• No se han encontrado resultados

EL DISCÍPULO MILITANTE

In document Sendero Místico (página 45-50)

Me pregunto cuántos aspirantes se dan cuenta, cuando entran en el noviciado del camino místi- co, de que realmente se están preparando para una campaña espiritual. ¿Cuántos de quienes co- mienzan con las más variadas esperanzas de alcanzar extraordinarios logros y resultados, saben que son candidatos a una vida de batalla y de pruebas? Militancia es la última palabra que estarían inclinados a asociar con el camino del discipulado. Yo la pondría entre las primeras. ¿Hay algo más común que hablar de la batalla de la vida, de la lucha por la supremacía, la caza de la oportunidad, el empeño intencionado por aguantar firme la rápida marcha de los acontecimientos? Es cierto que el aspirante puede decir que esto pertenece definitivamente a la esfera mundana y que no pode- mos hablar en estos términos de la vida del discipulado. Pero todo aquello que resulta operativo respecto al plano más bajo de la vida, es operativo en el más alto; las mismas facultades y fuerzas se requieren en un plano como en otro, con la condición de que se transmuten y se encaminen en una nueva dirección. Si un hombre posee buen coraje en todas las circunstancias y acontecimientos de la vida ¿tiene él, como aspirante espiritual, que renunciar a esta espléndida adquisición, atenuar y debilitar el espíritu de una mentalidad magistral y temer pronunciar la verdad que conoce, por- que acaso pueda ofender a las mentes mezquinas o acarrearse su antagonismo?

Aquí reside una importante verdad que muchos aspirantes necesitan ponderar. Una vez que están en el camino siguiendo la correspondiente instrucción, cercenan algunas de sus mejores cua- lidades y temen ser ellos mismos. Se transforman, simultáneamente, para bien y para mal. Poseen una mejor perspectiva de las cosas que les rodean, pero un dominio más débil de estas. Esta situa- ción responde, en mi opinión, a dos causas. Una consiste en que estos aspirantes aplican el arte de la transmutación hasta el extremo de transformarlo en un vicio. Para ellos todo lo que pertenece al plano mental debe convertirse en algo espiritual. Todo en ellos tiene que corresponderse con un tono templado que señale la diferencia entre la vida objetiva y la vida mística. Están tan pendientes de su arte que dejan de ser naturales al aplicarlo, de manera que éste, en lugar de proporcionarles una expresión más libre, menoscaba cada uno de sus movimientos por miedo a dar un paso en fal- so. Su escrupulosidad no conoce límites e incluso les impide ajustarse normalmente a sus semejan- tes. Tienen una visión desenfocada respecto de sí mismos y del mundo. Su transmutación implica, en lugar de una expansión, una merma de facultades y les aleja de la vida humana en vez de acer- carles a ella aumentando su comprensión de la misma. Rechazan rotundamente los preceptos de la Iglesia, pero tienen toda una serie propia casi tan inútiles como los otros. Olvidan que la cultura del alma ha de liberar las facultades posibilitando en ellas una expresión más amplia y más elevada, no sometiéndolas a otro tipo de dominación. La palabra «poder», que una vez sintieron con perfecto abandono, es ahora para ellos irreverente y prohibida; y así, la inspiración pierde voz mientras hace el camino de la paz.

Existe otra causa, y no sé cuál de las dos es más lamentable: toda vez que han entrado en el ca- mino, estos aspirantes creen hallarse bajo la supervisión de la mente de un Maestro pendiente de cada una de las palabras que pronuncian y de las cosas que hacen. Las ideas que albergan al res- pecto son asombrosas y ridículas. Que un aspirante se considere a sí mismo tan importante como para ser observado las veinticuatro horas del día por la jerarquía es indicativo de una tremenda presunción por su parte. Estoy seguro de que el pupilo personal de un Maestro no esperaría tanta consideración, y si la esperara no la obtendría. No es la idea de buscar una guía lo que resulta des- quiciado, sino el buscarla fuera de sí en vez de en su interior, y en la mente de un Maestro, cuando el grado de desarrollo del aspirante no justifica la existencia de una supervisión especial por parte de aquél. Esta actitud de dependencia pasiva tiene un efecto pernicioso sobre sus facultades, pues de este modo, el aspirante, lejos de convertirse en el receptor de la supervisión de un Maestro, no es sino el esclavo de las creaciones de su propio pensamiento, estando expuesto a sus sugestiones.

