Y ninguna de las dos había podido parar. Ninguna de las dos había querido parar. Cada una ansiaba las caricias de la otra.
Rayne movió las manos por debajo de la camiseta fina que llevaba Liv. Se regodeó en la piel cálida, en la carne suave que descubrió. La pequeña figura se arqueó cuando le quitó la camiseta, seguida del sujetador. Tragó ante lo que veía. Despojándose de su propia ropa, colocó despacio su cuerpo más alto encima del de Liv, ahogándose en unos profundos ojos verdes.
Cerró sus propios ojos al sentir unas manos tiernas que le acariciaban la cara y dibujaban la forma de sus mejillas, los contornos de sus orejas.
Bajaron por su cuello, acariciándole el pecho y dejando la piel de gallina a su paso. Oyó el suave susurro que subió flotando hasta ella.
—¿Yo he hecho eso?
Abrió los ojos y volvió a quedarse atónita ante la belleza del rostro de Liv. Se puso de lado y cogió una de las pequeñas manos, poniéndosela encima del corazón, sabiendo que la menuda rubia notaría lo rápido que latía.
—Sí, tú has hecho eso... —Besó los suaves labios—. Y mucho más.
Liv estaba maravillada por la piel bronceada y suave que estaba tocando. La acarició, siguiendo una cicatriz desvaída que encontró en ella.
Y acabó cerrando los ojos al notar unos dedos curiosos que investigaban su cuerpo, incapaz de contener un gemido al sentir unos labios suaves que bajaban por su pecho. Se pegó al cuerpo más alto cuando unos escalofríos le
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estremecieron el cuerpo, provocados por una lengua suave que le acariciaba el esternón.
—...herregud...
Oyó la risa grave mientras Rayne se tomaba su tiempo explorando el tesoro que tenía delante, deseosa de grabarse en la mente hasta el último centímetro.
Deseosa de que este momento durara para siempre.
No había habido una cena a la luz de las velas, ni violines tocando suavemente, ni el susurro de palabras que expresaran un compromiso.
Y sin embargo... al escuchar los suaves sonidos que emanaban de Liv... al sentir su cuerpo tembloroso, decidió que no podía haber habido un momento más perfecto que éste.
—Oh, Dios...
Tardó un momento en bajar de la ola que la había arrastrado sin peligro. Parpadeando al abrir los ojos azules que se habían oscurecido hasta hacerse de un azul intenso, miró a unos sonrientes ojos verdes.
Notó esas manos suaves que le tocaban la cara.
—Qué bella eres. —Unas palabras que le hicieron cosquillas en los labios mientras Liv la besaba.
Había tantas cosas que quería decir. Tantas palabras a la espera de ser dichas. Pero lo único que pudo hacer fue rodear con los brazos el pequeño cuerpo cuando Liv se acurrucó junto a ella.
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Tomó aire dos veces y luego se movió un poco, queriendo mirar esos increíbles ojos verdes.
Era asombroso cómo pasaban del azul al verde, con un ligerísimo matiz de gris. La delicada curva de esos rasgos. Los pelillos suaves que cubrían las mejillas sonrientes.
Levantando una mano aún temblorosa, alisó las cejas rubias. —Jag älskar dig. —Palabras coloreadas por un fuerte acento.
Pasó un momento antes de que el esperado rubor se apoderara de la cara de Liv. Y entonces la cabeza rubia se hundió en su pecho. Liv sintió y oyó el murmullo grave de la risa amable de Rayne.
—No creías que lo fuera a buscar, ¿eh? —Un tono burlón en la voz grave.
Fuera cual fuese la respuesta de la pequeña rubia, apenas se oyó, puesto que Liv no se había movido de su "escondrijo".
—¿Es que no es cierto?
Eso hizo que la cabeza rubia se alzara y que unos serios ojos verdes la miraran. —¡¡Es cierto!! Dios... —Los ojos verdes bajaron la mirada. Unos dedos acariciaron la piel húmeda de sudor—. No sabes cuánto...
Rayne sonrió y agachó la cabeza para captar la mirada de Liv. —Creo que sé a qué te refieres.
Se miraron en agradable silencio. Dos corazones y dos almas unidos en un antiguo baile de emociones...
161 —Te amo.
Y allí fuera, oculta poco a poco por pálidas bandas de nubes, la luna se fue a dormir, riendo suavemente...
