Capítulo 2: Dime cómo me llamo y te diré cómo me lees: sobre El aprendiz de Mago y
2.2 Aproximación a las narraciones
2.2.2 El monstruo mentiroso
dedican al mundo de la poesía.
2.2.2 El monstruo mentiroso
En este texto se presenta, a través de la voz de un narrador en primera persona del plural (un niño), un personaje propio de la tradición literaria infantil e incluso de las narraciones épicas clásicas: el monstruo. Aquí, el narrador participa activamente en el desarrollo de los hechos, e incide en el comportamiento del personaje sobre el cual versa el relato; un monstruo de laguna con siete cabezas, tres colas y un corazón grande. Este ha decidido, después de años de soledad, acercarse a un pueblo para pedir a sus habitantes le sea posible vivir con ellos, pues le agobiaban la vejez y la tristeza de estar completamente solo. La imagen de un ser que podría perfectamente atemorizar a los habitantes del pueblo es trastocada por la de un monstruo que requiere de ellos para desterrar sus emociones. Es un proceso de humanización de seres sobrenaturales que buscan el resguardo de su soledad, ya que durante años solo ha estado acompañado de un ramillete de nardos, una brújula y una carta de amor encontrada en el interior de una botella.
La caracterización del personaje “monstruoso” que se ha cansado de asustar y que busca la compañía de los humanos se va reconfigurando a partir de la relación que establece con ellos. Pues, los humanos le reclaman por un tesoro que el monstruo asegura se encuentra en las profundidades del lago del que pareciera haber huido despavorido, le solicitan traer el tesoro a tierra y, tras la negativa del monstruo, optan por señalarlo de mentiroso. Este hecho trastoca la imagen tradicional de un ser de gran tamaño que,
usualmente, generaría temor en aquellos que se le aproximan, pues es él quien está siendo transgredido por los humanos.
Así, el abrigo y fraternidad que el monstruo buscó en el pueblo, se convirtió, paulatinamente, en la razón de su tragedia. Allí se manifiesta claramente la idea del valor que pueden tener los objetos y que, en este caso, son representados por oposición. Pues, si para el monstruo hay un valor sentimental contenido en elementos que parecieran carecer de trascendencia, para los humanos el valor está en la posibilidad de adquirir poder a través del tesoro. Situación en la que se manifiesta la violencia contenida a partir de la muerte metafórica del alma y la pérdida de los sueños e ilusiones con los que el monstruo piso tierra. (Golovátina y López 220). Y por eso, ahora sus
siete cabezas se menean tristemente, sin enojo. Pero su corazón ya no es un tambor alegre. Encoge sus catorce hombros y va a buscar su sitio predilecto, un gran patio en el mercado, hirviente y acogedor, rico en libélulas, donde se tiende a disfrutar del sol del mediodía: mucho tiempo viviendo en las profundidades lo hizo padecer para siempre de falta de luz. Fuma incansablemente sus cigarros y parece ignorarnos. (Aprendiz 25)
Esta caracterización rompe la brecha entre los humanos y los seres extraordinarios como entre el personaje monstruoso y el lector. Pues, el personaje fantástico se le presenta como un ser que siente y percibe el mundo, quizá de la misma manera en que este último lo hace. Dicha aproximación crea un vínculo que le permite al lector sentir compasión por un ser que pareciera estar creado con el único fin de infundir temor y, por otro lado, despreciar el comportamiento de los humanos que, en este caso, hostigan al monstruo, dominados por la avaricia y el interés de obtener un tesoro que, les dijeron, apagaría por siempre la luz del sol.
En este sentido, el monstruo afirma que “la luz de ese tesoro es fría, y es tan intensa que puede ocultar la luz del sol; y yo prefiero el sol, que tiene luz, pero es caliente; lo
prefiero a cualquier tesoro” (Rosero, El aprendiz 24). Este hecho, distingue tajantemente el carácter de los personajes presentes en el texto, da cuenta de sus intereses y de la forma como se relacionan con el mundo, un mundo cercano y próximo al nuestro. Así, el apelativo que recibe el monstruo, y que da título al relato, es el resultado del señalamiento realizado por aquellos en quienes, en un primer momento, buscó refugio.
Después de tanta insistencia, el monstruo cede a las exigencias de los humanos y camina rumbo al lago para lanzarse a sus frías aguas y rescatar un tesoro que para él no tiene trascendencia. Mientras se desarrolla la acción, el narrador describe el paisaje y la presencia del sol como un espacio calmo y maravilloso, situación que se interrumpe abruptamente por la necesidad de adquirir poder a través del tesoro:
Atardecía cuando llegamos. El sol era una gran mancha rojiza cayendo detrás de los montes que rodeaban la laguna. Su resplandor acariciaba las aguas, y todo brillaba de llamas como un arco iris. Nosotros pensamos en el tesoro. Si el tesoro era capaz de ocultar la luz del sol, debía ser con seguridad un espléndido tesoro (Rosero, El aprendiz 27).
De esta forma se superpone el deseo humano como marca de la violencia, ante el deseo de un monstruo que no busca nada más allá de la amistad, la calma y la libertad. Es “el reemplazo de un ser vivo por un objeto que ayuda a resaltar lo absurdo de la violencia” (Golovátina y López 220) y la configura no solo como un acto de agresión física sino como la deshumanización del hombre, quien siente mayor interés por los objetos que por los seres vivos que le rodean. A medida que el monstruo se aproxima al tesoro desaparece el sol, y los intereses de cada uno de los hombres, expectantes por recibir la gran fortuna, empiezan a dividirse, a fragmentarse, al igual que la unión que en algún momento atrajo al monstruo para vivir en sus tierras, y la esperanza de aguardar por un tesoro prometido se diluye, como la presencia del monstruo, mientras en el pueblo crece la tristeza de estar sin él.
Rosero configura la idea de un ser imaginario que se ha humanizado a través de las emociones y sentimientos que representa. Ya no prevalece el temor de su presencia en el pueblo ni la posibilidad de que su existencia sea un signo inmediato de perversidad y maldad. Al contrario, es él quien resulta temiendo del comportamiento de aquellos que creía serían la salida de su tristeza y soledad.
Junto con los elementos mencionados, nos encontramos con la transformación contundente del tipo de narrador. Entendemos que la historia está siendo narrada por un niño, sin embargo, las descripciones, el lenguaje y los términos utilizados no corresponden con su edad. En este sentido, el lenguaje del texto no es necesariamente un lenguaje construido para ser comprendido y leído por un público infantil, sino que a través de él se consolida un proceso dialógico con todo tipo de lector. Pues,
si bien la categoría de literatura infantil y juvenil significa literatura sobre niños o literatura dirigida al público infantil y juvenil, no se debe olvidar que, mientras sus autores no sean los mismos niños y jóvenes, es una producción de un mundo de experiencias, percepciones y objetivos adultos. (Golovátina y López 226)
2.2.3 Una bicicleta encantada
Aunque este texto no aborda una imagen o personaje arquetípico de la literatura infantil, sí construye un sentido de ficcionalidad a partir de la presencia de un objeto encantado, la bicicleta. La realidad es creada, nuevamente, desde la mirada del niño, quien no se ubica, en un primer momento, dentro de un contexto imaginario, irreal o fantástico. Por el contrario, crea la visión y perspectiva del mundo a partir de su propia imaginación, pues, su percepción respecto a los objetos es el elemento fundamental en la relación que este establece con el mundo.