8 Utopías en América
8.3 La Compañía de Jesús y las Reducciones
8.3.4 La vida en las reducciones
El gobierno inicial de las Reducciones estaba en manos de los padres. Sin embargo, una vez que la misión estaba consolidada, su dirección fue siempre encargada a los propios guaraníes. En toda Reducción había una junta municipal, cuya principal autoridad era, siguiendo el modelo español, el corregidor, que era nombrado por España de entre una terna de nativos presentada por los padres.
Había además dos alcaldes – uno mayor y otro menor- , un alcalde de la Hermandad, cuatro regidores, un procurador, un teniente, un alférez real y dos alguaciles, todos indios. Todos los cargos, a excepción del de corregidor, eran electivos, y se conferían el primer día del año con la asistencia y dirección de los sacerdotes. Esta manera de gobernar, integrando a los propios indios en el sistema político de la Monarquía, nos habla de los guaraníes como fieles súbditos de la Corona, así como de que los nativos no eran tan solo una clase oprimida como algunas posturas sostienen.
En 1689 se publicó una Reglamento general que obligaba a cada Reducción a conservar un Libro de Órdenes, similar a un código civil y penal. La justicia en las misiones jesuitas era sin embargo extremadamente moderada, sin pena de muerte. Ningún corregidor ni alcalde encarcelaba ni castigaba a nadie sin la consulta y beneplácito de los sacerdotes de la Reducción, siendo el castigo ordinario de azotes. El espíritu sencillo que parece ser poseían los nativos de estas tierras, que los jesuitas comparaban con niños, no debió hacer necesaria una disciplina más severa. Se conservan incluso testimonios de indios que alababan a los padres por haber consentido su castigo y haberlos reconducido por la senda del bien.
Aunque los indios gozaron de verdadera autonomía, las relaciones externas, civiles y comerciales eran ampliamente controladas por los jesuitas, últimos responsables de la misión y su funcionamiento. En esta línea resulta llamativo el testimonio del militar y humanista español Félix de Azara, poco sospechoso de simpatía por la Compañía. Tras una de sus visitas a las Reducciones escribió:
“Es menester convenir en que, aunque los padres mandaban allí en todo, usaron de su autoridad con una suavidad y moderación que no puede menos que admirarse. A todos daban su vestuario y alimento abundante. Hacían trabajar a los varones sin hostigarlos poco más de la mitad del día...” Los jesuitas eran “hábiles, moderados, y económicamente miraban a sus pueblos como obra suya y propiedad particular, los amaban y procuraban mejorar” (Romanato 2011:30).
Pese a que la ineficiencia de los guaraníes a la hora de trabajar era una constante contra la que los padres lucharon siempre, lo cierto es que las Reducciones, a parte de un eficaz gobierno, desarrollaron una notable organización económica. Eran autosuficientes y practicaban el comercio. De una manera similar a lo ocurrido en los Hospitales de Vasco de Quiroga, en la Reducción todos trabajaban para el común, y todo se repartía según la
necesidad, de modo que a nadie faltase nada. Sin embargo, a diferencia de otros proyectos de carácter utópico, en la Reducción sí existía la propiedad privada. Se diferenciaban dos tipos de propiedades:
· El abambé: el campo propiedad de cada indio, asignado por el cacique. En ellos cultivaban maíz, mandioca, legumbres, caña, yerba mate y algodón.
· El tupambaé o simentera de Dios: era el campo cultivado por turnos en la Reducción, cuyos productos eran para beneficio de la comunidad y almacenados en depósitos. De aquí procedían la raciones diarias de carne y yerba para niños enfermos y ancianos, y se sustentaba a huérfanos, viudas y menesterosos
A todo ello se sumaba la cría de ganado para el consumo de carne y la producción de lana. El campo era trabajado generalmente por las mujeres. Una de las primeras tareas de los jesuitas fue cambiar la mentalidad del indio, pues los varones guaranís sentían desprecio por la agricultura, considerando propio de ellos la caza, la pesca y la guerra. Las Reducciones significaron de hecho el paso del nomadismo al sedentarismo, condición que, como hemos visto antes, era considerada indispensable para la evangelización de los indios. Era además fundamental la disposición permanente de alimentos, pues como decía Séneca “el vientre no entiende de preceptos”, y se dieron casos de indios que aceptaron vivir en las reducciones y convertirse por carecer de alimentos.
