• No se han encontrado resultados

Las maniobras de la histeria

3. EL PROBLEMA DE LA VERDAD EN EL PODER PSIQUIÁTRICO

3.2. Historia de la verdad en general

3.2.3. Las maniobras de la histeria

Gracias al aparato de captura médica desarrollado por la neurología y su hallazgo del cuerpo neurológico, se logró retirar a la neurosis el apelativo descalificador en cuanto a su

215 Ibídem, p. 349. 216 Ibídem, p. 355.

113

epistemología y moralidad. A partir de la neurología las enfermedades neuróticas como las convulsiones y los temblores histéricos, son susceptibles de diagnóstico diferencial, de esta manera, la neurosis como campo de enfermedad le fue arrebatada a la psiquiatría para ser patologizada en el campo de la neurología. La histeria, enfermedad neurótica, tuvo una relación particular con el poder psiquiátrico que puede describirse básicamente a través de una pugna al interior del sistema disciplinario entre las histéricas y el neurólogo.

En torno a la histeria se configuraron una serie de maniobras las cuales han de entenderse bajo la perspectiva del enfrentamiento, de la batalla y de la lucha por el control entre el poder médico y las histéricas. De esta manera, la histeria puede entenderse como “el conjunto de los fenómenos -fenómenos de lucha- que se desarrollaron en el asilo y también fuera de él, alrededor de ese nuevo dispositivo médico que era la clínica neurológica; y el torbellino de esa batalla convocó efectivamente en torno de los síntomas histéricos a la totalidad de las personas que se entregaron en concreto a ellos”217

. A continuación examinaremos las grandes

maniobras de la histeria tal como se constituyeron en la Salpêtrière.

En primer lugar, tenemos la organización del “escenario sintomatológico”. Para que la histeria pueda entrar en el campo de la medicina como una verdadera enfermedad orgánica debe presentar unos síntomas estables de manera tal que pueda ser objeto de un diagnóstico diferencial, por otra parte, en la medida que el enfermo muestra los síntomas, el médico se consagra como neurólogo. La regularidad y estabilidad de los síntomas que el enfermo proporciona al médico debe darse bajo dos formas. Primero, es necesario que los síntomas se puedan observar en el enfermo en todo momento, deben ser legibles cada vez que sean solicitados por el médico. Por esta vía se configuraron los llamados estigmas de la histeria, es decir, signos que todo histérico porta aunque no esté en momento de crisis. Dichos estigmas respondían a las conminaciones del médico, eran respuestas a consignas como moverse o sentir un tipo determinado de contacto en el cuerpo. Segundo, las crisis de la enfermedad debían tener una regularidad, de manera que fueran semejantes a una enfermedad neurológica ya existente y se pudiera aplicar el diagnóstico diferencial, pero al mismo tiempo, tenía que diferenciarse de las enfermedades ya constituidas a fin que el diagnóstico se produjera.

Ahora bien, gracias a que la histérica presenta una sintomatología regular ante la conminación del médico, él puede legitimarse como médico y no sólo como psiquiatra, es

114

decir, tiene la oportunidad de realizar una acción eminentemente médica como lo es el diagnóstico diferencial. Por el lado de la histérica también hay un beneficio en esta maniobra. En el momento que ella suministra los síntomas, y que gracias a ello el médico realiza el diagnóstico diferencial, la histérica pasa de ser loca a ser enferma, en otras palabras, “va a adquirir un derecho de ciudadanía dentro de un hospital digno de ese nombre, vale decir, un hospital que ya no tendrá derecho a no ser más que un asilo. El derecho a no estar loca sino a estar enferma es conquistado por la histérica gracias a la constancia y la regularidad de sus síntomas”218.

