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84 OSCAR MASOTTA

EL MODELO PULSIONAL Oscar Masotta

84 OSCAR MASOTTA

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fig u ra del profeta. Según el prim ero, Moisés h ab ría roto las tablas al pies del Monte; en los relatos de la segunda el p ro feta aparece como ser iracundo, sujeto a habituales a ta ­ ques de ira. F reud nos dice, en efecto, que la posición del pro feta en la escultura está lejos de rem itir al momento inm ediatam ente posterior, el que sigue al descubrim iento del pueblo adorando al becerro y en el que destruye las ta ­ blas. Miguel Angel, por el contrario, habría esculpido la violencia inhibida, la intención de salvar las tablas que están por caer al suelo. Tres mociones: prim era, la cólera; segunda, la mano derecha del coloso sale a a p re ta r sus b a r­ bas en gesto enérgico; pero tercero, el brazo derecho, casi ridiculam ente, había olvidado la existencia de las tablas, y rápidam ente vuelve hacia ellas para su jetarlas. Según F reud, Miguel Angel se estaba dirigiendo así, adm onitoria- mente, al papa Julio II, quien em prendía en su tiempo la unificación italiana sin renunciar a ninguna violencia. Pe- ro. ¿qué es lo que inhibe, a ciencia cierta, el gesto colérico, el impulso destructivo de Moisés? Quiero decir, ¿la Ley que las tablas representan (la L e y ), la escritu ra inscripta sobre las tablillas (la le tra) o las tablillas m ism as (el o b je to )?

Pero se d irá que si la cólera es motivada, como en el relato bíblico, el impulso destructivo pertenece al registro -del desprecio y no al de la agresión. Me parece que se po­

d ría contestar en cambio que el desprecio no es sino un caso del odio: en el caso de Moisés el deseo fulm inante de red ucir la voluntad del pueblo, sea cual ella fuera, a la nada. De cualquier m anera, y eso complica toda respuesta, ahí está, tablilla o letra, la Ley. E l caso inverso, aunque no completamente simétrico, sería el de los crim inales por sen­ tim iento de culpa. U na m u estra aun, cuya conexión con nuestro tem a de la pulsión y la agresividad se n egarán a reconocer: la historia de aquella m ujer, dice F reu d en Más

aüá del principio del placer, que “casada tres veces, vio al

poco tiem po y sucesivamente en ferm ar a sus tre s m aridos y tuvo que cuidarlos h asta su m u erte” (pág. 2516). F reu d refu erza su ejemplo con La Jerusalén liberada de Tasso, eií que el héroe, sin saberlo, asesina dos veces a su a m a d a . . .

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“Quienes crean en los cuentos de hadas — escribe F reud

en E l m alestar en la cultura— no les agradará oír m en­

tar. .. die angeborene Neigung des M enschen zum ‘Bösen’, la innata inclinación del hombre hacia lo malo’l (al 479,

IV

En su sem inario sobre el Yo, uno de los prim eros de la serie que Miller está editando recién en francés, serie que am e­ naza sobrepasar los veinte volúmenes (nosotros disponemos en traducción española Los cuatro conceptos fundam entales, correspondiente al año 1964), Lacan reflexionaba sobre el reloj. N adie ignora la im portancia de las m áquinas en la historia del traslado de bienes, la comunicación geográfica, la circulación y el ensancham iento de la vida hum ana. E n el año 1656 el m atem ático holandés C hristian Huygens, agui­ joneado por la idea de encon trar un criterio de m edida del tiem po p ara la observación de los cielos, descubre la apli­ cación del péndulo en la oscilación de los movimientos de los relojes. Desde entonces — cosa que no carece de m iste­ rio, dice Lacan— se ha podido saber el tiempo muchísim o m ejor. Los filósofos de la experiencia vivida y del élan vita l han sido sin ¿ud a los culpables, o los cómplices, de un sentim iento popular contra estas pequeñas m aquinitas ta n cotidianas, y por la perfección electrónica ta n increíble­ m ente exactas. Todavía en Heidegger se percibe claram ente la contraposición de un tiempo —¿cómo llam arlo?— m ejor, distinto, más cercano a la verdad y el tiempo juzgado triv ia l de los relojes. “La m áquina — escribe Lacan en su sem inario

“Le M o i . — encarna la actividad simbólica m ás radical de!

hom bre”.

