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Sendero Místico

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Academic year: 2021

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AMORC

GRAN LOGIA ESPAÑOLA C/ Flor de la Viola 16 Urb. «El Farell».

08140 Caldes de Montbui (Barcelona) ESPAÑA Tlf: 93 865 55 22 Fax: 93 865 55 24 www.amorc.es COLECCIÓN ROSACRUZ

Las opiniones expresadas en este libro corresponden al pensamiento de su autor y pueden no representar la postura oficial de la AMORC.

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Esta obra ha sido publicada por la Gran Logia de Lengua Española para Europa, África y Australa-sia de la Antigua y Mística Orden de la Rosa-Cruz, mundialmente conocida bajo las siglas de

«AMORC». Está reconocida en todos los países donde tiene libertad para ejercer sus actividades

co-mo una Orden filosófica, iniciática y tradicional que desde hace siglos, perpetúa bajo forma escrita y oral, el Conocimiento que le han transmitido los sabios del antiguo Egipto, los filósofos de la Grecia antigua, los alquimistas, los templarios, los pensadores iluminados del Renacimiento y los espiritua-listas más eminentes de la época moderna. También conocida bajo la denominación «Orden de la

Ro-sa-Cruz AMORC», no es una religión ni constituye un movimiento socio-político. Tampoco es una

secta.

Siguiendo su lema «La mayor tolerancia dentro de la más estricta independencia», la AMORC no impone ningún dogma, sino que propone sus enseñanzas a todos los que se interesan por lo mejor que ofrece a la humanidad el misticismo, la filosofía, la religión, la ciencia y el arte, a fin de que pue-da alcanzar su reintegración física, mental y espiritual. Entre topue-das las organizaciones filosóficas y místicas, es la única que tiene derecho a utilizar la Rosa-Cruz como símbolo. En este símbolo, que no tiene ninguna connotación religiosa, la cruz representa el cuerpo del hombre y la rosa, su alma que evoluciona al contacto con el mundo terrenal.

Si desea obtener información más concreta sobre la tradición, la historia y las enseñanzas de la AMORC puede escribir a la siguiente dirección y solicitar el envío del folleto titulado «El Dominio

de la Vida».

Antigua y Mística Orden de la Rosa-Cruz C/ Flor de la Viola 16 Urb. «El Farell»

08140 Caldes de Montbui (Barcelona)

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COLECCIÓN ROSACRUZ GRAN LOGIA ESPAÑOLA

Apdo. de Correos 199

08140 Caldes de Montbui (Barcelona) Tlf: 93 865 55 22 Fax: 93 865 55 24 www.edicionesrosacruces.es

Publicado por primera vez con el título “The mystic Way” en 1937 y posteriormente con el título “ The Mystic Path”.

Traducción al castellano: Sofía Rodríguez

ISBN: 84-922111-1-3

Depósito legal: Impresión: Publidisa Edición 2000

©

de la Orden Rosacruz AMORC

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro ni su tratamiento informático ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.

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El Sendero Místico

Raymond Andrea

Antiguo Gran Maestro de la

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Índice

CAPITULO 1

EL CONOCIMIENTO MÍSTICO: SU IMPORTANTE VALOR... 6

CAPITULO 2 LA MEDITACIÓN MÍSTICA ...10 CAPITULO 3 LA MENTE CONTEMPLATIVA...15 CAPITULO 4 LA INSPIRACIÓN MÍSTICA ...21 CAPITULO 5

EL DESPERTAR DEL FUEGO...26

CAPITULO 6 LA NOCHE OSCURA ... 31 CAPITULO 7 EL AMOR MÍSTICO ...35 CAPITULO 8 LA PARTICIPACIÓN MÍSTICA ...40 CAPITULO 9 EL DISCÍPULO MILITANTE ...45 CAPITULO 10

LA SANTIDAD DEL SERVICIO ... 50

CAPITULO 11

LA QUIETUD MÍSTICA ... 55

CAPITULO 12

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CAPITULO 1

EL CONOCIMIENTO MÍSTICO: SU IMPORTATE

VALOR

El misticismo ha estado de tal manera presente en la vida de la humanidad que puede ser tratado justificadamente como un hecho histórico. Por tanto, ya no es considerado como la creencia desva-riada de unos pocos fanáticos de mente errática y comportamiento irresponsable. El misticismo es reconocido como una rama del conocimiento y como una forma de vida. De ser, durante siglos, el es-tudio y la práctica reservada a un círculo privilegiado, cuyos miembros se hallaban dispersos por muchos países, ha llegado a convertirse en tema de ardiente búsqueda para, estudiantes de cualquier clase social, que son atraídos por la cultura más elevada del momento presente. Hace medio siglo (1)

los libros acerca de esta materia eran, para el gran público, comparativamente escasos en Occidente. Hoy, no le faltan a ningún estudiante interesado. Los recónditos tratados de los antiguos maestros han sido rescatados y re-editados, existen en abundancia obras que los comentan, y aquellos que se han especializado en el tema, añaden su testimonio personal al creciente corpus de literatura mística. El renacimiento místico está en alza.

Aunque pueda parecer paradójico, la Iglesia ha sido una de las primeras instituciones públicas en reconocer este renacimiento. Reconocemos rápidamente aquello que está destinado a disminuir o a reemplazar nuestro valor. Por eso la Iglesia ha reconocido al misticismo. La institución que, por en-cima de todas las demás, debería haber sido el mismo templo del misticismo, el vigilante guardián y capaz exponente de su ciencia y de su práctica, lo ha reconocido y lo ha ignorado. De ahí la gran pa-radoja de los tiempos modernos: la Iglesia mística de Cristo está desplazada del mundo; y el bloque de religión institucional que la rechazó, se lamenta de que ha perdido influencia sobre la mente avan-zada que se ha despedido para siempre de credos y dogmas.

La mente evolucionada siempre se ha desembarazado con rapidez de las instituciones. El mismo Maestro lo hizo, porque Él fue el místico supremo. Y el místico de hoy osa seguir su ejemplo. Anti-guamente también lo hizo, pero la persecución le acuciaba, y tenía que esconder su luz y su saber, o perder ambos en una muerte ignominiosa. Hoy no es así. Existe un mayor equilibrio de fuerzas. La mente despierta está afirmando sus libertades y sus prerrogativas, y ni la Iglesia ni el Estado pueden hacerle imposiciones o ponerle trabas. El Estado, a través de la instrumentalización de sus leyes, sa-biamente no intenta ir en contra de la libertad de pensamiento del sujeto. Por otro lado, la Iglesia, consciente de estar sometida públicamente al juicio que de ella hace el mundo intelectual, se resiente de esta posición indigna y rehúsa hacer una discriminación justa: denuncia, tachando de irreligiosos, a todos y cada uno de los que se sitúan fuera de su marco, a pesar de darse cuenta de que ello consti-tuye una tergiversación.

Es necesario decir todo esto, una vez más, aunque sólo sea para destacar el hecho de que la Igle-sia ha perdido su influencia sobre la mente moderna. Es necesario decirlo para animar a aquellos que tienen la confianza de seguir la luz de sus propias almas anhelantes, y de manifestar sin temor la Consciencia Crística a través de sus propias vidas. Esa es la clave de la nueva era. El misticismo no contempla ningún credo, no reconoce ninguno de los amañados artículos de la religión, no se sujeta a ninguna iglesia o teología, ignora la autoridad impuesta de hombres y sacerdotes, y guarda humilde obediencia ante una sola cosa: el espíritu energetizante y vivificador que reside en el interior del templo del alma.

El renacimiento del misticismo comenzó a manifestarse en los primeros años del presente siglo. Surgió bastante repentinamente. La Psychic Research Company y el movimiento New Thought lanza-ron al mundo un torrente de publicaciones que abrió las puertas al desarrollo individual a través de la aplicación del poder mental a los negocios y a la vida cotidiana y captó en todas partes la atención y el interés de la gente reflexiva. El hipnotismo y el magnetismo, la sanación, la magia y la influencia

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personal, y muchos otros temas relacionados con estos, eran abarcados por una amplia sección de esta literatura, gran parte de la cual ha sido, sin duda, aplicada a fines cuestionables. No obstante, la publi-cación de estas obras marcó una época definitiva en la evolución de la mente.

