• No se han encontrado resultados

LA NOCHE OSCURA

In document Sendero Místico (página 31-35)

Anteriormente se afirmó que la técnica de la vida interior no permitía establecer una demarca- ción nítida entre el aspecto místico y el aspecto oculto de la experiencia; es decir, que existen fases en el cultivo interior, y experiencias y reacciones inherentes a él, que son comunes a ambos. Es per- tinente poner el acento sobre este hecho aquí; porque, cuando se están considerando las fases íntimas de la experiencia del alma, insistir en que uno es un ocultista y no un místico, o un místico pero no un ocultista, constituye realmente una confesión de la parcialidad existente en el propio desarrollo. Como estudiante de la literatura mística u oculta, uno puede llamarse a sí mismo ocul- tista o místico; en mi opinión, sin embargo, cuando se avanza en la investigación práctica de la vida del alma, la experiencia individual encuentra un fundamento confluyente y común en ambos as- pectos. Incluso en estos tiempos de avance que nos dirigen hacia la coparticipación conjunta en algún área del conocimiento universal, somos excesivamente celosos y ortodoxos en lo que respec- ta a nuestras pequeñas plataformas de creencia mística u oculta, y somos culpables de un orgullo que en nada puede calificarse de espiritual, al poner un énfasis exagerado en la dignidad exclusiva de nuestra plataforma particular. Esta actitud pertenece a la vida que transcurre dentro de los lími- tes de la forma. Que la califiquemos como mística u oculta no cambia este hecho.

Ahora bien, en lo que se refiere a la literatura ocultista, se da la particular circunstancia de que en ella tan sólo se hace una referencia somera, si es que se menciona en absoluto, a una importan- te fase de la vida interior conocida como la noche oscura del alma. No sabría determinar si esto se debe a que el ocultista se halla por encima de una experiencia tan humillante, si está tan bañado en poder y virtud que esa experiencia no le afecta, o si, conociéndola bien, la considera una debilidad emocional compatible con el camino místico del corazón, que la cabeza, sin embargo, no se atreve a reconocer. Pero el hecho es que mientras que la fase más importante y formidable de la expe- riencia a la que toda alma debe enfrentarse en su camino hacia la unión divina, es un tema presen- tado con una solemnidad casi trágica en toda la literatura mística, en la literatura del ocultismo apenas si encontramos referencia a ella. Esta observación resultaría irrelevante si únicamente el aspirante del camino místico tuviera que enfrentarse a la experiencia de la noche oscura, pero no es este el caso. Si el conocimiento que tengo sobre la experiencia de los aspirantes es cierto, puedo decir que una de las mayores cargas que he descubierto a raíz de este conocimiento, es la experi- mentada por aquellos que por temperamento y desarrollo son, y se consideran a sí mismos, estu- diantes de ocultismo, -por no mencionar a quienes pertenecen a un tipo puramente místico y tal experiencia ha sido la de la noche oscura del alma.

A la vista de esta conspicua ausencia de mención en la literatura ocultista a una experiencia que es fundamental en la evolución del alma, ¿no cabría concluir que dicha experiencia es considerada como una especie de desarreglo emocional indigno de atención por parte de una ciencia tan digna como el ocultismo, o que, dada la insistencia de esta ciencia en el control mental y la afirmación dinámica de la voluntad como principio y fin de su técnica, se considera que cualquier reacción de naturaleza emocional durante el desarrollo debe ser suprimida y extinguida en el acto, o tratada con intencionada indiferencia, de manera que la voluntad mantenga ante toda emergencia o crisis un fuerte dominio para conducir la vida en su totalidad hacia la conquista espiritual?

El estudio de los tipos psicológicos, incluidos los casos especiales de genios y personas de carác- ter místico y ocultistas, convencerá a cualquier estudiante ecuánime de que la experiencia de la noche oscura del alma espera a toda persona que se aproxime al fuego interior de Dios; y ello, in- dependientemente del hecho de que se trate de un ocultista, un místico, un filósofo o un artista. El que se asigne a sí mismo un nombre u otro, el que siga un camino u otro, no modifica la naturaleza esencial de dicha experiencia, aunque la actitud particular de cada tipo ante ella pueda caracterizar