Los jesuitas advirtieron que los indios eran excelentes artesanos y que poseían un extraordinario talento imitativo que trataron de impulsar a toda costa. El padre Montoya en 1639 destacaba la habilidad de los carpinteros, herreros, sastres, tejedores y zapateros nativos. Los indios aprendieron además la producción de objetos muy sofisticados, tales como estatuas, pinturas e instrumentos musicales de gran calidad. Semejante producción y abundancia trajo enorme prosperidad a las Reducciones y les permitió la práctica frecuente del comercio, transportando sus mercancías en balsas hasta Santa Fe o Buenos Aires.
Sin embargo, pese a sus relaciones comerciales, dentro de la Reducción no se utilizaba la moneda, sino el trueque, y sólo en ocasiones contadas, pues la comunidad de bienes permitía que nadie careciera de nada. Esta comunidad de bienes a menudo ha sido relacionada con obras como Utopía o con la concepción política de Platón, como escribió en el siglo XVIII el jesuita Manuel Peramás en su obra De administratione
guaranitica comparte ad republicam Platonis commentarii. No obstante, Peramás, que
conocía de primera mano la vida en las misiones de los guaraníes, concluía en esta misma obra que el modelo sobre el que se fundamentaban las Reducciones era la Iglesia de los primeros tiempos, y subrayaba que “en los pueblos guaraníes el interés máximo
se encontraba en Dios y en las cosas de Dios” (citado en Bruno, 1991:36).
Y es que, si a nivel de organizativo y económico las Reducciones fueron un éxito, también triunfaron como empresa evangelizadora. Los guaraníes desarrollaron una vida de piedad y devoción que muchas diócesis europeas hubieran envidiado. El origen de esta floreciente religiosidad entre los nativos se encontraba naturalmente en los padres.
Por cada pueblo había dos o tres de ellos, que habían sido cuidadosamente seleccionados conforme a las Ordenaciones comunes de las misiones de la provincia del Paraguay, cuya primera exigencia era la santidad personal del misionero.
Su primer cometido, antes incluso que la organización y provisión de sus Reducciones era la de atender su vida espiritual. El padre Peramás nos dejó también un interesante retrato de cómo se desarrollaba ésta cuando él vivió allí:
“Los niños y niñas guaraníes, los hombres, las madres de familias y las autoridades de ciudad asistían diariamente al Santo Sacrifico de la Misa. Guardaban durante él riguroso silencio, y se hubiera tenido como algo monstruoso el hablar entonces con otro una sola palabra o permitirse alguna mirada inmodesta. Muchos se acercaban con frecuencia a los Sacramentos de la Penitencia y Eucaristía con grandes muestras de piedad...” (citado en Bruno, 1991:87).
Efectivamente, sabemos que los indios frecuentaban la confesión cada ocho días y los menos cuidadosos una vez al mes, y por supuesto siempre antes de comulgar. Resulta curioso recordar como para dar fe de ello, tras la absolución, a cada indio le era entregada una tablilla en la que decía “confesó”, y que era recogida por el sacristán en el comulgatorio antes de recibir la Eucaristía.
Un obispo escribió que:
“No son pueblos los suyos ni son indios ni parecen hombres, sino un convento muy ordenado de religiosos en el culto divino, en la frecuencia de los sacramentos, en la quietud y paz con que se conservan en toda la ley natural, moral y política” (Bruno, 1991:51).
Para cuidar y promover la vida de fe en las Reducciones, se organizaron, de igual forma que en España, cofradías con un gran número de congregantes de ambos sexos que eran puestas bajo el patronato de San Miguel y de María Santísima. Y mención aparte merece la devoción que los indios guaraníes tuvieron por la Virgen. Así lo subrayaban los misioneros en sus cartas continuamente. Los jesuitas habían cultivado la devoción a Santa María bajo la advocación de la Virgen de Loreto y en forma de congregación o esclavitud mariana, que fue acogida masivamente y con gran fervor entre los nativos. Un testimonio de 1640 escribía en este sentido:
“Es notable la ternura con que hablan a la Virgen llamándola mi Madre, mi Señora, mi abogada e intercesora, rezando el rosario cada día, visitándola a menudo todos los días, por la mañana cuando van a las chácaras, y a la tarde cuando vuelven” (Bruno, 1991:36).