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Ya me he enterado
Pasaba de lo más alto a lo más bajo y todo lo que hay en medio Era malvada y salvaje, cariño, tú sabes a qué me refiero
Hasta que apareciste tú, sí, tú Algo fue mal
Hice un pacto con el diablo por un pagaré vacío He ido al infierno y he vuelto pero un ángel me protegía
Eras tú, sí, tú Es todo por ti Tú eres la razón
Tú eres la razón de que me despierte todos los días Y duerma la noche entera
Tú eres la razón, la razón En medio de la noche Me calmo porque te adoro
Quiero dejarte de piedra Voy a dejarlo
Se acabó ir corriendo por ahí girando mi propio volante Tú saliste de mi sueño y lo hiciste realidad
Sé lo que siento Eres tú Es todo por ti Tú eres la razón
Tú eres la razón de que me despierte todos los días Y duerma la noche entera
Tú eres la razón, la razón En medio de la noche Me calmo porque te deseo
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Quiero dejarte de piedra Tú eres la razón, cariño
Tú eres la razón
Tú eres la razón de que me despierte todos los días Y duerma la noche entera
Tú eres la razón, la razón
—The Reason, escrito por Carole King, Mark Hudson, Greg Wells
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entonces
—¿Cómo es posible?
—¿Cómo es posible el qué?
Una cabeza clara se apoyó en un pecho cálido y desnudo. Una mano pequeña dibujó las clavículas que encontró allí.
Los claros ojos verdes se cerraron con evidente placer cuando una mano igualmente osada le frotó la espalda con una caricia suave.
—Que estemos tan cómodas la una con la otra.
—Mmm. —A la voz grave no pareció importarle esta clase de comodidad cuando unos labios suaves rozaron los suyos. Los ojos verdes estaban muy cerca.
—Quiero decir... —Una manita colocó unos mechones rubios tras una pequeña oreja. Las cejas rubias se fruncieron pensativas—. Quiero decir...
Una cabeza oscura se echó hacia un lado. —¿Te molesta?
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Liv parpadeó mirando sorprendida a Rayne con sus ojos verdes y sacudió la cabeza con vehemencia.
—¡No! ¡Por supuesto que no! Es que... lo que quiero decir es que casi parece que nos conocemos desde hace mucho más que unos pocos meses.
Alargó la mano y tocó con dedos tiernos los labios sonrientes. —...es increíble...
Besando los dedos que le tocaban los labios, Rayne guiñó un ojo a su amante. Pero habló con seriedad.
—Lo es, ¿verdad?
Casi como si estuviéramos destinadas a conocernos. No expresó este pensamiento en voz alta, pero dio las gracias con todo su corazón a quienquiera que hubiera sido responsable de que se conocieran aquel sábado.
Los claros ojos azules y verdes se quedaron mirándose en agradable silencio. Hacía tiempo que había salido el sol, pero ninguna de las dos tenía prisa por empezar el día. Estaban perfectamente contentas de quedarse ahí tumbadas, la una en brazos de la otra. El mundo podía prescindir de ellas durante un tiempo. El hecho de que Rayne hubiera desconectado el teléfono la noche antes era sin duda un motivo de que la mañana transcurriera sin interrupciones.
Entonces los ojos verdes se pusieron pensativos, estudiando las facciones angulosas que tan cerca tenían. Mordisqueándose el labio inferior, Liv parpadeó de repente y miró con tímidos ojos verdes a Rayne.
—¿Puedo... puedo preguntarte una cosa?
—Mm... claro. —Rayne la miró confusa mientras Liv se ponía como un tomate y farfullaba algo.
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Tardó un momento en descifrar lo que decía la pequeña rubia y entonces tuvo que reprimir una sonrisa de adoración.
La cabeza rubia se había hundido en su pecho y oyó un leve susurro que sonaba sospechosamente a:
—...qué vergüenza...
Rayne esperó pacientemente a que esos ojos verdes volvieran a mirarla. —¿Me acabas de preguntar si anoche lo hiciste bien?
El rubor se hizo más intenso y la cabeza rubia volvió a agacharse. —...sí...
—Mírame.
Liv suspiró y atisbó a través del alborotado flequillo rubio, mirando directamente a los serios ojos azules, focos de un alma tan familiar que tuvo que tomar aliento profundamente para contener la avalancha de emociones que estalló en su interior.
—¡Lo has hecho mejor que bien! ¡Créeme!... Eso no me había pasado nunca. Los ojos verdes la miraron con curiosidad.
—¿El qué?
—Pues... cuando me acuesto con alguien por primera vez, normalmente nunca me... —Las manos grandes hicieron unos gestos—. Ya sabes...
Pasó un momento hasta que la comprensión iluminó los ojos verdes y para entonces el sonrojo que casi había desaparecido regresó plenamente.
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La cabeza rubia quedó oculta bajo la manta y Rayne se rió entre dientes. —Y yo que creía que los escandinavos erais tan abiertos de mente.
Notó un dedo que se clavaba en su estómago. —Uff...