hasta cierto punto las reacciones que en él suscita. Como prueba de esto citaré a dos caracteres bien conocidos: Pascal y Steiner. La consideración más común probablemente atribuiría a Pascal el calificativo de místico cristiano, y a Steiner el de ocultista. En cuanto a carácter fueron completa- mente diferentes, como también lo fueron respecto de sus métodos y objetivos. Por su técnica científica ambos fueron supremos. Fueron pensadores de gran alcance, grandes lógicos, pioneros en el campo de la mente y del espíritu, y poseyeron una insuperable intuición psicológica de las profundidades de la vida humana y de la acción. Aún así ambos fueron devotos, perfectamente ab- negados, y sintieron verdadera pasión por Cristo y por el sentido y la belleza de Su vida y Su pala- bra. Si alguna vez el camino de la cabeza y el del corazón han estado unidos, ha sido en el interior de estos hombres. Pascal estuvo de tal modo dominado por la idea de la verdad que se halla en Cristo, que de haber aparecido con su propio nombre la gran obra que escribió en defensa de ella, su corta vida hubiera sido cercenada por la persecución. Steiner se asemejó a Cristo de modo tal que el mundo le condenó como revolucionario y destruyó una de sus obras más nobles, como muestra de odio hacia él. Asignémosles el nombre que queramos, cristiano, místico u ocultista, lo cierto es que la sombra de la cruz se proyectó sobre ambos desde el principio hasta el fin, y los dos arrastraron la agonía de la noche oscura hasta la tumba.

Pascal es un ejemplo clásico de hombre que emprende el camino místico, activa y devotamente; o para decirlo de otro modo, emprendió el sendero del medio, que combina los aspectos oculto y místico del desarrollo en una ferviente búsqueda de la verdad esotérica que subyace al mundo fe- noménico, es decir el mundo de las causas espirituales y originales, cuya existencia conocía intuiti- vamente y el cual siempre buscó a través de la ciencia, la filosofía y la religión. Estoy particularmen- te interesado en el preludio a la revelación que tuvo, tal y como se hace constar brevemente en su vida, porque muestra gráficamente la naturaleza de la noche oscura tal y como él la experimentó. Un año antes de dicha revelación le embargó una insoportable aversión hacia el mundo y todo lo que este pudiera ofrecer. Una vez más se consagró con intensidad casi frenética a las investigacio- nes matemáticas y otras ocupaciones científicas y a los libros en los que había encontrado gran so- laz «los viejos amigos que nunca cambian de rostro, que permanecen fieles en la riqueza y en la pobreza, en la gloria y en la oscuridad» pero todo le falló. Lo más patético fue que «leyó su Biblia y

sus libros piadosos y encontró en ellos más pesar que consuelo, porque ellos le hablaban de la búsqueda de la salvación, la cual él había abandonado, y del amor de Dios que él ya no podía sen- tir.» Citamos sus propias palabras: «Si uno ignora que está lleno de orgullo, ambición, concupiscen- cia, debilidad, intolerancia e injusticia, uno está muy ciego. Y si, sabiendo esto, un hombre no desea ser liberado, ¿qué puede decirse de él?.» También existe una patética nota escrita por Pascal que

revela su estado: «Es horrible sentir cómo todo lo que uno posee se desvanece.» En una ocasión había escrito: «Si Dios interrumpe tan siquiera por un momento su favor, necesariamente sobre- viene la aridez». Sobre lo cual, su biógrafo comenta: «Ahora Dios había interrumpido su favor, y Pascal de algún modo vagaba en un desierto, poblado sólo por los espejismos de la gracia.» Estos son los graves acordes del oscuro preludio a la revelación del fuego.

He expresado la opinión de que en el interior del discípulo que se halla en el camino místico pe- netrando en las distintas fases de la vida mística del alma y aplicando su técnica, el fuego va des- pertando en un proceso inconsciente y se hace visiblemente operativo en su trabajo en el mundo. Desde muy temprano Pascal manifestó todos los signos de este despertar y de su aplicación. Don- dequiera que dirigió la luz de su mente, fuera ciencia, matemáticas e invención, filosofía religiosa o forma literaria, se percibe el sello de la originalidad, la fuerza y la creatividad única del fuego del alma. Fue un hombre inspirado y creativo y poseyó incluso durante su noviciado esos dones y gra- cias que logran únicamente quienes han alcanzado las cotas más altas en el camino místico. A veces predominaba el científico, otras el filósofo de la religión, el pensador controvertido o el ardiente devoto, según le inclinara el fuego inspirador del alma; y durante estos varios ensayos de geniali- dad, la técnica de la expresión de los poderes del alma iba elevando la frecuencia vibratoria de su vida y estimulando el ardor divino que le haría llegar al estadio crucial de precipitación en la expe-

riencia más importante del camino. Posteriormente vino ese preludio de supremo desapego, en el que el edificio de los años parecía desmoronarse ante él y todo desaparecía de su vista. Todo logro del pasado se convertía en una ofensa y en una carga, eclipsado por la consciencia del abandono de Dios y de los hombres.

