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MÁS ALLÁ DEL CONSENSO

IV- El conflicto como ausencia de un fundamento último

Un último nivel analítico del antagonismo implica el reconocimiento de la imposibilidad de contar con un fundamento último que, desde un plano teórico-filosófico, pueda dar cuenta de la objetividad y transparencia de la sociedad. En efecto, aún cuando la situación ideal de habla postulada por Habermas se considere como un estado ontológicamente imposible, aún podría argumentarse críticamente que las idealizaciones reconstruidas en aquella situación ideal quedan ellas mismas eximidas de la posibilidad de ser problematizadas. Por más delgado que sea ese campo de conocimiento reconstructivo, recaería sobre él la sospecha de ser el fundamento del sentido de la validez de la crítica y de la garantía última de la objetividad y la transparencia de lo social. Según el planteo de Mouffe, por el contrario, el reconocimiento explícito de la imposibilidad de contar con tal

fundamento constituye otra forma de referir al conflicto: “es necesario reconocer la dimensión de lo político como la posibilidad siempre presente del antagonismo; y esto requiere, por otra parte, aceptar la inexistencia en todo orden de un fundamento final” (Mouffe, 2011: 83). De allí que el antagonismo puede ser definido como la “‘experiencia’ del límite de toda objetividad” (Laclau y Mouffe, 1987: 142). El problema con el planteo habermasiano es que permanecería apegado a una forma de pensamiento metafísico, es decir, la búsqueda de un fundamento último que, en tanto anclaje estable, se constituye en el

Sin embargo, todavía para esta dimensión nuclear del problema del conflicto, existen ciertos argumentos que permiten pensar en una defensa del enfoque deliberativo. El debate suscitado entre Habermas y Karl-Otto Apel sobre la posibilidad y necesidad de una

fundamentación filosófica última nos sirve como base para sostener la carga de la prueba. Apel se propone acentuar explícitamente el carácter trascendental de los presupuestos pragmáticos del habla. De allí que denomine a su proyecto filosófico como pragmática trascendental. Este enfoque afirma que las reglas y normas del juego de lenguaje de la argumentación filosófica constituyen los fundamentos irrebasables de la razón crítica y que, por lo tanto, no puede pensarse como un juego entre otros, histórico y contingente, sino que debe ser presupuesto a priori cada vez que se pretenda validez universal para los actos de habla. (Michelini, 1998: 111) Apel sostiene que si resulta posible mostrar la existencia de “presupuestos indiscutibles (…) para todo pensamiento con pretensión de validez, entonces resulta, a mi juicio que, en general, es posible una fundamentación última pragmático-trascendental de la filosofía” (Apel, 1991: 38). Según esto, el saber que concierne a las reglas de toda argumentación constituye un supuesto necesario para toda reflexión teórica y práctica, y por tanto, en un conocimiento a priori no-falible.

Este análisis resulta excesivamente ambicioso a los ojos de Habermas, para quien el tipo de reconstrucción racional que emprende su pragmática universal no puede abstraerse de la validación empírica. Por lo tanto, dicho campo de conocimiento renuncia al rasgo trascendental a priori que demanda Apel, ya que dicha reflexión tiene su punto de anclaje en el análisis de los procesos comunicativos como aspectos de la experiencia. (Habermas, 1997: 322) Si, por un lado, la regla de argumentación de los hablantes competentes es para ellos un saber a priori, en tanto que un saber preteórico e inevitable (know how); por otro lado, la reconstrucción de ese saber en términos de una pragmática del lenguaje (know that) exige constataciones experimentales respecto de las conductas fácticas de los sujetos. De allí que, el campo de saber conformado por esas normas argumentativas se postulan como

reconstrucciones hipotéticas que deberían “poder ser contrastadas con intuiciones de hablantes, que cubran un espectro cultural lo más amplio posible” (Habermas, 1999a: 193). Con ello, queda claro que esta “deducción” en tanto hipótesis “no puede aspirar al status

de una fundamentación última, y (…) ni siquiera cabe alimentar una pretensión tan ambiciosa” (Habermas, 1985: 61). Desde la óptica de Habermas, ningún proyecto filosófico puede aspirar a conseguir un fundamento de tal tipo, ya que todo intento por dar con él

está condenado a un resultado de frustración. En los epitafios de esas derrotas filosóficas “se manifiesta del poder de la historia frente a la pretensión trascendental y los intereses de la razón” (Habermas, 1985: 132). Así, aún cuando este autor considere que el tema fundamental del pensamiento filosófico sigue siendo la razón y, consecuentemente, realice tantos esfuerzos por rescatar sus huellas desde las márgenes de las comunicaciones orientadas a entendernos, ésta ha de hacerse valer sin las garantías de un fundamento último y en las condiciones de su origen accidental. De allí que su concepto de razón comunicativa se repute como “demasiado débil porque destierra todo contenido al ámbito de lo contingente e incluso permite pensar a la razón misma como contingentemente surgida” (Habermas, 1990: 156). Con ello, Habermas se libera de las últimas amarras que lo sujetan a la certidumbre de un saber concluyente o fundamental. Bien puede pensarse entonces que hemos descendido junto con él hasta el más profundo de los horizontes en los que el antagonismo puede reconocerse.

Bibliografía

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Cambridge

LACLAU, E. y MOUFFE, C. (1987): Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Siglo XXI: Madrid

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REFLEXIONES EN TORNO A LO JURÍDICO Y LO POLÍTICO