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2. LA CURA PSIQUIÁTRICA

2.5. El poder de realidad

De la exposición de las cinco maniobras que intervienen en la curación podemos presentar algunas conclusiones. Primero, en una cura del tipo que acabamos de presentar la intervención del médico se confunde en el accionar de la institución, del reglamento y de los edificios; se trata de un gran cuerpo compuesto por estos elementos, que si bien son diferenciales, actúan en conjunto. Segundo, como ya se había señalado en el asilo se configuran múltiples discursos como el nosográfico y el anatomopatológico, sin embargo, estos discursos no orientaron la práctica psiquiátrica, en últimas, no se originó en el poder psiquiátrico un discurso propio diferente a las disposiciones tácticas, en efecto:

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No hubo verdaderas teorías de la curación y ni siquiera tentativas de explicación de ésta; no hubo sino un corpus de maniobras, tácticas, gestos por hacer, acciones y reacciones por desencadenar, cuya tradición se perpetuó a través de la vida asilar, en la enseñanza médica, y que simplemente tuvo, como superficies

de emergencia, algunas de esas observaciones […] corpus de tácticas, conjunto estratégico: eso es todo lo

que puede decirse de la manera misma de tratar a los locos111.

Tercero, el médico se hace otorgar del asilo una serie de elementos que funcionan como complementos de poder que le permiten dominar la locura a través de la imposición de la realidad, éstos son las maniobras asilares que vimos anteriormente, “la disimetría asilar, el uso imperativo del lenguaje, el aprovechamiento de la penuria y las necesidades, la imposición de una identidad estatutaria en la cual el enfermo debe reconocerse, la supresión del carácter hedonista de la locura”112. Sin embargo, estos elementos no son sólo un complemento de poder que da fuerza a la realidad, sino que es la forma real de la propia realidad, y esto se constituye en términos de Foucault en una suerte de tautología asilar. Lograr la curación significa la aceptación de la obediencia, ganarse materialmente la vida, reconocerse en un relato biográfico estatutario, de esta manera, encontramos la tautología asilar tal como lo veremos a continuación:

El instrumento por el cual se reduce la locura, es al mismo tiempo el criterio de la curación, o bien: el criterio de la curación es el instrumento por el cual se cura. Podemos decir, por tanto que hay una gran tautología asilar en cuanto el asilo es lo que debe proporcionar una intensidad complementaria a la realidad y, a la vez, ese mismo asilo es la realidad en su poder desnudo, es la realidad médicamente intensificada, es la acción médica, el poder – saber médico que no tiene otra función que la de agente de la propia realidad113.

Hay entonces en el asilo un complemento de poder dado a la realidad que resulta siendo la realidad misma que se reproduce en el espacio asilar. Por este motivo se pedía al asilo su separación con el mundo externo y su marcación médica, al tiempo que, los médicos plantearon la necesidad de la adopción en el asilo de las formas de la vida cotidiana, en efecto, estos “debían ser similares a las colonias, los talleres, los colegios, las cárceles; vale decir que la especificidad del asilo radica en ser exactamente homogéneo a aquello de lo cual se diferencia, en virtud de la línea divisoria entre locura y no locura. La disciplina asilar es a la vez la forma y la fuerza de la realidad”114.

111 Ibídem, pp. 195 196. 112 Ibídem, p. 196. 113 Ibídem. 114 Ibídem, p. 197.

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A través del análisis del tratamiento del señor Dupré realizado por Leuret, ejemplo claro y desnudo del despliegue de la psiquiatría primigenia de inicios del siglo XIX, encontramos que el poder psiquiátrico funcionaba primordialmente como complemento de poder de la realidad. De lo anterior se sigue que éste antes de ser una cura o un modelo de intervención terapéutica, es un régimen, y en cuanto tal, se esperan de él efectos terapéuticos. Desde otra perspectiva, el poder psiquiátrico se configura como un posicionamiento táctico y estratégico de diversos elementos con miras a la sujeción de la voluntad omnipotente de la locura. En cualquiera de los dos puntos de vista, el poder psiquiátrico es dominación, y según Foucault, el término más cercano para describir este funcionamiento es la noción de dirección, cuya connotación religiosa es innegable. En este sentido, podemos hablar de la dirección de la conciencia que abarcó un amplio campo de técnicas y objetos, presisamente, la psiquiatría trasladó a su domino los contenidos de esta noción, por ejemplo, el psiquiatra es la persona quien dirige el funcionamiento del hospital y los individuos.

El ejercicio de la dirección tiene como objetivo llenar de poder a la realidad. Por una parte, esto quiere decir que debe hacer que la realidad sea inevitable de tal manera que se aproxime sobre los locos y se imponga. Y por otra parte, significa la convalidación del poder dentro del asilo, pues éste es en últimas, el poder de la propia realidad. Es decir, lo que el poder psiquiátrico pretende insertar en el asilo es la realidad, y lo hace en nombre de la realidad misma. En este sentido, el asilo debe ser un espacio totalmente aislado del exterior, principalmente de la familia como ya lo veíamos, pero a su vez, debe ser una réplica de esa realidad de la cual se aísla. De esta manera la arquitectura de los hospicios debe ser similar a la de los hogares corrientes, el mundo relacional al interior del asilo debe acercarse al modo de las relaciones entre ciudadanos, el sistema de necesidades, de trabajo y de disposiciones económicas asilares traduce la versión social de estos mecanismos. Por lo tanto, tenemos en el asilo un doble de la realidad, hay una tautología asilar que consiste “en dar poder a la realidad y fundar el poder sobre la realidad”115.

