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El séptimo derramó su copa sobre el aire; entonces salió del

In document irisarri-001 (página 121-126)

Santuario una fuerte voz que decía: «Hecho está». 18 Se produjeron

relámpagos, fragor, truenos y un violento terremoto, como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra, un terremoto tan violento. 19 La gran Ciudad se abrió en tres partes, y las ciudades de

las naciones se desplomaron; y Dios se acordó de la gran Babilonia para darle la copa del vino del furor de su ira. 20 Entonces todas las

islas huyeron, y las montañas desaparecieron. 21 Y un gran pedris-

co, con piedras de casi un talento de peso, cayó del cielo sobre los hombres. No obstante, los hombres blasfemaron de Dios por la plaga del pedrisco; porque fue ciertamente una plaga muy grande.

Veíamos antes que el juicio divino anunciado por las proclama- ciones angélicas y representado con la imagen de la siega y la vendi- mia consiste en la liberación del pueblo elegido y el castigo de los enemigos. Por ello, los triunfadores cantan el canto de Moisés y del Cordero. Ese juicio va a ser ahora expresado con el septenario de las copas.

El autor nos hace asistir a una grandiosa escena en el cielo (15,5). Es un momento solemne. Se abre el Santuario de la Tienda del Testimonio. Con este nombre se indica el modelo celeste del santua- rio levantado por Moisés para el arca: la tienda de Ex 25,22. El autor no nos precisa dónde está ese Santuario. Más aún, al describir la Jerusalén celeste, se dice que en ella no hay Santuario. ¿Se trata pues de una denominación para indicar la Morada de Dios?

Del Santuario salen siete ángeles resplandecientes con las siete copas. El autor destaca el atuendo de los ángeles: vestidos de lino puro, resplandeciente y ceñido el talle con cinturones de oro (15,6).

Los ángeles participan del carácter regio que les proviene de su servicio a la divinidad.

Uno de los Vivientes entrega a los ángeles las correspondientes copas “llenas del furor de Dios” (15,7a). Es digno de tener en cuenta esta forma de llamar a las copas, que el autor repite en 15,1.7; 16,1. En nuestra mención de 15,7 el autor añade «copas... llenas del furor de Dios, que vive por los siglos de los siglos». Esta referencia a la eter- nidad divina refuerza la firmeza de la justicia divina.

Tras la entrega de las copas, el Santuario se llena del humo de la Gloria de Dios, como en la inauguración del santuario del desierto (Ex 40,34-35) y en la inauguración del templo de Salomón (1 R 8,10) y como sucederá en el tiempo escatológico (2 M 2,4-8).

Los ángeles reciben la orden de derramar las copas.

El despliegue de las siete copas

A continuación los siete ángeles van derramando sus copas. He aquí en esquema (cf. Martindale) el contenido de las copas:

copa: derramada sobre consecuencias

1ª tierra (16,2) úlceras

2ª mar (16,3) sangre como de un muerto

3ª ríos (16,4) sangre

Proclamación: 16,5-7

4ª sol (16,8-9 fuego abrasador

5ª trono de la

bestia (16,10) densa oscuridad

6ª Éufrates (16.12) se secó su cauce

Convocatoria: 16,13-16

7ª aire (16,17-21) terremoto, granizo

El despliegue de castigos nos recuerda las plagas de Egipto, con que Dios forzó al Faraón a dejar libre al pueblo de Dios. Asimismo nos recuerdan las plagas contenidas en el septenario de las trompe- tas en los cc. 8-9 del Apocalipsis. Estas plagas son ahora aplicadas a la Bestia y a su trono, y a los adoradores de la Bestia. Es el procedi- miento derásico de actualización.

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La primera copa cae sobre la tierra (16,2) y produce úlceras malignas a los que llevan la marca de la Bestia. Nos recuerda la quin- ta trompeta (9,1-11: picadura de escorpión) y la sexta plaga de Egipto (pústulas: Ex 9,8).

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La segunda copa cae sobre el mar (16,3), que se convierte en san- gre como de muerto, y perecen las criaturas del mar. La plaga nos recuerda la segunda trompeta (8,8-9: el mar convertido en sangre) y la primera plaga contra Egipto (las aguas convertidas en sangre, Ex 7,20).

