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EL ARGUMENTO DEL LENGUAJE PRIVADO: SEGUIR UNA REGLA

5. EL FUNDAMENTALISMO Y LAS OTRAS MENTES

5.5. EL ARGUMENTO DEL LENGUAJE PRIVADO: SEGUIR UNA REGLA

El solipsismo es una posición inestable. De hecho, sufre de muchas incoherencias. Ésta es una de las conclusiones de una familia de argumentos que dio Wittgenstein y que se conocen en su conjunto como el «argumento del lenguaje privado». El solipsista está en la situación en la que pretende tener un lenguaje para describir sus expe- riencias presentes y pasadas, y, quizá, para especular sobre el futuro. Y éste es un lenguaje privado.; nadie más podría aprenderlo porque las

experiencias por apelación a las cuales obtienen significado sus térmi- nos son experiencias privadas del hablante. Wittgenstein argumenta que tal lenguaje privado es imposible. El solipsista no puede tener siquiera ese conocimiento limitado de sus propias experiencias.

La interpretación del argumento del lenguaje privado es muy dis- cutible. Comenzaré con un análisis debido, principalmente, a Saúl Kripke (1981).

¿Cómo adquiere su lenguaje el solipsista? Pretende saber, a partir de su propio caso, qué sea, por ejemplo, el dolor. Experimenta una sensación de cierto tipo y decide aplicar el término «dolor» a todas las sensaciones que son como ella. Dado que recuerda exactamente cómo era la sensación original, ha elaborado un concepto de dolor del que se seguirá, para cada sensación nueva, si debe o no denominarla «dolor».

Lo esencial del argumento del lenguaje privado es que el solipsista ni siquiera puede encontrar un punto de partida en todo esto. Nada de lo que hiciera, concentrándose de determinada manera en la sensación original y emitiendo la palabra «dolor», conseguiría proporcionar un significado a esa palabra. Para que una palabra tenga significado es preciso que existan reglas para su uso: reglas en virtud de las cuales la aplicación de la palabra pueda contar como correcta en algunos casos e incorrecta en otros. Es en virtud de esas reglas como podemos dar sentido a la idea de que estamos objetivamente en lo correcto al deno- minar «dolor» a la nueva sensación. El solipsista podría aplicar mal la regla sólo si ésta hubiera sido fijada previamente: en ese caso, podría pensar que estaba siguiendo la regla cuando de hecho no lo hacia así; podría parecerle que la nueva sensación era semejante a la sensación original, cuando de hecho no se pareciera. Para que haya objetividad es preciso que «no todo lo que parezca correcto sea correcto». ¿Cómo es posible que concentrarse en la sensación original capacite al solip- sista para crear una regla en virtud de la cual puede decirse que es objetivamente verdad que la nueva sensación es dolor? No es posible.

La interpretación de Kripke del argumento del lenguaje privado sostiene que la respuesta negativa a esta última cuestión es consecuen- cia de consideraciones generales sobre reglas y objetividad.

Alejémonos del caso especial del solipsismo y los términos de sensación, y consideremos un caso que puede parecer más simple (de hecho, es el caso en el que es más difícil dar plausibilidad a lo que decimos). El ejemplo es el de una regla matemática; la regla para +2. Suponemos que, si alguien sabe la regla para +2, sabe, para cada número n, qué número es n + 2. La regla crea una serie; 0, 2, 4, 6..., y, a cada paso de la serie, existe una respuesta objetivamente correcta res- pecto a cómo seguir.

La cuestión es la de qué puede haber en lo que aprendemos, cuan- do aprendemos la regla para n + 2, que convierta en algo objetivamen- te correcto la continuación 20.002, 20.004, 20.006, y en algo objetiva- mente incorrecto la continuación 20.004, 20.008, 20.012. ¿A qué podríamos señalar, cuando alguien escogiera esta última expansión, para mostrarle que estaba equivocado? Suponemos que la persona cree que la regla aprendida le exige esta expansión, más bien que la que nosotros escogeríamos (que, por supuesto, es la correcta). ¿Qué hace que ella esté equivocada y nosotros no?

No parece que haya nada en los pasos anteriores de la serie que pudiera apoyar una continuación más bien que la otra. Hay, de hecho, una fórmula que genera la continuación «errónea» a partir de esos mis- mos primeros pasos; dado que ambas series comienzan de la misma manera, no podemos apelar a la manera en que una comienza para jus- tificar nuestra preferencia por una determinada manera de continuar.

