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EL DESAFÍO MÍSTICO

In document Sendero Místico (página 60-62)

He esbozado brevemente, desde un particular punto de vista, el camino del ascenso místico. No he pretendido nada más. No se han expuesto métodos específicos de concentración y meditación, puesto que existe una cantidad prolija de obras escritas que los ofrecen. El objetivo ha sido más bien destacar ciertos cambios interiores bien definidos que deben sobrevenir tras la preparación mística y hacer una valoración correcta de las reacciones que se producen en la vida y las circuns- tancias como resultado de tal preparación. Exponer una serie de procedimientos para la concentra- ción y la meditación es una cosa, pero otra bien distinta es hacer un seguimiento e interpretar empáticamente, sin prejuicios, la amplia gama de experiencias y reacciones íntimas y difíciles que ocurren en el corazón, la mente y el alma y que acompañan al esfuerzo dedicado en recorrer el camino. Si el estudiante sostiene que no ha percibido ninguna experiencia de esta naturaleza en particular, que ha seguido el camino durante años y no ha experimentado ningún estrés ni dificul- tad en la vida y sus circunstancias, entonces afirmo que no sabe nada acerca de lo que es el misti- cismo práctico. Si Cristo indicó verdaderamente el camino del místico, entonces, no existe una sombra de duda respecto de lo que implica recorrer dicho camino. Las mismas dificultades, las mismas pruebas, la misma cruz, figurativamente hablando, le esperan a todo hombre nacido que se ofrezca a sí mismo para la gran aventura.

Sin embargo, portar la carga íntegra del camino es privilegio de muy pocos; por la simple razón de que son muchos los aspirantes, pero pocos los discípulos. Tampoco dudo en decir que la mayor- ía de los aspirantes en el tiempo presente son incapaces por completo de sobrellevar lo que supo- ne el peso total del camino. El deseo de conocimiento atípico, la lectura de obras místicas, la afilia- ción a asociaciones de carácter místico son preliminares necesarios y ayudas; pero hasta que no existe una disposición espontánea en el interior de la personalidad en su totalidad para que su pen- samiento, sus palabras y sus obras sean transmutados de manera que aquellas ayudas se convier- tan en algo vivido y en pasos efectivos hacia la evolución interior, el estudiante no puede conside- rar que se ha embarcado realmente en el camino. Más aún, si no existe una pronunciada predispo- sición hacia él en la propia constitución, la pura verdad es que, aunque es posible que ciertamente pueda llegar a ser un aspirante en el momento actual, tendrá que emplear el ciclo presente entero en el trabajo de preparación. Emerson dijo que el talante del que busca era uno, y el talante del que posee otro. El aspirante libre de prejuicios sentirá la verdad de esto antes de que se haya aden- trado mucho en el camino. Será sabio si acepta lo que su intuición le dice acerca de las posibilida- des que tiene en el presente y no intenta excederse a sí mismo. Nada bueno sacaría de esto último. Oímos muchas cosas acerca de la posibilidad de alcanzar la maestría en un breve ciclo de vida. Aún falta por ver quien haya demostrado que tal excepcional promesa es cierta. Son posibles ciertos tipos de maestría en una u otra dirección, pero se trata sólo de determinados pasos dados en el camino hacia el estado Crístico, e incluso dar esos pasos exigirá lo mejor de nuestra condición humana. Disiento absolutamente de las opiniones que sostienen lo contrario, porque no he visto nada que las confirme. No deseo desanimar al aspirante, pero no voy a sugerir que es un logro fácil lo que constituye el objetivo más difícil que puede proponerse una persona en esta vida. Si pudié- ramos vivir en un entorno de paz y armonía, sin responsabilidades mundanas a nuestro cargo, sin ataduras kármicas hacia otras personalidades que demandaran nuestra atención y cuidadoso amoldamiento, y pudiéramos consagrarnos a un estudio y una meditación ininterrumpidos y al plácido regocijo en la belleza de la Naturaleza y la comunión artística, sin duda alcanzaríamos mu- chos logros en pocos años y entraríamos en un elevado estado de contemplación que nos permitir- ía desarrollar los dones y las gracias de las facultades místicas. Incluso así, no sé si ese sería el obje- tivo más deseable para el aspirante occidental. Lo que sí sé es que se trata de un objetivo imposible dado el entorno particular en que se halla. Se encuentra en unas condiciones que directamente

obstaculizan el logro místico aislado y apacible. Tiene que trabajar con sus manos y discurrir con su cerebro para poder vivir y, a la vez, dar tantos pasos como le sea posible para desarrollar la vida del alma en medio del clamor y el tumulto del mundo arrogante. Quizá sea el mejor medio para hacer- lo, siendo así de mucho más valor para el mundo, aun a pesar de la considerable pérdida que supo- ne para él. No esperamos que haya tipos perfectos en nuestro entorno. Tampoco podrían éstos so- brevivir mucho tiempo en él. Lo mejor que podemos aguardar, quizás lo más elevado que podemos esperar ver en estos días, es al discípulo militante que ha superado la tormenta y les da unas pocas indicaciones acerca de los peligros que entraña la travesía a aquellos que están preparados para emprenderla por sí mismos.

