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EL OLOR Y LA MEMORIA

In document Libro Con Ejercicios de Escritura Creativa (página 107-111)

EL SENTIDO DEL OLFATO Paula Vázquez y Rosa Cazón

A. Carpentier: El Siglo de las Luces

3. EL OLOR Y LA MEMORIA

¡Encanto profundo que nos excita

en nuestro presente el pasado vivo!

Ch. Baudelaire: “El perfume”, en Las Flores del Mal.

El olfato es nuestro sentido más primitivo y el único que se haya directamente conectado a nuestro sistema límbico, el cual resulta esencial en nuestras emociones y en nuestra memoria. El olfato es un poderosísimo reforzador de la memoria, incomparablemente superior a la vista y al oído. El recuerdo de los olores permanece mucho más tiempo que las imágenes o los sonidos. La razón de todo esto está ligada a su relación con las emociones: los recuerdos asociados a olores no son tanto de hechos o escenas, cuanto de emociones. El sentido del gusto está muy unido al olfato: la mayor parte del sabor de los alimentos proviene de su aroma que flota hasta las fosas nasales o llega hasta las células olfativas a través de la boca. Las papilas gustativas sólo nos proporcionan cuatro sensaciones claras: dulce, salado, agrio y amargo. Todos los demás sabores provienen del olfato, así, cuando nos resfriamos los sabores nos parecen insípidos o demasiado suaves.

En nuestros días, a pesar de la contaminación, el aire acondicionado o la abundancia de perfumes de la cosmética, nuestro olfato sigue siendo diez mil veces más sensible que el gusto. Los olores sobresaltan la memoria, tal como señaló Françoise Sagan, como “animales de presa salvajes y feroces”, llevándonos a nuestro pasado, regalándonos una brizna de nuestro tiempo perdido.

Marcel Proust, en su obra En busca del tiempo perdido, después de haber

tomado una cucharadita de té en el que había mojado una magdalena, nos habla de este efecto que produce el sabor y sobre todo el olor:

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(…) Apenas había tocado mi paladar el tibio líquido mezclado con las migas, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo y me detuve, atento al extraordinario fenómeno que me estaba sucediendo (…) Un exquisito placer había invadido mis sentidos… sin sugerir su origen (…) Repentinamente el recuerdo se reveló a sí mismo. El sabor era el de un pequeño pedazo de magdalena, que en las mañanas de domingo solía darme mi tía Leona, sumergiéndolo primero en su propia taza de té (…) Inmediatamente la antigua casa gris sobre la calle, donde estaba su habitación, se elevó como un decorado… y el pueblo entero, con su gente y sus casas, sus jardines, su iglesia y sus alrededores, fue tomando forma y solidez, cobró vida desde mi taza de té.

(…) Nada me había recordado la vista de la pequeña magdalena, antes de que la hubiera gustado, tal vez porque, al haberlas visto después con frecuencia, sin comerlas, en las bandejas de las pastelerías, su imagen había abandonado aquellos días de Combray para unirse a otras más recientes, tal vez porque de aquellos recuerdos abandonados, tanto tiempo fuera de la memoria, nada sobrevivía, todo se había disgregado; las formas –y también la de aquella conchita de repostería tan sensual, bajo sus devotos y severos pliegues - se habían abolido o habían perdido, adormecidas, la fuerza de expansión que les habría permitido llegar hasta la conciencia. Pero, cuando después de la muerte de las personas, después de la destrucción de las cosas, nada subsiste de un pasado antiguo, sólo el olor y el sabor – más débiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles - perduran durante mucho tiempo aún, como almas, recordando, aguardando, esperanzador, sobre la ruina de todo lo demás, portando sin flaquear sobre su gotita casi impalpable el inmenso edificio del recuerdo.

Marcel Proust

¿Qué olor lleva a tu infancia? Tal vez una caja de lápices de colores Alpino, el aroma a goma de las muñecas nuevas de Famosa o quizá el de un bizcocho recién horneado… Sólo una pequeña brizna odorífera nos puede transportar a una época pasada y a rememorar emociones pasadas. A medida que las neuronas olfatorias mueren, una capa de células troncales ubicadas debajo de ellas, generan nuevas neuronas olfatorias para mantener un suministro constante.

UN OLOR

¿Qué clara contraseña

me ha abierto lo escondido? ¿Qué aire viene y con delicadeza cautelosa

deja en el cuerpo su honda carga y toca con tino vehemente ese secreto quicio de los sentidos donde tiembla

la nueva acción, la nueva alianza? Da dicha

y ciencia este suceso. Y da aventura en medio de hospitales, de bancos y autobuses, a la diaria

rutina. Ya han pasado los años y aún no puede

pagar todas sus deudas mi juventud. Pero ahora

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este tesoro, este olor, que es mi verdad,

que es mi alegría y mi arrepentimiento, me madura y me alza.

