EL MODELO PULSIONAL Oscar Masotta
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Duelo y melancolía (1917), L a disposición a la neurosis obsesiva (1913), E l Yo y el Ello (1923) y e r el artículo
sobre la Guerra y la m uerte (1915). La m ayor p a rte de las veces, por lo demás, el odio no aparece más que en p areja antitética con el amor y con el fin de defin ir la am biva
lencia. En Duelo y melancolía, aunque aparece siem pre so
lidario o tra vez, de la noción de ambivalencia, resalta en cambio de su contexto habitual de uso. E n la concepción freudiana de la melancolía — retom ada por A braham , y que constituye la base de la concepción psicoanalítica— el sujeto no ha podido sobreponerse a la pérdida de un objeto (m uerte de una persona querida, decepción, etc.). L a condi ción de esta incapacidad, a saber, el hecho de que el me lancólico no pueda elaborar, como se dice, la pérdida, que se vea impedido de realizar el trabajo del duelo, se debe — explica F reud— a una an tig u a identificación n arcisista con la persona querida y perdida. Cuando el melancólico , introyecta el objeto, la identificación narcisista deja sen tir los efectos de la ambivalencia. “Cuando el amor al objeto,
amor que ha de ser conservado no obstante el abandono del objeto, llega a refugiarse en la identificación narcisística, recae el odio sobre este objeto sustitutivo, calumniándolo, humillándolo, haciéndolo s u fr ir y encontrando en este su fr i miento una satisfacción sádica. E l torm ento indudablem en te placentero que el melancólico se inflige a sí m ism o signi fica análogamente a los fenóm enos correlativos de la neu rosis obsesiva, la satisfacción de tendencias sáAicas y de- odio orientadas hacia u n objeto, pero retraídas al yo del propio sujeto en la fo rm a como hemos venido tratando”
(p. 2096). Cuando aparece la palabra en este texto, F reu d rem ite al lector, al pie de la página, a que confronte con
Las pulsiones y sus destinos. ¿Cuál es la razón? ¿Qué dice
F reud en nuestro texto? Retengamos adem ás de Duelo y
melancolía esa referencia, central p a ra la teo ría de las
neurosis, que acerca este térm ino negativo mayor, el odio, al nudo del narcisism o y el autoerotismo.
EnjLos pulsiones y sus destinos el odio aparece definido en relación con el yo de placer purificado. El Yo, dice F reud, percibe como hostiles las p arte s del mundo que no puede incorporar. A p a r tir de u n a indiferencia con respecto al
% mundo exterior —ya que el Yo es autoerótico— percibe co mo displacientes los procesos y estímulos que le llegan de afuera. Acoge entonces los objetos que la economía narci- sísta y' las exigencias del placer le perm iten incorporar, y por decirlo así, vuelve a cerrarse, a percibir nuevamente como hostil todo índice de realidad que le sea extraño. El sentido más prim itivo de la oposición entre el am or y el odio, y puesto que todo lo amado es incorporado al Yo, es la coincidencia del resto no incorporado con lo odiado: j
“de manera que en el yo de placer purificado coincide de nuevo el objeto con lo ajeno y lo odiado’’ (pág. 2050). Es
bastante claro: el odio depende de algo que podríamos de nominar, a cambio de “función de lo real”, la “función del poco de realidad”. H ay ahí el sobrante que debemos re tener, que veremos aparecer incrustado en o tras articula ciones, y que nos perm ite hacernos u na idea tan to del des tino del melancólico como de ese “narcisism o de las peque ñas diferencias” que Freud a veces evoca. En el Tabú de la
virginidad (1917) se refiere a las fuerzas que hacen de
la m ujer un ser hostil y extraño: ellas dependen precisa
m ente de la menor diferencia entre gentes que de otra ma nera serían semejantes. E n Moisés y el monoteísmo señala
que la intensidad del odio a los judíos y la intolerancia, se sostiene y se ve fortalecida mucho m ás en las diferen cias mínimas que encías fundam entales *. En E l malestar
en la cultura y en Psicología de las masas se asom bra del
odio que opone a pueblos más cercanos, alemanés del norte y del sur, ingleses y escoceses, españoles y portugueses. E n este último texto insiste en el hecho histórico de que el resultado de la libido que unifica a los individuos del grupo es la emergencia del enemigo externo. ¿Cómo menos preciar los grandes ejemplos históricos, los cismas religio sos, o aquellas peregrinaciones m asivas que se llamaron cruzadas y que los papas utilizaron p a ra un ificar el obje tivo del odio y reducir la agresión in te rn a que enfrentaba a los caballeros?
Algunos com probarán en estos ejemplos la banalidad que am enaza la extensión de las ideas psicoanalíticas. ¿Quién
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ignora la historia del chivo em isario? Otros se regocijarán por el humanismo freudiano; otros descubrirán en los m is mos ejemplos la expresión de su pesimismo. Más cercanos a la verdad, los últimos podrían aceptar la vocación estruc tu ral de la reflexión: todos los casos m uestran, como dice Freud, que no es fácil p ara los hombres abandonar la satis facción que se une a la agresión. En todos los casos los ■efectos unificantes de la libido no alcanzan para dominar un reducto último al que se acoge un cierto “real”, un resto inalienable, motivo del rechazo y el odio. El caso de la melan colía no es diferente. Si el melancólico no puede soportar la pérdida del objeto, la m uerte del otro, no es sino porque ese otro, por vía de la identificación narcisística, no es sino él mismo. Pero todo ello quiere decir que la melan colía es el resultado del intento fallido de reducir el re ducto. Lo que el melancólico 110 puede soportar es el carácter
de otro del otro. El otro, como cuerpo extraño, permanece
en la enferm edad melancólica inalienablemente otro. ¿Quién podría olvidar el episodio im presionante en Los hermanos
Karamazov donde Dostóievski nos m uestra a Alioscha, el
menor de los hermanos, la fig u ra de la bondad, arrastrad o por la duda, trastabillante en su fe, incapaz de sostener él mismo su creencia cuando ante la m uerte del erem ita, a quien adoraba, descubre el hedor del cadáver? Si me perm i ten yo d iría que hay en la enferm edad melancólica un ca
dáver fáctico escondido. Interrogado sobre las supuestas
causas de su negativa a in g e rir alimento alguno, un melan cólico me refiere un día la experiencia de la m uerte de su esposa: obsesionado por el sentim iento casi físico de que nada tenía él que ver con el cadáver, había abandonado el velatorio.
Volvamos una vez más a Duelo y melancolía. Sólo por facilitar la exposición podíamos poner el odio y el sadismo en el mismo paquete. P or lo demás — relean ustedes el texto con cuidado— F reud los considera por separado: estudia el sadismo (o la unidad sadismo-masoquismo) cuan do se ocupa de la pulsión; el odio, en cambio, en referencia al amor. Del mismo modo Lacan nos advierte —refiriéndose siempre a nuestro texto— que p ara F reud el amor no es una pulsión.
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