Puso el acento en la libertad mental individual frente al dominio de la Iglesia, las escuelas y la ciencia, y cualquier otra abotargada autoridad. Volvió los ojos del individuo hacia sí mismo, enfati-zando su responsabilidad y sus posibilidades frente a la realidad, e hizo hincapié en la tan necesitada verdad de que aquél debe buscar la evolución de sus capacidades innatas, el logro y el éxito en el mundo por sí mismo.

Una gran parte de esta literatura, como se ha dicho, abarcaba específicamente los mecanismos y métodos para obtener éxito mundano. Ello le bastó para asegurarse una instantánea y ardiente acogi-da; y se le dio un buen uso. Sin embargo, otra parte de estas publicaciones tenía un carácter muy diferen-te: se ocupaba directamente de las posibilidades de evolución espiritual del individuo. Fue entonces cuando el misticismo comenzó a definir su propio ámbito. Para miles de personas ello significó nada menos que un renacimiento en su consciencia. En pocos años, asociaciones y grupos de cultura espiri-tual proliferaron por todas partes. Fueron fundados por quienes, hallándose a la vanguardia de la evo-lución general, y ayudados por el privilegio kármico, ya se encontraban suficientemente adelantados en el sendero místico. A través de la enseñanza directa o de la palabra escrita, diseminaron la antigua verdad de una manera aceptable para miles de dignos buscadores que se hallaban literalmente ham-brientos de una verdadera guía para su vida espiritual; algo de lo cual habían carecido hasta enton-ces.

Veo a esta hueste de buscadores tal y como eran: hombres y mujeres, en su mayoría de una sóli-da cultura general y con buenos conocimientos de música, literatura y ciencia, quienes habían son-deado las profundidades de las filosofías de Occidente y habían sido repelidos, a pesar de sus maravi-llas, por la crudeza materialista de los descubrimientos de una ciencia glorificada. Gentes que, aburri-das de los monótonos discursos de teologías estancaaburri-das, dirigían sus miraaburri-das hacia el lejano horizonte, sintiendo en el fondo de sus corazones que debía haber un modo de salir fuera y más allá de los lími-tes dentro de los cuales discurrían sus pensamientos, sueños y aspiraciones. Había otros, innumera-bles, que se hallaban por detrás de éstos, no siendo tan privilegiados en logros y en cultura, pero que, firmes y anhelantes en su corazón y en su mente, soportaban la misma carga en la vida y esperaban la venida de una nueva luz y una dirección, hacia no sabían muy bien dónde, que proporcionara un sen-tido a su vida y un mejor conocimiento de sí mismos, siendo al mismo tiempo conscientes de que algo les empujaba hacia aquel desconocido objetivo.

Entonces llegó el alba mística y, como si la puerta del Templo hubiera sido abierta para ellos, la hueste completa se adelantó hasta los portales hacia los que habían sido dirigidos inconscientemente a través de los años. Como viniendo de otro mundo, una luz irrumpió sobre estos buscadores; y en verdad era de otro mundo, un mundo ante cuyo umbral habían estado esperando largo tiempo. Nin-guno había osado hasta el momento hablar de ello en la iglesia, la facultad o la sala de lecturas. Al-gunos sabían que hablar hubiera arruinado su reputación. Recuerdo a un pastor del Evangelio a quien regalé algo de la literatura mencionada, esperando que le fuera útil en el ejercicio de su ministerio. Me la devolvió haciéndome notar que él era demasiado racional y, sobre todo, que aquellas ideas estaban en Platón. Quizá sí lo estaban, y también estaban encubiertas, o enigmáticamente reveladas, en las es-crituras de la India o Egipto. Y allí permanecían, para ser objeto de los especulativos malabarismos académicos, y también para ser demostradas por aislados adeptos. Los académicos todavía siguen haciendo juegos malabares con ellas, los eclesiásticos por su parte se distancian; mientras que de las avanzadas huestes de buscadores emergen potenciales adeptos para anunciar la nueva era.

Cuando una idea nueva impacta y toma posesión de la mente que espera, nunca se pierde, y la mente avanza. Así sucedió cuando la idea de la aventura mística como modo de vida penetró en el campo del pensamiento. La espera había sido demasiado larga e intensa como para aceptarla pasi-vamente y después dejarla en el olvido. Fue observada con extraordinario celo e inmediatamente se convirtió en un principio para la conciencia y en un tema para la contemplación profunda. Fue

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com-parada a la filosofía y a la creencia ortodoxa, fue investigada profundamente y tenazmente aplicada, y se encontró que colmaba una necesidad humana donde aquellas habían fracasado profundamente.

Por lo que respecta a los intelectuales y científicos, que mientras tanto habían ocupado sus cáte-dras de autoridad, emitían sus poco inspirados oráculos con medida retórica ante sus seguidores be-neplácitos. El advenimiento de la nueva idea constituyó una prueba dolorosa para ellos. Tenían razón hasta cierto punto, y dentro de una esfera muy limitada: ellos han sido agentes de la educación. Pero se equivocan en la medida en que rehúsan reconocer cualquier posibilidad para la humanidad más allá de su propia visión mundana -a pesar de que una idea más grandiosa que la que ellos habían con-cebido con todos sus potentes accesorios, ha atravesado su terreno y ha trastocado, desde la base hasta la cima, su cuidadosamente erigido edificio de teoría y descubrimiento. Además, la nueva idea asestó un duro golpe al orgullo intelectual de estas autoridades eminentes. Sin embargo, hasta que es-te orgullo no se disipe constituye una fase de la ilusión mundana que debe desaparecer para que la liberación espiritual sea posible. La evolución más allá del plano mental está paralizada. De modo que, como estas autoridades intelectuales continúan aferradas a su orgullo de lógica y perspicacia mental, temerosas de la pérdida de reputación que les ocasionaría cambiar sus fundamentos y dar su aprobación a innovaciones de los no profesionales, resulta que el buscador impersonal e indepen-diente se halla, en verdad, un mundo por delante de ellas, en lo que se refiere a teoría y práctica. Las ideas nuevas que impactan la consciencia pública difieren considerablemente unas de otras en lo que se refiere a fuerza y desarrollo. Por ejemplo, las nuevas ideas históricas y políticas a menudo se aceptan tardíamente y crecen con lentitud, pues penetran un campo de principios y experiencias ya asentados y aceptados, e inmediatamente se someten al tribunal de la autoridad. Estando sujetas a examen y a un celoso escrutinio, eventualmente pueden recibir una violenta oposición por haber amenazado el juicio, o haber añadido algo al conocimiento de aquellos que habían dicho la última palabra en sus respectivas competencias.

Quienes son responsables de las innovaciones saben lo que les espera y están preparados para ello. Sobreviene una fiera controversia, pero la idea resiste allí, a plena luz del día, y no hay forma de derribar-la; hija, como es, de una mente que ha osado cuestionar los cánones de la ortodoxia o ha tenido el vigor de dar un impulso inesperado a la causa de la humanidad. Hemos visto muchos ejemplos de es-ta índole, y ello nos proporciona fe en la secrees-ta omnisciencia del Hombre y en la intrínseca bondad de su corazón.

De no ser por la existencia en el planeta de estos osados innovadores, las costumbres, las institu-ciones de los hombres, las filosofías materialistas y las decadentes teologías, incluso la ciencia y los estatutos y leyes civiles, crucificarían y condenarían el mismo espíritu del Hombre. Estos innovado-res no desprecian lo que hay; reconocen el valor de lo que ha sido; pero no están dispuestos a permi-tir que las cosas continúen como están. Son enemigos, desde su nacimiento, del estancamiento que detiene el desarrollo y dificulta el progreso. Se rebelan contra todo aquello que constriña, detenga o mate el poder innato del pensamiento. En otros tiempos, tuvieron que pagar cara su originalidad; fue-ron sometidos a los tribunales o condenados a la hoguera. Hoy asustan y despiertan gran oposición; pero tan pronto como se han pronunciado, generan un conjunto de partidarios más potente que el de quienes se les oponen, e incluso son respetados, aún cuando no completamente comprendidos. Esto sucede porque traen lo que se necesita y es esperado. La nueva idea penetra como un rayo de luz en la conciencia pública, y allí permanece para germinar y crecer. Y tarde o temprano, dependiendo de su valor específico y su energía, se despliega hacia un fresco horizonte de descubrimiento y esperan-za.