Su devoción mariana era especialmente fuerte a la hora de la muerte y apenas se siente enfermo el indio, cuando lo primero que asienta en su corazón es que se ha de salvar por medio de la Santísima Virgen (Bruno, 1991:36).
especialmente entre los niños. Estos, aparte de recibir instrucción religiosa aprendían también a leer, escribir, contar y tañer. Sólo aprendían el guaraní y no el castellano, “así
como en la misma España, y a la vista del rey, tampoco son obligados a hablarlo los baleares, valencianos, vascos, gallegos y catalanes” (Osorio, 2007:87)- No obstante,
que los padres no les educaran en la lengua castellana no era sólo una cuestión de preservar el guaraní, sino de que al no hablar español, permanecieran aislados de todos los “vicios” y cosas poco convenientes que podrían llegarles a través de ella. No obstante sí parece que en algunas escuelas de las Reducciones se enseñó el español, aunque no se utilizara dentro de ella.
Las clases comenzaban temprano. Al alba los alcaldes salían acompañados de tamborileros animando a los padres a mandar a sus hijos a la instrucción. Niños y niñas se encaminaban entonces al pórtico de la iglesia, y se sentaban separados por sexos. Comenzaban entonces a recitar las oraciones del catecismo y posteriormente entraban a escuchar misa seguidos del resto del pueblo. Después recitaban el acto de contrición y el Alabado y se dividían: los niños iban al patio de los padres y las niñas al cementerio. Allí recitaban el catecismo de nuevo, cantaban alabanzas y desayunaban. Tras el desayuno se dirigían a las escuelas durante dos horas, donde aprendían además del guaraní (y en ocasiones el español) también latín, escribir a mano, música y danza. A las cuatro de la tarde en invierno y a las 5 en verano todos, niños y mayores, acudían a la iglesia para rezar las oraciones del catecismo. Una vez finalizadas, se tocaba a rezar el rosario, y los padres les enseñaban la doctrina y les exhortaban al buen vivir. Una vez rezado el rosario, rezaban el acto de contrición y el Alabado y volvían a sus casas.
De igual forma que la Fe se encontraba muy presente en la rutina de los habitantes de las Reducciones, también la música desempeñaba un papel especial. Como los jesuitas pudieron apreciar previamente en Julí, la música era parte importante de la vida de los nativos americanos, y los guaraníes poseían para ella una sensibilidad especial. Así lo destacaron los padres siempre. La música inundaba todos los aspectos de la vida del guaraní, y fue probablemente uno de los métodos más exitosos de “conquista” conocidos. Cuando niños y mayores se dirigían a sus tareas o volvían de ellas, iban siempre en procesión tocando flautas y tamboriles. Y como no podía ser de otra forma, donde la música alcanzaba su más elevada significación era durante las celebraciones religiosas.
Para ellas, aparte de fabricar instrumentos musicales de gran calidad, los indígenas tocaban con gran talento bajones, cítaras, vihuelas y arpas entre otros. Les jesuitas fomentaron el talento innato de los guaraníes creando coros, bandas y orquestas, funcionando en algunas reducciones verdaderos conservatorios. Su fama debió de cruzar el océano, pues el mismísimo Domenico Zipoli, uno de los grandes compositores italianos del Barroco, no dudo en abandonar Roma para trasladarse a la actual Argentina y dedicar sus últimos años a la composición de música para ser ejecutada por los indios de las Reducciones.
una sociedad más pura basándose en la caridad cristiana y la inocencia de los nativos. Una sociedad más cerca del cielo que fuera modelo para los países del viejo continente. Sin embargo, la complicación de la situación de la Compañía de Jesús en Europa mezclada con oscuros intereses llevó a la desaparición de la orden jesuita en 1768 y la expulsión de los padres de España y sus territorios. Los franciscanos trataron de mantener la obra de las misiones, pero sin éxito, y comenzó así un irrevocable declive de “todas estas reducciones que ha visto un seminario de almas para el cielo” (citado en Bruno, 1991:50).
Fueron pues, el arrojo y fervor de un puñado de hombres que entregaron su vida por la de los demás, lo que hizo posible materializar el sueño de crear sociedades que acercaran al hombre a un estado de perfección. Sin embargo, es nota común e imprescindible a Pedro de Córdoba, Vasco de Quiroga, los jesuitas, y muchos otros nombres anónimos, haber entendido que la felicidad perfecta no existe en este mundo, sino que como católicos, creían su disfrute en la vida eterna. Es por eso que sus sociedades procuraron ser, no el fin en sí mismas, sino el medio para que sus habitantes, a través de su vida en aquellos pueblos y reducciones, se encaminaran al estado de perfección al que, según la Iglesia estaban llamados. Las utopías llevadas a cabo en América buscaron construir una sociedad ordenada conforme a la Fe cristiana, inspirada siempre en la Iglesia primigenia. Un retorno a una verdadera y profunda vida de Fe, que constituyera para los hombres el peldaño que les acercara al cielo.