Podría pensarse que al citar a Pascal estoy tratando un caso de genialidad excepcional y del que cualquier parangón queda descartado. Sin embargo lo mismo puede pensarse de Steiner. Ambos fueron hombres extraordinarios y únicos por sus vidas casi trágicas y sus obras monumentales. Los dos llevaron la contemplación hasta su límite extremo y se alzaron hasta «el temible promontorio

del pensamiento,» y sufrieron intensamente, con y en Cristo, la noche oscura del alma. Y esa es la

causa por la que cito a estos hombres; no porque fueran genios, sino porque fueron ejemplos de cómo el sufrimiento místico perfecciona la naturaleza humana y la transforma en una imagen divi- na. Aunque sus vidas fueron diferentes desde muchos puntos de vista, tan diferentes que dudo que alguna vez hayan sido mencionadas conjuntamente, sin embargo mostraron esa impresionante uniformidad en su experiencia. Los dos fueron ricos, profundamente ricos en emociones espiritua- les; y probablemente por esta razón la prolongada experiencia de la noche oscura fue tan intensa en ellos. En la obra de Steiner, por ejemplo, con toda su formalidad científica y sus detalles arqui- tectónicos, se siente palpitar la pasión por la vida, la vida vivida y experimentada. Lo mismo tam- bién es cierto con relación a Pascal. La Psicología, en su afán por clasificar como introvertidos o ex- trovertidos todos los caracteres, sagrados y profanos (incluyendo la más inclasificable de todas las criaturas: el genio) presumiblemente encasillaría a estos dos hombres en el tipo introvertido; cierto desdén en la expresión, observable en el místico y la austeridad en el porte del ocultista quizá pro- porcionarían un testimonio fisiognómico adicional y concluyente en favor de tal clasificación. El asunto podría llevarnos a una discusión penosa, impropia y absolutamente inútil que no probaría nada. Pero el hecho es que hombres como Pascal y Steiner y todas y cada una de las almas que han recorrido el camino secreto y han sido probadas por el fuego, que han ido por delante y permane- cen en el silencio y la soledad de la sombra de la cruz, desafían toda clasificación. Ellos son mucho más profundos y más completos que cualquiera de las cosas que dicen o hacen. Nunca podemos ver a estos hombres en su totalidad porque la mitad de su vida discurre en la sombra. ¿Quien pue- de juzgar al hombre que ha sufrido la muerte en Cristo?

Leemos mucho acerca del dominio de los opuestos, acerca de mantenerse en un punto de equi- librio, permaneciendo estables y guardando distancia respecto de todas las oscilaciones de la vida; y se ha luchado de manera tan ambiciosa y con tanto empeño por conseguir esta codiciada altura, que finalmente no nos extrañaría que la participación empática y emocional en la vida de los de- más resultara ser indicativa de una regresión y de una condición de innoble esclavitud.

¿No se ha dicho que una característica prominente del camino místico es la capacidad de des- prendimiento e imparcialidad que permite al discípulo operar con serena independencia respecto del factor personal? Es cierto. La experiencia de la noche oscura produce esta transformación en el discípulo. Es la prueba suprema entre todas las que ha atravesado en el camino, y esta experiencia cumbre es la que origina la capacidad de ser serenamente imparcial. Pero concluir que esto signifi- ca un distanciamiento y una indiferencia hacia la vida humana sería un triste error. El enajenamien- to de la vida con el propósito de la auto-elevación y la distinción nunca llevará al aspirante hasta la experiencia culminante de la noche oscura. Puede convertirse en un teórico del ocultismo de pri- mera magnitud y conocer con docto espíritu todas las cualidades de la ciencia oculta, pero si no impregna éstas de emoción espiritual, y no sólo eso, si fracasa a la hora de convertir su conoci- miento en tendencias emotivas dirigidas de manera inspirada hacia la vida de los hombres y muje- res como una fuerza que induzca el despertar en ellos, su desapego puede ser tan completo que le asegure un lúgubre aislamiento que ningún aspirante inteligente emularía. El desprendimiento ca- racterístico del camino místico libera de todo lo que impide al alma su plena expresión para el bien de los demás y la capacita para identificarse comprensivamente con la vida sufriente en todas sus

formas. Trae el alma a la vida, enriquecida y fortificada por haber soportado el peso y la aflicción de muchas pérdidas, sufrimiento y sacrificio; y al reconocer ese mismo peso en otras vidas, de buena gana lo comparte y trata de hacerlo más ligero. Ningún hombre que haya experimentado la oscuri- dad de la crucifixión mística puede obrar de otro modo.