La cualidad más importante que ha de permanecer en la dotación del discípulo, después de que se haya establecido plenamente el contacto meditativo y contemplativo, es la de la militancia espi- ritual. Puede que esto sea cuestionado, pero no me es posible afirmar lo contrario. Volvería a po- ner el énfasis sobre ello, y desde un nuevo punto de vista. Hemos visto pronunciar la palabra «paz» con todas las variaciones posibles en la retórica humana, cuando no existe tal paz. Por el contrario, vivimos virtualmente en tiempos de guerra. La atmósfera del mundo en que vivimos es militante. Podemos cerrar nuestros ojos ante esto en nuestras oraciones y meditaciones, pero no podemos negarle la entrada a la atmósfera del mundo, del mismo modo que no podemos dejar de respirar. Y si nuestro Karma está ligado al Karma del mundo, entonces lo compartimos y tenemos una respon- sabilidad en él. Sin embargo, ¿esto no significará que el discípulo deba participar de las mismas tendencias militantes que el mundo? No necesariamente; pero, en su propio plano vital y en su propia esfera de acción y servicio, debe poseer facultades agresivas y dominantes de similar natu- raleza, si quiere dejar alguna huella del camino que ha recorrido para aquellos que podrían seguirle en el momento presente y para aquellos otros que esperan seguirle en el futuro. Tiene que enfren- tarse a un entorno cuya fuerza psíquica es malvadamente agresiva, dominante y amenazadora, y es imposible escapar a su influencia; lo cual significa que los pensamientos y los actos de la gente son arrastrados por esa fuerza mucho más de lo que ella misma se imagina. Un observador imparcial dijo: «¿Habláis de la fraternidad humana?; ¡Mirad a vuestro alrededor!» Una observación verdade- ra y pertinente, aunque quienes estamos en el camino preferimos cerrar los ojos y vivir una ilusión. Esa observación caracteriza el mundo con el que el discípulo se enfrenta hoy. Y yo pregunto: ¿Qué posibilidad tiene éste de hacer algo por aquél, o de servir de inspiración para alguien, si es un sen- timental religioso y charlatán y tiene miedo de pronunciar la voz de mando nacida de la sabiduría de su propia alma, aunque esté en contra de las opiniones de los hombres, de la estéril Iglesia y de todas las demás vocingleras autoridades de alto o bajo rango, que claman en su contra? «Siempre

se hace un sitio para el hombre de poder», dijo Emerson. El mundo sabe esto muy bien; ha encon-

trado a estos hombres de poder y se ha servido de ellos. ¿Dónde está el místico militante que les haga frente?

En verdad, es preocupante pensar que, a pesar de todo el extendido interés y la práctica que existe del camino místico en muchas tierras, todos los ojos y todos los oídos estén puestos en las brutales personalidades de dictadores sanguinarios y no haya un sólo apóstol inspirado que reúna en sí las cualidades magistrales de Cristo y del Hombre, que posea un mensaje con tal fuerza que conforme y obligue a la opinión pública. Es humillante para la pobre Humanidad, con toda su aspi- ración, ciega o iluminada, hacia lo divino, que no le haya sido otorgado un hombre de carácter y personalidad superiores y con una fuerza dinámica para oponerse y detener la acción de insolentes tiranos que, con astucia maquiavélica, pisotean el alma y el honor de los hombres. Me diréis, hablando desde el sillón del ocultismo académico, que es el resultado inevitable y acorde con la ley de las divisiones raciales y de la crisis. Si asintiera, ¿de qué le serviría a la pobre humanidad sufrien- te que no sabe nada de esto, y que, de saberlo, no sentiría que su carga se aligerase un ápice? Es un pensamiento en el que debe pararse todo aspirante honrado que se halle en el camino, cuales- quiera que sean sus convicciones y cualquiera que sea la extensión de su conocimiento. La huma- nidad está siendo sometida a pillaje delante de sus ojos. Puede cerrarlos, pero aquél permanecerá.

Y la humanidad espera un salvador con forma humana, pero no aparece.

Este es el tono con que concluyo este libro. Un tono diferente le hubiera hecho más honor al místico, pero no al corazón común de la humanidad en el que el místico debe vivir. No obstante, quienes estamos en el camino, aun a pesar de nuestra impotencia, podemos hacer algo. Podemos unir nuestras fuerzas mentales en una intensa y militante potencia viva contra quienes ejercen la sucia rapiña de los altos lugares y privan a los hijos de los hombres de su derechos, podemos pro- ponernos, en palabras de aquel ilustre hijo de la libertad, «convertir todas sus diabólicas maquina-

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