Manteniendo la posición de un observador independiente y crítico imparcial de los varios aspec- tos del cometido místico del aspirante y del discípulo en el camino con la esperanza de que las re- flexiones que se ofrecen le resulten sugerentes a cualquiera de los dos o a ambos consideremos una particular característica del discípulo; una que de hecho le resulta indispensable durante esa, con frecuencia prolongada, fase en la que se halla cercano al Maestro, con muchas deudas kármi- cas que deben ser liquidadas antes de que la presencia del Cristo interior llegue a ser para él una experiencia conocida y vivida. Se dijo que, en este momento, no es tanto por medio de la fuerza de voluntad sino a través de una inagotable paciencia con la vida en que se halla inmerso y una com- prensión más profunda de las causas que subyacen a su pauta vital, por lo que el discípulo incre- mentará sus logros. Demostrar una continua e inagotable paciencia en circunstancias difíciles exige, apenas es necesario decirlo, un sólido conocimiento de nosotros mismos y no poco conocimiento de las circunstancias; al menos, es necesario ese conocimiento, cuando se trata del tipo de circuns- tancias con las que el discípulo generalmente tiene que enfrentarse. Y la paciencia tiene su mejor cimiento en una mente serena. Cuan poco contribuye hoy la vida que nos rodea al sosiego de la mente, es algo que sabemos demasiado bien. Constituye, y con razón, la causa del lamento pesaro- so de la mayoría de los aspirantes en el camino. El discípulo avanzado tampoco permanece indife- rente ante esta circunstancia, y realiza su trabajo a pesar de ella porque, gracias a la capacidad de desapego desarrollada en él, la quietud mística constituye una cualidad establecida en su dotación. Aunque, aun así, es difícil mantenerla, pues el alto grado de sensibilidad que le capacita para res- ponder a todos con tanta solicitud y le invita a participar como un alma receptiva en el mundo de la experiencia, amenaza a cada paso esa interior tranquilidad tan ansiada y tan necesaria para el más alto servicio. «La paz que desearéis», dice la escritura, «es esa paz santa a la que nada puede mo-
lestar, y en la que el alma crece como lo hace la flor sacra sobre la laguna en calma». Es el pensa-
miento hermoso de una condición deleitable; pero constituye un lejano lamento si se considera desde el tumulto del campo de batalla para el que el discípulo debe prepararse deliberadamente y en el que se hallan muchos de sus compromisos. No dudamos de la realidad o de la posibilidad de la condición ideal de tranquilidad y paz inquebrantables que los textos orientales evocan tan a me- nudo, pero es perdonable que pensemos que ellos hablan de un mundo mientras que nosotros vi- vimos en otro. Perdonable o no, el hecho es que pensamos así. La descripción de un mundo ideal es una cosa, pero vivir en el mundo presente es otra bastante diferente, y si los Maestros de la vida alguna vez llegaran a olvidar este hecho al dirigir su atención hacia el aspirante occidental, ello constituiría una de las más grandes tragedias en esta historia de evolución. Se trata de algo que el discípulo nunca puede olvidar al contemplar como el aspirante traza su turbulento camino a través de una atmósfera psíquica repleta de influencias caóticas y destructivas. Es un problema por el que me siento intensamente concernido, porque muy a menudo he visto aspirantes debatiéndose en él. Les he visto apartarse del camino desesperadamente a causa de que la atmósfera del mundo circundante era demasiado irrespirable para ellos. No podían encontrar un momento de calma para considerar los asuntos del camino. Puede que hubiera tiempo, tiempo suficiente sólo para el alma fuerte y resuelta; pero para ellos la voz del mundo fue demasiado insistente, demasiado disarmóni- ca al irrumpir con violencia destructiva golpeando su organismo sensible y no educado, por lo que emprendieron la ruta que ofrecía menor resistencia.
