3 El criticismo dominico: las Casas no fue el primero ni el único
3.3 Mitos, leyendas negras y proceso a la conquista
Uno de los aspectos que más llama la atención en torno a la acción evangelizadora en América es la feroz crítica que algunos españoles desarrollaron con respecto a determinadas conductas por parte de conquistadores y funcionarios de la Corona.
Ciertamente, si un nombre ha pasado a la historia como emblema de la defensa de los derechos de los indígenas, es el de fray Bartolomé de las Casas. Incluso en nuestros días numerosas instituciones que prestan su apoyo a los más desfavorecidos honran al dominico español tomando su nombre. Sin embargo, el padre las Casas no fue el único, ni siquiera el primero, que alzó su voz para criticar los abusos cometidos sobre las poblaciones indígenas de América.
Y antes de desarrollar los hitos más significativos de esta lucha por la defensa de la dignidad de los habitantes de América, quiero detenerme en una consideración acerca del uso y abuso de la actitud y los escritos del fraile.
Todavía hay quienes niegan la existencia de una leyenda negra en torno a la conquista y colonización de América. Señalan que no es leyenda lo que se reduce a descripción de hechos que se pueden resumir en la palabra genocidio. Esta es la postura de algunos estudiosos del pasado americano, y de determinados propagandistas de las ideologías propias del populismo latinoamericano contemporáneo. Tales ideas han dado lugar a comportamientos que abochornan al historiador, como es la remoción de estatuas de personajes sin los cuales no se entiende la propia historia. Como ejemplos baste mencionar el desplazamiento de la estatua de Francisco Pizarro, fundador de la ciudad de Lima, o la de Cristóbal Colón en Buenos Aires, regalo de la comunidad italiana a la ciudad porteña en el centenario de la revolución de Mayo.
En nuestro caso, estamos convencidos de que se ha creado de manera intencionada una leyenda negra en torno a la colonización americana. Y se ha creado como instrumento de propaganda ideológica y política. Cuando hablamos de leyenda entendemos que a partir de hechos reales se ha construido una realidad totalizadora que excluye cualquier elemento positivo (que los hubo) y solo refleja las acciones negativas (que también las hubo). Es la falacia de las medias verdades, de los silogismos que se construyen en una lógica falseada por la interpretación sesgada de la historia. Una leyenda se crea en el momento en que solo se cuenta una parte de la verdad, y se excluyen otras realidades significativas. Es interesante el estudio del hispanista francés Joseph Pérez sobre la construcción de la leyenda negra antiespañola como arma de propaganda política empleada por los enemigos de España a partir del siglo XVII (Pérez, 2012)
En el caso que nos ocupa, como mencionábamos al inicio de este epígrafe, tiene especial relevancia la figura de Bartolomé de las Casas. Su dedo acusador se levantó contra el mismísimo emperador, y sus palabras broncas, mordaces, cargadas de irritación, quedaron impresas para promover actuaciones en defensa de los indios. Pero se multiplicaron las ediciones de las obras de las Casas con un fin bastante menos
filantrópico que aquel que movió al dominico. Las imprentas holandesas del siglo XVII reprodujeron y difundieron por toda Europa las obras del dominico o parte de ellas, en ocasiones acompañadas de grabados estremecedores en los que los conquistadores españoles aparecen representados como seres sin escrúpulos, sedientos de oro, violadores de mujeres y asesinos de todo aquel que se interpusiera en su camino hacia la riqueza o la gloria.
Y lo llamativo es que tal campaña contó con un poderoso aliado: el espíritu crítico que acompañó a los religiosos y reyes españoles en los inicios de la conquista. Porque lo que hace singular esta historia, es que si se levantaban voces clamando por los derechos humanos, esas voces eran escuchadas y atendidas por los monarcas o sus representantes, y en no pocas ocasiones se tradujeron en actuaciones legales que buscaban la defensa de los súbditos recientemente incorporados a la Corona.
Prácticamente desde el primer momento de la llegada de los españoles a América se planteó toda una larga serie de cuestiones éticas y antropológicas que difícilmente encontrarían antecedentes en la historia europea.
El primer contacto de los españoles con los nativos caribeños suscitó numerosas dudas en torno a la verdadera naturaleza de éstos. ¿Era posible que unos seres que emitían sonidos indescifrables, apenas se vestían y, para asombro del europeo del siglo XV, demostraban indicios -algunos de ellos al menos- de practicar el canibalismo, fueran verdaderamente seres humanos?
