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La “realidad” de la violencia en la pareja a la luz de los mass media

1.3 Personajes y Público

1.3.2 Feminismo, ciencia y media ante un problema social

1.3.2.3 La “realidad” de la violencia en la pareja a la luz de los mass media

te la ejercida por el hombre sobre la mujer), presenta una doble faceta: por un lado, se trata aún de una cuestión emergente, que “sale a la luz”, que se hace visi- ble desde la calle y que convierte en piezas de museo algunos refranes populares condensadores de la ideología de género convencional, como el de que los trapos sucios se lavan en casa o el de que en las cosas de marido y mujer, nadie se debe meter. Y, por otro, ya ha estallado como tópico de moda y como realidad mediá- tica a caballo entre las “tertulias radiofónicas” y de “telebasura”, los “reality show” televisivos y los debates parlamentarios.

A principios de los años ochenta, el recienestrenado Instituto de la Mujer español lanzaba una campaña novedosa basada en el eslogan “mujer, no llores, habla”. En la década siguiente, las Naciones Unidas, en una conferencia mundial sobre derechos humanos celebrada en 1993, invita a los estados a prestar atención a la violencia que se desarrolla “de puertas adentro”, en una declaración sobre la Eliminación de todas las formas de violencia contra las mujeres. Poco después, en 1997, la Unión Europea, culminando unos lustros de planes pro-igualdad entre mujeres y hombres (desde la iniciativa NOW hasta la DAPHNE) pone en marcha una campaña de “Tolerancia Cero” con respecto a la violencia de género. Justo a finales de este mismo año, en España, es quemada viva por su exmarido maltrata- dor una mujer –Ana Orantes- que poco antes había contado públicamente su cal- vario de maltrato en Canal Sur televisión, convirtiendo así su pasión y su muerte en espectáculo de masas.

Por una parte, pues, en el campo de la violencia en la pareja ocurre lo que en otras cuestiones emergentes:

“Los tradicionales dispositivos sociales de ceguera ante lo que no se quiere ver y de sordera ante lo que no se quiere oír están dejando de ser operati-

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vos. El problema trasciende del ámbito privado al dominio público. Deja de ser cosa de dos, para convertirse en cuestión social y política.

Como suele ocurrir históricamente, en las fases iniciales de la toma de con- ciencia colectiva de asuntos que están ahí (esclavitud, segregación racial, tortura, etc.), mientras la gente dirige su atención hacia otro lado, tienden a combinarse la fascinación y el horror ante la anécdota y la desorientación ante la categoría”. (Blanch, 1999, pág. 9).

La otra cara de la moneda es descrita por Marugán & Vega (2001a) en los si- guientes términos:

“El cuerpo de las mujeres maltratadas ha saltado a la palestra, y la violen- cia de género que los hombres ejercen sobre las mujeres ocupa en nuestros días una sección regular, incluso destacada, en los medios de comunicación de masas.

Lejos de ocultarla, como si se tratara de un secreto ignominioso, siempre insuficientemente guardado en el seno de las parejas, las familias y las co- munidades, o publicitarla como una manifestación de una masculinidad or- gullosa e incuestionada, parece que las fuerzas sociales hegemónicas desde el estado y la comunicación se han decidido a hablar sobre el asunto, eri- giéndose en las auténticas “especialistas” en violencia de nuestro tiempo. Informativos, reality shows, informes y estadísticas, investigaciones, cursos de experto y campañas de prevención no son más que algunas de las formas que adopta el interés que se ha generado en torno a un tipo de violencia que no hace tanto únicamente interesaba a aquéllas que aspiraban a abolir- la mediante la lucha política.

En la actualidad, por el contrario, comunicadores y políticos actúan como dinamizadores de un debate que ha desplazado a un segundo o tercer plano el componente de agitación y transformación social que hace unos años tu- vieran las luchas en contra de las agresiones” (págs 1-2).

Por todo ello, y a pesar de todo ello, en cuanto a cuestión emergente, se va impo- niendo (construyendo) de modo implacable una nueva realidad en el marco de la cual la violencia en la pareja (al igual que la familiar en general, en sus múltiples modalidades del maltrato infantil, de personas ancianas o discapacitadas, etc.), aparece como un atentado contra la salud, la dignidad, el bienestar, la calidad de vida y los derechos humanos. Ya nadie discute abiertamente que constituye un problema social y un objeto central del código penal.

