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EL OLFATO DOMINADOR

In document Libro Con Ejercicios de Escritura Creativa (página 118-131)

EL SENTIDO DEL OLFATO Paula Vázquez y Rosa Cazón

A. Carpentier: El Siglo de las Luces

9. EL OLFATO DOMINADOR

Rápido, efímero, dulce, breve El perfume y el anhelo de un minuto

W. Shakespeare

En las antiguas Grecia y Roma existía la creencia en la magia. Se hacía una clara distinción entre la magia buena, que era practicada por los augures, hombres que tenían una función estatal y ejercían una influencia considerable entre los estadistas. En cambio, la magia considerada como una mala influencia era practicada fundamentalmente por mujeres (maleficae) Las hechiceras más conocidas de la antigüedad clásica son Circe y Medea que se convirtieron en los arquetipos de la hechicería de la antigüedad. Desde entonces, hemos asistido ininterrumpidamente a la proliferación de magos y magas, hechiceros y hechiceras que, contra viento y marea y a pesar de los graves tormentos y ejecuciones que sufrieron a partir de la Edad Media y varios siglos más adelante, sin embargo, no han dejado de existir y, aún hoy en día todavía asistimos a sus predicciones, conjuros y consejos tanto a través de consultas privadas o su intervención a través de los medios de comunicación.

En su famosos libro El retrato de Dorian Grey, el escritor irlandés Oscar Wilde retrata una de las tares a las que se dedica su protagonista.

…Por ello se entregó durante algún tiempo al estudio de los perfumes y a los secretos de su fabricación, destilando aceites intensamente aromáticos, y quemando gomas odoríferas del Oriente, lo que le permitió darse cuenta de que no había estado de ánimo que no tuviera correspondencia en la vida de los sentidos, consagrándose a descubrir sus verdaderas relaciones, preguntándose por qué el incienso empuja a la mística, por qué el ámbar gris desata las pasiones, por qué la violeta despierta el recuerdo de amores muertos y por qué el almizcle perturba el cerebro y el champac la imaginación, tratando en repetidas ocasiones de elaborar una verdadera psicología de los perfumes, y de calcular las diversas influencias de las raíces poseedoras de olores suaves, de las flores cargadas de polen, o de los bálsamos aromáticos, de las maderas oscuras y fragantes, del espicanardo que provoca la náusea, de la hovenia que enloquece y del os áloes de los que se dice que logran expulsar del alma la melancolía…

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Hagamos un recuento de los perfumes y sus efectos tal y como los narra Oscar Wilde.

aceites Destilar

gomas odoríferas Quemar

incienso Empuja a la mística

ámbar Desata las pasiones

violeta Despierta el recuerdo de amores

muertos

almizcle Perturba el cerebro

champac Perturba la imaginación

espinacardo Provoca la náusea

hovenia Causa la locura

áloe Expulsa la melancolía

1. EUCALIPTO- se usan con fines terapéuticos. Tanto la decocción de las hojas como el aceite esencial son febrífugos y expulsan parásitos intestinales. Son cicatrizante de heridas y

2. ALBAHACA- es eficaz contra el dolor de estómago, la falta de apetito y el estreñimiento

3. ARTEMISA- Tiene la facultad de provocar y regular la menstruación en caso de periodos irregulares

4. MEJORANA- es muy adecuada para problemas del aparato digestivo, abre el apetito y es

5. MENTA_ para el aparato digestivo y para aliviar los dolores menstruales 6. ORÉGANO- contribuye al buen funcionamiento de la vesícula biliar y el hígado 7. ROMERO- Influye positivamente en los trastornos gastrointestinales, dolencias renales, reuma, gota, agotamiento nervioso y ayuda a fortalecer a los convalecientes. 8. SALVIA- ayuda a que se haga bien la digestión y, tomándola en infusión, es un buen medio para combatir la sudoración excesiva, usándose, además, para enjuagues buco- faringeos.