Pasó un momento, pero por fin Liv volvió a aparecer y ladeó un poco la cabeza. —¿De verdad que nunca...?
La cabeza morena hizo un gesto negativo. Una mano grande acarició la suave curva de una mejilla.
—No... tú eres la primera.
Los ojos verdes se cerraron y Rayne notó que Liv se apoyaba en la caricia. —Te amo.
Notó que esos labios suaves le rozaban la palma. —Yo también te amo.
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Los rayos de la alegre luz del sol entraban por la vidriera, pintando el suelo de madera de mosaicos de colores, persiguiendo motas de polvo por la gran estancia tranquila y apacible.
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Entonces unos alegres silbidos interrumpieron la quietud y la puerta del bar se abrió. Dos figuras altas entraron con una ráfaga de viento que arrastraba polvo y trocitos de papel.
—Déjalo. —Un tono grave y molesto que no impresionó en absoluto a quien estaba silbando.
Por la sala resonó el ruido de sillas al apartarse de las mesas, arrastradas por la madera.
—Ooh... venga ya, Ray. Se te nota en los ojos, sabes.
Matthias apoyó los brazos en el respaldo de la silla y sonrió con cariño a su amiga. Tenía el corto pelo rubio despeinado y en sus atractivos rasgos aún quedaban rastros de sueño. Bostezó y se rascó el costado.
—Bueno, ¿algún motivo especial para que me hayas arrastrado hasta aquí, prácticamente en medio de la noche?
Una risa grave y una mujer alta se sentó frente a él. Llevaba el largo pelo oscuro recogido en una coleta floja que le caía por la ancha espalda.
—¿Cómo es que no te he matado todavía?
Los ojos claros lo miraban con irritación, pero en la voz grave de Rayne se percibía un tono de guasa.
Su amigo sonrió e irguió su propio cuerpo alto.
—Porque me quieres —dijo con tono práctico, con expresión suficiente. —Ah. —La cabeza morena asintió—. Será por eso.
Se echaron a reír. Matthias se levantó para coger una botella de agua. —¿Quieres?
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Rayne dijo que no con la cabeza y respiró hondo. —No voy a estar aquí las dos próximas semanas.
Matthias no se dio la vuelta, pero en su cara se formó una amplia sonrisa y se rió por dentro. Ray, Ray, Ray... ¿qué es eso que dicen: cuanto más grandes son, más dura es la caída? Se mordió el labio inferior para contener la risa y se volvió. —¿Y eso?
—Sí... mm... voy a ir a ver a mi madre y... —Se calló, con una sonrisa en los labios y la mirada perdida en la distancia.
Matthias suspiró y chasqueó los dedos. —¿Y?
Los claros ojos azules lo miraron parpadeando.
—Y... mm... Liv me ha invitado para que conozca a sus padres. —Carraspeó. —¿Nerviosa? —Sus propios ojos azules la miraron chispeantes y Rayne se encogió de hombros.
—Pues... sí, un poco. O sea, nunca... ya sabes... me han presentado a los padres de alguien, así que...
El alto alemán sofocó un grito de ofensa en broma.
—¡A mis padres sí que los has conocido! —dijo con altivez. Rayne puso los ojos en blanco y suspiró.
—¡Bobo! Ya sabes a qué me refiero. Matthias se puso serio.
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—Así que esto va muy en serio, ¿eh? —Era algo que sabía prácticamente desde el principio, pero quería estar seguro.
Los ojos claros se volvieron hacia las ventanas, posándose en los alegres colores. ¿En serio? Dios... Despedirse de Liv esta mañana le había costado tanto que estuvo a punto de preguntarle si podía ir con ella. Sólo para estar cerca de ella. En serio...
—Nunca me he tomado nada tan en serio en toda mi vida. —Un susurro apagado.
La Mensa, la cafetería de la universidad, estaba atestada como siempre, llena de decenas de estudiantes hambrientos que hacían cola delante del mostrador de comida, sin importarles la calidad de dicha comida, sino el hecho de que era barata, aunque normalmente no se sabía a qué se suponía que tenía que saber. Por la gran sala flotaban voces alegres, enfadadas y soñolientas, acompañadas del ruido de cubiertos y platos al moverse por las mesas gastadas.
De vez en cuando se oía una carcajada. En algunos rincones había estudiantes leyendo libros o escribiendo algo. Una mesa cerca de uno de los ventanales estaba ocupada por un grupo con una guitarra y de vez en cuando se oía la melodía apagada de una canción.
Lorenz suspiró y miró a su alrededor, intentando sujetar el plato y la mochila y al mismo tiempo encontrar un sitio donde sentarse.
Entonces divisó una cabeza pelirroja hundida en un libro y se dirigió hacia allí. —Hola...
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