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1.2 Guión

1.2.3 El proceso social de la violencia de género

En muchos casos, la mujer maltratada por su pareja actual o pasada cuenta sentir- se o haberse sentido atrapada en una compleja trama viciosa de episodios de vio- lencia (en la que suelen combinarse elementos de las dimensiones física, psicoló- gica y sexual), separados por paréntesis de aparente normalidad.

Y que, en el transcurso de estos períodos de calma tensa, experimenta tal confu- sión y “parálisis” de iniciativas que puede llegar incluso a recordar el episodio vivido como una cuestión “puntual”, cerrada e irrepetible, a racionalizarlo con explicaciones enmascaradoras (“se le fue la mano”, “perdió los nervios”, “en rea- lidad no quiso hacerlo”, “es imposible que vuelva a suceder”, etc.), a “negar” su carácter de agresión o incluso a autoinculparse por el maltrato padecido, a excul- par a su agresor o incluso a “aliarse” con él.

A lo largo del período posterior a la primera agresión pueden además darse expe- riencias en la vida de la víctima que, lejos de fortalecerla, debilitan su capacidad de respuesta a la violencia. Por ejemplo, alguien de confianza puede convencerla de su “responsabilidad” en el proceso por “haber hecho cosas desagradables” para la pareja “ofendida”. La misma pareja puede también insistirle en determinadas circunstancias en que se siente “provocada” a actuar con violencia o simplemente legitimada para ejercerla, por “culpa” de la propia víctima.

En tal contexto, no resulta extraño el que una mujer presente una denuncia en una fase, y la retire en la siguiente. Todo ello aumenta su desorientación y dificulta eventuales intervenciones externas orientadas a facilitarle la solución del proble- ma.

Los diversos modelos del proceso convergen en torno a la idea de que, en general, la violencia es algo que se va dando poco a poco en la relación de pareja, de ma- nera que a quien la vive le cuesta identificarla en sus comienzos, a pesar del ma- lestar difuso que le indica que algo no marcha bien en la relación.

1.2.3.1 El modelo convencional del ciclo de la violencia

El más clásico modelo descriptivo del proceso de la violencia masculina en la pareja heterosexual y que ha generado mayor consenso es el del Ciclo de la Vio- lencia (Walker, 1980), que incluye las tres siguientes fases:

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! Acumulación de tensión. Aquí, se dan incidentes episódicos de amenazas, gritos, insultos y roces saturados de ansiedad, tensión y hostilidad.

! Descarga de la violencia. Incluye la explosión de las hostilidades latentes en la fase anterior (los “episodios violentos” abarcan desde empujones, apretones y golpes, hasta el asesinato).

! Luna de miel. Estadio pasajero caracterizado por la entrada en escena de expresiones de “arrepentimiento” y peticiones de “disculpa”, acompañadas de gestos de ternura, regalos y “promesas” de un futuro diferente y feliz, que se acaban para dejar paso al reinicio del ciclo infernal.

Existen múltiples variantes del modelo. Algunas de ellas añaden al Círculo clásico un momento central de negación de lo que ha pasado y de la posibilidad de nueva ocurrencia. Otros subrayan los momentos del encubrimiento y de la culpa. El de la Espiral de la Violencia (Garro, 1992) descri- be una secuencia cíclica de acumulación, agrava- ción y expansión del proceso agresivo, que se combina con un proceso en espiral que se desarro- lla en cuatro fases: normalización, conductas vio- lentas, repetición y adaptación, que reconduce, a su vez, a la normalización. Este modelo articula los planos interindividual y estructural de la vio- lencia. En otros, se pone en relación las dimensio- nes manifiesta y latente de la violencia.

En el de La Rueda de la Violencia (Juana Inés, 1996), la clave del proceso descri- to son las relaciones de poder: cada eje de la rueda representa acciones de violen- cia (física, sexual o psíquica) como expresión del ejercicio de poder y control realizado por la persona agresora.

El modelo CEMUJER (1996) sitúa, en la periferia del círculo, unas ventanas, que lo abren al exterior (a la comunidad, al vecindario, a la escuela...), significando con ello que la violencia en la pareja no se reduce a un proceso privado, sino que repercute en el resto de la sociedad.

El del Efecto de la Bola de Nieve (Garro, 1992) visualiza (mediante la imagen de una bola de nieve que se agranda en la medida en que va bajando por una pen- diente) el proceso acumulativo de la tensión latente, que acaba desembocando en la violencia manifiesta.

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En general, en las publicaciones sobre el tema, se trata además de aportar respues- tas al por qué se queda una mujer en la relación de maltrato si no lo pasa nada bien en el proceso, es decir, al qué la mantiene atrapada en el círculo vicioso de la violencia en la pareja.