El hecho de que esto sea así, lo cual es indiscutible, le confiere una responsabilidad tremenda al hombre más avanzado. Éste ha trazado su camino a través de uno de los períodos de evolución más duros, pues los años pasados han sido crueles en lo que respecta a la irrupción de influencias destructivas y han constituido un verdadero desafío para la mente pacífica. Si aquél demuestra desapego y serenidad y es un ejemplo de quietud mística, sepa el aspirante que se trata de cuali-
dades que el discípulo conquistó con la sangre de su corazón y no de otro modo. No son un regalo, sino el resultado del florecimiento de una facultad lograda en el campo de batalla de la vida donde la guerra ha sido encarnizada y a veces el resultado incierto. No obstante, como este hecho no se va pregonando y el discípulo avanza por el discurrir sereno de su camino con porte calmado e im- perturbable y una aparente indiferencia hacia el mundo en su conjunto, alguien podría pensar que no está familiarizado con las eventualidades y vicisitudes de las circunstancias en sus formas más oscuras y agresivas y que carece lamentablemente de la necesaria experiencia. Se admite que exis- ten, y siempre han existido, discípulos de salón poseedores de indudable erudición a la hora de dis- cutir sobre mundos acerca de los que no saben nada y sobre encarnaciones pasadas a las cuales nunca hubieran tenido agallas suficientes para enfrentarse; si el aspirante es llevado en su juicio a considerar que estos glorificados expertos son diestros conocedores del discipulado, es algo que puede perdonársele. Sin embargo, este departamento al que pertenece la intelectualidad ocultista, queda fuera de mi competencia. Yo estoy pensando en el discípulo que tiene los pies sobre la tierra y el aspirante haría bien en estudiar su arte. Este discípulo pisa firme sobre el suelo en el que nació, y deja las especulaciones acerca de otros mundos y de cielos desconocidos al diletante espiritual que no encuentra nada mejor que hacer.
Si hay alguna verdad que me gustaría recalcar, dirigiéndome al aspirante, es la de que el discípu- lo del que estamos tratando es un individuo absolutamente práctico, con la misma naturaleza humana, las mismas pasiones y debilidades que el aspirante mismo; alguien que tiene, como él, que enfrentarse a los mismos miedos y adversidades propias de las circunstancias; alguien que co- noce a fondo y en toda su variedad las dificultades y tentaciones que pesan sobre la gran familia humana entera; alguien que, a pesar de todo eso, ha creado para sí mismo las oportunidades de introducirse en la vida del alma e imponer el ritmo y la influencia más elevados de ésta sobre el fac- tor humano común, dando un paso hacia delante en la evolución. No hay especulación alguna en esto ni presunción por su parte de una sabiduría o un poder que no posea realmente. El discípulo contempla con recelo a los propagadores de teoría oculta y a los vanidosos proveedores de noticias del Cielo, y juzga que su valor está a la misma altura que el de los políticos charlatanes. En efecto, ambas especies medran sobre utopías etéreas que nunca se materializan; si el aspirante deposita su confianza en ellos y luego la pierde, tal y como con toda seguridad le ocurrirá, al menos habrá aprendido a identificarlos y distinguirlos; aunque hubiera podido aprender mucho más que eso, en caso de no haberles prestado oídos.
El verdadero discípulo no cae presa en esta tela de araña que es la ilusión. Reconoce a primera vista las sólidas cualidades del discipulado. La quietud mística es una de ellas y nace del conoci- miento y la experiencia del ser y las circunstancias. No se adquiere a través de los libros, sino me- diante la profunda comunión con el corazón de la vida. ¿No habéis notado como se dulcifican el carácter y el temperamento de aquellas almas nobles que han sufrido abundante y profundamente en la cruz de una circunstancia determinada y como se hacen pacientes y amables en sus relaciones con los demás, bendiciéndolos inconscientemente con su presencia? Encontramos esto en quienes no saben nada acerca del camino más allá de lo que sus propias almas les comuniquen. Se da una circunstancia parecida con respecto a la quietud mística del discípulo que se halla cercano, y sin embargo, todavía lejos del Maestro, con muchas obligaciones kármicas que cumplir y resolver. Sa- be muy bien y ha sentido demasiado profundamente lo que significa la ausencia de tranquilidad mental. Discipulado significa altura, y también profundidad; donde hay carencia de cualquiera de las dos no hay discipulado. Y de tal manera esto es así, que tras la quietud mística del discípulo que se halla en este estadio, está teniendo lugar la puesta en escena de un drama del alma más gran- dioso en extensión y más absorbente en cada uno de sus pormenores que cualquier cosa vista u oída en la vida objetiva. Pero es un drama silencioso que llega a alcanzar clímax de muerte y naci- miento, y en el que el alma y la personalidad son las actrices y el Maestro quizá algo más que un mero espectador. El mundo exterior no sabe nada de esto, por eso comete errores tan ridículos cuando juzga al discipulado. El aspirante tampoco sabe mucho de él, por eso debe aprender a callar
