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Capítulo 1: Una literatura transparente para lectores transparentes

1.3. Evelio Rosero: solo la literatura transparente comprende la grandeza de ser

Si bien el tema de la violencia ha sido la materia prima de gran parte de la narrativa colombiana, ya sea desde la novela de la violencia o novela en la violencia, caracterizada por Cristo Rafael Figueroa, y el análisis de esta categoría ha permeado, considerablemente, el estudio de las obras de Evelio Rosero, pocas veces la crítica se ha preocupado por analizar aquellos textos que marcaron sus primeros pasos en la creación literaria y su reconocimiento dentro del canon literario colombiano.

La producción del autor ha traído a la luz, explícitamente, la problemática del conflicto colombiano, el desplazamiento forzado, las masacres y todas aquellas atrocidades que han marcado o desgarrado la historia del país. Sin embargo, Rosero trabaja y aborda la temática de la violencia desde múltiples perspectivas que no responden, precisamente, a un público lector específico: el adulto.

Descubrir cuáles son esos matices de la violencia que se configuran dentro de su producción anterior a obras como; En el Lejero (2003), Los ejércitos (2006) o La carroza

de Bolívar (2012) implica retomar aquellas narraciones en las que prima la mirada del niño,

la construcción de una imagen de la infancia que nos resulta compleja de digerir y la forma en que se construye el mundo dentro de esta etapa. La necesidad de volver al pasado conforma el corpus de dichas obras, refleja una perspectiva distinta de la realidad y determina una estética de la violencia que profundiza en otras problemáticas que no necesariamente están en relación directa con el conflicto. Pues, hay otra suerte de violencia

que pocas veces se analiza y que resulta ser la matriz de las acciones que se ejercen posteriormente.

Rosero reconoce, en su ensayo La creación literaria (1993), que dentro del marco de la literatura “los temas siempre han sido los mismos, y hay regiones culturales que son cantera de idénticas posibilidades de ficción. Pero sólo García Márquez pudo escribir Cien

años de soledad, y sólo Cervantes el Quijote, a pesar de Borges y su Pierre Ménard” (113).

Esta afirmación, en boca del autor, nos ilustra aún más el panorama bajo el cual son analizadas la mayoría de sus novelas. Si bien es importante reconocer estos marcos conceptuales también es indispensable identificar de qué manera se consolida en Rosero esa narrativa infantil que irrumpe por completo en el imaginario de este tipo de literatura y redescubre la realidad a partir de la mirada, ya no tan inocente, de un niño.

Sus palabras nos permiten determinar que el autor consolida una estética narrativa sobre la violencia, que no debe ser juzgada, únicamente, a partir de la relación entre su obra y la de aquellos autores que han marcado un hito dentro del campo literario colombiano. Pues, cada autor es una obra, un universo de significación que puede ser estudiado de manera independiente. Este sentido de individualidad ha sido defendido por Rosero en múltiples ocasiones y es, precisamente, el fundamento de su análisis sobre la creación literaria. Pues, aunque la obra se enmarque dentro de un contexto determinado y se involucre en esas “canteras de ficción”, el escritor tiene la posibilidad de imprimir variaciones que están definidas por la obra misma y el género al que pertenece. Pero, es sobretodo el Tono, marca propia de la individualidad y de su propuesta creativa, la característica que organiza las variaciones mencionadas previamente y estructuran el lenguaje de la obra.

Evelio Rosero ha desplazado su escritura por los diversos géneros literarios. La novela, la poesía, el teatro y el cuento son sus principales fuentes de construcción narrativa y evidencian la “flexibilidad” de la propuesta estética del autor. En 1993 reconoció que la generalidad de su obra tenía que ver, en primer lugar, con la infancia y, posteriormente, con la adolescencia. Incluso los esbozos que hasta el momento había realizado de crear novela histórica fueron atravesados por esa necesidad de volver a la infancia y re-descubrir, a través de ella, una perspectiva del mundo que paulatinamente será desdibujada por la imperiosa adultez.

Por ello, la presencia de los niños es un eje importante en su novelística, si pensamos específicamente en la trilogía Primera Vez. De esta manera, sus cuentos para niños se encargan de mostrar una especie de irrupción con la consideración tradicional de que la infancia es una etapa diáfana en la vida del ser humano, para ser constituida como un periodo en el que también se comprende lo cruel, doloroso y desgarrador de las relaciones humanas. Rosero confirma, precisamente, la relación entre Primera Vez y sus narraciones infantiles, cuyo vínculo obedece a la existencia de un personaje infantil que narra sus experiencias y la forma como ve y comprende el mundo de los adultos, así como su papel en un universo en el que pareciera no tener lugar. Estas narraciones evidencian una suerte de violencia que no discurre en presentar, explícitamente, aquellos eventos que han desangrado durante años al territorio colombiano, y que no solo los medios de comunicación sino la literatura misma ha convertido en un lugar común.

Rosero afirma que detrás de cada tragedia hay carcajadas y esta afirmación no debemos dejarla en saco roto. Pues, dentro de su propuesta es imprescindible la representación dialógica entre lo trágico y el humor, entre la “persistente desolación de sus personajes” y lo caricaturesco de los mismos y, por tanto, la maravillosa infancia y la triste

constatación de que incluso en este periodo de la existencia la vida sigue siendo compleja, mordaz y desgarradora. Asumir que El aprendiz de mago y otros cuentos de miedo es una obra orientada a un público diferente al que leería sin estupor Los ejércitos, no implica que el texto no sea sensato, tanto como la capacidad que tiene un niño de imaginar y concebir como real ese mundo que al adulto le resulta incomprensible.