El resurgir del presente ciclo místico fue parecido a esto. La idea era realmente muy antigua y es-taba destinada a emerger en una forma nueva. Apareció conformada de un modo que satisfizo exacta-mente las exigencias de las gentes a las que iba dirigida. La época era propicia, pues había miles que la esperaban. En su presentación más simple anunciaba la urgente verdad de que había un camino de vida en el interior del Hombre que había sido absolutamente ignorado en una época materialista. Hacía hincapié en la verdad de que aquí y ahora, en el corazón sufriente de una humanidad anhelante, existía la lámpara mística del espíritu que, siendo cuidadosamente nutrida, iluminaría el templo

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oscu-ro del dolor y la tristeza, dispersaría las sombras de la perplejidad y el eroscu-ror, y elevaría al ser mortal al rango de lo divino. La idea encontró oposición, pero de un carácter templado y providente, princi-palmente, de los defensores de la ortodoxia religiosa. Estos la desacreditaron porque aseguraban que apartaba al hombre de la adoración y la confianza en Dios y buscaba hacerle autosuficiente y presuntuosamente su propio salvador. Un argumento bastante tosco sobre el que no merece la pena discutir. Sin embargo, la idea redentora creció aprisa y prendió en todos los estratos de la sociedad. Incluso algún instructor religioso, aquí y allá, no pudo resistir su atractivo y su enriquecedora influen-cia, y en vez de en un exponente de la palabra, se convirtió en un oráculo del espíritu. Pero la ley eclesiástica no se anula impunemente, y pronto desapareció. La idea ganó ímpetu a través de los años y, poseyendo una vida enérgica e inmortal, se expandió a través de una literatura de gran cobertura e influencia. Oriente, sede durante siglos del saber místico y de su práctica, consciente del despertar de Occidente a la ciencia del alma, dio amplias muestras de su interés y cooperación aumentando las publicaciones que enseñaban el camino místico y ensanchando los canales de mutuo entendimiento entre ambos. Es por ello por lo que hoy ningún buscador con interés se encontrará falto de guía e instrucción. El misticismo ha dejado su indeleble insignia en el pensamiento occidental, ha desa-fiado la fortaleza de la ortodoxia, y se ha situado a la vanguardia de la cultura y el avance espiritual. Se dice que el misticismo es un hecho en la historia del mundo. Para acercarnos más a este hecho, digamos que el misticismo es la que está dentro del Hombre. La filosofía materialista consiste en el estudio de la interconexión entre las ciencias y sus ramificaciones como partes de un todo orgánico, también es una teoría del conocimiento. El misticismo penetra en el mundo de las causas espirituales subyacentes a los fenómenos revelando las razones profundas de los mismos y de todo conocimiento. La diferencia esencial entre estas interpretaciones objetivas y especulativas y el método del misticismo se resume en una luminosa frase de Mundaka-Upanishad:

«No es aprehendido por el ojo, ni por el discurso, ni por los sentidos, ni a través de ritos y devo-ción, sino que aquél cuyo intelecto está purificado por la luz del conocimiento, contempla aquello que no tiene partes, a través de la meditación.»

Esta simple declaración conduce nuestra mente la consideración del método básico del misticismo: la meditación espiritual. Ésta revela la naturaleza interior del alma y permite desarrollar ese conoci-miento de sí mismo que descubre al Hombre como entidad espiritual perteneciente a un mundo de silenciosas y potentes fuerzas espirituales en el que él vive, se desenvuelve y tiene su ser; el único mundo ante el cual él es responsable y a través del cuya sola ayuda puede «alcanzar la estatura y la

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CAPITULO 2

LA MEDITACIÓN MÍSTICA

La meditación es definida desde diferentes ángulos como una extensión de la concentración, una profunda y continua reflexión acerca de algún tema religioso y, quizá, de modo más adecuado, como un proceso de creación en el silencio. El tema presenta abundantes tecnicismos, si es que elegimos complicarlo a través de una elaborada consideración de los mismos. Sin embargo, por ahora ello es completamente innecesario. No creo que haya un estudiante entre mil de quienes se inician en este tema que tenga dudas sobre el hecho o el acto de la meditación, o acerca de su va-lor, o la considere como una práctica misteriosa o excepcional. A la edad en la que la mayoría de nosotros llegamos al estado adulto, hemos sido llevados a meditar con la frecuencia y la profundi-dad necesarias para alcanzar cualquier objetivo importante, o simplemente para desenvolvernos en la vida. Tal es mi experiencia; y como escribo esto dirigiéndome al buscador y al aspirante en el intento de ofrecerle ayuda, será mi propia experiencia, sea el que fuere su valor, lo que me sirva de guía.

Recuerdo que la primera enseñanza sobre la vida mística con la que me encontré tuvo un carác-ter muy simple. No hubo ni tecnicismos, ni miscarác-terios. Se señalaron los hechos fundamentales sobre la mente y el alma; el objetivo era educar a la primera para que llegara a ser capaz de un reconoci-miento de la última, a través de un proceso de alineareconoci-miento con la misma. Diariamente se propon-ía la visualización de una cualidad en el carácter, o de una condición en la vida que fueran suma-mente necesarias para el estudiante, quien desarrollaba así la capacidad de concentrar su pensa-miento fijamente sobre un tema específico. De ahí el estudiante pasaba, en su momento, a la sus-pensión de toda ideación durante breves intervalos de tiempo, o lo que es lo mismo, a la pura con-centración; es decir, al detenimiento del discurrir de la actividad mental con el propósito de produ-cir una situación de calma y quietud interior. A esto le seguía el proceso meditativo en el que la mente dirige su atención interiormente, sin interrupciones y reconoce la naturaleza del alma, que es amor.

El resultado acumulado de esta práctica hizo tanto, o quizá bastante más, como lo que se hubie-ra podido alcanzar con los varios procedimientos técnicos ofrecidos por muchos maestros. No me-nosprecio las formas elaboradas de meditación para fines específicos; conozco su valor, pero per-tenecen a un estado más avanzado del tema. Aquí pretendemos allanar el camino al aspirante para que le sea posible ascender desde la conciencia objetiva cotidiana hasta una condición de mayor interiorización. Este es el objetivo de toda meditación. El aspirante necesita realizar un cambio en su corazón para recorrer el camino místico y los primeros pasos consisten en una transformación de la actividad mental. Hay muchos otros pasos, pues la meditación es un proceso de ascenso hacia la vida inspirada de la Conciencia Crística, la cual constituye la culminación del sendero místico.

El objetivo de la meditación consiste en realizar un contacto consciente con la vida del alma. El alma ha sido definida como un ente fruto de la unión del Espíritu y la Materia (es decir, un ente que es hijo de Dios y ha tomado un cuerpo) que se ha encarnado con el propósito de manifestar la cua-lidad que expresa la naturaleza de la esencia divina, la cual es amor. A partir de esta definición, se ve claramente el valor específico de la meditación anteriormente descrita como técnica preliminar para conseguir la liberación de la naturaleza esencial del alma. Se elimina todo lo innecesario, to-dos los tecnicismos, toda la parafernalia teórica y especulativa y se dirige la mente, concentrada y entregada, hacia el reconocimiento y la consciencia del alma, de modo que aquella se sature, en la meditación, de esa cualidad presente en el corazón de todos: luminoso amor impersonal. En el Va-gaba Gita, las Upanisadas y otros libros sagrados, se exhorta al aspirante, aunque más ceremonio-samente y con profusión de detalles y referencias técnicas, a que medite constantemente sobre el

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alma como camino místico para alcanzar la iluminación y como modo de liberación ante el imperio de la ilusión mental y el dominio de los sentidos. La toma de consciencia de la naturaleza del alma es objeto de constante referencia en los temas inspirados de todos estos clásicos.

