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3.3 Responsabilidad y justicia

3.3.2 El valor de la verdad Desafíos y apuestas

En el año 2013; en medio de las conversaciones en La Habana, los investigadores Luís Miguel Gutiérrez y José Rodríguez se preguntaban por la necesidad de una comisión de la verdad para Colombia. En su apreciación, lo primero que llamaba la atención era que el tema fuera discutido en momentos en que ni siquiera se había terminado formalmente la guerra.247 Según los investigadores, en otros países las comisiones de la verdad se crean y entran a operar en el momento en que el conflicto ha terminado efectivamente. Seguidamente, intentan dar respuesta a la pregunta por la necesidad o no de esta comisión para el caso colombiano. Su respuesta es afirmativa, siempre y cuando se aseguren las condiciones suficientes de independencia, imparcialidad y efectividad así como las garantías para su funcionamiento. Además, las víctimas requieren condiciones de seguridad para poder comparecer de manera libre a los procesos que se adelanten.248 Entonces, ¿existen hoy las condiciones para el funcionamiento efectivo de una comisión de la verdad para Colombia? El panorama no parece muy claro. En primer lugar; si bien ya se firmó el fin de la guerra entre el Estado y las FARC, aún permanece activa la guerrilla del ELN (con la cual en estos momentos se adelantan conversaciones en Quito, Ecuador, con resultados difíciles). En segundo lugar, existen otros grupos alzados en armas, herederos de los paramilitares, con cierto impacto a nivel político y social en las regiones en las que pervive la producción y el tráfico de drogas ilícitas.

resaltar, que a mediados del mes de abril de 2017 el gobierno colombiano autorizó el otorgamiento de un cupo para los militares en el Grupo de Memoria Histórica, con el fin de darle cabida a su versión sobre el conflicto y de alguna forma, lograr un balance en la narración. Las reacciones han sido ambivalentes, pues algunas personas consideran apenas lógico que los militares tengan voz en la construcción de la memoria histórica del conflicto en Colombia, dado que éstos fueron actores determinantes en su desarrollo. Por el contrario, otros piensan que darle cabida a los militares podría afectar la imparcialidad de la narración al generar presiones para que lo narrado tenga un determinado sentido de tal forma que no los afecte. Así, permanece la victimización y se perpetúa la impunidad. Ver “Polémica por el cupo de los militares en el Centro de Memoria Histórica”. Consultado el 20 de abril de 2017 en http://colombia2020.elespectador.com/politica/polemica-por- el-cupo-de-los-militares-en-el-centro-de-memoria-historica .

247

Gutiérrez Ramírez. Luís Miguel y José Rodríguez Rodríguez. “Una comisión de la verdad en el modelo colombiano de justicia transicional a través de la historia reciente y la historia comparada”…, p. 43.

133 Por otra parte, desde el fin de la guerra con las FARC han sido asesinados más de cien líderes regionales de origen campesino, asociados con temas de restitución de tierras y defensa de Derechos Humanos. En el plano político, los opositores del proceso con las FARC manifiestan inconformidad por la aparente parcialidad de los comisionados, por cuanto las FARC tendrían potestad para elegir algunos de ellos y de esa manera, influir en investigaciones y decisiones que ésta tome.

La sociedad colombiana, fisurada a profundidad por un largo conflicto armado requiere conocer la verdad. La verdad adquiere un valor muy especial como puente para la transición de un estado de conflictos armados a uno de conflictos más pacíficos. La guerra deja huellas imborrables en miles de víctimas que lo único que puede hacer, al verse en dicha condición, es clamar por ser escuchados y obtener justicia. En muchas ocasiones era común (y desgarrador) ver a madres suplicar por el paradero de los restos de sus hijos y la verdad de lo sucedido, así como su deseo por simplemente conocer la verdad. Parecía como si el resentimiento o el deseo de venganza quedaran en un segundo plano y se aliviaran con la verdad, una verdad que; a pesar de ser dura, áspera y desgarradora, serviría para sanar.

La comisión de la verdad en Colombia tendrá grandes retos y dificultades. Por una parte, su labor requerirá ingentes esfuerzos institucionales e investigativos de una gran proporción. La victimización en Colombia ha sido de largo alcance en el tiempo y en la cantidad de personas afectadas. También tendrá que enfrentarse a situaciones de desidia, desinterés, dilaciones y manipulaciones de muchos involucrados. Además, tendrá presiones de sectores políticos y sociales que se sentirán afectados por sus observaciones y que probablemente se opondrán a las conclusiones.