Podríamos sugerir que, al concebir la regla para +2, concebimos de alguna manera la totalidad de los casos, y es esto lo que convierte a la interpretación «correcta» en correcta. Sin embargo, esta sugerencia no es convincente. Incluso si, por causalidad, fuera cierto que hubiéramos pensado exactamente en esos miembros de las series, no sería ese hecho la razón por la cual deberían ser considerados como expansio- nes correctas de la serie. Y, en todo caso, ¿qué decir de las otras conti- nuaciones igualmente correctas que nunca nos pasaron por la imagi- nación hasta que tuvimos que escribirlas?

De un modo similar, podríamos decir que, al concebir la regla, nos limitamos a pensar que debíamos añadir 2 cada vez. Pero la sugeren- cia tampoco funciona, en parte porque no se nos dice qué debe contar como «añadir 2», y en parte porque da por sentado cómo interpretar ese «cada», sin tener en cuenta que podríamos preguntar sobre «cada» lo mismo que preguntamos sobre «+2», dado que siempre existe la

posibilidad de que alguien, al cabo de un rato, comience a usar «cada» del modo en que nosotros usamos «cada otro», pretendiendo que así se mantiene en lo correcto.

La última posibilidad parece ser la de que nuestra concepción ori- ginal de la regla no era otra que la de la creación de una disposición a ejecutar la serie de un modo más bien que de otro. Pero ¿en virtud de qué hecho se creó una disposición para continuar ahora de un modo más bien que de otro? El contenido de mi disposición original parece determinado por el modo en que descubro en un momento dado mi tendencia a continuar, más bien que al revés.

Parece que hemos agotado todas las respuestas posibles a nuestra cuestión. ¿Deberemos concluir que el escepticismo aparentemente arbitrario que subyace a la cuestión no tiene, de hecho, ninguna res- puesta, que no hay ninguna manera objetiva de seguir la regla? Esto parecería atentar contra nuestra intensa convicción de que 20.002, 20.004, 20.006 es la manera correcta de continuar y de que las otras alternativas son erróneas. Pero éste parece ser uno de los casos en los que el mero pensamiento no puede ser tan pretencioso. Afortunada- mente, existe una posibilidad que hemos pasado por alto, dado que, hasta ahora, nos hemos concentrado exclusivamente en los recursos internos al individuo que sigue reglas, sobre el tipo de cosas a las que podría señalar el solipsista.

En consecuencia, Kripke ve que la conclusión del argumento es la de que, para encontrar una base de nuestra creencia de que existe un método objetivamente válido de continuar la serie, debemos buscar, más allá del individuo, en lo que sucede a la comunidad de seguidores de reglas. En último término, el fundamento de la objetividad no radi- ca en el pasado, en la naturaleza de los primeros miembros de la serie o en nuestra anterior comprensión de la regla, sino en la conducta actual de nuestra comunidad lingüística o matemática. Lo que con- vierte en correcta nuestra continuación de la serie es el hecho de que la comunidad coincide con nosotros. Lo que convierte en incorrecta la expansión alternativa es el hecho de que sería única dado que, en este caso, «corrección» significa «actuar en coincidencia con los otros». Es fácil comprender la razón por la que la interpretación de Kripke se denomina «interpretación comunitaria».

Estas ideas sobre el seguimiento de reglas en matemáticas pueden generalizarse para que nos proporcionen el argumento sobre el solip- sismo que estamos buscando. El solipsista no admite comunidad algu- na para fundamentar su creencia de que es objetivamente verdadero que su sensación nueva es de dolor. Lo que quiere decir que, en un

caso nuevo, carece de toda regla que le lleve en una u otra dirección. Puede decir lo primero que se le ocurra con relación a cualquier regla, y será tan correcto como cualquier otra cosa. Lo que quiere decir que sus palabras pierden todo significado y se convierten en algo vacío. Si no importa lo que digamos, sería mejor quedarse callado. Por tanto, es imposible la existencia de un lenguaje privado como el que necesita el solipsista. Todo el lenguaje posible es necesariamente público, dado que no tiene significado alguno a menos que sea usado por una comu- nidad.