EL MODELO PULSIONAL Oscar Masotta
EL MODELO PULSIO NAL
adecuación de las tendencias e impulsos con los objetos, sino más vale a la inversa, de un desarreglo tal vez fundam ental de la sexualidad humana, como se expresa Lacan, y cuyo testimonio en la teoría de F reud son la castración y las pulsiones. Remitimos entonces a nuestra audiencia, con el fin de facilitar nu estra ta re a , a la lectura de algunos luga res de la obra de Freud, aquellos donde él mismo hace h istoria o resume su teoría de las pulsiones: la Historia
del m ovim iento psicoanalítico y la Autobiografía, y ade
más la número X X X II de las N uevas conferencias (la se gunda p arte ) y el capítulo I I sobre la teoría de las pulsiones del A b riss der Psychoanalyse, la obra postuma e inconclu sa traducida al español bajo el título de Esquema, o Compen
dio del psicoanálisis.
E n 1914 la teo ría de las pulsiones se viene abajo. E sta adición que constituye el verdadero sentido de su introduc ción al narcisismo, lo obliga a reconocer un componente li- bidinal en las tendencias del Yo. Reemplaza entonces el an tiguo dualismo por la oposición en tre la libido del Yo y la
libido óbjetal, a la que en cambio no reconoce alcance defi- ¡vr'
nitivo, en el sentido que esta oposición no agotaría todos los componentes. F reud sigue sosteniendo en efecto que re caen en el Yo sim ultáneam ente componentes no libidinalés,\ especie de “in terés” no libidinal, de egoísmo, que veíamos' J r»: aparecer en la definición de narcisism o que abre la prim era página del texto. Poco tiem po faltaba, se sabe, hasta el momento en que este modelo quedaría reemplazado por su form a definitiva.
E n tre 1914 y 1920 todo el problema de la teoría p are ció resid ir en esos componentes no libidinales, el residuo de las dubitaciones y dificultades del trabajo sobre el n a r cisismo. Sin duda fue a p a r tir de este vacío que pudo fru c tific a r históricam ente la idea no freudiana de una zona neu- t r a del yo, libre de conflictos, el criterio p ara d eterm inar la capacidad del yo y sus funciones de adaptación, la esci sión entre lo norm al y lo patológico. Pero el camino que señalaban las especulaciones freudianas era, si se me per
mite, más tortuoso. Prevalece en prim er lugar, en el tiem po que restab a h asta 1920, la preocupación de F reud por las tendencias agresivas, los componentes destructivos del )
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Yo. P o r lo demás, no hay que d e ja r escapar un punto de sumo interés: Nunca se h ab rá recomendado lo suficiente sobre la m an era de leer ciertos textos. No ba¿ta p ara creer que se ha leído, en efecto, con an o tar todo lo cine un au to r dice. Es preciso a la inversa no desatender lo que el texto no dice. A hora bien, no hay referencias en el texto de 1914 — son una excepción fugaz sobre la que volveremos— a la \ — agresión, la destrucción o la pulsión de m uerte. Sobre in-
Producción al narcisismo contiene un convidado de piedra.
P ero se d irá, ¿por qué pedirle a un texto que hable sobre aquello que casualmente decide no hablar? ¿ P o r qué bus c a r la agresión y la destrucción en el texto sobre el n arci sismo ya que efectivam ente no está allí? La contestación es simple: la razón es la ubicación en el desarrollo de u n a . investigación que culmina en M ás allá del principio .del ) placer. Lo que está en juego en el vacío dejado por F reu d
del lado de las tendencias no libidinales del Yo, no es sino la relación del narcisism o con la agresividad. F reu d tem ía entonces, p a ra decirlo con una m etáfora ya que no ignoró el texto de Tirso, estrech ar la mano de la estatu a de Don Gonzalo. No pretendemos d ram a tiz ar la h isto ria de los con ceptos. Pero había ahí un meollo que el destino de Don Ju a n no com enta m al: una ra r a nada que lo abrazó todo en un ) in stan te. Dicho en térm inos sencillos: se ju g a b a el destino
de esa racionalidad que él mismo había introducido hacia 1900 con el significante (los sueños y el chiste) y esos vacíos y agujeros, a los que nosotros nos atrevíam os a decir que era preciso resg uard ar, y a los que ahora la construcción explícita de los térm inos de la doctrina muy asintóticam ente se iban acercando.
. E l texto m ayor del período que F reu d franqueaba lo j constituye sin duda Las pulsiones y sus destinos. P a ra sim p lific a r el estado de la teoría en 1915, digamos que F reud adscribe entonces las tendencias agresivas a las pulsiones yoicas. Podríam os decir que del mismo ir.odo que en el tra b a jo sobre el narcisism o se sella el destino del objeto, en ta n to F re u d lo liga a la libido yoica (modelo de la am eba) aquí se halla una cierta relación de la libido y el odio. A l m ism o tiempo que aparece el objeto en el estadio
del narcisism o primario, se determ ina la form ación del con-
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trario del amor: el odio. Freud no había dejado nunca de
reconocer la existencia de componentes agresivos en el se no de las tendencias eróticas, pero les había negado estatuto pulsional. E n este teno r su discípulo Adler se le había ade lantado: tal vez por ello es que Freud, cuando en su biogra fía tiene que sald ar cuentas con los dos grandes disidentes, no deja de reconocer cómo aquél no ignoró completamente, a diferencia con Jung, el concepto de pulsión. Se abrió en tonces la pu erta que perm itía considerar con más segura relevancia los problemas que siem pre habían preocupado a Freud y que hacen al estatuto del sadismo y el masoquismo en la teoría; de la misma m anera la cuestión de la ambiva lencia, el prototipo de la relación del niño con los objetos prim arios, y la estru ctu ra de las fases oral y anal del desa rrollo que, en los trab ajo s de A braham y ejemplificadas con múltiples ejemplos clínicos, iban ya adquiriendo aspec to de teoría term inada. El texto de Freud, por el contrario, parece retorcerse en el círculo peligroso de contradicciones a las que sólo dinamizan una dialéctica que va más allá del texto. A firm a por un lado, por ejemplo, la anterioridad del sadismo en relación con el masoquismo, y liga uno con el otro en virtud de la estructura íntim a (que en el texto llama
Schicksal, destino, vicisitud) de la pulsión: la vuelta con
tra la persona propia y la conversión en su contrario. Pero en la medida que ubica al sadismo * en posición de agente en el movimiento de la ida y vuelta y la transform ación, no deja de pensarlo en térm inos del prim er dualismo pul sional, cuyas insuficiencias conocía ya. P a ra este punto basta en cambio, en este caso, que ustedes consulten la en tra d a sobre pulsión de dominio (la Bem achtigunstrieb freu- diana) en el vocabulario de Laplanche y Pont-alis. En resu men: el sadismo no fue entonces más que la secuela, l a \ continuación de una función de relación prim aria, tem pra na, prototípica y condición del desarrollo y la adaptación del individuo biológico, y que consiste en la dominación de los objetos por el ejercicio m uscular. El control muscular del objeto, una tendencia activa hacia el mundo exterior, preside entonces la emergencia del sadismo y su significa-
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♦ E l sadismo a) violencia contra otro (p. 2045, Freud). -