Olor a sal, a cuero y a canela. A lana burda y a pizarra, acaso

algo ácido, transido De familiaridad y de sorpresa.

¿Qué materia ha cuajado en la ligera ráfaga que ahora

trae lo perdido y trae lo ganado, trae tiempo y trae recuerdo, y trae libertad y condena? Gracias doy a este soplo

que huele a un cuerpo amado y a una tarde y a una ciudad, a este aire

íntimo de erosión, que cala a fondo y me trabaja silenciosamente

dándome aroma y tufo. A este olor que es mi vida.

Claudio Rodríguez. Alianza y condena

 Te proponemos jugar con el poema de Claudio Rodríguez y evocar un olor o un hedor del pasado. Mediante el “enderezamiento postista” o “mejoramiento protésico”, que Jaume Pont define como “una especie de regla de oro postista que, a partir de la métrica eufónica, sirve de molde para introducir un texto paralelo creativamente reinventable ad infinitum”. Es decir, respetando la medida de los versos, buscamos palabras o expresiones que “suenen igual, que rimen” con las escritas por el autor. Por ejemplo:

RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

Y un huerto claro donde madura el limonero;

Mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;

Mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Antonio Machado

RETRETE

Mi estancia con los cerdos un pato y una silla

Y un tuerto avaro conde que apura su dinero

Mijo caliente y caños que entierra la semilla

Mi zanahoria en unos ocasos ¡qué más quiero!

Carlos Edmundo de Ory Para ello, verso a verso:

1. Busca palabras o expresiones que suenen y midan igual que las del poema (T.I.)

2. Selecciona las que temáticamente tengan que ver con el olor, o con el hedor.

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Puedes hacerlo de forma flexible, jugando con el poema a tu gusto. Te ofrecemos un ejemplo para que puedas empezar:

UN HEDOR

¿Qué clara contraseña

me ha abierto lo escondido? ¿Qué aire viene

y con presteza asquerosa veja al puerco sudando rabia y corta

con filo hiriente ese discreto vicio de los sentidos donde siembra

una secreción, …

Hedor a gas, a muerto y a a la pútrida cagarria, acoso

fláccido, corrompido ….

Abre tu caja de los recuerdos y busca un olor de tu infancia. El perfume es como un interruptor que enciende una cadena de estados de ánimo, emociones, imágenes y escenas enterradas en el inconsciente, pero vivas en el momento en que se registraron. Todos tenemos un olor en la memoria: el aroma de los bizcochos de Proust o de la lana burda y la pizarra de Claudio Rodríguez. Vuelve a tu niñez ¿cuál es ese aroma que te traslada a ese tiempo?  Vuela a tu infancia, aspira de nuevo ese olor ¿dónde estás? ¿Quién está contigo? ¿Qué haces?... describe ese olor, cada uno de sus tonos y matices. Vuelca tus imágenes a palabras, no te detengas en correcciones (ya revisarás más tarde), deja que tus recuerdos de vuelquen sobre el papel.

Te ofrecemos ejemplos:

La escuela

Contemplé la clase donde me condujo: jamás ningún lugar me había causado tanta impresión de abandono y desolación. Todavía lo veo. Una sala larga, con tres filas de pupitres y seis filas de bancos, rodeada de erizadas perchas para colgar sombreros y pizarras. Fragmentos de viejos cuadernos y de ejercicios se amontonan en el suelo sucio (…) Huele de un modo extraño y malsano, como la pana enmohecida, las manzanas dulces sin ventilar y los libros apolillados.

Charles Dickens. David Copperfield. El olor de unas manos

Esta fue la primera y única vez que le vimos exhibir sus habilidades con el lápiz. Me atizó un coscorrón y se fue a la cocina a servirse una taza de achicoria y a preparar la merienda de Susana, pero sus manos manejando el lápiz se quedaron un buen rato ante mis ojos y tan cerca que sentía en el rostro la cálida efusión de la sangre, la pulsión de sus venas abultadas y oscuras. En primer lugar, el suave olor a alcachofas que capté en el dormitorio de la señora Anita se confirmó plenamente; en realidad, yo nunca había sido consciente del olor de las alcachofas crudas, ni tampoco si ese olor

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era lo bastante intenso, característico e inconfundible como para distinguirlo de otros olores, y desde luego no me explico por qué esas manos elegantes pero de piel tan maltrecha me sugerían el olor de la alcachofa. Se trata de una convicción enquistada en el recuerdo, una particular devoción a mi propio jardín de la infancia (…) Inmediatamente después de haber percibido ese aroma que sólo podría definir de forma tan precaria, contingente y devota, la mano que movió el lápiz ante mis narices con tanta maestría me envió también una calentura sosegada y persistente, su extraño fluido, suaves oleadas de una combustión vegetal que parecía nutrirse de la propia piel manchada; como si acabara de exponer la mano al calor de la estufa.

Juan Marsé. El embrujo de Shanghai

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