Los motivos y razones que suelen invocar al respecto las propias víctimas configuran un panorama complejo: hablan de miedo (a que el agresor cumpla sus amenazas, a la muerte, a la soledad, al cambio, etc.), de vergüenza (a la imagen social de “mujer maltratada”, que además permaneció tan largo tiempo con su agresor), de control (por la pareja, que impone un régimen de vida que difi- culta moverse con libertad), de creencias desmovilizado- ras (una denuncia por malos tratos supone una “traición al amor”, un “descrédito para la familia”, un “perjuicio para hijos e hijas”, etc.), de falta de recursos (económi- cos, sociales, jurídicos, idiomáticos, etc.), de victimiza- ción secundaria (donde se esperaba encontrar ayuda se recibe todo lo contrario), de salud (física o mental), etc. No se suele hablar en términos de variables “causales”, esto es, determinantes del efecto maltrato, sino más bien de variables “facilitadoras” del proceso. Entre ellas, figuran la ideología de la violencia (que concreta los modelos culturales de la vio- lencia permitida, que fija los límites entre la “normal” y la “excesiva”, entre lo que es y lo que no es “violencia” en un entorno matrimonial, familiar, etc.), las normas y creencias específicas -de carácter social, religioso, moral o cultural en general- relativas a roles de género y familiares (del “hombre”, de la “mujer”, del “padre”, de la “madre”, del “esposo”, de la “esposa”, de la persona que ejerce de “cabeza de familia”, etc.), el hacinamiento en el hogar, las diferencias de edad, las situaciones estresantes de carácter sociolaboral o financiero, de estilo de vida, etc. Todas ellas son consideradas facilitadoras potenciales del aumento de la tensión en la relación de una pareja, pero nunca como causa directa de la misma agresión.

1.2.3.2 Alcance y limitaciones del enfoque

“Donde hay poder hay resistencia (…) Las relaciones de poder (...) no pueden existir más que en función de una multiplicidad de puntos de re- sistencia: éstos desempeñan, en las relaciones de poder, el papel de ad- versario, de blanco, de apoyo, de saliente para una aprehensión. Los puntos de resistencia están presentes en todas partes dentro de la red de poder (…)

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Respecto del poder no existe, pues, un lugar del gran Rechazo. Pero hay varias resistencias que constituyen excepciones, casos especiales: posi- bles, necesarias, improbables, espontáneas, salvajes, solitarias, concer- tadas, rastreras, violentas, irreconciliables, rápidas para la transacción, interesadas o sacrificiales; por definición no pueden existir sino en el campo estratégico de las relaciones de poder”.

(Foucault, M. (1977, pág.116).

Los modelos que describen una secuencia en forma de circularidad viciosa de la violencia en la pareja representan el producto de un considerable esfuerzo por comprender el proceso del maltrato en las relaciones de pareja. Ilustran el proceso y sirven de base para estrategias de intervención. Como en todo campo de investigación, los modelos expuestos no dan cuenta de la totalidad del proceso analizado, ni resuelven algunas cuestiones importantes a la hora de diseñar una intervención.

Alguno de ellos no da suficiente cuenta de la dimensión pública de la violencia en la pareja. Otros destacan este aspecto, pero como parte de una relación que va desde dentro hacia fuera (de lo privado a lo público, de los actores a los espectadores). Pero no recogen la relación desde fuera hacia dentro (de las macroestructuras socioculturales a las relaciones interpersonales).

En conjunto, los modelos descritos ofrecen una visión relativamente individualista del proceso, dando protagonismo a la relación agresor-víctima y considerando lo social sólo como algo que está también afectado por la violencia de la pareja. Al minimizar la influencia de la estructura sociocultural y de los procesos de socialización, casi no dejan otro margen para una intervención sobre la problemática que la de un modelo biomédico que trate a la víctima como paciente pasiva.

Por otra parte, al focalizar su atención en la víctima, asignan al agresor el papel de actor necesario, pero secundario.

Además, dibujan la imagen de una víctima indefensa, desprotegida y dependiente, que pasa de la negación de su problema a la indefensión aprendida y a la adaptación resignada a su situación.

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“El énfasis en la causalidad (culpabilidad) externa del agresor y la consiguiente concepción de la víctima como el espacio donde se producen los efectos de victimización, tiene importantes consecuencias teóricas y prácticas (…)

Por un lado (…) puede acelerar la toma de consciencia colectiva (por mujeres y hombres) de las dimensiones y la gravedad de la cuestión, así como de la urgencia de acometer activamente los cambios legales, judiciales, policiales y sociales que pueden facilitar la prevención y la resolución más efectivas de la misma.

Pero, por otro (…) la representación de la mujer maltratada como víctima indefensa de una estructura objetiva de relaciones de dominación, al tiempo que la exculpa obviamente de toda responsabilidad subjetiva en la situación que padece, la depriva de la fundamentación lógica de cualquier iniciativa personal de afrontar activamente -con recursos limitados, pero reales y potencialmente efectivos- el reto de evitar activamente el maltrato o de escapar también activamente de él.

Tal desimplicación metateórica de las víctimas en el manejo de las variables que les permitirían un relativo control de su situación puede generar en ellas un aumento de sus expectativas de indefensión y reforzar su creencia en la externalidad y lejanía de los resortes que controlan su vida presente.

En este sentido, la minimización de la variable iniciativa personal puede constituir, además de un fraude ideológico, un obstáculo epistemológico para el conocimiento (…) y un freno histórico para la prevención eficaz del maltrato.”

(J.M. Blanch. 1999, pp. 10-11).

En suma, el modelo del “ciclo”, al igual que los derivados del mismo, describe el cómo y acaso da cuenta del porqué muchas personas víctimas de la violencia en la pareja permanecen atrapadas en un proceso vicioso de violencia. Pero no toma en consideración la posibilidad de la ruptura del círculo ni la viabilidad de una escapatoria del mismo.

Tampoco describe ni contempla procesos efectivos de escape de la violencia protagonizados por ex-víctimas que dijeron “¡basta!” e iniciaron un proceso de supervivencia y a la larga de emancipación. Ni tampoco presenta estrategias facilitadoras de la ruptura del proceso vicioso.

En el apartado 2.2.4.2 profundizaremos en el tema

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