Recordemos el profundo abismo que se abría entre las dos realidades que tomaban contacto en 1492. Por una parte, el hombre renacentista, producto de la fusión del mundo clásico con el cristianismo, avezado en las luchas contra el infiel que se había introducido en ese mundo con el fin de cambiarlo. Por otra, el habitante del Nuevo Mundo, que en ese primer momento, para el español, se reducía apenas a unas islas del Caribe. No estamos hablando, por tanto, de las altas culturas, que se conocerán ya en el siglo XVI, sino de indios que viven en aldeas y pueblos dispersos, cuyo cosmos se limita al espacio caribe incluyendo parte de la costa continental, que vivían en un estadio de civilización que podríamos considerar propio del Paleolítico o del Neolítico, dependiendo de las regiones en que nos situemos.
No olvidemos que, aunque el hombre que viaja a América procede del mundo que vive el fin del gótico y entra en el Renacimiento, no suele ser un cultivado humanista. Una cosa es proceder de un mundo, y otra muy diferente participar en plenitud de la cultura de ese mundo de origen. El descubridor, el colono y el conquistador, no constituían la elite del reino de Castilla. Tampoco quiere decir esto que todos los viajeros a América fueran ni mucho menos delincuentes salidos de las cárceles, la “hez del pueblo”, como se repetirá en documentos nacidos en América en el siglo XIX, y escritos precisamente por descendientes de aquellos viajeros. Tenemos un ejemplo paradigmático en dos de los conquistadores, que eran parientes: Hernán Cortés, el conquistador de México, según Bernal Díaz del Castillo era bachiller y estudió leyes en Salamanca, y nos dejará en sus
cartas de relación dirigidas a Carlos V un excelente documento acerca de la conquista, mientras que su primo lejano, Francisco Pizarro, apenas aprendió a escribir su nombre para poder firmar documentos. Pero pese a tales diferencias en cuanto a cultivo de la inteligencia y de las artes, unos y otros tenían mente y corazón español y, por tanto católico, lo que se trasluce en muchos de sus comportamientos.
Tras las primeras dudas acerca de la naturaleza del indio americano, y una vez afirmada su condición humana, los reyes se lanzan con todas sus fuerzas a una doble tarea que está intrínsecamente unida: la incorporación de personas y tierras a la Corona de Castilla, más tarde a los reinos de España, y la evangelización de esos nuevos súbditos.
Pero no todos los españoles que viajan a América comparten las prioridades de la Reina Católica. La desmedida ambición y la urgencia por un rápido enriquecimiento provocaron desde los primeros años serios desmanes y abusos de los españoles sobre la indefensa y frágil población nativa. Vulnerables en extremo ante las nuevas enfermedades portadas en los barcos españoles, que prácticamente hicieron desaparecer a la población caribeña, los nativos tampoco podían soportar el ritmo de trabajo impuesto por el castellano, acostumbrado a ver en sus tierras de origen cómo el campesino trabajaba de sol a sol. Y es que el español que viaja a América no hace tal travesía, cuajada de peligros, para trabajar la tierra. Ellos colonizarán y tomarán posesión de las nuevas tierras en nombre de la Corona, pero la propiedad de esas tierras que les cede la corona viene acompañada de nativos que la trabajen.
El compromiso se adquiere por ambas partes: la Corona, propietaria del terreno, cede su uso al colono que, a cambio, se encargará de mantener, proteger e instruir a los nativos que le son adjudicados para trabajar en sus tierras (ya sean de explotación agrícola, ganadera o minera). Tal es el origen de la encomienda americana, que tantos disgustos y experiencias negativas llevará consigo, ya que las condiciones de vida del indio estarán sometidas a la calidad humana del colono, que no siempre es la más deseable. Aun así, el juicio totalizador con carácter negativo de la institución de la encomienda, tampoco resulta objetivo.
El Nuevo Mundo, sí, tiene que ser rentable a España; pero la reina ha adquirido un compromiso. Y comienza una experiencia única en la historia de las colonizaciones, que Lewis Hanke reflejó de manera magistral en su obra La lucha por la justicia en la
conquista de América. Se buscará, a lo largo de los casi tres siglos en que América y
España son una misma cosa, la protección jurídica del súbdito americano.
Son varios los episodios que jalonan este proceso de protección del indio americano. Y en el mismo tendrán papel protagonista personas de Iglesia. Ellos están allí con un objetivo prioritario: la transmisión de la fe cristiana, y quieren asegurarse de que el nativo asimila todo lo que esa fe comporta. Para ello será necesario que el indio reciba un trato conforme con el de hijo de Dios que equipara a todos los hombres. Y serán por tanto las instituciones religiosas las que asuman la responsabilidad de llevar a la práctica los intereses de la Corona en el trato con el indio americano. Y así, los protagonistas de estos
episodios únicos en la historia de la humanidad tendrán clara vinculación con el mundo religioso: fray Antonio de Montesinos, fray Bartolomé de las Casas, fray Francisco de Vitoria, Vasco de Quiroga, y tantos otros.
Detengámonos a contemplar cuál fue la actitud de tales defensores de la dignidad del indio en los primeros años de la colonización.