Sin embargo, este tipo de narrativa ha pasado sin mucho reparo dentro del análisis crítico de su obra. Aunque su producción de cuentos infantiles es innumerable y aborda temas de diversa índole que vislumbran una panorámica de la infancia que transita en la frontera entre lo real y lo imaginario.

La consolidación de su propuesta estética se encuentra determinada por aquello que el mismo Rosero enuncia en La creación literaria (1993). Pues, son los cuentos, un esbozo de una obra inacabada, los que lo lanzan al universo vertiginoso de la escritura y que resultan convirtiendo su actividad literaria en “la desesperación de acabar y poner punto final a los fantasmas invocados” (120). Esta correspondencia representa un corpus narrativo en el que se vislumbran multiplicidad de figuraciones sobre la violencia, aquella que se queda establecida en nuestra memoria y que dispone, de alguna manera, lo que seremos. Así, se construye un universo simbólico que exige un lector infantil, aquel que tenga la capacidad de darle carta abierta a su imaginación y no detenerse en el análisis “tradicional” de una violencia en la que intervienen todos los Ejércitos sino en la configuración aún más amplia de la realidad colombiana, y por qué no de la realidad humana.

William Ospina afirmaba, en un artículo titulado “La educación” publicado en 2009, que “hay maderos que contienen canoas y maderos que contienen guitarras” (párr.3), refiriéndose a la vocación de los niños, que debe ser tenida en cuenta dentro del sistema escolar. Por ello, estableció una comparación entre el maestro que, como el buen escultor,

debe identificar qué potro se encuentra encerrado en el bloque de mármol. Esta exploración respecto a las posibilidades transformativas de la niñez es uno de los caminos que enmarca la obra infantil de Evelio Rosero, sus cuentos son sensatos y comprenden la capacidad del niño para observar su realidad, configurarla y aprehender de ella. Pues, el autor no olvida que este “pequeño” grupo de lectores es dueño de una imaginación fecunda, fuera de la subordinación que puede ejercer el entorno del adulto, aunque, no por ello su realidad es menos dolorosa y desgarradora.

Asimismo, Rosero (1998) consolidó la idea de Literatura transparente como ese tipo de narraciones que se encuentran orientadas a un lector- niño. Es decir, las obras que, para el autor, representan “puridad, el arte literario, sin demandas de tipo filosófico, o estilístico, o planteamientos ideológicos” (24). A este respecto, afirma que el acto de escribir para niños le ha generado diversos señalamientos por parte de múltiples pedagogos y escritores de este tipo de literatura, ya que consideran que sus escritos son demasiado violentos y, desde ningún punto, podrían asumirse como textos para dicho tipo de público.

Sin embargo, Rosero justifica la existencia de estas narraciones y el tratamiento que en ellas se hace sobre la violencia, en la medida en que su obra “se propone un cuestionamiento de la misma violencia que ofrece, un rechazo a la misma violencia- mediante su propia interna descripción-, un no estar de acuerdo con la violencia que acontece, la violencia absurda, animal” (25). Cosa que difiere por completo del tratamiento que se hace de esta manifestación a través de los medios de comunicación, pues en ellos no se reflexiona sobre el acontecimiento sino se exaltan y enaltecen las acciones perpetuadas por quienes efectúan y ejercen la violencia.

Por otro lado, critica con vehemencia aquella literatura “infantil” ampliamente distribuida en espacios pedagógicos e incluso en el seno familiar, pues la considera “una

suerte de Disneycitos, una patética mentira de la que el primero en caer en cuenta es el niño, y el último el sensibilísimo escritor que escribe para el niño sus historias de Peter Pan latinoamericano, o su revuelto de indigenismo y ciencia ficción” (25). Esta idea implica que el autor debe desligar de la construcción literaria infantil, aquellos rezagos que le ha dejado la adultez o el ejercicio “hiperimaginativo” en el que se disfraza y vela una realidad, a través de la supremacía de seres imaginarios completamente distanciados de la condición misma de ser un niño y de las dinámicas que en la escuela se establecen.

Por ello, Rosero se reafirma como un autor que discrepa por completo de la configuración tradicional de este tipo de seres a quienes se les otorgan características y atributos superiores, pues no son más que cadenas y barreras impuestas por otras formas de construcción literaria. De ahí, que considere que “acceder al territorio sin límites de esta forma de creación es un pleno acto lúdico” donde el autor escribe aquello que quiso leer cuando niño. Razón por la cual su obra habla “de princesas calvas y reyes histéricos y príncipes y magos borrachos. Y de pedradas en el parque, con la muerte a quien le toque” (25).

La defensa que hace el autor de su obra infantil es precisamente la razón que nos conduce al análisis de uno de sus textos. A la idea de que el proceso de aproximación del niño a la realidad es la forma más diáfana de entenderla y no una subyugación de los modelos ejercidos por el adulto con el que se relaciona o al que obedece.

Capítulo 2: Dime cómo me llamo y te diré cómo me lees: sobre El aprendiz de