Ahora bien, cabe preguntarnos, ¿qué es aquello que se introduce en el asilo bajo el nombre de realidad, dotado de un poder singular y sobre lo cual es sustentado el poder asilar? En otras palabras, “¿qué es lo que podemos identificar como la realidad en el “tratamiento moral” en

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general y en el tratamiento mencionado [el caso Dupré] en particular?”116 Primero, la voluntad del otro. La voluntad ajena es la realidad a la que debe someterse la voluntad insurrecta del loco, de esta manera, se constituye como foco de poder en una relación no recíproca, “el plus de poder está del otro lado: el otro es siempre dueño de cierta parte de poder acrecida con respecto a la del loco. Tal es el primer yugo de la realidad al cual es preciso someter al loco”117

. Segundo, el dispositivo de la identidad biográfica. El loco debe

ser sometido al peso de la realidad, esta vez bajo la forma del aprendizaje del nombre, el pasado, la identidad, la confesión del resulta ser el relato biográfico; es ésta la realidad impuesta al loco. Tercero, la realidad de la enfermedad misma. Aquí tenemos una realidad ambigua en cuanto se debe forzar al enfermo a que reconozca su locura y se reconozca a sí mismo enfermo, pero a su vez, debe inducírsele a entender que el centro de su locura no es la enfermedad sino el defecto moral sea maldad, presunción, etc. Con Dupré, Leuret llega al punto de sacarlo del asilo para impedirle el placer de la enfermedad, “por consiguiente, para negar a la enfermedad su estatus de enfermedad, con todos los beneficios correspondientes, es preciso desalojar de ella el deseo malo que lo anima. Es preciso, por lo tanto, imponer la realidad de la enfermedad y, a la vez, imponer a la conciencia de la enfermedad la realidad de un deseo no enfermo que la anima y que está en su raíz misma. Realidad e irrealidad de la enfermedad, realidad de la no realidad de la locura”118. Esto constituye el tercer yugo de la realidad bajo el que se haya sujeto el loco en el tratamiento moral. La cuarta y última forma de la realidad es todo lo concerniente al sistema de carencias y necesidades; el dinero, el trabajo y la obligación de solventar las propias necesidades son elementos de este sistema.

Estos cuatro elementos que acabamos de señalar “son como nervaduras de realidad que penetran en el asilo y dentro de él, son los puntos sobre los cuales se articula el régimen asilar, a partir de los cuales se establecen la táctica en la lucha asilar. Y el poder asilar es, en efecto, el poder que se ejerce para hacer valer esas realidades como [la] realidad”119. Igualmente, los aspectos señalados tienen una importancia particular que señalaremos a continuación. Los cuatro elementos inscriben en la psiquiatría una serie de aspectos recurrentes a lo largo de su historia tales como el asunto de la dependencia absoluta del paciente con respecto al médico; la práctica de la confesión, la anamnesis, el relato y el auto

116 Ibídem.

117 Ibídem, pp. 202 -203. 118 Ibídem, pp. 203 204. 119 Ibídem, p. 204.

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reconocimiento en él; el planteamiento del problema del deseo oculto que hace existir a la locura como tal; y por último, el problema del dinero y todo el sistema económico de intercambios desde el cual el enfermo paga su estatus de loco.

Los puntos a los que nos hemos estado refiriendo tienen una importancia capital porque esbozan lo que es la curación misma, “¿qué es un individuo curado si no, justamente, alguien que ha aceptado los cuatro yugos de la dependencia, la confesión, la inadmisibilidad del deseo y la necesidad del dinero? La curación es el proceso de sujeción física cotidiana, inmediata, producida en el asilo, y que va a constituir como individuo curado al portador de una cuádruple realidad”120. En otras palabras, la curación es el procedimiento por medio del cual el individuo se convierte en portador de la ley impuesta por la voluntad ajena, la identidad consigo mismo en el relato biográfico, el rechazo al deseo que anima la enfermedad y la inserción en un sistema económico. Este cuádruple ajuste que tiene como resultado la curación tiene lugar en un espacio disciplinario, en el asilo que se diferencia de otros fortines disciplinarios en su marcación médica. Esta situación nos pone de cara a una serie de problemas, “¿a qué nos referíamos cuando decimos que el hospital estaba marcado médicamente? ¿Qué quiere decir que, a partir de cierto momento, y más justamente a principios del siglo XIX, haya sido preciso que el lugar donde se ponía a los locos no fuera sólo un lugar disciplinario, sino además un lugar médico? En otras palabras, ¿por qué hace falta un médico para introducir ese complemento de poder de la realidad?”121