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La tercera copa cae sobre los ríos y manantiales de agua (16,4), que asimismo se convierten en sangre; esta plaga nos recuerda asi- mismo la segunda trompeta (8,8-9: el agua convertida en sangre) y, sobre todo, la tercera trompeta (8,10-11: las aguas de los ríos y manantiales se vuelven amargas por la caída de la estrella Ajenjo). Esta tercera copa recuerda a la vez, como la anterior, a la primera plaga de Egipto (el agua convertida en sangre: Ex 7,20).

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Proclamación de un ángel y respuesta desde el altar. Tras esta ter-

cera plaga, encontramos (16,5-7) una proclamación del Ángel de las aguas. En ella, Dios («Aquel que es y que era») es proclamado justo y santo, puesto que hace justicia (15,5). Con la tercera plaga Dios da a beber sangre a los que derramaron la sangre de los justos y profetas (15,6). La respuesta que viene del altar ratifica la veracidad y justicia de Dios (16,7).

Así pues, esta proclamación, a propósito de la sangre, da pie al vidente para recordarnos que las plagas son castigos divinos por la sangre de las mártires derramada. Al igual que las plagas de las trompetas, las copas son a la vez una llamada a la conversión (cf. 16,9.11: no se arrepintieron), pero en este septenario de las copas parece prevalecer más el aspecto punitivo.

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La cuarta copa es derramada sobre el sol (16,8-9) y produce un fuego abrasador. Esta plaga nos recuerda la cuarta trompeta (la con- moción del sol: 8,12) y no tiene paralelo en las plagas de Egipto. El vidente añade aquí (como había hecho en 9,20) una observación sobre el carácter medicinal de estos castigos, como invitación a la conversión (16,9b). Los hombres se abrasan, pero no dan gloria a Dios (cf. el Faraón, que no glorificó a Dios).

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La quinta copa cae sobre el trono de la Bestia y produce una densa oscuridad. El reino de la Bestia queda en tinieblas y los hom-

bres se muerden la lengua de dolor (16,10). La plaga está relaciona- da también con la cuarta trompeta: oscuridad (8,12) y con la novena plaga de Egipto (las tinieblas, Ex 10,21). Recuérdese que esta plaga es una de las más celebradas tanto en el Éxodo como en el resto de la tradición bíblica (cf. Sal 105,28; Sb 17,3 - 18,4).

Con esta plaga queda afectado el centro neurálgico de la rebelión contra Dios: el corazón del imperio idólatra. También aquí el viden- te recuerda el carácter medicinal de los castigos (16,11). El autor anota las blasfemias y la falta de arrepentimiento.

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La sexta copa cae sobre el río Éufrates y seca su cauce, para que deje paso a los reyes del Oriente (que se reunirán para el combate escatológico; 16,12). Así se facilita la invasión de los ejércitos que finalmente serán vencidos. El Éufrates era mencionado también en la sexta trompeta, aunque en otro contexto. Recuérdese que Jr 51,36 y Za 10,11 hablan de los ríos y mares secos como castigo divino.

Es interesante observar que con esta sexta copa queda afectada otra zona neurálgica en la geografía del hagiógrafo.

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La convocatoria de las fuerzas hostiles para la gran batalla (16, 13-16). Tras la sexta copa, y antes de la séptima, el autor hace un paréntesis para indicar cómo de la trinidad infernal (Dragón, Bestia y falso Profeta) salen tres espíritus inmundos que van a seducir a los reyes de Oriente y a convocarlos para la gran batalla (Harmaguedón; 16,13-14). Es la visión de los tres espíritus inmundos como ranas que salen de la boca del Dragón, de la boca de la Bestia y de la boca del falso Profeta. Con una maestría admirable, el autor nos recuerda que estamos en el Apocalipsis de las Bestias, y nos trae a escena los tres grandes personajes adversos a Dios. Los espíritus inmundos realizan señales y convocan a los reyes de todo el mundo a la gran batalla del Gran Día de Dios Todopoderoso. Es la batalla de Harmaguedón.