Hablo de tiempo porque calculo que no va a alcanzar. Que se me perm ita extender el de la reunión de hoy: divi-

)

diré lo que tengo ahora que decirles en tres p artes, de cuarenta y cinco minutos cada una. En la prim era retom a­ remos el discurso en el lu g ar que lo dejamos ayer suspen­ dido, y según su pendiente n atu ra l, diremos algo sobre el am or y el psicoanálisis: Pero, ¿no es ya una m aravilla que alguien pueda prom eter h ab lar del am or en un tiem po m e­ nor a cu aren ta y cinco m inutos?

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E n un pasaje de La disposición a la neurosis obsesiva (1913) insiste F reu d sobre la idea de la originalidad y precedencia de los impulsos hostiles y el odio; le parece recién entonces com prender una frase de Stekel “en la que se afirm a que

el sentim iento primario entre los hombres es el odio y no el amor” (pág. 1743). Pero, ¿dónde reside la razón? Nos

interesa an te todo ubicar la frase de Freud en el contexto donde aparece: una investigación del problema de la elec­ ción de neurosis, a saber, la necesidad de h u rg ar en el con­ cepto mismo de etiología, ra sc a r en la necesidad de la causa. Quiero decir: F reud se p reg u n ta en verdad por la u tiliza­ ción de los conceptos de que dispone, los que ha venido cons­ truyendo, y la comprensión de la neurosis. Leerán ustedes en el texto la referencia a las “series com plem entarias”, a saber, que el trasto rn o psíquico es el resultado de una cierta colaboración — cuya proporción por lo demás nadie pudo nunca establecer— en tre las causas constitucionales y las que pertenecen al orden de los accidentes de la h is­ to ria y la vida del sujeto. Se quejarán ustedes y me acu­ sa rán de burlarm e en algunos casos de aquellos que creen en lo constitutivo freudiano, y en otros casos en cambio de asumirlo. Lo que ocurre es que a veces —ya lo he acep­ tado, F reud era un hombre de su época— los textos se acercan aparentem ente a la ideología médica, m ientras que en otros, utilizando los. mismos térm inos, se alejan n o ta ­ blemente de ella. Además confronten ustedes en este te x ­ to de 1913 la nota al pie de la p rim era página p a ra lo g rar una idea aproxim ada del ten o r de la referencia freu d ian a

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la biología: se tr a ta de los trabajos de Wilhelm Fliess *. P a ra acercarnos al problema de la elección de neuro­ sis, F reud dice contar con una m ultitud de experiencias anteriores. Le parece necesario distinguir dos niveles: por un lado el que corresponde a las etapas del desarrollo libi- dinal, y por el otro las etapas del desarrollo del Yo. ¿Qué se entiende por cada uno? E l prim ero no ofrece dificultad: rem ite a la doctrina de las zonas erógenas, la oralidad, la analidad, la genitalidad, ordenadas según un desarrollo tem­ poral necesario. E ste esquema evolutivo, se sabe, es solida­ rio de las nociones freudianas de fijación, de regresión. Se comprende por ejemplo el carácter obsesivo, la obsesión por el orden y la limpieza, en las m ujeres menopáusicas. Tal edad de la vida priva a la m u jer de la satisfacción sexual: la regresión a la fase anal, a otro tipo de satisfacción, queda entonces indicada.

Pero ¿qué hay que entender por etapas de lo constitu­ ción del yo? La cuestión es delicada, y el texto, a pesar de todo, no resulta demasiado oscuro. Recuérdese que estamos en 1913: es decir, a sólo un año de distancia del trabajo sobre el narcisismo, y dos años después del trabajo sobre el presidente Schreber. E n este último F reu d había ya ope­ rado la libidinización del Yo: la paranoia se comprende como estancam iento de la libido en el narcisismo. Estamos en la época de la reacción de Ju n g y su ejemplo del anaco­ reta. En el texto de 1913 F reu d resume la etapa franquea­ da de la siguiente m anera: Al principio habíamos recono­ cido una etapa autoerótica “en la cual cada una de las

pulsiones parciales busca, independientem ente de las demás, su satisfacción en el propio cuerpo del sujeto”, etapa a la

que seguía otra, ya definitiva, donde se llevaría a cabo “la

síntesis de todas las pulsiones parciales, para la elección de objeto, bajo la prim acía de los genitales y al servicio de la reproducción” (pág. 1740). A hora bien, a p a rtir del aná­

lisis de Schreber y n u estra reflexión sobre las parafrenias,

* "Desde que los trabajos de W. Fliess han descubierto la im­

portancia de determinadas magnitudes de tiempo para \a. Biología, puede sospecharse que las perturbaciones de la evolución dependen de una modificación cronológica de sus avances”.

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hemos debido introducir, dice F reud, in terp o lar entre el au- toerotismo y la elección de objeto una nueva etapa. Se tr a ta del narcisismo: “en el cual ha sido efectuada ya la elección

de objeto, pero el objeto coincide todavía con él propio yo”

(pág. 1740).

