual, dicho sea de paso, está muy lejos de parecerse a un salaz psicoanálisis o a la psicología de las escuelas. El amor místico no tiene lugar en el ejercicio de la técnica de estas últimas; siendo ésta perspicaz y reveladora como es, un intelecto agudo y juicioso puede dominarla con cierta facilidad y aplicarla de manera útil y honorable, pero tan sólo dentro de los límites de un ámbito desalmado. Lo cierto es que con demasiada frecuencia dicha técnica está tan necesitada de una psicología del alma que clarifique sus propias miras y conclusiones como lo están aquellos a quienes ella misma pretende clarificar.
La verdadera psicología del alma, que es revelada al discípulo por esa sensibilidad inspirada a través de la participación en el amor místico, le lleva a la identificación o unidad con todas las al- mas tal y como enseñó Cristo. Tal es la alta cota del camino místico que estamos considerando. No es fácil de alcanzar, sino que constituye la culminación de una larga disciplina interior en la que el amor es la luz que guía. ¿Pero no deberíamos precisar enfáticamente: amor impersonal? ¡Amor impersonal! Qué profunda y seriamente -y con qué completa unilateralidad han aprendido de me- moria los aspirantes la doctrina del amor impersonal. Cómo se han esforzado para aniquilar sus pobres y hambrientas naturalezas mortales, dado que se ha dicho que los Maestros se hallan por encima de todo lo que concierne a la personalidad y permanecen impasibles ante las pasiones humanas. No creo que esto último sea cierto. Y aunque lo creyera, seguiría pensando que el aspi- rante se confunde queriendo jugar a ser Maestro cuando todavía es meramente un discípulo en potencia. Poseer un poco de buen juicio en la propia perspectiva del camino es una gran gracia y una verdadera bendición para quienes nos rodean. Me inspira simpatía el aspirante que religiosa- mente está imbuido de manera tal en la doctrina del amor impersonal, considerándola el único modo posible de avance, que se ha olvidado de qué es el amor. Aún así él puede argumentar que es uno de los problemas que más perplejidad le causa. Por descontado que puede producir perple- jidad, pero hay algo de ceguera egoísta en el trasfondo de lo que le ocurre. Si hay algo de lo que este mundo está necesitado es de amor, amor personal, el amor de Cristo. Creo que Su amor fue bastante personal. Pienso que la gente con la que se asoció constituye una prueba extensa de ello. Sencillamente Él amó a los hombres y las mujeres, e insistió en que el amor hacia los hombres y a