1.3 Personajes y Público
1.3.1.1 Raíces del maltrato de género
El término violencia proviene etimológicamente del latín vis, que significa fuerza. La vigente ideología de género establece quien es el sexo fuerte, a quien compete naturalmente el desempeño activo de la fuerza –el género violento- y quien es el sexo débil, al que corresponde el papel de género víctima. En el orden patriarcal, está perfectamente establecido quien da y quien recibe la violencia en la relación
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hombre-mujer. La columna vertebral de este sistema complejo, que se extiende por todos los planos y dimensiones de lo social, desde lo macro a lo micro, está formada por las relaciones de poder que se desarrollan de acuerdo con un modelo asimétrico, vertical y jerárquico, en el cual el rango dominante corresponde al varón, siendo lo masculino la referencia clave para la concepción y valoración de lo humano.
Así pues, la coerción en forma de violencia física, psicológica, social o simbólica aparece en este contexto como un recurso legitimado ideológicamente del poder del hombre para generar efectos de control sobre la mujer. Las modalidades de violencia ejercida históricamente sobre la mujer son innumerables y muestran hasta qué punto el patriarcado sintetiza machismo, masculinismo, androcentrismo y misoginia. Basta con recordar que se nos ha contado que por la Eva bíblica entró el pecado en el mundo y que fue la vasija destapada por la Pandora griega la fuente de todos los males históricos de la humanidad.
Revisando ilustraciones de este proceso crónico de dominación (Cantera, 1999), encontramos ejemplos contundentes: en los inicios de la cultura escrita, el Código Hammurabi establece que toda mujer acusada de infidelidad a su marido debe someterse a la prueba del agua, por la que será arrojada a la corriente del Éufrates: si sale con vida de ella, será considerada inocente y, si perece, habrá encontrado su justo castigo.
A algunas “brujas” premodernas se las echa igualmente al agua, pero, si salen con vida, son trasladadas directamente a la hoguera, puesto que en esta época se considera que sólo el diablo podría haberlas ayudado a superar la prueba. Si, por el contrario, se ahogan, encontrarán en el cielo el justo reconocimiento a su inocencia. En definitiva, las mujeres acusadas de brujería, por el sólo hecho de serlo, entran en un callejón sin salida: los (hombres) autores del Malleus Malleficorum (Martillo de Herejes), el más famoso manual para inquisidores, proponen un criterio infalible para determinar si una mujer acusada es o no verdaderamente bruja: basta con preguntárselo. Ante ello, la acusada puede dar dos respuestas sencillas e inequívocas: “sí” o “no”. La primera la conduce inapelablemente a la hoguera, puesto que ella misma da la razón a sus acusadores. La segunda, sin embargo, la conduce irremisiblemente al mismo destino; supuesto que una bruja de verdad nunca reconocerá su condición de tal.
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Goffman (1961) denomina looping esta situación de conflicto inescapable, en la cual una persona (haga lo que haga, diga lo que diga, por acción o por inhibición) está presa del destino fatal que le ha impuesto quien la domina. El looping ha acompañado trágicamente a las mujeres a lo largo de la historia. El agua, el fuego y las piedras constituyen las principales herramientas para las soluciones finales de tantas situaciones de conflicto inescapable impuestas a mujeres en el régimen patriarcal.
Así, por ejemplo, la Misna, tradición oral judía, base de la Torá (ley escrita), impone a las mujeres sospechosas de adulterio la prueba de las aguas amargas. Aquí no se trata de nadar a través de ellas, sino de tragárselas directamente y de sobrevivir a esa pócima purificante.
Por su parte, cierta tradición arraigada en diferentes corrientes islámicas – contemporáneamente revitalizada desde el Afganistán (neo)talibán hasta regiones de la Nigeria neofundamentalista-, opta más bien la lapidación.
En muchos lugares y tiempos, el ojo inquisidor, el dedo acusador, el brazo ejecutor y el discurso legitimador señalan el cuerpo de la mujer como objeto de violencia masculina. Sin ir más lejos, el mismo refranero español se hace eco de la mentalidad patriarcal con perlas como la de que “la mujer casada y honrada, la pierna quebrada y en casa” o la de que “la mula y la mujer a palos se han de vencer”.
El hombre macho y masculino ha dispuesto, a lo largo de la historia del patriarcado, de un sinfín de pretextos legitimadores del ejercicio de la violencia física sobre el cuerpo de la mujer (de la “suya”): desde los simples celos y la necesidad de desahogarse por haber entrado en cólera o perdido los nervios hasta la legítima acción encaminada a proteger su honor. Así, el código penal español decimonónico, que ha mantenido su vigencia durante buena parte del siglo XX (con el paréntesis de la República y hasta la llegada de la democracia), condena al marido que mata a la esposa sorprendida en flagrante adulterio a penas menores de destierro, mientras que al que no llega a matarla, sino tan sólo a causarle lesiones, se lo deja libre (ya le supone bastante castigado con la humillación de que ha sido objeto). A la mujer que mata al marido adúltero le espera la acusación
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de parricidio y la condena a cadena perpetua.
La violencia patriarcal sobre la mujer no sólo se ha desarrollado en el plano físico. Algunas acciones dejan más huella que los hematomas: en pleno siglo XIX, el entorno Vaticano se pregunta si la mujer tiene alma, en una época en que antropólogos y biólogos proclaman su inferioridad física, atendiendo a su capacidad craneal y al consiguiente volumen de su cerebro y en que –poco más tarde- el autor de una de los mayores best-sellers del siglo XX, Gustave Le Bon (1895), presenta en su Psicología de las Masas a la mujer como un ejemplo viviente de primitivismo psíquico, al comparar la femme, l’enfant et la foule (la mujer, el niño y la multitud).