El ascenso del aspirante en el sendero místico consiste en un doble proceso de destrucción y construcción de formas; hasta que consigue penetrar en la vida del alma, la cual carece de forma. El aspirante se encuentra aprisionado en el interior de una forma mental y emocional que ha sido creada por su propia experiencia en la vida: su objetivo es transcenderla. Es un alma cautiva en el interior de una forma que, con dolor y quizás demasiado conscientemente, él ha construido para su propio uso: se trata de la compleja forma de la personalidad que batalla en el ruedo de la vida. Si es firme, estable y está bien capacitada, entonces es afortunado; pues será un vehículo de estudiadas proporciones y resultará eficiente para los usos y los logros propios del mundo de la forma en con-tacto con personas de tipo similar. Es en ese concon-tacto en el que se encuentra su propio modo de vibración específica y el ámbito de su respuesta, mediante los cuales actúa y reacciona ante otros. Pero todo avance, incluso dentro del mundo de la forma, se realiza mediante una serie de imper-ceptibles destrucciones y construcciones de formas. Así es en la vida mental y en la vida material. El cambio continuo es la ley. En lo que se refiere a la vida material, continuamente un modo de res-puesta mejor y más complejo está reemplazando a otro de menor capacidad, igual que en la vida mental, hasta que el ciclo termina por causa de la vejez o de la enfermedad. Para la mayoría de las personas esto tiene lugar sin que se realice por su parte ninguna especulación acerca de la vida del alma, de modo que la forma mental y emocional les constriñe hasta la muerte. En verdad, no es que esta completa dominación a que está sometida el alma pueda detener la evolución en un ciclo de vida. Pero puede alterarla de modo insospechado. Así pues, el alma puede atravesar el ciclo de una vida y permanecer cautiva de la forma para el siguiente ciclo; o, por el contrario, el aspirante puede proponerse la tarea de emprender el camino místico y, a través de un aumento de su cons-ciencia, de su frecuencia vibratoria y de su capacidad de apaciguamiento, transcender la forma que le aprisiona en el plano mental y emocional. De este modo construirá una nueva forma, mejor y de un carácter más idóneo que permitirá al alma establecer un camino de contacto con la personali-dad tripartita.

Meditar en el espíritu que mora en el interior de nuestra alma, el Hijo del amor, constituye el proceso de construcción de la forma que permite el ascenso en el sendero místico. Hablamos de destrucción y construcción de formas. Estos términos sugieren algo duro y drástico; y no es esta la impresión más afortunada, pero no tenemos más remedio que acudir a palabras comunes en el in-tento de definir y describir las sutiles transformaciones de la vida interior. Sin embargo, el proceso de cambio en este ámbito no es menos imperceptible que en el caso de los procesos físicos y men-tales. Consiste realmente en una repolarización de la consciencia; se trata de dirigir la energía vital hacia dentro, hasta llegar a los estratos más profundos del ser, en lugar de dirigirla hacia el plano puramente mental y objetivo del pensamiento y de la acción. No hay nada misterioso en esta idea de la repolarización dé la consciencia. A poco que reflexione, el aspirante quedará convencido de cuan firmemente está atrapado en el interior de la forma de su «yo» personal, de su mente con sus opiniones y puntos de vista, de sus razonamientos y de su continua sujeción a la influencia y la agi-tación de la vida sensorial. Se dará cuenta de todo ello especialmente al recordar esos raros mentos que ocurren cuando la mente es llevada, más allá de sí misma, hacia un contacto mo-mentáneo con la vida del alma, cuando se halla bajo la influencia de la palabra o la obra de los ge-nios del mundo de la literatura, la música o el arte. En ese momento, el alma habla al alma, recono-ce su verdadera naturaleza expresada en otros y comprende cuáles son sus propias posibilidades. En este caso se trataría de una repolarización de la consciencia realizada involuntariamente, en la que, repentinamente, se transciende la forma personal, la amplitud de su respuesta se extiende y su frecuencia normal de vibración se eleva hasta una dimensión más amplia, como consecuencia de la influencia y la inspiración que emanan de una mente que funciona en una esfera más elevada y con la que se entra de alguna manera en contacto. Todo esto es un anticipo de lo que la técnica del

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camino místico permitirá realizar al aspirante a voluntad, de manera consciente y por sí mismo. También constituye una prueba concluyente para él de que la consciencia mental y la consciencia del alma son dos organismos distintos, con valores y posibilidades enormemente diferenciados. Una funciona en el interior de la forma que se ha impuesto a sí misma y está circunscrita por ella; la otra no tiene forma y es fuente de amor divino y de toda inspiración. A través de la meditación, el aspirante debe construir una nueva forma que sirva de puente entre ambas, hasta que la forma del yo personal quede sobrepasada y sea posible el libre acceso a la esfera del alma. Cuando, más ade-lante en el camino, el alma domine verdaderamente e inspire completamente la vida personal, aquella nueva y mejor forma ya no será necesaria por más tiempo y desaparecerá; porque enton-ces existe una constante interacción entre la mente y el alma; y la inspiración que adscribimos al genio, llega a ser en el místico una función normal de la comunión con el alma.

Víctor Hugo expresa muy fecundamente este contacto con el alma a través de la meditación. Siendo él mismo un escritor inspirado y de notable capacidad y lucidez, describe en el siguiente pa-saje, con singular claridad y verdad, el paso más allá de la forma mental hacia la esfera del alma, a través de una repolarización de la consciencia y del duradero efecto que este proceso ejerce en la mente:

«Todo hombre lleva en su interior su Patmos. Es libre de subir o no hasta ese temible

promonto-rio del pensamiento desde donde uno percibe la sombra. Si no sube, entonces permanece en la vida corriente, con una consciencia común, con la virtud común, la fe común, o la duda común; y está bien. Para preservar la paz interna es, evidentemente, lo mejor. Si, por el contrario, alcanza aquellas alturas, queda cautivo. Las profundas olas de lo maravilloso se muestran ante él. Pero nadie vis-lumbra impunemente ese océano, en lo sucesivo él será el pensador; dilatado, engrandecido, pero flotante; es decir, el soñador. Tendrá algo de poeta y de profeta. Desde ese momento, una parte de él pertenece a la sombra. Algún elemento de lo ilimitado penetra en su vida, en su consciencia, en su virtud, en su filosofía.

Poseyendo una estatura diferente a otros hombres, parece extraordinario ante los ojos de estos. Tiene deberes que ellos no tienen. Vive inmerso en una especie de oración difusa y, de modo verda-deramente singular, se aferra a una indeterminada certeza que él llama Dios. En ese crepúsculo dis-tingue bastante de lo que pertenece a la vida anterior y suficiente de lo que pertenece a la vida fu-tura, como para asir estos dos extremos de oscura hebra y con ellos ligar su alma a la vida. Aquél que ha bebido, beberá; aquél que ha soñado, soñará. No abandonará ese fascinante abismo, ese sonido de lo insondable, esa indiferencia hacia el mundo y hacia la vida, esa incursión en lo prohibi-do, ese esfuerzo por tocar lo impalpable y ver lo invisible; sino que de nuevo volverá, se acercará y se inclinará hacia ello; dará un paso, luego otro y, de este modo, penetrará en lo impenetrable y así encontrará la ilimitada liberación en la meditación infinita.»

En verdad cada aspirante posee dentro de sí su propia Patmos. Lo que puede implicar su deci-sión de descubrirla, explorarla y habitarla, puede ser considerado más adelante. Hasta aquí hemos estado reflexionando sobre la forma que él debe transcender y sobre la forma que debe construir con el fin de realizar aquél descubrimiento. Hemos planteado esto de la manera más simple posi-ble. Aunque se puede convertir este asunto, y a menudo así ocurre, en una materia abstrusa y complicada introduciendo fórmulas técnicas, u oscureciendo el tema mediante observaciones y re-ferencias simbólicas y ritualísticas; todo ello conduce, al final, a la perplejidad y al desconcierto tan-to al estudiante práctico como al no iniciado. Pero la cuestión que se presenta ante el aspirante es simple. O bien elige permanecer prisionero pues un prisionero es en el interior de la forma mental y emocional que la experiencia en el mundo objetivo le ha compelido a construir para sus múltiples contactos y usos, o bien va más allá de la frontera de esa existencia limitada y penetra en el reino místico del alma que está esperando ser descubierto. Su decisión en favor de lo último implica que acepta y asume la verdad básica del misticismo: que él no es un ser mental en busca de una especie

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de nebulosa y evasiva entidad conocida con el nombre de alma; sino que, por el contrario, él es una entidad espiritual, una fuerza que, a pesar de no ser reconocida, siendo el centro de su mismo ser, mantiene, nutre y dota de energía su vida mental, emocional y corporal. Es este cambio de pers-pectiva desde la periferia al centro lo que inaugura la edificación de la nueva forma, la línea de co-municación y transmisión, que su meditación debe construir, estabilizar y poner en uso cotidiana-mente.