En una guerra no sólo se destruyen vidas sino que se disloca la verdad. Los responsables tendrán su propia versión de los hechos y justificarán sus acciones en nombre de ideologías, conceptos o códigos. Para lograr la reconciliación es pertinente asumir las responsabilidades correspondientes y con base en ésta, ofrecer la verdad como vía para honrar a víctima, dignificarla y ayudarla a sobrellevar su condición. En ese momento, no es prudente recurrir a excusas o justificaciones. De nuevo, es el rostro de la víctima que me interpela; desde su más sencilla humanidad, para que le responda por el dolor que le ocasioné. Es un acto de humanidad.

134 La ética dialógica, y su dimensión en la responsabilidad y el reconocimiento ofrecen una visión de la verdad. Para que un diálogo sea franco no se puede recurrir a artilugios argumentativos. Se necesita honestidad por lo dicho con propias palabras y responsabilidad por el efecto de lo dicho. Al ser un diálogo, involucra a todas las partes por igual. En segundo lugar, la responsabilidad es abarcadora. Esto significa que lo dicho y lo hecho tendrá que estar en conexión de tal forma que se proyecten ambas en una verdad. Esto es lo que se busca de los victimarios. Así es que se abona el camino para la reconciliación en Colombia.

Por supuesto, no podría haber una versión de la verdad, una sola voz de la memoria sobre el conflicto. Todos los involucrados en el acto dialógico tendrán posibilidad de participar a través de su propia visión, y ésta tendrá que hacer parte de la memoria colectiva. Por esto se ha insistido en que “una” memoria oficial no puede ser el objetivo. En la búsqueda de una sociedad más tolerante, abierta y pluralista no puede haber una verdad hegemónica que soslaye u oculte las diferentes versiones.

Sin embargo, la verdad si requiere un sentido. El sentido de la verdad está dado por la reivindicación de las víctimas. No puede ocurrir que una verdad con pretensiones de ocultamiento o distorsión se establezca en nombre de la pluralidad. En algunos procesos de verdad con ex paramilitares ocurrió que su versión quedó establecida desde la justificación del victimario por encima de las visiones y los sentimientos de las víctimas. Esto produjo un efecto muy negativo, por cuanto las víctimas no se sintieron reconocidas y mucho menos reivindicadas.

La verdad expone, evidencia, aclara y muestra. En Colombia, la verdad serviría para relievar las injusticias que han ocurrido y ocurren a diario. Estas injusticias, junto con la marginalidad, pobreza e inequidad han hecho parte activa de la violencia. Esta y aquellas se fortalecen, se alimentan y se perpetúan. Junto a ellas, la impunidad; como coronación del olvido y la desmemoria, completan el panorama de una sociedad amarrada a la violencia.

Aquí se presenta un enorme reto. La verdad de la guerra en Colombia ofrecería una constatación de miles de situaciones de indignidad y sufrimiento, como el desplazamiento forzado y el despojo de tierras, entre otros no menos graves. Como consecuencia de esto, la cantidad de tierras compradas u ocupadas de manera ilegal ha sido, durante décadas, un

135 ejercicio constante. La verdad sobre el despojo de tierras daría para cuestionar el modelo de tenencia de la tierra, la forma cómo ésta es apropiada y explotada, así como las condiciones sociales y laborales de quiénes trabajan y dependen de la tierra. Ni qué decir de políticos y empresarios involucrados en actos de guerra, bien sea para beneficio de las FARC o a favor de paramilitares y grupos de extrema derecha que recurren a la violencia armada.

En este orden de ideas es válido preguntar: ¿para qué sirve la verdad?, ¿cómo contribuye la verdad a la transformación de las condiciones existentes y palpables de inequidad, injusticia, marginalidad y pobreza? La verdad en sí misma tiene un valor por cuanto ayuda a saber qué pasó, cómo y por qué. Pero, ¿a pesar de la verdad, van a quedar intocadas las dinámicas estructurales que han generado violencia en Colombia? La respuesta pareciera entonces que no.

La verdad sobre la guerra en Colombia tendría que servir para aprender del pasado y conociéndolo, para crear nuevas condiciones para evitar nuevamente la acción violenta. Es imposible que una sociedad esté cada tanto investigando la verdad con ocasión de conflictos armados. Mucho menos en Colombia. Entonces, la verdad en Colombia tendrá un efecto profundo si ayuda a la transformación de las situaciones de pobreza, marginalidad, exclusión e injusticia.

Este es el propósito más profundo de la verdad. Y al mismo tiempo, el reto más difícil. La élite dominante en Colombia tiene un inmenso poder y no será fácil que acepten; en los casos que así deba ser, la verdad y actúen para la transformación. Ya se ha escuchado una fuerte oposición de sectores industriales y empresariales, ligados a la tierra, para aceptar los términos de los procesos judiciales acerca de la restitución tierras. Además, estas demandas tienen eco en sectores que hacen parte del Estado mismo.