y a reservarse su juicio. Fácilmente puede entender mal la quietud mística, que nace de un sabio desapego y de una actitud impersonal, a causa de su interés y afición por comprender materias que le parecen muy importantes; sin embargo, estas materias sólo pueden ser comprendidas clara y correctamente cuando, precisamente, se posee aquella condición mental. El aspirante pasa por al- to el hecho de que el discípulo ha alcanzado ese punto del camino tras un largo viaje; pasa por alto que también él se ha hecho muchas preguntas en vano, porque una respuesta clarificadora no de- pende simplemente del conocimiento adquirido, sino de factores de tiempo y preparación en rela- ción con el desarrollo del aspirante. El conocimiento más elevado puede no lograr en absoluto des- pertar en él convicción ni proporcionarle iluminación alguna si su mente no está desarrollada y adopta la perspectiva correcta para recibirlo. Cuando el aspirante se hace cabalmente consciente de esto, y se mira a sí mismo antes que a otros, entonces se halla en camino de alcanzar esa quie- tud y receptividad mentales que permiten al alma ser su maestra. Esa es una destacada caracterís- tica del discípulo: plantea muchas preguntas, pero se las plantea a sí mismo, no a otros. Sabe por experiencia que la silenciosa voz interior es más valiosa para él que las voces de la autoridad y del dogma que se hallan en los libros. El aspirante no necesita que yo se lo asegure, si estudia la técni- ca del genio no necesitará mejor maestro. El genio sabe del valor de la cultura, posee cultura y la utiliza, pero va más allá: hasta la meditación de lo que el alma revela en el silencio. Las voces me- nores resultan una impertinencia para él, pero sólo porque él se siente seguro y tiene plena con- fianza en la altura de su propia y particular evolución. En la genialidad existe tanto en común con el discípulo creativo que a menudo me he referido a aquella como un discipulado inconsciente. La di- ferencia estriba únicamente en que la genialidad tiene sus miras puestas fundamentalmente en la creación artística o en la ciencia, mientras que el discípulo se propone alcanzar el dominio cons- ciente de las fuerzas personales más elevadas con el fin de lograr objetivos evolutivos y espiritua- les. Y para conseguir este propósito, debe existir un desarrollo ordenado y sistemático del hombre para mantener y dirigir íntegramente el fuego concienciador del alma en su descenso, y debe haber inspiración en la tarea elegida.
En la fase crucial en la que el discípulo se presenta ante el tribunal del Karma, muy cerca del Maestro, pero aún en la antecámara, percibiendo todavía su camino gracias a la guía del alma, aquél debe haber alcanzado plenamente la quietud mística. «Que tu paso sea seguro, ¡oh! candida-
to. Sumerge tu alma en el corazón de la paciencia; pues ahora te aproximas al portal que lleva ese nombre, la puerta de la fortaleza y la paciencia». La inagotable paciencia con las circunstancias de
la vida que son resultado de la culminación del Karma encuentra su verdadera base en una mente tranquila. El aspirante puede pensar que esa quietud mística no es una adquisición tan extraordina- ria como parece. Ha digerido bien los libros de texto que hablan sobre la concentración y la medi- tación: es meramente cuestión de sentarse en silencio observándose la nariz... y el mundo se des- vanece. Existe una diferencia entre la quietud mística y la vacuidad mental. En verdad existe una gran diferencia entre los interludios de reposo que suceden al comienzo del camino, cuando el Karma de ciclos pasados tan solo le roza ligeramente el hombro al aspirante, y la capacidad para manifestar paz espiritual en medio de las fuerzas poderosamente desarrolladas e intensamente ac- tivas propias de la constitución del discípulo que se encuentra en la altitud del camino. Los apre- miantes métodos de innumerables libros y cursos de ocultismo obligan a establecer las diferencias. Son accesibles a todos por igual, desde el más culto al más iletrado de los aspirantes. Y, ¿cuál es el resultado de estos métodos en cualquiera de los casos, cuando no existe una base de preparación para el ejercicio místico, ni quizá siquiera deseo de tenerla, sino simplemente una curiosidad ambi- ciosa de alcanzar -por vía de un atajo un desarrollo de tipo yóguico para que el pensamiento y la emoción adquieran un reposo que demuestre la supremacía de la voluntad al invertir el normal comportamiento de las funciones? El resultado es una quietud forzada y mecánica no respaldada por ningún conocimiento elevado ni contacto alguno con el alma; en suma, una condición de auto- hipnosis bastante menos productiva que el estado de sueño natural.