9. TOMILLO- Sirve para aliviar las alteraciones gástricas o intestinales y forma parte de muchos

10. AJO- Regula tas funciones glandulares y normaliza las secreciones de humores digestivos

11. NABO- Anticatarral, anti inflamatorio. El caldo de este tubérculo se beba como pectoral y calmante, contra las enfermedades inflamatorias del pecho, la tos, bronquitis, asma e 12. ANIS- La semilla de anís posee propiedades estomacales, estimulantes, anti inflamatorias y digestivas, expulsa los gases del estómago y de los intestinos, calma los dolores de cabeza. El aceite de anís sirve para matar los piojos de la cabeza de los niños.

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13. ACHICORIA- Sus hojas se comen crudas en ensaladas, es refrescante digestiva, aperitiva y tónica; depura la sangre y los riñones es muy útil a las personas de temperamento bilioso e histérica

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La magia de la creación.

“El perfume es el eco de las flores”

Ramón Gómez de la Serna

De acuerdo con el texto de Oscar Wilde y utilizando la tabla anterior y las propiedades de las plantas, podemos crear perfumes nuevos, añadiendo elementos de nuestra cosecha para hacerlos personales y únicos.

Por ejemplo

o Un perfume para una famosa actriz de cine. o Un perfume paar un político honesto

o Un perfume para un político corrupto

o Un perfume para un famoso presentador de televisión o Un perfume para Napoleón

o Un perfume para Cleopatra

o Un perfume para un faraón…etc.

Para crear estos perfumes, haremos un Torbellino de Ideas sobre la personalidad del futuro dueño del perfume. También debemos pensar en los efectos que queremos que este perfume cause en los demás y no olvidarnos de darles un nombre que sea atractivo para su venta.

10.

LOS RITUALES. EL HUMOR

A pesar de que nadie cree en ella, la magia sigue atrayendo a todo tipo de gente, bien a aquella que, por ignorancia o por creer que puede haber atajos en la obtención de determinados beneficios o a la que, por juego o por tradición recurre a rituales, conjuros o amuletos que puedan resultarles útiles. En los rituales y en los conjuros, la palabra mezclada con los ingredientes que se utilizan crea una especie de efecto hipnótico que ayuda a que la persona que busca estas fórmulas como remedio a sus carencias acabe creyendo en ellas.

11.

RITUAL DE PURIFICACIÓN

Ingredientes:

Plantas frescas o secas de Jazmín, Lavanda, Canela, Romero y Salvia 1 vela blanca Sal.

.Llena un recipiente con agua (si es de lluvia mucho mejor). Ponlo al fuego. Añade todas las plantas y un puñado de sal. Déjalo hervir 10 minutos, apaga el fuego y espera que se enfríe la infusión. Tienes que colar la infusión. Prepárate un baño al que echas la infusión.

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Encienda en el baño una vela blanca y métete en la bañera. Si no tienes bañera, toma un ducha con lavado de cabello y termina echándote la infusión encima de la cabeza.

Mientra te relajas, repita esta oración:

Agua y Fuego - vuestra ayuda os ruego. El agua me quita toda impureza. Mi casa quedará como una fortaleza Contra las fuerzas del mal me protege este ritual. Con esta limpieza yo quedo protegido de pie a cabeza.

Deja que tu cuerpo se seca al aire.

Encienda una varilla o cono de incienso de Romero, sándalo o salvia y pasa el humo por todas las esquinas de la habitación donde vas a efectuar el ritual. Ponte ropa blanca, suelta y ¡ya estas listo!

12. RITUAL DEL DINERO

Para conseguir dinero o mejoras económicas.

Materiales:

Una vela amarilla ungida con aceite del dinero. Incienso de canela o jazmín.

Perfume aroma de Verbena o Pino. Un saquito amarillo.

Cordón verde para atar el saquito. Un cordón dorado.