El maestro no utiliza este tipo de material, la potencia de su vibración lo destrozaría; es con el fin de resaltar este hecho por lo que hago estos comentarios. Si el aspirante pudiera darse cuenta -lo cual es imposible, con lo que debe tomar esto como artículo de fe de la naturaleza de esta vibra- ción, de su potencia, ritmo y tono, dejaría de dudar por más tiempo acerca del tipo de individuo que tendría que ser él para soportar su fuerza.

Podemos acudir al ejemplo de Cristo en todo lo concerniente al camino, y en Él vemos a un gue- rrero de primera magnitud. Reto a quienquiera que sea a leer el capítulo 23 de San Mateo, por ejemplo, sin reconocer que se halla cara a cara frente a un espíritu pujante y agresivo, preparado para la lucha y entrenado al máximo para utilizar las armas que le hicieron antagonista a muerte de aquellos hombres y fuerzas que Él sabía que eran los enemigos de Su misión. Nos gusta detenernos a considerar la humildad, la gentileza y la compasión de Cristo y está bien, pero se trata únicamen- te de un aspecto de Su multiforme naturaleza y maestría, con él sólo nunca habría culminado Su misión. La austeridad de Su discurso y la franqueza de Su acción, Sus incalificables declaraciones de reprensión y crítica, Su rápido desenmascaramiento de las fuerzas sutiles y ocultas que operaban contra Él y Su serena indiferencia hacia cualquier consecuencia, nos dan una vivida muestra del espíritu militante, comprometido en un combate consciente contra las dignidades y los poderes alineados en Su contra. Si aceptamos un aspecto de este gran carácter debemos aceptar los otros, o de lo contrario, situarle bajo una falsa luz privándonos de la mitad de su fuerza y valor inspirador. Cuanto más profundamente leo la vida de Cristo soy más consciente de la tremenda reserva de fuerza militante que hay en Él. ¿En qué otro lugar buscaríamos tan conmovedoras súplicas de amor, paz y piedad? ¿Dónde tan inesperados golpes sobre los enemigos de estas? En verdad, uno de los efectos más dramáticos de los textos de las escrituras, es la sorpresa y consternación causa- dos por Su discurso y Su acción en quienes buscaban someterle y frustrar Su misión.

Y de nuevo, con sólo volvernos hacia la consideración de algún fragmento de las enseñanzas místicas del camino, encontraremos a cada paso el mismo tono militante: «Guárdate de la duda»; «guárdate del miedo»; «guárdate de la sombra mortífera»; «mantente firme»; «ten maestría»; «guárdate del cambio»: «una y otra vez la batalla debe ser librada y ganada.» ¿A qué vendría toda esta exhortación a prepararse para la batalla y a la batalla misma, si no hubiera potentes fuerzas amenazantes situadas en el camino de avance, que requieren frialdad, circunspección, fibra dura, desafío e incansable enfrentamiento para ser vencidas? Las enseñanzas maestras de las escrituras están fundadas en la verdad del camino y a fuerza de ser simbólicas, como a menudo son, lo que hacen únicamente es señalar la verdad más gráficamente.

Descendamos desde las escrituras hasta el maestro artista Beethoven, quien constituye una personificación de las mismas, aunque por decir esto yo pueda ser juzgado severamente. «Este jo- ven tiene dentro al mismo Satanás», afirmó un contemporáneo del Maestro. Pues bien, si el diablo estaba dentro de él, le libró rápidamente de sus enemigos y abrió un despejado sendero para que el buen Dios tronara a través de él la música de las esferas. Beethoven fue un discípulo creativo y es justamente por eso por lo que poseía un espíritu militante. Esto no significa que el discípulo de- ba estar poseído por el diablo para poder hacer su labor de manera excelente, pero sí digo que nunca será un discípulo creativo ni hará mucho por el mundo a menos que tenga un espíritu mili- tante.

El aspirante debe prepararse para estas paradojas del camino. La figura que refleja la verdad del sendero tiene muchas caras que él debe estudiar y a las que debe ajustarse. Hemos hablado del amor, de la belleza y el valor de su perfecta expresión en la vida del discípulo altamente evolucio- nado; pero se ha de luchar por el amor, como por cualquier otra posesión en el camino. El amor que se necesita es el espíritu de Dios en acción dentro del hombre, se trata de una energía suma- mente poderosa y penetrante, de hecho se trata, nada menos, que de una espada de doble filo. El fuego del espíritu, ese es el punto relevante en este tema. Ese es el distintivo del discípulo conquis-