Un ejemplo de construcción de una forma en la vida mental, puede ofrecer posterior clarifica-ción del tema al aspirante que comienza el camino. También puede mostrarle cómo se establece y dota de vida la línea de comunicación con el alma, de manera que llega a ser un vehículo de trans-misión de las potencialidades del alma hacia la vida personal. Por poner un caso hipotético, un as-pirante siente una gran afición por la música y alberga el deseo de emular a un gran maestro de la misma. La obra de este maestro es un ideal de transcendental influencia para el aspirante y consti-tuye una fuente de continua meditación para él. Reflexiona sobre ella y de alguna manera puede decirse que vive en ella. Pues ella constituye una fuerza de atracción mayor que cualquier otra cosa en su vida. Siempre que su mente está libre de ocupaciones mundanas, automáticamente retorna a su mundo ideal de ciencia y expresión artísticas. Ejerce una influencia tan poderosa sobre él, que su propio carácter musical y su ejecución artística manifiestan más y más la forma y características de lo que constituye su ideal. Verdaderamente él construye, con una materia emocional y mental, la línea de comunicación entre sí mismo y su ideal. Se proyecta a sí mismo hacia él y piensa con y en él. Su intenso amor por él le abre un camino de respuesta mediante el cual su comprensión se en-sancha, sus capacidades conceptuales se expanden, su habilidad para componer e interpretar se desarrolla y su vida musical entera se realza a consecuencia de este proceso de relación empática entre su propio mundo y el de su maestro artista.

Lo mismo ocurre en la construcción de la nueva forma en la meditación. El aspirante parte de la concepción, fundamental para todo su trabajo, de que él es una entidad espiritual, de que un alma de amor constituye el centro de su ser; a partir de ahí, el aspirante mora constantemente en el pensamiento de esa naturaleza esencial de amor, al mismo tiempo que busca expresarla en un proceso triádico de actividad en los planos físico, emocional y mental. Realizando esto, se hallará introducido en un método con gran potencia y de demostrada precisión. El alma, que es un reflejo del Amor Impersonal fuente de la existencia humana, responderá a aquél reconocimiento. Y este es el primer descubrimiento que habrá realizado: el alma estaba esperando que la mente la recono-ciese. El alma espera ser liberada del ocultamiento y el silencio que la forma establecida de la per-sonalidad le impone. Y tan pronto como se construye la línea de comunicación mediante el recono-cimiento y la meditación en la naturaleza del alma, se produce un efecto en el ser personal: la vi-bración de éste se va elevando imperceptiblemente, se cultiva y adquiere el tono y el color de aquella augusta influencia. Practicando la meditación de manera habitual, se fortalece aquella línea de comunicación y se ensancha el canal de transmisión, hasta que la forma mental resulta insufi-ciente y el tono del alma resuena permanentemente en la personalidad.

¿No supone esto una renuncia a la forma de la personalidad, un abandono de los valores menta-les? De ningún modo. Con seguridad no más que el abandono de valores que pueda decirse que está realizando el aspirante a músico cuando se supera a sí mismo mediante la construcción de una forma de devoción, para acceder a la obra del maestro que constituye su ideal. Antes al contrario, aquél reconoce a cada paso el efecto reflejo que produce su devoción y sabe que sale fortalecido con nuevas ideas e inspiración, convirtiéndose en el centro de atracción para todos aquellos que son sensibles a su tono mental en el mundo de su arte. Lo mismo ocurre con el estudiante de la meditación que se instala en el amor místico y luminoso del alma. La influencia de esa comunión no queda restringida a su personalidad, sino que se irradia hasta los confines del mundo y, como una luz poderosa, atrae hacia sí todo lo que enaltece y es beneficioso en los hombres y en las circuns-tancias. Todo lo que es abandonado, o lo que automáticamente desaparece en él, no merecía la

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pena conservarse. Todo lo que viene a él tiene un valor eterno y eleva todo lo que él posee hacia un nuevo nivel de vida y acción. Es una verdad simple, pero muy difícil de aceptar por parte de la mente dominante de Occidente. Es difícil darse cuenta de que la naturaleza inofensiva y compasiva del alma puede mantenerse firme frente al tono dominante y agresivo de la vida mental; y más difícil todavía pensar que puede transcenderla y comprender para qué sirve esto. El aspirante debe experimentarlo y ponerlo a prueba. Quienes lo han hecho, pueden dar fe de los nuevos valores que han descubierto.

Así pues, como ya se ha dicho, cuando se construye la nueva y mejor forma, el alma responde ante ello, la vibración de la personalidad se eleva y tiene lugar paulatinamente la repolarización de la consciencia. La personalidad siente la fuerza energetizante y vitalizante del alma. Además, la in-fluencia de esa forma más sutil, incide silenciosamente en otras almas y atrae el bien hacia ellas. Este es uno de los hechos más impresionantes que observa el aspirante cuando sigue el camino místico: aquellos con quienes contacta reaccionan sensiblemente ante el tono de la vida del alma. Esto sucede porque él ya no les considera meramente como personalidades, sino como almas que están evolucionando; es esa actitud al aproximarse hacia ellos lo que despierta un tono determina-do en su respuesta. Esto no nos debe resultar extraño si recordamos que el alma es la misma en todos y está sujeta en todos a las mismas leyes de evolución y expresión. Por otra parte, la nueva forma que sirve de enlace entre el alma y la personalidad, está íntimamente asociada y en unidad con la jerarquía invisible de Maestros y Poderes, quienes conocen su vida y velan por su progreso y por el sincero aprovechamiento de cada oportunidad que se le ofrece para recorrer el camino de la comunión consciente con Ellos. Es por esto por lo que aquella forma, no sólo asegura al aspirante la continua cooperación del alma interior en todas sus actividades, sino que también le acercará más y más al íntimo conocimiento de estos Altos Poderes, quienes permanecen preparados para ayu-darle en todo el proceso y eventualmente equiparle como aspirante entrenado y experimentado con ulteriores facultades y sentidos para que los use en alguna forma de servicio al mundo.

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CAPÍTULO 3

LA MENTE CONTEMPLATIVA

A través de la meditación el aspirante realiza la experiencia de entrar en contacto con la natura-leza del alma. Establece una línea directa de comunicación entre la personalidad y la entidad espiri-tual que es el fundamento y la causa de su manifestación triádica en los planos físico, emocional y mental. Hasta entonces había estado polarizado firmemente en el interior de esta forma triádica; a partir de ahora, traslada imperceptiblemente la polaridad de su consciencia y vive conscientemen-te desde una condición más inconscientemen-teriorizada y más elevada en la que confluyen poconscientemen-tenconscientemen-tes fuerzas espi-rituales. El hábito de la meditación acrecienta en él la consciencia de la intencionada influencia - y de la realidad - del centro espiritual que constituye el corazón de la vida. Por ello, incluso la mejor de las formas de enlace entre la personalidad y la naturaleza del alma construida en la meditación, acaba perdiendo definición y es finalmente desechada, en la medida en que el aspirante permane-ce en un estado de contemplación de la vida del alma.

Del mismo modo que la meditación constituye una extensión de la concentración, así la con-templación puede ser considerada como una intensificación de la meditación. Muchos manuales establecen una clara distinción entre meditación y contemplación. En el contexto presente esta es una distinción que implica muy pocas diferencias. La definición más simple de «meditación» es: «seria contemplación de un tema u objeto»; y la de «contemplación», «acción meditativa». De modo que son términos intercambiables. Así, la meditación, en lo que se refiere a su aplicación es-piritual, se define como una minuciosa investigación y análisis de la vida interior; y la contempla-ción como una profunda y reposada recepcontempla-ción de lo que esa vida interior proporciona. Pero ya hemos definido la meditación como el proceso en el que se establece una forma de contacto cons-ciente con la naturaleza del alma. En la contemplación, sin embargo, se dice que la forma no nos concierne, sino el alma o la vida. Como quiera que tal es nuestro propósito conocer la naturaleza del alma la contemplación puede ser justamente considerada como una forma intensificada de meditación.