llamiento de la mente objetiva, meditación profunda; debe existir un amplio conocimiento del alma que emerge e inspira la vida personal, pero todo esto sucedió para él tiempo atrás, en los años de dura probación. No existe un atajo para alcanzar el templo del alma. Aunque no se puede culpar al aspirante inexperto que cree que sí lo hay. Éste deposita su fe en las palabras de escritores de du- dosa especie que embrollan y vuelven a embrollar las enseñanzas de Yoga y prometen la ilumina- ción y la paz propias de la maestría de la mente por medio del ejercicio de juegos malabares de tipo físico y mental. Sin embargo, sobreviene el inevitable desencanto, y, con la mente escarmentada, el aspirante se da cuenta de que existe una entidad, el alma, que habita en el interior del Hombre, cargada con el peso de relaciones kármicas y responsabilidades del pasado que debe ser conocida y desvelada, comprendida y vivida antes de que él pueda esperar hallarse cercano a la meta. Cuando se haya hecho consciente de esto y haya adquirido la fortaleza necesaria para enfrentarse a ello, entonces conocerá, como un discípulo, la importancia y el valor de la quietud mística.
Las últimas fases de una carrera o disputa son cruciales. Así ocurre con el discípulo que se halla frente al Portal. En éste están inscritas las palabras «fortaleza» y «paciencia». Ha cruzado el campo de batalla y ha mostrado su fuerza. Ha luchado valientemente abriendo un sendero que otros podrán seguir y la paz del Maestro desciende sobre él. Un manto invisible de serenidad mística es la armadura que se confiere al probado guerrero quien ha perdido mucho en una lucha prolongada que otros hubieran podido ganar. La espada en su mano luce afilada y brillante; es la espada de la templada experiencia, espada que aún usará con sabiduría y destreza contra las huestes enemigas que privarían al aspirante de su derecho al avance y de la eterna recompensa de éste. Porque él aún es un guerrero, y ningún guerrero abandona sus armas de avance. Y mientras permanezca fue- ra del Portal, estará en territorio incierto. Necesita estar más vigilante que nunca. ¿Es que acaso la influencia del Maestro no le protege suficientemente? No sin su propia cooperación. Aunque se halle cerca del Maestro, el discípulo tiene su propia vida que vivir y esa vida está fuertemente liga- da y obligada a otras vidas en los planos objetivo e interior de la experiencia. La principal lección que tiene que aprender es la comprensión, con una mente serena, del significado de esas otras vi- das que le rodean y se relacionan con él, en el trabajo y las demás circunstancias, siendo una ayuda u oponiéndosele, en el amor y en el odio. En este momento no es una intensa voluntad la que le empujará al objetivo de su camino, sino el dominio y equilibrio de las fuerzas humanas y psíquicas que operan por medio de entidades del Karma que resaltan tan claramente ante su visión como esa entidad del Karma a la que su propia alma hace frente con un equilibrio y un propósito consoli- dados.
Hablando de manera figurada, es como si el discípulo se encontrara en el centro de un círculo cuyos radios fueran varias conexiones kármicas que le unen con otros en diferentes lugares de la circunferencia. A medida que el tiempo pasa, algunos de esos radios se atenúan y finalmente des- aparecen, cuando el discípulo hace frente a las demandas de aquellos con quienes estos radios le conectan y las mismas quedan liquidadas. Por el contrario, otros radios incrementarán su intensi- dad y fuerza y aquellos con quienes les unen serán conducidos por una comprensión empática y una parecida estatura directamente hasta el centro del círculo para ocupar un lugar al lado del discípulo. Sin embargo, un hecho expuesto de manera tan sencilla puede requerir años para produ- cirse, y esa es la tarea consciente que el discípulo se pone a sí mismo. Verdaderamente, paciencia y más paciencia es necesaria hasta que todo queda reconciliado y reina la armonía desde el centro hasta la circunferencia en el campo de influencia y de relación del discípulo. No se puede hacer na- da de manera apresurada para su propia liberación. En Oriente, el único objetivo es la liberación, la renuncia a las circunstancias y las personas, es casi una abjuración de la existencia misma, para que el alma pueda gozar sin trabas de una absoluta y sempiterna libertad. No vamos a criticar un obje- tivo que es eminentemente deseable, aunque los medios para alcanzarlo son completamente ex- traños a los ideales occidentales. El discípulo que hace el camino en Occidente considera deshonro- so renunciar a las circunstancias a las que sabe que está ligado kármicamente, y siente que es un