1.3 Personajes y Público
1.3.1.2 Genealogía y perfil del agresor
Tobeña (1998) habla de “preeminencia de factores masculinos en la violencia”. Por su parte, Magallón (1998), la afirma en los términos siguientes:
“La violencia de los hombres contra las mujeres es el tipo de violencia más generalizada, pues atraviesa todos los lugares del mundo, toda posición social y toda cultura; está enquistada en la vida más cotidiana y acompaña a otras violencias, llegando hasta extremos dramáticos en las guerras, donde las agresiones a las mujeres, sobre todo las violaciones, se incrementan y se utilizan como arma específica”. La autora comenta que “la mujer es el Otro más cercano que tiene el varón, un Otro con el que ha de establecer relacionés de convivencia y de ahí, como toda relación viva, de conflicto, un conflicto que, como cualquier otro, no tiene por qué ser resuelto inexorablemente de forma violenta.” (p. 97).
Izquierdo precisa que “ningún tipo de violencia es exclusivo de los hombres” y que “cuando decimos que los hombres ejercen la violencia física, a lo que nos estamos refiriendo es a que es más probable que la usen y que lo hagan con éxito. En primer lugar, porque el hombre es más fuérte que la mujer, en segundo lugar, porque la negación de la violencia física por parte de las mujeres es característi- ca del proceso de construcción de la identidad de género. “ (1998, 77).
Tobeña (1998, págs. 205-207) aporta las siguientes claves para la explicación de esa supuestamente desigual propensión a la violencia:
! “La competición violenta entre los machos humanos surge con una enorme facilidad en todo tipo de situaciones. Muchas van ligadas a la lucha por la supervivencia en circunstancias que no tienen por qué relacionarse, necesariamente, con la interacción con el otro sexo”.
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! El “larguísimo periodo de crianza de unos neonatos que llegan al mundo desamparados e incapaces de valerse por sí mismos hasta etapas tardías de su maduración” propicia una división de roles parentales por la que “hombres y mujeres, colaboran en la protección y el sustento de las criaturas”, pero mientras las “madres” permanecen cerca de ellas durante largos periodos de tiempo, “por exigencias de la lactancia” y se especializan en tareas de recolección, “los varones se dedican a la caza en grupo para intentar cobrar piezas y contribuir así, con carne, a la alimentación de la prole (...) El reparto en los roles combativos puede haber dejado trazos muy duraderos, porque todos los datos indican que nuestros antepasados vivieron así durante centenares de miles de años”.
! “Los hombres actuales suelen aventajar, regularmente, a las mujeres en corpulencia y fuerza física. Esa es una diferencia anatómica muy notoria que puede tener unas consecuencias ominosas (para las mujeres, obviamente), cuando se pasa del hostigamiento a las hostilidades abiertas."
! “El origen de los dispositivos neuroendocrinos, que sustentan la proclividad violenta de los varones y su facilidad para la interacción agresiva, debe rastrearse en los conflictos básicos para sobrevivir y en los que se asocian a las oportunidades de aparearse, de diseminar la simiente y de garantizar la viabilidad de la prole. Ser violentos les sale a cuenta a los machos si con ello pueden eliminar o inhibir a los contrincantes, reclutar más parejas, garantizar su docilidad y aumentar las oportunidades de los descendientes. Así funciona en la gran mayoría de mamíferos y en muchos otros animales “.
! “Los hombres se siguen apuntando, con más devoción que las mujeres, a esas estrategias, primero porque tienen unos dispositivos neuroendocrinos «primados», en ese terreno; y segundo, porque les continua saliendo a cuenta: suben peldaños en los rangos jerárquicos a base de someter a otros varones y pueden intentar acceder, así, a un abanico más grande de parejas sexuales (...) Si el recurso a la violencia sigue siendo una estrategia productiva en términos de ganancia social (y quizás también biológica), no debería extrañar que presente exageraciones o patologías en individuos desviados o socialmente acorralados (...). Eso debería darse, preferentemente, en el sexo masculino y así ocurre en realidad: en todos los ámbitos de la violencia destructiva (asaltos sexuales, abusos y malos tratos infantiles, asesinatos pasionales, crímenes sanguinarios, atentados terroristas, torturas etc.) el protagonismo de los hombres es tan considerable que, con las debidas excepciones, suelen acaparar eI escenario de la criminalidad.”