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El proceso de emergencia de la violencia en la pareja como realidad socialmente “problemática” ha pasado, según Marugán & Vega (2001b) por cuatro momentos históricos en cuanto a su conceptualización y tratamiento como “problema”:

(1) representada como inconcebible e inexistente en el lenguaje (2) concebida en términos de derechos y libertades

(3) considerada en términos de delito (4) tratada como un problema de gestión

Según las autoras, esto ha significado una “creciente modificación de los umbra- les de aceptabilidad de la violencia machista” y una “modificación progresiva en el modo de entender este fenómeno, así como de las posibilidades de fuga de las mujeres en las sociedades occidentales”. A lo largo del proceso, “la modificación de los umbrales ha estado acompañada de una serie de mecanismos que han per- mitido visualizarlos. Si hace años hubo que poner nombre a la violencia y despu- és definir su alcance, más tarde la cuestión sería indagar y modular la considera- ción social de la misma. Las percepciones de la población sobre este tema han ido entretejiéndose con nuevos dispositivos de conocimiento. En la actualidad, esta- dísticas, auditorías y barómetros de opinión son las formas de conocer que (...) se adecuan a la construcción de la violencia como algo a gobernar ”(pág. 11).

Sin embargo, este cambio de escenario del planteamiento del “problema” desde el ámbito privado hacia el público, así como el desplazamiento del protagonismo de la instancia activista que lo plantea –desde los movimientos feministas hacia los medios de comunicación de masas y las instancias políticas- conlleva una sutil transformación del mismo discurso sobre la violencia de género: la conversión del tema del maltrato del hombre a la mujer en la pareja en un asunto público, mediá- tico y político está sometido a las leyes mercantiles del índice de audiencia, de las encuestas de opinión”, de los sondeos electorales, etc. y todo ello arrastra una serie de contrapartidas a la hora de definir y de tratar la problemática y por tanto de construirla socialmente:

“Es como si este problema se “descubriera por primera vez” y desde una mirada sensacionalista e individualizadora. Al centrarse en las consecuen- cias de la violencia doméstica más que en el origen o las causas profundas de la misma, los medios consolidan la idea predominante, ya expresada en alguna campaña institucional, de que la solución pasa necesariamente por la denuncia. Los mensajes reduccionistas (…) contribuyeron a simplificar la complejidad y dificultad de un proceso en muchos casos largo y doloro- so, además de cargar a las maltratadas con la responsabilidad única en la solución de su problema(…).

El discurso de la prensa y de las propias instituciones públicas es funda- mentalmente autoreferencial, y, lejos de cuestionar el papel que juega la violencia en el patriarcado, lo legitima y refuerza.

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En el perverso juego de las apariencias, los medios de comunicación pare- cen haber “sacado a la luz”el problema de la violencia familiar contra las mujeres; sin embargo, se limitan a hablar del asesinato y de los casos más brutales, en los que las mujeres se convierten exclusivamente en víctimas sin voz.

En los medios, las mujeres maltratadas vuelven a aparecer únicamente co- mo cuerpos inertes, magullados, apaleados, amoratados, sin capacidad de decisión, cuerpos pacientes privados de la capacidad de ser.

No hay tras estas noticias fragmentadas más que una nueva reproducción de la violencia, de la violencia simbólica sobre la que se apoya la violencia física.”

(Marugán & Vega, 2001a, págs. 24-25).

Estas autoras distinguen cuatro rasgos de la focalización actual de la violencia: (1) “El surgimiento de la categoría de «mujer maltratada» como un sujeto o,

más bien, objeto de análisis que, extrañado con respecto al resto de las mu- jeres, se define, por encima de todo, en su relación con las agencias del Es- tado, es decir, en su condición de asistida.

(2) La progresiva operación de reducción del campo visual de la violencia, que pasa de violencia a maltrato doméstico, de maltrato doméstico a mal- trato fisico y de éste a muerte.

(3) La simplificación de la lucha contra la violencia a un único momento (el de la denuncia) de las trayectorias de las mujeres maltratadas a un proceso lineal y de los actores potenciales en este proceso a la exclusiva interven- ción de las instituciones vis a vis la víctima.

(4) El desenfoque en mayor o menor grado del marco de relaciones de poder en el que se ubica esta clase de violencia que, en caso de aparecer, se in- terpretará en términos de convivencia entre los géneros o como violencia de género o intrafamiliar, concepción que difumina la identidad sexual de víctimas y perpetradores.”

Desde esta perspectiva, la “maltratada” encarna una “figura” bien definida, con un “perfil” que hace precisa una “intervención especializada”. Y, puesto que los medios de comunicación están interesados en lo que la violencia con- lleva de “exceso escandaloso”, reducen la imagen del maltrato en la pareja a la figura de las “asesinadas”, que cumplen así, una “función icónica” que “con- densa y simplifica los procesos de violencia en un único momento: el de la muerte o, más bien, el de la recreación mediática de la misma”. (Marugán & Vega, 2001b, pág. 5).

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2 Cuestiones en busca de paradigma

2.1 Luces y sombras de la mirada de género

2.1.1 Crítica antifeminista de la “ciencia feminista” ... 90