Aquí el texto del Apocalipsis trae un aviso de vigilancia (16,15): un anuncio de la pronta venida de Cristo y una proclamación de felici- dad (macarismo) dirigida a los que están en vela y vestidos.

A continuación (16,16) se vuelve sobre el tema de la gran batalla: la batalla de Harmaguedón. El nombre está tomado del lugar bíblico de Meguido, donde se libraron batallas decisivas para el pueblo de Dios (recuérdese especialmente el desastre de Josías en el 609, según 1 R 23,29).

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La séptima copa (16,17-21) se derrama sobre el aire (recordemos que las anteriores se han derramado sobre tierra, mar, ríos, sol, trono de la Bestia y Éufrates).

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En este momento encontramos una proclamación (fuerte voz del Santuario): «Hecho está» (16,17). Es el cumplimiento del desig- nio divino. En 16,18 aparecen una serie de signos teofánicos: relám- pagos, fragor, truenos y un violento terremoto (cf. el terremoto entre la sexta y séptima trompetas; 11,13). Se describen los efectos del terremoto (16,19). La gran ciudad se abre. Las ciudades de las nacio- nes se desploman. Dios se acuerda de la Gran Babilonia. Es una forma de indicar la proximidad del castigo. Se habla de grandes per- turbaciones geológicas (islas y montañas; 16,20). Junto al terremoto aparece el granizo o pedrisco (16,21a; cf. primera trompeta, en 8,7, y séptima plaga de Egipto, en Ex 9,22-26). Esa plaga del pedrisco era clásica en la Biblia (Jos 10,11; Is 28,2; Ez 38,22 (contra Gog).

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El autor vuelve a hacer hincapié en la falta de la respuesta opor- tuna (conversión) por parte de los hombres, y asegura que no se arre- pintieron (16,21b).

Como se ve, este septenario de las copas en el Apocalipsis de las Bestias anuncia el castigo divino sobre los perseguidores. Las copas son, pues, una nueva versión de los castigos divinos contenidos en el septenario de las trompetas y aplicados ahora a los adoradores de la Bestia y al trono de la Bestia. El lejano trasfondo de las trompetas y de las copas son las plagas de Egipto con que Dios castigó al Faraón. Los castigos son una última invitación a la conversión, aunque los hombres no se convierten. La gran batalla se acerca a su fin.

3.4. EL CASTIGO DEBABILONIA(17,1 – 19,10)

El septenario de las plagas (las copas) ha supuesto un duro golpe para las fuerzas hostiles a Dios. El abanico de afectados ha sido amplio: tierra, mar, ríos, sol, trono de la Bestia, Éufrates, aire. En la séptima plaga Dios se acuerda de Babilonia para darle la copa del vino del furor de su cólera. En los dos capítulos que siguen (17 y 18) el autor se concentra en describirnos el castigo de Babilonia. Es como un destacar a primer plano y con detalles el contenido de la séptima copa. Los cc. 17-18 son una visión del castigo de la Roma pagana diseña- da a partir de la imagen de la caída de Babilonia que se encuentra en

Isaías (cc. 13 y 21) y la caída de Tiro en Ezequiel (c. 27). Son como una gran inserción en el Apocalipsis de las Bestias, inserción que ilustra y completa desde otra imagen el castigo de la ciudad perseguidora.

El autor recoge en estos capítulos, y aplica a Roma, una larga tra- dición literaria en torno a la caída de Babilonia. Estamos ante una descripción del cumplimiento del anuncio angélico de 14,8: «Cayó, cayó la Gran Babilonia, la que dio a beber a todas las naciones el vino del furor» (el griego dice “de su fornicación”, como en 18,3; cf. nota de la BJ). Babilonia es la personificación de los enemigos del pueblo de Dios (cf. Is 21,9).

La estructura de la sección es sencilla:

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Descripción de la célebre Prostituta sobre la Bestia (17,1-6a) y explicación del simbolismo aplicándolo a Roma (17,6b-18).

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Anuncio de la caída de Babilonia (18,1-3).

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Invitación al pueblo de Dios a huir (18,4-8).

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Lamentaciones por Babilonia (18,9-24).

Juicio sobre Babilonia (c. 17) La célebre Prostituta (17,1-7).

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