Purpurina dorada. Un pedacito de imán. Una moneda dorada.

Ceniza de una hoguera de San Juan.

Procedimiento

Enciende la vela verde la noche de San Juan (preferiblemente usando alguna madera de la hoguera) y luego enciende el incienso.

Toma el cordón dorado y hazle siete nudos en él, mirando la vela y visualizando, al realizar este acto, que atraemos el dinero hacia nuestro bolsillo. Al tensar cada nudo se dirá:

"Por las fuerzas de esta noche mágica, ato el dinero hacia mí."

Realizado esto, toma la mitad de la purpurina y la arrójala al aire, de modo que parte de ella nos caiga encima. Dices "Que este polvo brillante ilumine y guíe el camino del dinero hacia mí"

A continuación, introduce en el saquito el cordón con los nudos, una bolita con cera de la vela (mejor si la amasamos en forma de moneda y trazamos un pentagrama sobre ella), parte de la purpurina que queda y un poco de ceniza de la hoguera. A continuación, debes decir:

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"¡Símbolos de la prosperidad y de los poderes de esta noche mágica, llenen mi saquito del dinero para atraer hacia mí el bienestar económico que me está destinado, para llenar mi vida de tranquilidad y felicidad por el poder de este saquito de San Juan! ¡Que así sea!."

Deja arder la vela hasta el final. Tras esto, se añadirá a la bolsa un pedacito de imán, y una moneda dorada cierra el saquito con el cordón verde y llévalo contigo durante todo el año o bien debes ponerlo debajo de tu colchón.

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Pues como no podemos tomarnos en serio estos rituales que solucionan nuestros problemas a través de la palabra, de las hierbas mágicas y de acciones sin sentido, la propuesta de escritura es hacer un ritual en tono humorístico, exagerando las acciones y buscando que el olor sea el protagonista. Ej.

13.

CONJURO PARA QUITARLE LA HALITOSIS A

MI AMADO

Ingredientes

• Un cepillo de dientes, si es posible, eléctrico • 12 hojas de menta fresca

• 3 cucharaditas de tomillo comprado en bote • 10 hojitas de salvia

• 1 pizca de autoridad • 4 gritos bien ensayados

Llenar una olla de agua bien grande para que la infusión dure varios días y llevarla a ebullición. Echar las hierbas, la pizca de autoridad y los gritos bien ensayados. Hacer que cueza durante media hora. Enfriar y servir en una taza de porcelana fina.

Para que ese conjuro funcione bien, es necesario que nos armemos de valor y digamos estas palabras mágicas. “por los cuernos de Satán (o cualquier otra expresión que suene a amenaza), o te tomas este brebaje que te he preparado o te vas a casa de tu madre”

Hacer este tratamiento durante varios días. ¡Ah! L más importante es que le regales el cepillo de dientes eléctrico y que se lave los dientes tres veces al día. Si el tratamiento no funciona, te recomendamos que dejes a tu amado y que otra le aguante la halitosis.

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14. EL APÉNDICE NASAL

Con frecuencia, algunos buscan la felicidad como se buscan los lentes cuando se tienen sobre la nariz.

Gustavo Dorz

La nariz, el elemento fundamental para percibir el olor, siempre ha sido objeto de admiraciones y chanzas dependiendo de su tamaño o su belleza. Famosa ha sido la leyenda sobre Cleopatra y su nariz que, dicen, era su rasgo físico más característico y por el que era alabada aunque la desilusionante investigación histórica haya demostrado lo contrario. Otros ilustres conocidos por sus obras, pero también por su famosa nariz han sido distinguidos con apodos o referencias a este apéndice tan notorio como el poeta latino Ovidio, cuyo apodo era Nasón por las dimensiones desproporcionadas de su nariz o, en la literatura, el personaje de Cyrano de Bergerac, cuya desdicha era poseer una nariz enorme lo que le impedía ser reconocido por su brillantez e inteligencia. En nuestra literatura española, el texto más famoso en el que la nariz es la protagonista absoluta, es el soneto satírico que Francisco de Quevedo escribió parodiando a Luís de Góngora.