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de la propuesta 104 de un Informe de la ONU/UNESCO (2002), sobre la Cultura de Paz:
“Es importante respaldar las actividades que se emprendan en el marco de este Programa mediante la investigación y formación en torno a los factores ligados a las diferencias entre hombres y mujeres que obstaculizan o favorecen el desarrollo de una cultura de paz. Es necesario insistir especialmente en la socialización de los niños y adultos de sexo masculino, con objeto de evitar que recurran al autoritarismo, la fuerza, la agresividad o la violencia, y de estimular su capacidad de expresar emociones, preocuparse por los demás o simplemente comunicarse”.
En esta línea, estudios clínicos describen el “perfil” de hombres “maltratadores” de sus parejas femeninas. Estos inventarios de “rasgos” tienen muchos elementos en común con los de “indicadores” y de “predictores” del maltrato en la pareja. Tales listados de características del personaje agresor masculino reflejan algunos de los más rancios estereotipos de la masculinidad patriarcal. En ellos, no suelen faltar ítems como los siguientes:
! A nivel de “personalidad”, impulsividad,
irritabilidad, intolerancia al estrés y a la frustración, déficits de autoestima, de asertividad y de habilidades sociales y de recursos de afrontamiento, frustración en su desempeño de lo que considera el rol masculino, perfeccionismo, paternalismo y proteccionismo, celos y recelos, des- confianza en las demás personas, senti- mientos de miedo, inseguridad e impo- tencia ante la amenaza de pérdida de poder y de control sobre la pareja, horror a la igualdad dentro de la misma, etc.
! En los planos conductual y biográfico, abuso de alcohol o de otras drogas,
antecedentes personales de maltrato infantil, problemas en la relación de pareja, económicos, laborales, judiciales, etc.
! En el ideoaxiológico, autoritarismo, convencionalismo, tradicionalismo,
machismo, retóricas sobre el valor de la familia, la disciplina y el castigo como recursos estratégicos de cara a la prevención o a la solución de pro- blemas domésticos o sobre la necesidad de domar y domesticar las malas inclinaciones de la pareja, etc.
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En general, aparece un consenso creciente en torno a la idea de que el motor del maltrato no es el sexo ni el amor, sino el poder (Lipman-Blumen, 1984, Connell, 1987, Dobash, Dobash & Noak, 1995, Hester, Kelly & Radford, 1995, Browker, 1998, Vicente, 2003) :
“La violencia en las relaciones de pareja no se limita al maltrato físico, sino que ocurre como un continuo de conducta coercitiva dinámicas de poder y de control, abuso sexual, hostigamiento, amenazas, aislamiento y humillación” (Vicente, 2003, pág. 209).
En los típicos sistemas de indicadores-predictores empleados en el trabajo comu- nitario de prevención de la violencia en la pareja desarrollados por los más diver- sos organismos públicos o privados, se propone a mujeres víctimas potenciales de maltrato que se autoapliquen un test en el que deben responderse a preguntas co- mo las siguientes, referidas a la propia pareja: ¿Es demasiado celoso?, ¿Golpea o rompe cosas?, ¿Es cruel con los niños o animales?, ¿Te exige la perfección en todo?, ¿Te prohíbe ver a tu familia o a tus amistades?, ¿Culpa sistemáticamente a otras personas de sus problemas?, ¿Abusa a menudo del alcohol o de otras dro- gas?, ¿Fue maltratado de niño?, etc.
Y se las invita a llamar a algún preciso número de teléfono o a acudir a determi- nado servicio de ayuda, en caso de haber superado una determinada tasa de respuestas afirmativas, que inducen a sospechar que esta persona puede estar conviviendo con un hombre potencial o actualmente maltratado.