La construcción de la memoria y la verdad en Colombia será un proceso muy largo. Ya existen memorias colectivas a nivel social que se han tejido a través del tiempo por parte de miles de víctimas que buscan reconocimiento y justicia. Al mismo tiempo, el Estado ya ha enfocado esfuerzos para construir y preservar esas memorias y esas verdades. Aunar estas iniciativas dará mayor fuerza a las intenciones de reconocimiento y responsabilidad ante las víctimas de la guerra en Colombia.

136 Finalmente, la verdad tendrá su mayor sentido si aporta a la transformación social. Esto significa que, por un lado, ayudará al proceso de reconciliación social a través de la reivindicación de las víctimas con medidas restaurativas, la aceptación de responsabilidades por parte de los victimarios y una posibilidad de resarcimiento. Por otra parte, la verdad daría herramientas para la transformación de las estructuras que han generado violencia por más de cincuenta años en Colombia. Luchar contra la impunidad y contra las injusticias sociales es el propósito de la verdad.

3.4 Conclusiones

El “Acuerdo Final” está centrado en las víctimas. Así lo manifestaron las partes en múltiples ocasiones, y esto quedó ratificado en el punto 5. Alrededor de las víctimas de la guerra en Colombia se establecieron una serie de medidas que buscan reivindicarlas por medio de su dignificación y la satisfacción de sus derechos vulnerados. Para esto se establecen medidas institucionales para construir y preservar la memoria de lo ocurrido incluyendo diversas visiones. Asimismo, se crea un aparato de justicia cuyo fundamento está en la reparación a través de medidas de carácter restaurativo, con miras a una posible y necesaria reconciliación y también, una transformación social que apunte a la tramitación de conflictos de formas más pacíficas y por ende, menos violentas.

Las víctimas son la muestra palpable de la humanidad vulnerada. Su reclamo no puede estar atado a intereses políticos, ideológicos o legalistas. Son muchas las personas que en su condición de víctimas reclaman por reconocimiento y justicia, sin dilaciones ni manipulaciones.

En un primer momento, el reconocimiento de las víctimas hace que la perpetuación de la violencia como recurso de poder pierda sentido. Destruir la dignidad humana no puede servir como justificación para el ejercicio del poder. Con el reconocimiento de las víctimas se evita caer en visiones totalizantes que normalmente plantean estas situaciones conflictuales entre buenos (quienes tienen la potestad para ejercer la violencia) y malos (quienes merecen el ejercicio de la violencia). Esto va de la mano con el reconocimiento de condiciones profundas de desigualdad, pobreza, marginalidad y exclusión que han (y se han) alimentado del recurso de la guerra.

137 Por esto, junto con el reconocimiento de las víctimas se necesita que los responsables respondan por sus actos. La justicia transicional ofrece una perspectiva de verdad, reparación y garantías de no repetición, a cambio de beneficios con miras a la reconciliación. Para ello fue creada una Justicia Especial para la Paz (JEP) con unos criterios específicos, alcances concretos y objetivos particulares. Este tipo de justicia fomenta la aparición de la verdad y ayuda a la transición entre situaciones de guerra a la búsqueda de modelos más democráticos, es decir, abiertos, pluralistas, incluyentes, en los que los conflictos no desaparecen (lo cual es imposible) pero, se transforma la manera de tramitarlos. O sea, se deslegitima el uso de la violencia para tramitar diferencias y se propende por vías más dialógicas y pacíficas, por vía de reconciliación.

La verdad tiene una relevancia especial en Colombia. La sociedad colombiana requiere elaborar una narración sobre lo ocurrido a largo de estas décadas de conflicto armado, no sólo para reivindicar la dignidad humana de quienes sufrieron los rigores de la violencia, sino para que comprendamos por qué ocurrió. En clave prospectiva, conocer la verdad nos ayudará a saber cómo podemos construir un futuro diferente, más armónico y en convivencia.

La construcción de esta verdad tendrá que estar alimentada por muchas visiones y deberá ser abierta y sincera. Esto implica una aceptación de responsabilidades y una actitud para asumirlas. Entonces, esta verdad no podrá estar atravesada por imposiciones ideológicas, legalistas o justificaciones a nombre de ideales. La víctima nos interpela con su dolor y sufrimiento, y con estos nos recuerda que la pérdida de la dignidad no tiene justificaciones posibles. Es tan humano victimizar, como lo es también reconocer y responder. Si algo falla en este encadenamiento, estaremos faltando a la humanidad.

Los retos de la verdad en Colombia son inmensos y complejos. Por un lado, es un desafío institucional de grandísimas proporciones lograr construir la verdad de tantas víctimas en un tiempo tan corto. Así, los riesgos de impunidad son siempre latentes.

Por otra parte, la construcción de la memoria y la verdad requiere el concurso de la población en su conjunto. Para esto es necesario la voluntad de colaborar con el proceso, junto con condiciones que aseguren la participación libre, abierta y sin miedo a retaliaciones y/o negaciones. En este

138 sentido, la verdad es un compromiso no sólo individual sino a la vez, colectivo.