tador. De la palabra de Cristo, eso es lo que golpea con terrible efecto. Surge como un destello a lo largo de las líneas de cada escritura acerca del camino. Brota a cada paso que da el verdadero ge- nio. Siento su ímpetu a través de los tiempos hasta el momento presente, el espíritu de Dios en ac- ción, dinámico y militante, en los hombres dignos que lo abandonaron todo para ser sus vivos ex- ponentes. ¿Sería demasiado esperar que el discípulo deba estar preparado para esta guerra del espíritu en acción, en una personalidad consagrada a ello? Y obsérvese que es un amor perfecto lo que conduce al guerrero a su mejor momento. No hay nada contradictorio en esto. El amor de al- gunos aspirantes es como el sueño de un poeta, una cosa delicadamente bella que se contempla una mañana de Verano, pero completamente inservible para el rigor de las elevadas alturas del camino. No hay nada en este mundo que despierte una oposición tan feroz como la influencia que ejerce el amor perfecto en el hombre; por eso es por lo que necesita ser militante, desafiante e im- placable en su marcha hacia delante. No hay que ir muy lejos para buscar la razón de esto. El amor perfecto está en posesión de un reino cuya potencia sacude los mismos cimientos del territorio del odio, la codicia y el egoísmo establecidos demasiado firmemente en los planos objetivo e interno de la vida; y las fuerzas que operan en estos territorios se alinean contra cada hombre de alma no- ble y propósitos idealistas. Fueron estas fuerzas las que Cristo desafió constantemente y a las que denunció abiertamente porque sabía que constituían un intento de destrucción de Su obra. Del mismo modo, en Beethoven, quien era consciente de estar poseído del espíritu creativo mismo, vemos cómo el amor perfecto del artista hacia una misión divina prescinde precipitadamente de todo aquello que ose oponerse a la mayor grandeza de su expresión, incluidas sus propias limita- ciones físicas. Y en el discípulo, si ha perfeccionado su técnica, debe haber la misma fuerza conquis- tadora, el mismo espíritu dominante de militante oposición contra toda potencia engañadora y far- sante, y contra toda influencia que pudiera debilitar su poder y propósito de servicio hacia sus se- mejantes.

Mi objetivo es despertar al aspirante a la consciencia y el sentido de la magnitud de la tarea que tiene frente a sí. El comienzo del camino es de fácil travesía. El aspirante está encantado con la no- vedad del sendero; tiene la agradable sensación de estar penetrando en un nuevo conocimiento y de estar, digámoslo así, avanzando unos cuantos pasos por delante de su época; todo lo cual está bien y no causa ningún daño, siempre que él continúe avanzando. Hasta que no ha establecido un paso fijo y demanda las cosas más grandes, su alma no le pone a prueba. Ya hemos aludido a esto en otro lugar. Pero aquí estamos pensando en el discípulo que se halla en plenitud, aquél que está situado a la diestra del Maestro y sabe cuán precaria es su posición. Puede uno preguntarse: ¿Se trata entonces de una vida sometida a pruebas desde el principio hasta el fin, incluso en el caso del discípulo que se encuentra cerca del Maestro? Me temo que sí, y una vida muy severa. Un estu- diante me sugirió que debería haber lugar en el camino para alguna recompensa. Pero ¿de qué otra recompensa en el camino podemos hablar sino de la consciencia de ejercer una técnica que está madurando para servir al mundo? El discípulo en el que estoy pensando se preocupa muy poco de las recompensas del camino. Es alguien que ha probado muchas de las compensaciones que el mundo puede ofrecer, pero para él han perdido sabor. Prácticamente todas estas compensaciones pertenecen a la vida de las ambiciones personales y su interés no se cifra en ellas. Si vienen a él, las usará en beneficio del mayor servicio que alberga en su corazón, pero no las buscará por sí mismas. No conozco recompensa más grande que el que el discípulo se encuentre, a través del trabajo, el esfuerzo y la gran devoción, siendo una fuerza reconocida en la fraternidad de los amantes de las almas que se han hecho dignos de situarse a la diestra del Maestro. Entonces, la vida discurre cer- teramente, no importa si es con gran dificultad, porque el cúmulo entero de deseos ruines y de ambiciones que encadena a los hombres a la tierra y a un repetido renacer a la aflicción y al sufri- miento mientras no se renuncie a ellos, no domina por más tiempo el alma ni la subyuga. Pero aún siendo así, la adversidad a la que se ha de enfrentar el discípulo es muy real. Obsérvense las exhor- taciones de las escrituras místicas citadas anteriormente. ¿Son acaso gratuitas? Mírese fuera y mírese en el interior de la vida humana, nadie podrá ver más claramente que el discípulo cómo el rostro de ésta se oscurece con sombras que delatan la existencia de fuerzas diametralmente