Irrefutablemente, la histérica gana este derecho bajo la dependencia en la que el médico se encuentra frente a ella. En efecto, si la histérica se negara a suministrar síntomas el médico dejaría de ser neurólogo y pasaría a ser psiquiatra, su diagnóstico sería absoluto y no diferencial. De esta manera: “el funcionamiento neurológico del médico depende de la histérica, que en verdad le suministra sus síntomas regulares; y en esa medida, se ofrece al médico no sólo lo que va a garantizar su propio estatus de neurólogo, sino lo que asegurará a la enferma la influencia que tiene sobre él, pues puede dominarlo al proporcionarle su síntomas, porque así lo consagra como médico y ya no como psiquiatra”219.

En segundo lugar, tenemos la maniobra del “maniquí funcional” como la llama Foucault. El

médico, a partir de la maniobra del “escenario sintomatológico”, se ve por un lado reafirmado como médico al tiempo que pierde poder frente a las histéricas. Éstas, siguiendo el juego, y como medio para afirmar su sobrepoder sobre el médico, respondían con un desborde de crisis histéricas; hay registros de un poco más de 17.000 episodios de histeria en solo dos semanas por una sola paciente. Esta situación puso en apuros al personal médico, pues este número de crisis en un lapso tan corto, es algo imposible de controlar e incluso registrar, de ahí la pregunta del médico de cómo “hacer suyo un instrumento cuyas características le permita desencadenar fenómenos típica y exclusivamente histéricos, pero sin asistir a ese desborde de miles de crisis en tan poco tiempo”220. La cuestión era cómo provocar fenómenos histéricos sólo cuándo el médico quisiera y que esos mismo fenómenos fueran claramente patológicos, de esta manera se podía frenar la exageración histérica. Cómo respuesta a esta problemática se desarrollaron dos técnicas.

218 Ibídem, p. 360. 219 Ibídem, p. 361. 220 Ibídem, p. 362.

115

La primera de ellas es la hipnosis. Mediante este procedimiento se puede obtener un síntoma histérico específico y aislado como la parálisis de determinado músculo, un temblor, imposibilidad de hablar, etc., lo importante es que el médico puede desencadenar los fenómenos de la histeria bajo su voluntad. Ahora bien, la hipnosis conllevó una gran dificultad: si los fenómenos histéricos pueden ser provocados ¿será en efecto una enfermedad? Aunque la hipnosis aísle los fenómenos histéricos puede no ser más que el reverso físico de una orden dada. De esta manera, el médico, el ejemplo claro es Charcot, debía proveerse de enfermos que manifestaran los síntomas histéricos al margen de toda disciplina asilar, intervención médica, y por supuesto, de la hipnosis. El papel de estos

enfermos consistía en “naturalizar” la intervención hipnótica. Dichos enfermos los encontró Charcot en una categoría que comenzó a configurarse a inicios del siglo XIX, a saber, los enfermos asegurados.

A partir de la aparición de esta clase de enfermos, los individuos pueden obtener ganancias de la enfermedad mediante el cobro del seguro frente a accidentes laborales, de esta manera, aparecen en el escenario médico enfermos que padecen trastornos postraumáticos, que básicamente consistían en parálisis, anestesias, contracturas y dolores sin un correlato anatómico atribuible. El problema entonces consistía en determinar si efectivamente estaban enfermos o se trataba de simuladores. El dispositivo neuropatológico interviene en estos casos contrastando este enfermo sospechoso con el enfermo histérico. Por una parte, está el enfermo no hospitalizado ni medicado en el que se muestran unos fenómenos naturales que no necesitan estimulación para aparecer, por otra parte, está la histérica que hace parte del régimen médico y hospitalario y que bajo la hipnosis presenta enfermedades artificiales. La maniobra funcionaba de la siguiente manera:

La histérica, cuando se la confronte con el trauma, va a permitir reconocer si el traumatizado es un simulador o no. Una de dos, en efecto: o el traumatizado presenta los mismos síntomas que la histérica

– hablo, claro está, del traumatizado que no tiene ninguna huella de lesión – y por eso podrá decirse:

“tiene la misma enfermedad que la histérica”, pues la primera maniobra ha consistido en mostrar que

ésta estaba enferma y por consiguiente va a autentificar la enfermedad del traumatizado; o bien el traumatizado no tiene la misma enfermedad, no presenta los mismos síntomas que la histérica y, por eso, quedará al margen del campo de la patología y se lo podrá tachar de simulador221.