A una nariz

Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado, érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba, era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto, las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito, muchísimo nariz, nariz tan fiera que en la cara de Anás fuera delito.

Francisco de Quevedo

Este soneto consta de dos cuartetos y dos tercetos, con rima ABBA, ABBA, CDC, DCD. En este texto, debemos conservar la estructura del poema, la rima y la anáfora (repetición de palabras: érase…) para hacer más clara la parodia

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Parodiemos al parodiador escribiendo un poema homofónico al de l de D. Francisco. Ej.

Érase un hombre a una nariz pegado Érase una nariz superlativo

Érase un hombro de una perdiz dañado Érase una perdiz muy decidida…

Y así seguimos el poema: sustituyendo las palabras clave del poema por otras que tengan el mismo sonido como ya hemos indicado en ejercicios anteriores. Una rosa para Emily

Por William Faulkner

The Modern Library, Random House. Nueva York, 1946

1.

Cuando murió la señorita Emily Grierson, todo nuestro pueblo fue a su funeral: los hombres por una especie de respetuoso afecto hacia un monumento caído, las mujeres sobre todo por la curiosidad de ver el interior de su casa, que nadie, excepto un viejo criado —mezcla de jardinero y cocinero— había visto, por lo menos, en los últimos diez años.

Era una casa de madera, grande, más bien cuadrada, que alguna vez había sido blanca; estaba decorada con cúpulas, agujas y balcones con volutas, según el airoso y pesado estilo de los setenta. Se ubicaba en la que antiguamente fue nuestra mejor calle, después invadida por talleres y limpiadoras de algodón que se inmiscuyeron e hicieron caer en el olvido incluso los apellidos más ilustres de ese vecindario. Sólo la casa de la señorita Emily seguía alzando su obstinada y coquetona decadencia por encima de los camiones de algodón y las bombas de gasolina —un adefesio entre adefesios. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los que otrora portaran aquellos ilustres apellidos en el lánguido cementerio de cedros, donde yacían entre las tumbas, ordenadas en filas y anónimas, de los soldados de la Unión y la Confederación que cayeron en la batalla de Jefferson.

En vida, la señorita Emily había sido una tradición, una preocupación y un deber; algo así como una obligación hereditaria que recayó sobre el pueblo desde aquel día de 1894 en que el coronel Sartoris, el alcalde —quien creó el decreto por el cual ninguna mujer negra podría salir a la calle sin un delantal— le condonó el pago de impuestos desde la muerte de su padre y a perpetuidad. No era que la señorita Emily hubiera aceptado una obra de caridad. El coronel Sartoris inventó una complicada historia según la cual el padre de ella había prestado dinero al pueblo, dinero que la comunidad, por cuestiones financieras, prefería pagarle de esta manera. Sólo un hombre de la generación y con la mentalidad del coronel Sartoris podría haber inventado algo así, y sólo una mujer podría haberlo creído.

Este acuerdo generó cierto descontento cuando la siguiente generación, con ideas más modernas, llegó a la alcaldía y al Consejo. El primer día del año le enviaron por correo una notificación del pago de impuestos. Llegó febrero y aún no había respuesta. Le escribieron un oficio para pedirle que se presentara en la oficina del alguacil en cuanto le fuera posible. Una semana después, el alcalde mismo le escribió, ofreciéndose a visitarla o enviarle su coche y recibió como respuesta una nota escrita en un papel de apariencia anticuada, con caligrafía fina y fluida y tinta desvanecida, en la que la señorita Emily le decía que ya no salía nunca. También incluía la notificación del pago de impuestos, sin comentario alguno.