opuestas a todo lo que él es y lo que él representa. Son los implacables enemigos del hombre espi- ritual, que buscan su caída y se esfuerzan por ello, tanto en el plano de la vida material, como en el de la vida psíquica. Los más grandes enemigos del discípulo se alinean contra él en los planos mate- rial y psíquico. Es allí donde trabajan en silencio para, cuando encuentran la ocasión, confundir, desesperanzar y consternar al guerrero solitario entre los hombres. Con la elevación viene la adver- sidad. Ganar altura significa en el discípulo que su sensibilidad se extrema ante las influencias de los tres mundos de la forma: el material, el psíquico y el mental; cuando aquellas fuerzas enemigas se combinan para incidir en una consciencia sensible ¿puede la vida ser otra cosa que adversidad?

Por eso el discípulo necesita de un espíritu militante. Su receptividad se incrementa rápidamen- te, por lo que se ve conducido al centro mismo de un verdadero campo de batalla en el que se en- frentan las fuerzas del bien y del mal, y en el que él tiene que mantener en firme equilibrio al uno y neutralizar al otro. Su receptividad está ampliamente abierta a ambos, así que la excelencia y el ar- te de su técnica radican en su capacidad para registrar y discriminar la naturaleza, el valor y el propósito de aquello que su aparato sensitivo de recepción advierte. El discípulo es un faro encen- dido en el mundo interior que arrastra hacia sí, mediante un irresistible amor magnético, la luz y la guía de las grandes almas que se hallan a la vanguardia de la batalla por la supremacía espiritual. También es el blanco apropiado de las fuerzas infernales que utilizan sus oscuras artes en maquina- ciones hábilmente urdidas para extinguir la luz que desenmascara sus secretos concilios de maldad. Si el discípulo es capaz de reducir a la nada esas maquinaciones es en virtud de la gracia protectora del Maestro. Esa gracia proporciona una luz y una fuerza potente que descubren al adversario y le desarman en sus más feroces ataques. El adversario, por su parte, adquiere muchas formas; y está bien que así sea, porque, de lo contrario, la visión y el juicio nunca llegarían a ser penetrantes ni podrían estar seguros de reconocerle. Conseguirlo, forma parte de la capacitación superior del discípulo. Más gracias a una misericordiosa ley, es únicamente él, y no el aspirante que aprecia su camino, quien tiene que enfrentarse a esta, la más difícil de las pruebas. El aspirante inseguro se halla poco amenazado por parte de las fuerzas que operan en contra de la evolución. El ímpetu de su vida no es aún suficientemente fuerte como para despertar la alarma en aquellas. Hasta que su alma no haya escrito su juramento ante los ojos del Maestro y su paso sea firme y seguro en el ca- mino, su voluntad se asiente y su corazón, a cualquier precio, se consagre al más alto servicio, has- ta entonces, su vida no habrá ganado suficiente solidez como para instigar a las fuerzas oscuras a actuar contra él. Ahora bien, entre los discípulos abundan ejemplos que confirman que este oscuro encuentro es tan encubierto, tan velado e insidioso, que lo que más duro resulta es convencerles de que son su propia dedicación y aspiración la causa y la raíz de esta adversidad. El adversario ad- quiere formas variadas a través de diferentes personas y circunstancias. Si no fuese así ¿qué espe- ranza podría haber de discipulado y de maestría? El hecho de que el Maestro puede guiar al discí- pulo a través de los intrincados recovecos de la evolución del alma, prueba que conoce por expe- riencia cada aspecto de la adversidad. Y el hecho de que el discípulo se halle cerca del Maestro prueba que aquél ha aceptado el reto de la adversidad, y que hasta ese momento ha vencido. Re- cuerde, pues, esto el aspirante y tenga valor.

Digo que ha vencido hasta ese momento, porque el discípulo que se halla cerca del Maestro tie- ne aún mucho que hacer. Es un halago estar cerca del Maestro y tener su protección y su guía; sig- nifica que el espíritu militante del discípulo le ha llevado lejos, un espíritu militante guiado por el amor. Pero, ¡cuánto ha de hacer aún para llegar a ser como el Maestro! ¿Qué es lo que constituye la prueba más grande para él en este momento? Que él, al igual que el aspirante, tiene que ajustar- se a su Karma; pero con la diferencia de que el ajuste del discípulo debe hacerse más rápidamente

In document Sendero Místico (página 45-50)

Documento similar