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4 Organización misional Iglesia diocesana, clero regular.

4.1 Una compleja y creciente organización diocesana

4.1.2 El nacimiento de las provincias eclesiásticas

Se irán creando otras diócesis en tierras americanas, y un paso importante es el dado por Paulo III, al crear las tres primeras provincias americanas con sedes metropolitanas en Santo Domingo, México y Lima. Con esta decisión, quedaban definitivamente desligadas de la diócesis sevillana. El 16 de noviembre de 1547, el príncipe regente comunica a los obispos de México, Santo Domingo y Ciudad de los Reyes, que sus sedes han sido elevadas a arzobispados.

Santo Domingo, la sede más antigua, sería cabeza de las diócesis de San Juan de Puerto Rico, Santiago de Cuba, Coro (Venezuela), Santa Marta, Cartagena y Honduras. De Lima dependerían Cuzco, Quito, Popayán, Panamá y Nicaragua; de México, Chiapas y Guadalajara. Conforme avanzaba el tiempo, el crecimiento y las necesidades misionales pondrían en marcha la erección de nuevas diócesis.

La provincia de Santo Domingo tenía jurisdicción sobre las Antillas y costa caribe de Venezuela y Colombia; la de México sobre los territorios del norte, desde Misisipi a Guatemala; y, finalmente, la de Lima, abarcaba todo el sur, desde la Tierra de Fuego hasta Nicaragua.

Con el tiempo serían elevadas al rango de metrópoli las diócesis de Santa Fe (1564) y La Plata (1609). Otra se establecería también en Filipinas –Audiencia dependiente del Virreinato de la Nueva España-, compuesta por tres diócesis. Tal profusión de diócesis respondía a la conveniencia de que el territorio americano pasara cuanto antes de la situación de tierra de misión a la normalidad eclesial. Como han señalado Luque y Saranyana, los romanos pontífices atendían a las regiones americanas no como si se tratase de tierras marginales, sino como partes integrantes de la Iglesia universal (Luque y Saranyana, 1992: 143).

En ocasiones, la implantación de la jerarquía diocesana generó roces con los religiosos. Los conflictos fueron especialmente intensos en México durante los siglos XVI y XVII.

Algunos estudiosos han dado una visión algo simplista de estos conflictos, hablando de la existencia de una iglesia “carismática”, representada por los religiosos, frente a una

“institucional”, que vendría marcada por la jerarquía, y que habría sofocado el vigor

apostólico del primer momento; no hay fundamento real para establecer una visión tan maniquea. No debemos olvidar, además, que muchos de los obispos nombrados para América eran miembros de órdenes religiosas, por lo que estos conflictos deben entenderse en un orden más circunstancial que de fondo. En la base de estos desencuentros se encuentra, junto a otros factores, la interpretación que se hiciera del Patronato Regio. La sujeción a la Corona a veces era resuelta de manera más libre por los religiosos, lo que provocaba esos roces con las autoridades nombradas por Roma previa presentación de los reyes.

Las diócesis, que en América ofrecían la singularidad de una inmensa extensión, se dividían para su organización en parroquias de españoles y parroquias o doctrinas de indios. Estas últimas eran el resultado de la integración en el orden jerárquico de las antiguas misiones que habían estado a cargo de frailes. Para entender la novedad que suponían los inmensos territorios diocesanos, recordemos que en la Península Ibérica existían cinco diócesis en el momento del descubrimiento. Lógicamente los territorios dependientes eran mucho menores y desde luego con una población que no iba a recibir por vez primera la predicación cristiana.

La conversión de una misión en parroquia o en doctrina de indios solía producirse después de 10 ó 20 años trabajando en la evangelización de la misma. La diferencia básica entre ambas fórmulas era que el párroco recibía este beneficio a perpetuidad, mientras que no sucedía lo mismo con los doctrineros. Unos y otros estaban sometidos a la autoridad del obispo. Los problemas vendrán en ocasiones de los doctrineros o párrocos miembros de órdenes religiosas, que provocaban problemas de jurisdicción, puesto que como frailes no dependían de la autoridad del obispo, pero sí como párrocos o doctrineros. La evolución natural era el paso de doctrinas a parroquias, y el número de estas últimas crece de modo llamativo especialmente en el siglo XVIII. En la Recopilación de Leyes de Indias de 1681 se recoge la legislación que en este aspecto quedará a partir de entonces vigente. Eran estas normas aplicables tanto a doctrineros religiosos como seculares. Unos y otros, como doctrineros o párrocos de indios, estaban sujetos a la autoridad del obispo del territorio, a diferencia de los misioneros, que no lo estaban. La distinción estriba en que los doctrineros seculares obedecen en todo al obispo, mientras que los regulares solo en lo referente a la cura de almas. En uno y otro caso, se solía exigir conocimiento de las lenguas nativas.

Distinto era el caso de las parroquias de españoles, habitualmente asistidas por clérigos seculares peninsulares, criollos o mestizos, que se regían por los cánones de que regían en realidades similares de la Iglesia universal.

Igual que en el entorno civil, el mundo americano se convierte en foco de atracción para multitud de personas entregadas a Dios en España y con ideales de llevar la fe de Cristo a remotos países. Es cierto que quienes ponen en marcha con más fuerza la expansión

misional son los miembros de las órdenes religiosas, aunque también el clero secular tuvo su protagonismo. En ocasiones, los clérigos fueron poco ejemplares en cuanto a su conducta moral. Esto podía suceder cuando esos curas no estaban bien formados, y sobre todo cuando su deseo de permanecer en Indias era temporal, con la esperanza de regresar a España en mejor situación de la que estaban cuando partieron. Tal situación provocó que en ocasiones el tono espiritual del clero no fuera el más adecuado. A ello hay que añadir las dificultades encontradas en las nuevas tierras, en ocasiones de duro aislamiento que podían poner en peligro la fidelidad de los sacerdotes a sus compromisos. Pero las circunstancias van a ir cambiando, y provocarán cambios en la condición de este clero secular. Una de las causas viene promovida por el Concilio de Trento, con sus pautas para establecer seminarios en los que futuros sacerdotes reciban una formación adecuada. También el crecimiento de colegios y las propias Universidades mejoraban las posibilidades de incrementar la formación.

Por otra parte, a veces se acusaba a los sacerdotes seculares de desconocer las lenguas de los indígenas, frente al esfuerzo realizado por miembros de las órdenes religiosas, a pesar de que éste fue un objetivo de muchos de los primeros obispos para el clero de sus diócesis. Pero a medida que avanza el tiempo, y crece el número de clérigos nacidos en América, este problema va perdiendo fuerza, además de ir mejorando en su formación y en ejemplaridad de conducta. En el siglo XVII comienzan a aparecer congregaciones de sacerdotes seculares, con reglamentos que hablan de ejemplar vida espiritual y apostólica. Vemos, por tanto, luces y sombras en un cuadro que, en su resultado final, presenta a nuestro juicio más color que oscuridad. Superando las diferencias, tanto religiosos como clero secular, llevaron a cabo una labor en cuyos resultados los elementos positivos pesan más que los negativos. Unos y otros contribuyeron a dar forma a ese Nuevo Mundo que se ganaba para Cristo, y que entraba a formar parte de la Iglesia Católica.