Pero por el lado de la histérica, la contrastación encamina a que si en el enfermo que no ha sido sometido a la hipnosis se pueden encontrar síntomas similares a los que presenta la histérica en estado hipnótico, es un indicio de que los fenómenos hipnóticos que se observan

116

en las histéricas son naturales. Por lo tanto, hay una naturalización de la histérica gracias al traumatizado y una denuncia por parte de ésta ante una posible simulación del traumatizado. En esta maniobra, la histérica funciona como un “maniquí funcional” gracias al cual el

médico podía hacer un diagnóstico diferencial referido al simulador. A continuación presentamos un ejemplo puntual de esta maniobra.

Hubo así un famoso caso de coxalgia postraumática en un empleado ferroviario. Charcot estaba casi seguro de que esa coxalgia no tenía un origen lesional; le parecía, sin embargo, que no se trataba de una simulación lisa y llana. Convocó a dos histéricas, las sometió a la hipnosis y les formuló una serie de consignas, a través de éstas logró reconstituir, sobre esa especie de maniquí funcional en que se había convertido la histérica, la coxalgia del empleado, que por ende fue considerada como una afección histérica222.

Gracias a esta maniobra, todos los que participan en ella salen ganadores. Ganan las empresas de seguros pues evitan el pago a los simuladores, ganan los enfermos que no simulan pues reclaman lo suyo aunque no tengan una lesión anatómica, gana el médico, como ya lo dijimos, pues hace su diagnóstico diferencial, y por supuesto, gana la histérica, pues al participar como maniquíes funcionales son las autenticadoras de la enfermedad no lesional, y por fuerza escapan a toda sospecha de simulación, son ellas precisamente el elemento que denuncia la simulación. De esta manera el médico cae de nuevo bajo el poder de la histérica pues si puede determinar la simulación o la autenticidad de la enfermedad en el presunto enfermo es porque la histérica lo permite, “logra ser en cierto modo la instancia de verificación, de verdad entre la enfermedad y la mentira. Segundo triunfo de la histérica. Como comprenderán, tampoco en este caso las histéricas vacilan en reconstituir a pedido las coxalgias, las anestesias, etc., que se les demandan bajo hipnosis”223.

Pasamos ahora a la tercera maniobra, “la redistribución en torno al trauma”. Puesto que las histéricas afianzan su poder sobre el médico a través del suministro de síntomas, recae, una vez más, la sospecha si dichos síntomas son fabricados. El médico, en este escenario, se ve obligado a recuperar el poder sobre todo el campo de los fenómenos de la histeria a través de la vinculación en un esquema patológico del hecho que un enfermo es hipnotizable y que bajo los efectos de la hipnosis se reproducen fenómenos patológicos, “y, a la vez, el hecho de que en ese marco patológico el propio médico puede situar también los famosos trastornos funcionales cuya proximidad con los fenómenos de la histeria mostró Charcot”224. Se trata entonces de vincular en un marco patológico tanto la hipnosis como los síntomas histéricos

222 Ibídem, p. 368. 223 Ibídem, p. 370. 224 Ibídem, pp. 370 371.

117

producidos en ella y el acontecimiento que causó los daños funcionales, en últimas, se necesita encontrar una etiología y asignar una patología a estos tres elementos teniendo presente que no hay lesión orgánica y que el cuerpo no puede hablar. La solución a este problema fue la elaboración del concepto de trauma. La siguiente es la definición de trauma:

“un acontecimiento violento, un golpe, una caída, un temor, un espectáculo, etc., que provocará una suerte de estado de hipnotismo discreto, localizado, pero a veces de larga duración, de modo que, a raíz de ese trauma, en la cabeza del individuo entrará una idea determinada, para inscribirse en la corteza y actuar como si se tratara de una conminación permanente”225.