Convocaron a una junta especial de concejales. Una delegación fue a buscarla y tocó la puerta por la que ningún visitante había pasado desde que ella dejó de dar clases de pintura en porcelana ocho o diez años antes. El viejo negro los guió hacia un oscuro vestíbulo, desde donde ascendía una escalera que se adentraba en una oscuridad todavía más profunda. Olía a polvo y desuso —un olor a encierro, a humedad. El negro los condujo a la sala, donde había pesados muebles de piel. Cuando él abrió las persianas de una ventana, pudieron ver las grietas en la piel de los muebles y al sentarse, un ligero polvillo se elevó perezosamente alrededor de sus muslos, girando con lentas motas a la luz del único rayo de sol. En un caballete dorado deslustrado que se encontraba frente a la chimenea, se erigía un retrato al carbón del padre de la señorita Emily.

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Se levantaron cuando ella entró —una mujer pequeña y gorda, vestida de negro, con una delgada cadena de oro que descendía hasta su cintura y desaparecía en su cinturón. Se apoyaba en un bastón de ébano con cabeza de oro deslustrado. Su esqueleto era pequeño y enjuto; quizás por eso lo que en otra persona hubiera sido simple gordura, en ella era obesidad. Se veía hinchada y con el mismo color pálido que un cuerpo sumergido por mucho tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las protuberancias que formaban los pliegues de su cara, parecían dos pequeños carbones presionados en un bulto de masa que se movían de una cara a otra mientras los visitantes explicaban el motivo de su visita.

Ella no los invitó a sentarse. Solamente se paró bajo el marco de la puerta y escuchó en silencio hasta que el hombre titubeó y se detuvo. Entonces ellos pudieron escuchar el tictac del invisible reloj que colgaba de la cadena de oro.

Su voz era seca y fría. “Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. El coronel Sartoris me lo explicó. Quizás alguno de ustedes pueda tener acceso a los registros de la ciudad y comprobarlo por sí mismo.”

“Ya lo hicimos. Somos las autoridades de la ciudad, señorita Emily. ¿No recibió una notificación del alguacil, firmada por él mismo?”

“Sí, recibí un papel —dijo la señorita Emily—. Quizás él se cree el alguacil… Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.”

“Pero, verá usted, no hay ningún registro que lo demuestre. Debemos seguir…” “Vean al coronel Sartoris. Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson.” “Pero, señorita Emily…”

“Vean al coronel Sartoris. (El coronel Sartoris había muerto hacía casi diez años.) Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson. ¡Tobe! —el negro apareció—. Muéstrale a los caballeros dónde está la salida.”

2.

Así que los venció, por completo, tal y como había vencido a sus antepasados treinta años atrás en relación con el olor. Eso fue dos años después de la muerte del padre de la señorita Emily y poco después de que su enamorado —el que todos creíamos que la desposaría— la abandonara. Después de la muerte de su padre ella salía muy poco; después de que su novio se fue, ya no se le veía en la calle en lo absoluto. Algunas damas tuvieron la osadía de buscarla pero no las recibió, y la única señal de vida en el lugar era el negro —joven entonces— que salía y entraba con la canasta del mercado.

“Como si un hombre —cualquier hombre— pudiera llevar una cocina adecuadamente”, decían las damas. Así que no se sorprendieron cuando surgió el olor. Fue otro vínculo entre el mundo ordinario, terrenal, y los encumbrados y poderosos Grierson.

Una vecina se quejó con el alcalde, el juez Stevens, de ochenta años de edad. “¿Pero qué quiere que haga al respecto, señora?”, dijo.

“Bueno, mande a alguien a decirle que lo detenga —dijo la mujer—. ¿Acaso no hay leyes?” “Estoy seguro de que no será necesario —dijo el juez Stevens—. Probablemente sea solamente que su negro mató una víbora o una rata en el jardín. Hablaré con él al respecto.” Al día siguiente recibió dos quejas más, una de ellas de un hombre que le dijo con tímida desaprobación: “De verdad debemos hacer algo al respecto, juez. Yo sería el último en

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