Freud sugiere entonces u na especie de dialéctica irre ­ suelta e irresoluble en tre la fu erza constante que ejercen las pulsiones parciales en el sentido de su autonomía, la tendencia del conjunto por lo mismo a la dispersión, y la unificación n arcisista por el otro lado. Obsérvese que de la misma m anera que podíamos hab lar de modelo simple de la defensa, podríamos ahora hab lar de modelo simple de la represión, y aten d er a su diferencia con el primero. Que la represión constituya un destino de la pulsión, para expre­ sam os como Freud, remite' en p rim er lu g ar a su carácter de parcial. Del lado del sistem a represor, se entiende, se hallan las exigencias del narcisism o. ¿Qué hay que enten­ der por narcisism o? Veremos que sería imposible in te n ta r el menor acercam iento a su comprensión sin la referencia a la función fálica. El narcisism o en p rim er lugar es idén­ tico a la ecuación cuerpo igual Falo. Pero ¿no podríamos decir ahora que el narcisism o no es sino el encuentro de las funciones sintéticas del Yo hum ano con la libido, o bien, la captura de las prim eras > por la segunda? ¿Qué pasa cuando la lamelle hace presa*de la fuerza o de las tenden­ cias hacia la síntesis que la psicología de siem pre debió in ­ s e rta r en la estru ctu ra y en la definición misma del Yo humano?

Sobran razones p ara afirm ar, como lo hace Freud en el texto, la existencia de una discordia en tre la línea de la

“evolución del yo” y el nivel del desarrollo de la libido, la

dispersión que resulta de las exigencias autoeróticas de las zonas erógenas y pulsiones parciales. Lo interesante es que F reud plantea tal discordia en térm inos de una falla de la correlación tem poral: la evolución del Yo se superpone mal a la evolución de la libido, la p rim era se adelanta a la segunda. Textualm ente: existe una “anticipación temporal

de la evolución del yo a la evolución de la libido” (pág.

1743). E sta noción de anticipación, se adivina, es fundam en­ tal para nosoti’os: define la m atriz del yo tal como se cons-

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tituye p ara Lacan en el estadio del espejo. P ero no aban­ donemos el texto freudiano: “tal anticipación obligaría, por

la acción de las pulsiones del yo, a la elección de objeto en un período en que la función sexual no ha alcanzado aún su forma- d efinitiva” (pág. 1743). E n resumen, en el mo­

mento en que un yo adelantado sale a la búsqueda del ob­ jeto sexual, el sujeto no se ve aún genitalizado, acusa el atraso de la erogenización corporal. Aborda al objeto en­ tonces pregenitalm ente, con lo que puede: según el modo de la analidad. Las exigencias del sadismo y la hostilidad anal em bargan el acceso al objeto. Freud dice entonces que de esta m anera se podría entender la cuestión de la elec­ ción de neurosis, la determ inación de una neurosis obsesiva. Pero es curiosa la m anera en que el texto se desliza, se desbarranca casi, desde una preocupación referida al^ pro­ blema de la etiología, h asta consideraciones sobre la génesis de la m oral y la frase de Stekel. “S i reflexionamos que los

neuróticos obsesivos han de desarrollar una supermoral para defender su amor objetivado contra la hostilidad acechante detrás de él, nos inclinaremos a considerar como típica en la naturaleza humana cierta medida de la anticipación de evolución del yo y a encontrar basada la facultad de la génesis de la moral en el hecho de que, después de la evo­ lución, es el odio el precursor del amor” (pág. 1743).

Dos observaciones: debemos retener en prim er lugar la vocación del texto, la clara intención del- acento. Freud no dice nada sobre el alcance que debemos asig n ar al des- fasaje en tre el tiempo de la libido y el tiempo del yo. Sin embargo, el deslizamiento, el salto que lo lleva a la génesis de la m oral, no indica que piensa el desfasaje como caso p articu la r de una neurosis, sino que lo concibe en térm inos

constitutivos. H ab ría allí una verdadera quiebra del terreno

geológico como consecuencia del carácter o la función de anticipación del yo. E l desfasaje nos advertiría por lo mis­ mo sobre el e rro r de considerar el nivel que en el texto F reud llam a del desarrollo de la libido, a saber, el desarrollo de la sexualidad según el esquema de las etapas, como mo­ delo de un desarrollo de las pulsiones y su culminación en alguna “relación m adu ra de objeto”. F reud nos muestra, al revés, a las etapas del yo en cortocircuito con las etapas

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