Veamos un ejemplo de trauma. Un niño es atropellado por un vehículo. En el momento previo a la pérdida de conciencia tiene la impresión que las ruedas le pasaron por encima aunque en realidad esto no sucedió. Al recobrar la conciencia se encuentra en estado de parálisis, la causa de este fenómeno, radica en que considera que el vehículo le pasó por encima. Como se puede ver, se trata de una especie de hipnosis localizada, la idea de que las ruedas del carro pasaron por encima de su cuerpo funciona como una conminación hipnótica. En este sentido, la hipnosis es un trauma transitorio y sujeto a la voluntad del médico que introduce ideas en el individuo semejantes a una conminación, tenemos entonces que el fenómeno histérico producido en la hipnosis junto con el fenómeno histérico que se deriva de un acontecimiento apuntan hacia la noción de trauma; “el trauma es lo que provoca la hipnosis, y la hipnosis es un tipo de reactivación general del trauma suscitada por la voluntad del médico”226. De lo anterior se deriva la necesidad de encontrar el trauma, esa suerte de lesión invisible que es la etiología de la patología, y su búsqueda se efectúa a través de la indagación, en estado hipnótico o no, del pasado, la infancia, la vida, para encontrar el acontecimiento traumático.

Sin embargo, en este punto encontramos de nuevo una contramaniobra por parte de las histéricas. Al ser indagadas por su pasado ellas respondían con discursos y escenas que se referían al tema sexual, hecho que Charcot no podía admitir, de hecho, las referencias a esta situación no fueron consignadas por Charcot sino por sus ayudantes. La neurosis fue objeto de descalificación constante por la sospecha de simulación y por sus connotaciones sexuales, por este motivo, si Charcot quería validar la histeria como enfermedad debía alejarla de todo

225 Ibídem, p. 371. 226 Ibídem, pp. 372 373.

118

aquello que la pudiera relacionar con la simulación y la sexualidad. Sin embargo, la manifestación de la sexualidad por parte de las histéricas no se podía impedir, ellas suministraban abundantes síntomas y discursos cargados del elemento sexual. Bajo los efectos de la hipnosis, en casi todos los casos, las histéricas reproducían una especie de pantomima sexual que era su respuesta a la atribución del trauma, su contramaniobra se condensa en el siguiente discurso:

Quieres encontrar la causa de mis síntomas, una causa que te permita patologizarlos y actuar como médico; y como quieres ese trauma, pues bien, ¡tendrás mi vida entera y no podrás dejar de escucharme contarla y, a la vez, verme reproducirla en gesticulaciones y reactualizarla incesantemente en mis crisis! Por consiguiente, esa sexualidad no es un resto indescifrable, es el grito de victoria de la histérica, la última maniobra por la cual las histéricas pueden más que los neurólogos y los hacen callar227

De esta manera, como resultado del enfrentamiento entre la histérica y el neurólogo en el contexto de la captación del cuerpo neurológico por parte de del dispositivo neuropatológico está la aparición del cuerpo sexual. Tenemos la configuración de una serie de cuerpos en torno a la psiquiatría, el cuerpo anatomopatológico, el cuerpo disciplinario, el cuerpo neurológico y el cuerpo sexual. Frente a este último, se siguieron dos posiciones. Por una parte, hubo una descalificación de la histeria dadas sus connotaciones sexuales, y por otra, se configuró una acción médica por parte de la psiquiatría y el psicoanálisis, “al forzar las puertas del asilo, al dejar de ser locas para neurólogo - , al proporcionarle verdaderos síntomas funcionales, las histéricas, para el mayor de sus placeres, pero sin duda para el peor de nuestros infortunios, pusieron la sexualidad bajo la férula de la medicina”228.

