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S ÍNTESIS Y VISIÓN DE CONJUNTO DE LOS PRINCIPALES ELEMENTOS DE LAS CARTAS

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2 1 Al ángel de la iglesia de Éfeso, escribe: Esto dice el que tiene

4. S ÍNTESIS Y VISIÓN DE CONJUNTO DE LOS PRINCIPALES ELEMENTOS DE LAS CARTAS

(1) Autopresentación de Cristo. Éfeso: el Señor de la Iglesia (2,1).

Esmirna: el primero y el último, el que estuvo muerto y vive (2,8). Pérgamo: el que tiene la espada de dos filos (2,12).

Tiatira: el Hijo de Dios (ojos y pies brillantes, 2,18). Sardes: el que tiene los siete Espíritus (3,1).

Filadelfia: el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David (3,8).

Laodicea: el Amén, el Testigo fiel, el principio de la creación de Dios (3,14).

(2) Revista a la Iglesia: el Señor aprueba, conforta, anima, exhorta, reprende, invita a la conversión, amenaza.

Éfeso: has enfriado tu primer amor (2,4). Esmirna: sé fiel hasta la muerte (2,10).

Pérgamo: aprueba en general, pero reprocha la connivencia con los nicolaítas (2,14-15).

Tiatira: alabanza perfecta (2,19); reprocha a Jezabel (2,20); ame- naza (2,22ss).

Sardes: exhorta a la vigilancia (3,1-4). Filadelfia: alaba (3,8ss).

Laodicea: reprende la tibieza (3,16); está llamando a la puerta (3,20).

La situación de las siete Iglesias presenta, como acabamos de ver, unos aspectos positivos y otros negativos:

Aspectos positivos: han guardado la palabra; han mantenido la fe; han sufrido el martirio.

Aspectos negativos: persecución por los paganos y por los judíos; enfriamiento; contaminación con la doctrina nicolaíta; paganis- mo circundante; gnosticismo incipiente.

(3) La promesa del Espíritu (el premio al vencedor).

Estribillo: “el que tenga oídos” (en las tres primeras cartas, antes del premio; en las cuatro últimas, al final).

Esmirna: la corona de la vida (2,10).

Pérgamo: maná escondido y una piedrecilla blanca con el nom- bre; el billete de entrada en el banquete celeste (2,17).

Tiatira: el poder mesiánico (como Cristo), el lucero de la mañana (la resurrección, 2,26-29).

Sardes: vestidos blancos; libro de la vida; proclamación delante del Padre (3,5).

Filadelfia: columna del Santuario; con el nombre de Dios grabado encima (3,12).

Laodicea: sentarse con Él en el trono (y con el Padre, 3,21). El premio es, pues, la vida, la resurrección, la victoria (el trono), la comunión divina (cf. 1 Jn 2,25: la vida eterna).

El mensaje de conjunto de las siete cartas

Acabamos de escuchar el contenido de cada una de las cartas. Ahora será oportuno indicar algunas líneas comunes de este primer septenario del Apocalipsis.

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Las cartas nos hablan del Dios y Padre de Jesucristo. Así, en la carta a la iglesia de Tiatira, Cristo aparece como “El Hijo de Dios”: «Esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son como llama de fuego y cuyos pies parecen de metal precioso» (2,18). En la carta a la iglesia de Sardes, Jesucristo promete al vencedor: «El ven- cedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delan- te de mi Padre y de sus ángeles» (3,5). De la misma manera, en la carta a la iglesia de Filadelfia se dice: «Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciu- dad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo» (3,12). Finalmente, en la carta a la iglesia de Laodicea, se promete: «Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono» (3,21). Por ello, Jesucristo hace de los redimidos un reino de sacerdotes para su Dios y Padre (1,6). El Padre es el origen y meta de todo el designio salvador.

venida se refiere bien a una intervención particular para corre- gir a determinada Iglesia (2,5; 3,3) bien a una visita para pre- miarla (3,11). Otras veces se habla de la vuelta del Señor como de un acontecimiento conocido por la catequesis, es decir, de la segunda venida (2,25) o de las tribulaciones de la hora de la prueba (3,10). De este modo, las cartas se encuadran en toda la tensión de espera del Señor que se da en el resto del libro, espe- cialmente al final («Ven Señor Jesús»: 22,20).

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Las cartas ponen de relieve también la presencia y acción del

Espíritu en la comunidad cristiana. La expresión «el que tenga

oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias» es una indica- ción de que el contenido del Apocalipsis es una inspiración del Espíritu Santo. Al final se nos dirá: «El Espíritu y la Novia dicen: ‘Ven’» (22,17).

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Las cartas proclaman el señorío de Cristo sobre la Iglesia y sobre

el mundo. Los títulos cristológicos con que comienzan cada una

de las cartas contienen una referencia a los rasgos de la figura majestuosa de Cristo Rey y Sacerdote de la visión inaugural del c. 1. Unas veces son títulos divinos: el Primero y el Ultimo, el Amén, el Santo, el Veraz, el Principio de las criaturas de Dios, aquel cuyos ojos son como llama de fuego y cuyos pies son como de metal precioso. Otros títulos, como el de Hijo de Dios, nos remiten al contenido esencial de la fe neotestamentaria. Otras veces son expresiones de su poder mesiánico: el que tiene la llave de David. Finalmente otros títulos expresan su señorío sobre la Iglesia: el que tiene las siete estrellas en su mano. La cristología de los títulos se completa con las alusiones cristoló- gicas en el resto de las cartas (p.e. referencia a atributos divinos: 2,23; referencia a poderes mesiánicos: 2,26-27; etc.).