En segundo lugar, la verdad apunta a la transformación de las condiciones estructurales que han ocasionado violencia, junto con marginalidad, exclusión, pobreza e injusticia. La verdad tiene la función de aportar un terreno común para la construcción de una realidad diferente. De lo contrario, no cumpliría con uno de sus objetivos y se convertiría en un permanente llamado al clamor de más víctimas que surgirían bajo la persistencia de las categorías creadoras de situaciones de injusticia y violencia.

Por último, la creación e implantación de la comisión de la verdad en Colombia tiene que aprender de experiencias de otros países que han vivido situaciones similares, y prestar atención a aquellas condiciones que dejaron vacíos o insatisfacciones que condujeron a situaciones de impunidad u olvido. Al mismo tiempo, necesitará atender a las propias condiciones del país. No se puede desconocer que todavía hay una guerrilla activa (ELN) en proceso de diálogo pero en capacidad de accionar y por lo tanto, ocasionar inestabilidad y mayores dificultades. Al mismo tiempo, hay un ambiente político bien crispado, que se debate entre la oposición al modelo de justicia transicional y a veces se compagina con los poderes económicos cuyos intereses bien podrían ser afectados por la acción de la comisión. Tampoco se puede soslayar que existen víctimas que responden a diversas situaciones y sufrieron la guerra por diferentes razones, con lo cual se amplía la visión y la narración de la verdad.

La participación en la construcción de memoria y verdad será más completo mientras sea mayor. A su vez, no puede haber una hegemonía de verdades sobre otras, pues se corre el peligro de hacerlas invisibles y condenarlas al olvido y por ende, a la impunidad. El criterio sería la víctima como centro de la narración, sin sentido alguno de exclusividad.

¿Será la verdad un propósito demasiado grande? Sí que lo es. La verdad es el fundamento del reconocimiento de las víctimas, la responsabilidad por ellas y las posibilidades de reconciliación. También se constituye como base para el cambio de una sociedad violenta a una más pacífica, con capacidad de solucionar de maneras diferentes sus conflictos. Por esto mismo, la verdad toca muchas sensibilidades, incomoda porque interpela, cuestiona y desnuda. Mueve a asumir responsabilidades, a responderle a la víctima. Sin la verdad el proceso entre el Estado colombiano y las FARC no podría

139 prosperar y con esto, las posibilidades de reconciliación se reducen. Entonces, es la verdad es un propósito muy grande, pero inaplazable. Difícil pero ineludible.

Capítulo IV

La responsabilidad solidaria como vía para fortalecer el proceso: sociedad civil, FF.AA. y Comunidad Internacional

El acuerdo logrado entre el Estado colombiano y las FARC fue finalmente firmado en noviembre de 2016. Este acto simboliza la manifestación de voluntad de las partes de ratificar lo establecido lo cual implica, ni más ni menos, el fin de la guerra entre estos dos enemigos. Sin embargo, esto no resulta suficiente.

El fin de la guerra y la búsqueda de caminos para la transformación hacia una sociedad mucho más pacífica no sólo requieren el concurso de los contendores. Su responsabilidad recíproca los obliga a responder por los hechos y a comprometerse a finalizar las acciones violentas encaminadas a destruir al otro, tenido como enemigo. Pero, el compromiso también recae en la sociedad colombiana, las Fuerzas Armadas como actores fundamentales en el mantenimiento de un orden que asegure las garantías en el proceso de consolidación y también la llamada comunidad internacional.

Amparándonos en el concepto de responsabilidad dilucidado en el capítulo anterior, es posible pensar que la responsabilidad es prospectiva y solidaria

140 en cuanto tiene una visión hacia el futuro con miras a la reconciliación y además, involucra a la generalidad de la sociedad por sus alcances e implicaciones. No es posible pensar que la guerra o la ausencia de ésta no afectan a la sociedad, más allá de las víctimas. En segundo lugar, la transformación de las estructuras que han sostenido la violencia en Colombia, tales como la pobreza, la marginalidad, la exclusión y la injusticia necesita de la participación activa y deliberativa del grueso de la sociedad. En torno a coyunturas de cambio social, la exploración de vías para su consecución urge de actitud propositiva e imaginación colectiva para lograr consensos. En dirección contraria, la carencia de participación general dificultaría la realización de cambios y en últimas, dejaría intocadas las razones de existencia de la violencia.

La participación colectiva para consolidar el acuerdo logrado entre el Estado colombiano y las FARC tiene tres ejes: la sociedad civil, las Fuerzas Armadas y la comunidad internacional. De su involucramiento también depende que lo alcanzado tenga un efecto real. Además, en cada uno de ellos recae un sentido de responsabilidad: la sociedad civil, por ser la destinataria de lo acordado y agente de transformación y cambio, las