Es interesante señalar que en los famosos Ejercicios Espirituales de San Ignacio, los términos meditación y contemplación se usan de manera intercambiable, entendiéndose como una exhaus-tiva exploración y toma de conciencia de las materias que se presentan a quien realiza dichos ejer-cicios. Este recibe una serie de temas para la contemplación diaria acerca del Reino de Cristo y se le ordena meditar de acuerdo con determinadas líneas de pensamiento que apuntan a la vida y el mi-nisterio de Cristo; todo ello con el fin de recrear y experimentar en su interior, en el acto de su de-voción, la belleza, el poder y la pasión del Hombre Ideal. Se observará que esto es de alguna mane-ra análogo a lo que el aspimane-rante tiene que hacer mientmane-ras construye una mejor forma de enlace en-tre la personalidad y el alma; con la excepción de que quien sigue los Ejercicios Espirituales está obligado en su tarea por unas creencias eclesiásticas y teológicas, y por unas aplicaciones de carác-ter personal, que aún cuando ennoblecen la vida, sin embargo fracasan a la hora de permitir la libre expresión del alma. De cualquier forma, el hecho es que este manual, que ha sido durante siglos uno de los sistemas más apreciados de disciplina espiritual en la Comunión Romana y entre quienes pertenecen a la vida monástica, ordena en sus contemplaciones que el ejercitante medite punto por punto sobre los acontecimientos históricos de la vida del Maestro, tal y como se describen en las escrituras, hasta que el significado y el contenido emocional de dichos acontecimientos cobren vida en la mente y en el corazón del meditador. Este recibe entonces la indicación de preguntarse a sí mismo: «¿Quién es Cristo?» «¿Por qué realiza esto?» «¿Por qué evita aquello?» «¿Qué suponen o

sugieren sus mandatos y su ejemplo?» Dicho de otro modo, se le empuja a realizar una profunda

reflexión personal, quizás la primera que lleva a cabo en su vida, al menos acerca de temas tan transcendentales. Inevitablemente sus pensamientos le conducirán a la introspección y se

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pregun-tará por qué la paciencia, la humildad, la mansedumbre, la obediencia y otras virtudes que se en-cuentran de manera tan vivida en la personalidad del Hombre Ideal, son sin embargo tan débiles o carecen de existencia en su propio espíritu. El escrutinio de la conciencia, el cual no consiste sino en autoconocimiento, es uno de los ejercicios más importantes, pues nos ayuda a descubrir aquello en lo que quizás nunca antes habíamos parado mientes, a saber: que en la profundidad de nuestras naturalezas hay tendencias, inclinaciones, gustos, aversiones, afectos, pasiones, que constituyen fuerzas que, por lo general, controlan prácticamente todos nuestros actos; y que algunas de estas tendencias o inclinaciones benefician, mientras que otras perjudican, nuestro crecimiento en vir-tud. Aquellas que no ayudan, sino que impiden nuestro progreso espiritual o nos previenen contra él, son llamadas por San Ignacio afectos desordenados; esto es, tendencias que no están en orden, que no están directamente ordenadas a la consecución de la plenitud y la perfección del carácter humano, sino que, por el contrario, conducen en la dirección opuesta. La mente bien equilibrada luchará contra dichas tendencias de tal manera que pueda realizar sus propios juicios y decidir su propio curso de acción tanto en las cosas importantes como en las de menor transcendencia sin estar movida por la presión, el sometimiento o el peso de las pasiones. Considerará los hechos de acuerdo con la fría luz de la razón y la verdad revelada, y así empleará toda energía en llevar a cabo su propósito de avance espiritual.

No he citado la anterior autoridad con el objeto de hacer una advocación de los Ejercicios Espiri-tuales como un método adecuado para el aspirante en el sendero, sino como un ejemplo de la lógi-ca y de la técnilógi-ca de investigación que el ejercitante emplea en su vida contemplativa. Su inadecua-ción para el aspirante estriba en que el procedimiento adoptado es morbosamente introspectivo y fija la atención continua y minuciosamente en las imperfecciones de la mente y el corazón; y en lu-gar de establecer la consciencia sobre el alma, tiende a confinarla en el interior de la forma triparti-ta de la cual precisamente el aspirante tiene la intención de liberarse. Pues aunque es cierto que la vida contemplativa es obstaculizada por las imperfecciones de naturaleza moral, sin embargo las virtudes morales no pertenecen a la vida contemplativa de manera esencial, dado que el fin de la vida contemplativa es la consideración de la verdad. La vida contemplativa implica un solo acto, que es la contemplación de la verdad. Y debe recordarse que el aspirante no pasa de golpe desde la fase meditativa, durante la cual está construyendo una mejor forma para penetrar en la naturaleza del alma, a la vida contemplativa. En el transcurso de esa fase en la que tiene lugar la repolariza-ción gradual de la consciencia, hay una vida que vivir, y mucho que hacer de una importancia y una profundidad nada despreciables. Es entonces cuando el aspirante está desarrollando las virtudes morales, las cualidades místicas esenciales sobre las que podrá descansar, de modo seguro, la vida contemplativa. No se espera que, la vida personal tripartita que trae con él, para la tarea esté ya modelada, lista y a mano para enfrentarse a las exigencias de una vibración tan intensa sin necesi-dad de disciplina. Ello nunca ocurre, no importa cuál sea el estatus intelectual o la preparación mo-ral del aspirante. De hecho, cuanto más eficientes y estables son estos factores, a menudo es ma-yor la necesidad de destruir la forma normal establecida de ambos. Y aunque pueda parecer heré-tico e imperdonable, el hombre notoriamente bueno puede que sea quien más tenga que hacer en aquél sentido. ¿Ha pensado alguna vez el aspirante cómo puede estorbarle y cegarle una virtud? Se percatará de ello en el sendero místico mejor que de ningún otro modo. La introspección es útil y puede enseñarle cosas; pero también puede conducirle a poner tal énfasis en sus virtudes de ma-nera que llegue a pasar por alto, no ya sus vicios, sino su propio egocentrismo. La fase meditativa le enseñará que el amor del alma está más allá de la virtud y la no-virtud; que es compasión en la ac-ción, y demanda un nuevo código de valores y un modelo ético diferente.

El aspirante apreciará este bello apunte místico: «La mente contemplativa sobrepasa toda

zozo-bra y sólo anhela admirar el rostro de su Creador.» También está escrito que «al contemplar, o in-cluso en el mero intento de contemplar el misterio de su propia naturaleza más elevada, uno mismo provoca que la prueba inicial se precipite sobre él.» La prueba sobreviene a consecuencia de la

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so-brepasado la forma de ésta última y reconoce las limitaciones inherentes a ella. Se ha situado un poco más adelante que su ego anterior y se convierte en un crítico de ese ego. Esto mismo consti-tuye una prueba, pues no hay nada tan desconcertante como llegar a darnos cuenta de quienes somos. A veces el estudiante se siente tan enojosamente humillado ante lo que descubre en su primer intento de observar la realidad de sí mismo, que nada le induce a proseguir en él, y de ese modo el buen trabajo queda interrumpido. No puede soportar la contemplación de su propia debi-lidad su fuerza lo es todo y se retira a la forma en la que se siente a salvo de estas perturbaciones, hasta que alguna feliz catástrofe en la vida le ayuda a destruir esa ilusión. En los casos de este tipo, el aspirante, por lo general, ha emprendido la búsqueda llevado por la mera curiosidad, o arrastra-do por la persuasión de otros, sin esa cierta preparación mental que es necesaria para pagar el pre-cio del avance y el conocimiento. Pero en cualquier área de la vida de que se trate, dice muy poco en favor de un alumno el que no esté preparado para aceptar las incomodidades inherentes al re-ajuste que, necesariamente, implica cualquier disciplina. Es un rasgo curioso de la naturaleza humana que un estudiante de un arte o una ciencia trabaje, se sacrifique y sufra cualquier priva-ción, para alcanzar resultados excelentes en ellos; para que su vida personal se enriquezca y res-plandezca con un lustre prestado; y sin embargo se cuestione el valor, o se retire, ante una discipli-na más íntima que le conducirá hasta la misma fuente de la inspiración y del genio en su propio in-terior. Pues nada menos que esto constituye el objetivo y el fin de la vida contemplativa. Pero ello tiene su precio y exige una disciplina no menos decisiva y laboriosa, aunque sí mucho más sutil y delicada, que la que demanda cualquier adquisición intelectual. Un aspirante, por lo general, no emprende este camino de manera incondicionalmente resuelta, y raramente alcanza la verdadera contemplación hasta haber agotado sus recursos mentales. Considérese el asunto, se requiere una singular fortaleza que tiene que haber sido generada en la personalidad, antes de que un estudian-te esté preparado para buscar la paz y el reposo del alma y pueda soportar esa fuerza, esa estudian-tensión y esa dominación inspiradora. «La vida contemplativa es dulzura extremadamente amable.» Esto suena muy contradictorio respecto de la vida activa que se exige al místico práctico. Pero nótese lo siguiente:

«Aquellos que deseen ocupar la fortaleza de la contemplación tienen primero que entrenarse en

el campo de la acción.» Esta afirmación complementa la anterior. Es la intensa vida de acción, lo

que equipa al aspirante para pagar el precio de la disciplina que, le capacita para ocupar la fortale-za de la contemplación. Y es justamente porque algunos aspirantes comienfortale-zan el camino con gran-des esperanzas de adentrarse en lo misterioso y lo mágico sin un sólido bagaje moral y mental en el que apoyarse, e intentan asaltar los precintos sagrados del alma sin estar preparados, por lo que son arrojados fuera hacia su propia impericia, como por una mano invisible y violenta, y de ese modo se les muestra que no pueden invocar impunemente al sagrado guardián de su propio ser inmortal.

Al construir una mejor forma de acceso al alma a través de la meditación se invoca al guardián de la entrada. La voz de la conciencia resuena en la vida personal con un énfasis sorprendente. In-dica un nuevo código de valores incongruente con la vida que, se desenvuelve en el interior de la forma tripartita que, el aspirante busca trascender. La meditación ejecuta un acorde disonante en-tre uno y otra. Es la vida contemplativa la que resuelve esa disonancia y la convierte en afinamiento armónico. El alma posee una vibración, un tempo, desproporcionado respecto al de la personali-dad. No es posible hacer que los dos sean uno, de lo contrario seríamos trasladados más allá de cualquier contacto con la realidad del mundo. Pero la vida contemplativa exige una aproximación, una reorientación de la vida personal. Exige cierto grado de fineza y cultura espirituales, una vi-brante y básica bondad de corazón y de mente, para poder soportar y usar sana y no egoístamente la poderosa vibración del alma. Si no es este el caso, entonces la situación se torna peligrosa, pues la forma meditativa atrae la energía del alma hacia la personalidad y si ésta no se eleva a través de la fuerza de la aspiración, la correcta interpretación y el adecuado ajuste, y no emplea su vida y sus facultades en los justos términos y de acuerdo con la ley propia de esa energía vivificante que

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ma-na a borbotones del alma, la creciente estimulación acentuará la expresión mental y emocioma-nal de manera indeseable en la vieja forma personal. Y de este modo tendremos el ejemplo de un aspi-rante comprometido, sí, en el noviciado místico, pero que proporciona la desagradable impresión de ser una persona sobreexcitada, fuera de control, errática, orgullosa y egoísta, autocrática y do-minante; con todos los elementos de una personalidad no preparada e inculta expresándose en su peor forma. Es por ello por lo que la edad y la experiencia de la vida juegan un papel de mucha ma-yor importancia en la preparación para el camino místico de lo que muchos pueden pensar. He co-nocido aspirantes en la treintena que se lamentaban de no haber comprendido ni haber sido capa-ces de aplicar la técnica de los estadios superiores del camino. Mejor para ellos, pues ni tenían el juicio, ni la amplitud de entendimiento, ni el sentido común necesarios para aplicar lo que ya sab-ían. Se encontraban construyendo la forma meditativa, el alma estaba transmitiendo sus impresio-nes a la mente, pero el cerebro carecía de la fortaleza y la flexibilidad, que sólo una variada activi-dad y una amplia experiencia pueden proporcionar, para interpretar y aplicar correctamente lo que se les impartía.

La historia de prácticamente todos los místicos notables revela que han sido individuos de carácter fuerte y con una extensa experiencia, que han sondeado las profundidades de la vida y han alcanzado una madurez constitutiva. Aún así, a menudo se piensa que se trata de almas elegi-das a quien Dios ha mantenido apartaelegi-das y protegielegi-das de la vida común para desempeñar una ta-rea especial. Que estuvieran destinados a ta-realizar un trabajo especial puede ser cierto, pero no es cierto que se salvaran de una profunda inmersión en la experiencia de la vida corriente. Al contra-rio, se trató prominentemente de aquellos que fueron empujados al horno de la vida y sufrieron intensamente. Por ello, cuando el fuego hubo terminado su trabajo, la luz del amor del alma pudo brillar tan radiantemente a través de ellos. Con ambas manos pusieron sus vidas sobre el altar, siendo plenamente conscientes de su propósito, y el fuego purificador separó el oro de la escoria. Reflexione el aspirante sobre esto. Le pregunto si alguna vez se le ha ocurrido que sus virtudes pueden estorbarle y cegarle. Pues bien, cuando se introduce en la forma meditativa trae con él to-dos sus principios y virtudes establecito-dos, los patrones de su vida mental y emocional; pero el alma posee una serie de valores diferentes, que no desaprueban sus patrones morales ni se oponen a su integridad mental, pero que le enseñan que estos pueden limitarle. No es difícil comprender por qué. La forma de la personalidad es una estructura auto-erigida en la que se es y se actúa de acuerdo con unos determinados patrones de corrección y expresión. Es una estructura de vida, de creencias y opiniones, construidas básicamente sobre la influencia familiar, religiosa, profesional y de otras relaciones humanas, y se conforma de acuerdo con unos rituales de respetabilidad y bue-na reputación. Pero el alma carece de forma, ignora la respetabilidad o la sumisión a las normas y directamente repele las opiniones, las creencias y los formalismos. La escritura mística dice que el discípulo debe renunciar a toda idea relacionada con sus derechos individuales y con la agradable conciencia de la propia respetabilidad y la propia virtud. Esta es una profunda verdad que se mos-trará al aspirante en la vida contemplativa. Una verdad que trastocará de tal manera los estrechos esquemas de su vida anterior, que si no posee la fortaleza que proporciona una experiencia amplia y bien fundada y la altura de una firme resolución en la aventura espiritual, creerá que está per-diendo su alma en lugar de encontrarla. Piensen de qué modo estamos atrapados por lo que cree-mos, por lo que socree-mos, por lo que otros piensan que deberíamos ser, por cómo debemos preservar nuestro buen nombre y reputación a causa de que otros nos los han otorgado, y con qué animal ferocidad disputamos por marcarnos un tanto, piensen hasta dónde llegamos para ganar un poco de prestigio y, sobre todo, con qué orgullo hacemos alarde de nuestra probidad. Todo esto nos mantiene completamente alejados del alma que se encumbra muy por encima de nosotros. El amor del alma que despierta en la vida contemplativa es una espada de fuego que destruye todo esto. Y si algo de ello se encuentra en nuestra forma cuando llega el despertar, entonces tiene que desaparecer.

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tendrá largo tiempo para estudiar la dirección hacia la que ella le encamina. No es un proceso es-pectacular ni repentino. La forma de la personalidad no abandona fácilmente su vida y su carácter; por tanto habrá tiempo suficiente para comprobar el coste antes de ser llamado a pagar. No obs-tante, la ley consiste en que aquello en lo que el aspirante medita seriamente y en lo que incide contemplativamente, actuará sobre él de manera proporcional a la intensidad de su esfuerzo. Si evoca al alma, la influencia del mundo suprafísico en el que ella reside repercutirá en la personali-dad y buscará dominar en la misma, y el grado en el que ésta se halle fuera de tono, sea por la afirmación de la virtud, sea por la no-virtud, determinará la extensión y el rigor que conlleve la ta-rea de superar la forma que estorba al estudiante.