Renán, en su «Vida de Jesús», una obra que, como es bien sabido, precipitó sobre su autor el fu- ror de la ortodoxia, osó rebajar al Maestro desde su Divinidad hasta la condición de ser humano. Le describió como un hombre de genio superlativo, un prodigio de pasión religiosa y escribió sobre Él con tal ternura y simpatía y con tal profunda reverencia, que logra despertar en nosotros amor y admiración. En la medida en que trató al Maestro Jesús como un ejemplo trascendental de compa- sión y amor, de sabiduría y clarividencia y de irrecusable probidad en el discurso y en la acción, Renán le bajó del pedestal de su aislada e inalcanzable divinidad hasta el nivel común de los hom- bres y mujeres haciéndole compañero de estos, incluso hasta el punto de compartir -no menciono el grado en que ello queda sugerido las interacciones mentales y emocionales de sus múltiples vici- situdes y circunstancias. No me interesa el porqué los religiosos de la época de Renán quedaron tan impactados por el retrato del Maestro; pero observo en él una lección convincente para aquellos que se encuentran en el camino místico, que apunta a la condición de participación, no de aisla- miento, a la que es conducido el discípulo tras la experiencia de la noche oscura. En este crítico trance del camino, no se trata tanto de que partiendo de sí mismo realice un esfuerzo para el logro, cuanto de olvidar toda importancia personal y toda ambición, sea de fuerza intelectual o espiritual, y permitir sin obstáculos, dentro de lo razonable, la interacción con la vida en todos los planos, el inmediato reconocimiento y respuesta al significado de la vida en todas sus formas, con el fin de propiciar la liberación y la expresión del alma.

Se puede prever que a este ideal de participación mística en la vida humana, que emerge de la noche oscura del sufrimiento, le sea atribuido cierto carácter morboso o sentimental por parte de quienes buscan un desapego fácil de la vida, con el fin de escapar al eventual sufrimiento, erigiendo frente a la misma barreras defensivas que prevengan la participación empática en ella. Deberíamos preferir ver la verdad tal como es. La vida humana, tal y como yo la veo en su punto actual de desa- rrollo, está impregnada de aflicción y sufrimiento, decepción y perplejidad, a pesar de todo el bar- niz que se emplee en ocultarlo. A veces pienso que la noche oscura está descendiendo sobre toda una hueste de almas, bajo decreto kármico y para un propósito especial, en lugar de, como ocurría en tiempos pasados, afectar sólo a unos pocos que se preparaban para ello. Si es así, tanto más les incumbe a quienes se hallan en el camino el aceptar la tensión de la vida, la cruz de las circunstan- cias y la penetrante estocada de la pasión en el corazón sensible, de tal modo que por ello puedan ser más pronto llamados a realizar un mayor servicio y así, con completa experiencia, contribuir a la mejora de un mundo sufriente. Entonces no habrá deseo de descanso, imperturbables mental y emocionalmente, ciegos e impasibles ante el kaleidoscopio de la vida inferior. El misticismo puede ser una meditación solitaria, un dulce ensueño, una bendición para la gratificación personal, incluso un visado para adquirir con dudoso mérito la reputación de bondad; también puede ver y hacer por otros lo que necesitan en el lugar donde están. Cuando vemos lo que hombres supuestamente mundanos hacen algunas veces de un modo completamente desinteresado, porque tienen alma para hacerlo, observamos con cierta ansiedad al pretendido discipulado. Consideramos el discipu- lado como una elevación. Así es, pero resulta precario vivir con esa idea. No hay altura ni profundi- dad en el verdadero discipulado. Lo que hay es una respuesta comprensiva ante todo. Esa es la mi- sión de la noche oscura, cualquiera que sea la forma en que se presente en la vida individual. Es la participación mística del alma en el mundo.

CAPITULO 7

In document Sendero Místico (página 31-35)

Documento similar