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Las cartas contienen asimismo una eclesiología riquísima por vía de alusión: los ángeles de las iglesias son las estrellas en las manos del Señor, y las iglesias son los candeleros en medio de los cuales camina el Señor (1,20). Las iglesias participan del poder mesiánico de Cristo (2,26-29). La Iglesia es la nueva Jerusalén que baja de lo alto (3,12).

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Las cartas insisten en la dimensión escatológica en múltiples afirmaciones y con las más variadas imágenes. el Señor Resuci-

tado, el Viviente, ofrece al vencedor como premio la corona de la vida (2,10). Ello se encuentra de una u otra manera, como hemos visto, en todas las cartas: el árbol de la vida (2,7), el maná escondido y el nombre nuevo (2,17), el Lucero del alba (2,28), no borrar el nombre del libro de la vida (3,5), declararse ante el Padre por el vencedor (ibid.), ser columna en el Santuario de Dios (3,12), sentarse en el trono con Cristo en el cielo (3,21). El triunfo de Cristo y del cristiano sobre la muerte es el gran anun- cio. El anuncio del juicio y de la prueba suprema del mundo completa esta dimensión escatológica (3,10). El mal y la seduc- ción serán vencidos.

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Las cartas contienen también una síntesis de la vida cristiana como fe, esperanza, amor, espíritu de servicio, fortaleza en el sufrimiento (2,19), testimonio explícito de Cristo (3,8), limpieza de la fornicación y repudio de la idolatría (2,14-16), fidelidad hasta la muerte (2,10).

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Las cartas aluden a los sacramentos del Bautismo, con que son lavados los cristianos (vestiduras blancas, 3,4), y de la Eucaristía, con la mención del maná escondido (2,17) y con la evocación de la Cena del Señor (3,20).

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Las cartas están llenas de la mística de la comunión de la Iglesia

con el Señor resucitado. Es una unión nupcial (3,20) y una unión

de amor; una unión de destino en la gloria; una unión de victo- ria (3,21). De esa manera se prepara el tema de las Bodas del Cordero.

El objetivo de las cartas: animar a la fidelidad

Toda esta riqueza de contenido de las cartas tiene una finalidad: sostener a los cristianos en la hora difícil de la prueba que están pasando: la persecución. La victoria de Cristo a través del martirio es el gran argumento para mantener viva la esperanza y la fortaleza del cristiano. Esa fidelidad cubre dos frentes: fidelidad al Evangelio en el amor práctico y en la pureza de costumbres, manteniéndose alejado de la seducción de las doctrinas aberrantes de gnósticos y paganos; fidelidad a Cristo hasta la muerte, negándose a la idolatría y a las exi- gencias del culto al emperador como dios. El cristiano, fiel hasta la muerte, espera la corona de la vida.

La Palabra de Dios permanece para siempre. El mensaje de las cartas del Apocalipsis es para todos los tiempos, y muy especialmen- te para los tiempos difíciles.

La doctrina de los nicolaítas y la seducción de Jezabel tiene hoy su continuidad en el hedonismo y agnosticismo de la sociedad con- sumista. La idolatría del culto al emperador se traduce hoy en la tira- nía de otros ídolos. La persecución cruenta subsiste en muchos luga- res, y en los demás es sustituida por una persistente campaña de des- cristianización y de pérdida del sentido de Dios. El nombre de Dios es blasfemado o silenciado, y no es reconocido su dominio sobre la creación. La vida pública renuncia a los signos que expresan su reco- nocimiento de Dios, Padre y origen del hombre.

En estas circunstancias no deja a la vez de ser cierto que el Señor tiene en cada iglesia un número de fieles que no han manchado sus vestidos (3,4) ni conocen los secretos de Satanás (2,34). Antes al con- trario, guardan la Palabra del Señor (3,8) y viven la plenitud de la vida cristiana: la caridad, la fe, el espíritu de servicio, la paciencia en el sufrimiento (2,19). Otros, en cambio, están a punto de morir (3,2) o caminan en la ceguera espiritual (3,17).

El Apocalipsis, y concretamente las siete cartas, contienen un mensaje de aliento a los cristianos que permanecen fieles: «al vence- dor le daré la corona de la vida» (2,10). A la vez son una seria adver- tencia a los que están a punto de perder la fe: Jesús les ofrece el coli- rio que puede devolverles la visión de la fe (3,18). El Señor llama a su puerta solicitándoles dejarle entrar en su vida; les invita a su amistad, a la cena de amor (3,20), que llene de sentido su existencia. A todos, Cristo Rey les invita a ser fieles para sentarse con Él en su trono, como Él venció y se sentó con el Padre (cf. 3,21). El mensaje del Apocalipsis es de triunfo, un triunfo conseguido a través de la fideli- dad, es decir, de mantenerse firmes en el pilar de la Palabra divina, de vencer las asechanzas del tentador.

LAS VISIONES PROFÉTICAS

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