Por tanto, hay tres fases principales que conducen al aspirante desde lo personal hasta lo im-personal, desde la forma de vida de la personalidad hasta la vida sin forma del alma, desde una conciencia estabilizada y confinada en el interior del ego mental y emocional hasta una consciencia trasladada y repolarizada, impregnada e inspirada, por la vida del alma. En primer lugar, la concen-tración permite al aspirante focalizar las fuerzas del pensamiento con intensidad y propósito; en segundo lugar, la meditación construye una mejor forma y establece una línea de comunicación entre la mente y el alma; y por último, la emergencia de la fuerza del amor del alma como conse-cuencia de todo lo anterior, induce una actitud de contemplación en la conciencia anhelante que busca trascender los límites de la forma. Estos mismos estadios también son interpretados místi-camente como concentración, meditación y contemplación. La concentración abarca tanto las per-cepciones sensoriales al tomar conocimiento de las impresiones, como las visualizaciones de la imaginación y el discurso racional que conduce a la verdad; en una palabra, es cualquier operación llevada a cabo por el intelecto, por ello ha sido apropiadamente llamada «la ojeada de la mente

propensa a divagar.» La meditación es «la investigación realizada por la mente mientras está ocu-pada en la búsqueda de la verdad.» La contemplación consiste en el simple acto de observación de

la verdad, es «la consideración clara y libre del objeto de su mirada por parte del alma.» En el se-gundo estadio es en el que el aspirante comienza a ser probado y en el que se determina su ade-cuación para el camino místico. Es el estadio en el que el alma, la mente y el cerebro son llevados a confluir y armonizarse. La mente responde a la vibración del alma la cual se vivifica a sí misma a través del torrente de fuerza e impresiones procedentes de una vida más amplia y espiritual, por lo que el cerebro, acostumbrado a un modo establecido de acción y respuesta, tiene muchos obstácu-los que vencer. Si la mente puede aceptar la verdad liberada desde el alma, un cerebro flexible pronto se armonizará en la misma línea y se convertirá en un instrumento de expresión de esta. Pero esto ocurre raramente, excepto en aquellos que poseen un desarrollo interior muy maduro. Gran parte de la dificultad del camino se encuentra justamente entonces, cuando la poderosa vida del alma está conduciendo a la consciencia mental alzándola desde su acostumbrado lugar de asiento, origen y operación hasta una visión más elevada y más completa de los hombres y las cir-cunstancias. Es justamente entonces cuando surge el lamento de la soledad, la separación y la in-comprensión en la historia de quienes se han convertido en contemplativos. Tuvieron mucho que dejar atrás, mucho que entonces les pareció muy valioso, gran parte de lo cual hubieran retenido si hubieran podido, pues fue fuente de un gozo legítimo y de confort, y proporcionó relaciones armo-niosas en su entorno, gran parte de lo cual era ortodoxo y bueno a su modo y les había proporcio-nado la reputación de buen juicio y sentido de la comunicación y de la camaradería. Pero los valo-res del alma no valo-residen en estas cosas. Sino que emanan de la ley del alma que es indiferente a la bondad relativa, a las relaciones y a la reputación personal. Admitimos que estas son duras pala-bras. Pero el influjo inspirador del inmenso amor impersonal del alma altera todas las cosas. Trae nuevas ideas que se contraponen a las viejas, diferentes ideales que empujan hacia nuevos campos de acción, proporciona un conocimiento espiritual que pone severamente a prueba las viejas amis-tades y a menudo conduce al extrañamiento. Aleja simpatías que con el paso de los años se habían hecho queridas para nosotros. Nos revela debilidad donde creíamos ser fuertes. El equilibrio estáti-co de toda la vida que se desarrollaba en el interior de los límites de la forma es alterado y tiene que encontrar un nuevo aplomo. La mente contemplativa atrae todo esto sobre sí misma a través

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de la fuerza de su propia aspiración. Es el acompañamiento inevitable que trae la liberación de la forma y la introducción en la vida del alma. Si la aspiración es fuerte y la voluntad firme, nada más importa; y ni el sufrimiento, ni la pérdida, ni la decepción, ni el ridículo, o cualquier otro obstáculo o estorbo, desviarán el paso firme del aspirante de su progreso en el camino místico.

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CAPITULO 4

LA INSPIRACIÓN MÍSTICA

Cuando sabemos que «la vida contemplativa es dulzura extremadamente amable», entonces tenemos conocimiento experimental de la naturaleza del alma. Se trata de un estado de paz y de gozo tranquilo del amor espiritual en el que la voz de la personalidad es silenciada y la vida de la forma trascendida. También puede sugerir una condición tan ajena y remota respecto de la exis-tencia moderna que, salvo unos pocos privilegiados en cuanto a circunstancias y desarrollo, todos los demás la consideren con recelo. Aún así, tal es la condición contemplativa y el camino místico invita a ella. Si es considerada con recelo por la mayoría de los humanos se debe a que están in-mersos en el interior de la vida de la forma puede que de manera inevitable y necesaria, pero esto no viene al caso y sólo pueden pensar y actuar de acuerdo con el ritmo establecido en ella. Conse-cuentemente, cualquier idea que sugiera un ritmo más amplio, más allá de la forma, que esté fun-dada en el amor y el sosiego y cuyo mayor poder resida en la íntima quietud, es tenida como una negación de la vida o como una renuncia a sus valores más importantes. No se puede esperar una actitud diferente hasta que esos valores pierdan su atracción compulsiva para ellos cuando, en algún momento crítico de la vida, tales valores les fallen y entonces, sabiamente tornen su re-flexión hacia la consideración del único factor estable en la existencia: el alma y el significado y propósito de su encarnación.

«Mientras tanto, en el interior del Hombre» dijo Emerson, «se halla el alma de la totalidad; el sabio silencio; la belleza universal con la que cada parte y cada partícula están igualmente relacio-nadas; el Uno eterno.» Al comprender esto se alcanza «la dulzura extremadamente amable» que

impregna al aspirante en la contemplación mística. Y es entonces cuando puede surgir la inspira-ción mística. Este término generalmente denota la acinspira-ción del impulso creativo tal y como se mani-fiesta en los logros artísticos; pero en la aplicación presente estaríamos refiriéndonos, en particu-lar, a la inspiración mística. En momentos especiales de la vida contemplativa, en el camino místico, se goza de esta peculiar, distintiva y urgente influencia del alma. No es poca la curiosidad y la espe-culación que se despiertan en aquellos que observan los resultados de este contacto suprafísico en un iniciado en el misticismo. Pero aquel que lo experimenta es generalmente incapaz de definirlo. ¿Por qué? No sólo porque la expresión espontánea del alma desafía cualquier definición adecuada, sino porque, a menos que el alma hable al alma, son inevitables los malentendidos. Si preguntamos a un gran artista cómo produjo los grandiosos efectos que él realiza con la mágica facilidad y segu-ridad con que lo hace, y aparentemente sin ningún esfuerzo, sería incapaz de darnos la fórmula. No existe ninguna fórmula. Indudablemente él podría remitirnos a una infatigable labor y un sacrifica-do estudio de la técnica más detallada en el pasasacrifica-do; pero ese es únicamente el camino de prepara-ción, como lo es la técnica del camino místico para el aspirante que expresa con abandono la vida del alma. En ambos casos está operando el mismo proceso. Los vehículos de expresión se preparan para el objetivo con afán infatigable; después la forma alcanzada en la preparación es sobrepasada y la inspiración del alma domina el trabajo del artista de la misma manera que la inspiración mística desciende sobre el entregado aspirante y le urge a ser y obrar mejor de lo que él sabe. Desde ese completo abandono de sí mismo en la vida del Dios interior, desde el silencio en el que vive cuando el ser personal ha perdido su carácter y su voz, surge la guía infalible y la conmovedora influencia del motor divino que impregna con su genio la obra de su mano.

Esta creatividad divina es la función más elevada del alma. Existen muchos estados y gracias en la vida mística, cada uno con su valor individual y su belleza en su propio campo, que dan testimo-nio del despertar y de la supremacía del alma en el Hombre; pero es evidente que no hay ninguno que sobrepase en divinidad y dignidad al atributo creativo que imbuye la mente contemplativa de

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