EL MODELO PULSIONAL Oscar Masotta
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que sería erróneo ta ch ar de hipóátasis biológica. U n solo ejemplo es suficiente p ara probarlo. Al comienzo del capítulo VI de Más allá del •principio del placer rechaza la idea de u n ir la m uerte al destino, la “soberana A nanke”: ve en eso un paliativo para evadir la contingencia del azar, a saber, la conveniencia de echar el fard o a alguna ley n atu ral cuan do, ante la m uerte de un ser querido, queremos ocultarnos que tal vez podía haber sido evitada. La m uerte no es natu- s~ ral, idea que aun es ex tra ñ a — agrega— a los pueblos | prim itivos, quienes “atribuyen cada fallecimiento de uno de
los suyos a la influencia de u n enemigo o de un m al espí ritu ” (pág. 2529). A firm ación paradójica cuyo acento no
hay que d ejar escapar: si la m uerte no es natural, y por lo mismo, si no -pertenece sin más a la naturaleza, esa es una buena razón — es la conclusión del p árrafo — p ara ir a pre guntarle a la biología sobre el alcance de esa creencia. .¿Ha b rá que concluir por lo mismo que F reud se propone única mente recalcar el carácter cu ltural de la muerte, es decir, hacer depender su significación de las representaciones co lectivas, y aun, y por lo mismo, de la relatividad introduci da por las diferencias en tre culturas distintas? Pero, ¿cuál sería la necesidad entonces de esta referencia, extravagante incluso, a la biología? Pero no hay que p asar tampoco po r alto esa preciosa remisión al ejemplo de los prim itivos, la que em- p aren ta el texto con aquellas o tras especulaciones de T ótem y
Tabú. El culpable de la m uerte, p a ra un primitivo, es el ene
migo. Pero cuando se ha logrado d a r m uerte a un enemigo , — F reud citaba los datos de F razer— no se deja de im plorar su perdón, de llorarlo, de acom pañar con cánticos al cadáver o a su cabeza decapitada: “No te encolerices contra noso
tros porque tenemos aquí con nosotros tu cabeza. S i la suerte no nos hubiera sido favorable, serían probablemente nuestras cabezas las que se hallarían hoy expuestas en tu pueblo” (II, p. 1770). El enemigo m uerto, se ve, es u n seme
jan te, uno mismo en el lu g ar del otro, y solamente un azar que ninguna ■ representación cultural podría controlar hace que sea él quien ocupe hoy el lu g ar de uno. E n esta in cu r sión por la etnología —que siem pre dejará descontentos a los antropólogos— F reud afirm a la im portancia y la regu laridad de tres grupos de prescripciones: los tabúes que
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pesan sobre la conducta con los enemigos, los relativos a i los jefes, y los que defienden contra los muertos. En Tótem
y tabú, F reud prep ara así la introducción de su reflexión
sobre el padre prim ordial y el mito de la horda prim itiva. ¿No se adivina acaso que tales tres propiedades, ser un enemigo, un jefe y un muerto, no se refieren sino a la figura o al ser del padre? ¿Adonde puede llevamos entonces esta referencia a la m uerte del padre en un texto que entiende ir a preguntarle a la biología sobre la significación y el alcance de la m uerte? No es necesario dudarlo: en prim er lugar a las torsiones por las cuales el discurso freudiano se constituye como tal. ¿Qué tiene que ver la m uerte mítica del padre que en Tótem y tabú funda la entrada del sujeto a la prohibición del incesto, la prohibición que asegura la pertenencia del sujeto al orden social y la cultura, con la vida de los infusorios y la reproducción de los protozoarios? Todo, contesta Freud. Deberán ustedes perdonarm e que lleve yo a estos extremos la intención del texto freudiano, pero, ¿no se percibe el motivo de su originalidad?
Que no se crea que me propongo aislar o considerar como secundaria la referencia freudiana a la biología como ciencia: sólo señalo que no es obvia. Pero es fácil equivo carse: en Más allá del principio del placer Freud persigue un objetivo preciso, que no es otro —me parece que la com paración es eficaz— que hacer g ira r la tuerca aún una vuelta más. Me refiero a The tu rn o f the screio, el incom parable y muy conocido relato de H enry James. Sólo el texto literario y esa capacidad de utilizar las convenciones de que dispone el autor, pueden conducirnos a verdades que de otro modo perm anecerían desconocidas p ara nosotros: co mo por ejemplo la imposibilidad de decidir si un niño ha visto o no a un ser inexistente, a un fantasm a. El estatuto de lo real como real, nu estra relación con los objetos exis tentes, n u estra creencia en ellos o su rechazo, depende de la capacidad de integrarlos en los. límites de nuestro pensa miento. Pero, ¿cuáles son esos lím ites? Pero, ¿no sería top£0 menospreciar la enseñanza de Jam es al descubrir sus ,,a$ü- ficios? En efecto James no hace más que in tro ducirlos en un mundo objetivam ente habitado por una serie de/ ciones, m ientras que subrepticia y sim ultáneam ente naM
depender esos mismos fantasm as de las mentes caprichosas y perturbadas de dos/ niños. La inmixión de un tercer per sonaje, la in stitu triz interesada en esas mism as existencias ambiguas, y aun horrorosas, es su artificio final. Se deci dirá entonces que esos seres ambiguos, esas apariciones que atorm entan y v isitan los ojos de los niños, no son más que eso, seres desprovistos de existencia, inducidos cuanto más por la colisión del alma infantil con los deseos morbosos, desmesurados, sexuales de la institutriz. Retornaríam os así a los límites habituales de n uestra racionalidad. Pero ha bríamos perdido tam bién la idea fundam ental, a saber, que |1 sujeto en cuestión sólo se constituye a partir del otro. En The tu m o f the screvj el sujeto que lee no puede perm a necer ajeno ni a la creencia de los niños ni al deseo de la instituriz, y se ve arrastrad o por un indecidible: es la experiencia concreta de esta lectura. Pero lo que otorga al relato su cualidad inigualable resulta de que el mismo gé nero literario m anifiesta una transform ación: el giro de la tuerca opera en el in terio r mismo del discurso. Si las apa riciones son alucinaciones o m entiras de los niños, ellas no son reales y entonces el relato no se aleja de las convencio nes del realismo; si en cambio debiéramos aceptar que en el universo interno y circunscripto del cuento esos fan tas mas son reales, el cuento pertenecería al género de lo fan tástico. Pero Jam es no nos deja decidir, nos cuenta siempre como en la onda que no corresponde, hace g irar, mueve la convención en el momento preciso, el mismo en que nosotros contábamos con su quietud, para dejarnos precipitar así en el terreno de una racionalidad novedosa.
¿E s posible sim plificar la lectura de Más allá del prin
cipio del placer? Texto sinusoidal donde F reud se propone
derrocar por un lado posiciones propias, y por otro, como no abandonarlas. Lo que está en juego es el estatuto del
placer y la noción m ism a de principio. Vuelvan ustedes una
vez más a Las pulsiones y sus destinos y comprueben que F reud habla del principio del placer en térm inos de postu
lado. Pero, ¿qué es un postulado sino algo que deberá per
manecer quieto a lo largo de todo el razonamiento, de toda la demostración, algo a lo que se acude cada vez que se quiere seguir deduciendo? A hora bien, lo que aquí es reti-