Las maniobras de la histeria son el testimonio de la lucha por el poder al interior de la psiquiatría entre el neurólogo y las histéricas. Por medio de dichas maniobras, la instancia médica capta y produce la verdad de la enfermedad gracias a que obtiene de las enfermas la reproducción de una sintomatología que pudo llegar a ser asimilada como una verdadera enfermedad orgánica. En este fenómeno, la histérica se convierte en la enferma ideal gracias a que “retranscribía por sí misma los efectos del poder médico en formas que el médico podía describir de acuerdo con un discurso científicamente aceptable”229. Ahora bien, esta operación era posible por la mediación de una relación de poder que la histérica misma asumía como su responsabilidad a través de la sugestibilidad mórbida, disposición de los pacientes histéricos a desarrollar síndromes histéricos, de esta manera el papel determinante

227 Ibídem, p. 379. 228 Ibídem, p. 381. 229 Ibídem, p. 389.

119

de la relación de poder quedaba oculto. La producción de la verdad de la enfermedad mental en sus notas más específicas como enfermedad orgánica es el logro fundamental del

dispositivo de la neurología que se perfecciona con las “maniobras de la histeria” a la manera

de Charcot. Para terminar, presentamos las palabras de Foucault acerca de este perfeccionamiento del poder psiquiátrico:

Episodio decisivo en el cual se redistribuyen y terminan por superponerse con exactitud las dos funciones del asilo (prueba y producción de la verdad, por una parte; constatación y conocimiento de los fenómenos por otra). El poder del médico le permite producir en lo sucesivo la realidad de una enfermedad mental cuya característica consiste en reproducir fenómenos enteramente accesibles al conocimiento […] Todo se desplegaba ahora en la limpidez del conocimiento purificado de todo poder, entre el sujeto cognosciente y el objeto conocido230.

120

BIBLIOGRAFÍA

BIBLIOGRAFÍA PRIMARIA

FOUCAULT, Michel, Enfermedad mental y personalidad, (1953), Trad. Emma

Kestelboim,Buenos Aires: Editorial Paidós, 1961, 122 p.

__________, Historia de la locura, (1961) Vol. II. Trad. Juan José Utrilla, Fondo de

Cultura Económica: Bogotá, 1998. 197 p.

__________, El nacimiento de la clínica: Una arqueología de la mirada médica, (1963),

Trad. Francisca Perujo, México: Siglo XXI Editores, 2004, 293 p.

__________, Las palabras y las cosas, (1966) Trad. Elsa Cecilia Fost, Buenos Aires: Siglo

XXI Editores Argentina, 2005, 375 p.

__________, El poder psiquiátrico,(1974), Trad. Horacio Pons, Buenos Aires: Fondo de

Cultura Económica, 2005, 448 p.

__________, Defender la sociedad, (1976), Trad. Horacio Pons, Buenos Aires: Fondo de

Cultura Económica, 2008, 288 p.

__________, Vigilar y castigar nacimiento de la prisión, (1975), Trad. Aurelio Garzón del

Camino, México: Siglo XXI Editores, 1990, 314 p.

__________, Microfísica del Poder, (1978), Trad. Julia Varela – Fernando Álvarez - Uría.

Madrid: Las Ediciones de La Piqueta, 1980, 189 p.

OBRAS CONSULTADAS POR MICHEL FOUCAULT EN “EL PODER PSIQUIÁTRICO” Y CITADAS EN EL PRESENTE TRABAJO.

COX, Joseph, observations sur la démence, Ginebra: Bibliothèque Britannique, 1896.

CHARCOT, Jean – Martín, Clinique des maladies du système nerveux (1889 – 1881), clases

publicadas bajo la dirección de G. Guinon, París, Aux Bureaux du Progrès médicall, 1892, t. I.

ESQUIROL, Étienne, Des maisons d’aliénés (1818) en Des maladies mentales considérées sous les rapports médical, hygiénique et médico – légal, París; J. – B. Baillière, 1838, t. II.

FODÉRÉ, François, Traité du délire, appliquè a la mèdecine, à la médecine, à la morale et à la législation, París: Croullebois, 1817.

121

FOURNET, Jules, Le traitement moral de l’aliénation soit mentale, soit morale, a son

príncipe et son modèle dans la famille, informe leído en la Société Médicale d’Emulation el 4