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97 Ella sonrió y lo abrazó.

In document Fragmentos - Grit Jahning (página 97-110)

—Lo soy, Lorenz... lo soy.

En alguna parte del edificio una puerta se cerró con gran estruendo y resonó por la casa todavía dormida. Unos pasos en las escaleras anunciaron que alguien se marchaba al trabajo... o a casa.

El reloj de la cocina les dijo que ya pasaban de las cuatro. Lorenz bostezó y Liv le frotó la cabeza en broma.

—Vamos, Grosser, tú también necesitas dormir un poco.

Los dos salieron de la cocina y se dirigieron a sus cuartos. Y el apartamento no tardó en sumirse de nuevo en el silencio. La pálida oscuridad se calmó de nuevo. Por las ventanas una luz suave se deslizaba despacio a través de las sombras, anunciando el despertar de un nuevo día...

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—¿Qué tal sabe? —Delicioso.

Hubo un suave murmullo de aprecio, seguido de una risa grave entre dientes. —Así que parece que te gusta el helado, ¿no? —La voz grave tenía un delicado tono divertido y los risueños ojos azules se encontraron con otros verdes igualmente sonrientes.

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—Lo dirás en broma, ¿verdad? Que si me gusta el helado, pregunta... —Una cabeza rubia se agitó fingiendo indignación—. Para tu información, señorita Wilson... me encanta el helado.

Rayne se echó a reír y se apoyó en el árbol junto al que estaban sentadas. Habían elegido un lugar en el laguito situado a las afueras de la ciudad antigua de Lübeck.

Habían decidido disfrutar del cálido día de finales de primavera. El sol ya calentaba lo suficiente para que algunas personas se hubieran arriesgado a ponerse pantalones cortos, tratando de conseguir el primer bronceado del año. La mujer alta alzó la mano y se pasó los dedos por el pelo, ahuecándoselo para darse un poco de aire en el cuello.

El movimiento fue seguido de cerca por unos claros ojos verdes que se recrearon en sus rasgos marcados y observaron la figura que descansaba cómodamente. Liv carraspeó al notar un calor que le atravesaba el cuerpo y que no se debía al sol.

—¿Cómo es que estás tan morena?

Los ojos azules se volvieron sorprendidos hacia ella.

—Mm... —Rayne se incorporó—. Antes salía mucho al mar con mi padre. Supongo que pillaba mucho sol en esas ocasiones. Y se me ha quedado... evidentemente... —Una sonrisa.

Liv respondió con una alegre sonrisa propia y se echó hacia delante, tocando la mejilla de Rayne con una mano vacilante, incapaz de reprimir un leve temblor. —Pero tienes la piel suave.

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Rayne se perdió en los ojos verdes y carraspeó apartándose un poco, pero sin perder el contacto con la mano de Liv.

Pero intentó encontrar algo que decir.

—Mm... sí... bueno, yo... mm... —Fue incapaz de formar una frase coherente. Se le llenó la mente de imágenes de lo que sentiría si esos dedos le acariciaran el cuerpo.

La cabeza rubia que tenía al lado se ladeó interrogante cuando Liv advirtió el ligero rubor que teñía la cara de Rayne.

La menuda rubia apartó la mano y se volvió hacia el lago, siguiendo con los ojos a los patos y cisnes que flotaban por el agua y a los niños y ancianos que les echaban migas de pan.

Ante ellas pasaban personas en bicicleta... seguidas de perros que las perseguían, con la lengua larga y rosa colgando por un lado de la boca.

Otros paseaban por el sendero, disfrutando simplemente de una tarde tranquila. Rayne y ella habían elegido un sitio a la sombra en el césped y se habían traído algo de beber y comer.

Era martes y Liv había vuelto de la universidad y se había encontrado un mensaje en el contestador. Una voz grave le preguntaba si estaría interesada en una merienda y una película más tarde.

Se quedó al lado de la mesilla donde estaba el contestador, suspirando llena de felicidad y comentando en el piso vacío:

—Pues... si te empeñas...

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La mujer más alta la había recogido... saludándola con un suave beso, cosa que Liv agradeció mucho porque no sabía si debía saludarla con un beso o no. Se quedaron delante del Mazda oscuro de Rayne... mirándose. Y ella estuvo a punto de proponer que se olvidaran de la merienda y de la película.

No quería compartir a Rayne con nadie.

Lo único que quería en realidad era encontrar un sitio tranquilo donde poder pegarse a la alta figura, sabiendo que no había lugar más seguro que los brazos de Rayne.

Pero... aquí estaban. Y tenía que reconocer que era precioso.

Rayne le había contado unas cuantas anécdotas graciosas de su infancia. Travesuras que había hecho en el pueblecito donde había crecido en la costa este de Inglaterra.

A cambio, la pequeña rubia le había contado recuerdos de su infancia. Su narración fue seguida por unos serios ojos azules que se perdieron en la suave voz, escuchando el ligero acento que caracterizaba el inglés de Liv.

Ahora Rayne estaba muy callada. Sus ojos seguían a un gorrioncillo que se peleaba con una paloma por un trozo de pan. El pajarito inflaba el pecho para impresionar al ave más grande, piando con furia a su adversaria, que no parecía muy impresionada.

—...hola...

La voz suave la sacó de su ensimismamiento y se volvió un poco. —...hola tú...

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Rayne soltó aliento despacio. Había una cosa que quería... que necesitaba preguntarle a la pequeña rubia, pero no sabía cómo sacar el tema.

—¿Estás bien?

—Sí... ¿puedo...? —La cabeza morena se volvió y se enfrentó a unos confusos ojos verdes—. Me gustaría hacerte una pregunta.

Liv sintió un hormigueo de nervios en el estómago. —Adelante.

Rayne se mordió un momento el labio inferior, una costumbre que según había descubierto Liv, solía querer decir que la mujer alta estaba nerviosa.

—¿Has... has hablado ya con Torben?

Ya está, lo he dicho. Pero no tuvo el valor de mirar a Liv a los ojos. No sabía muy bien cuál iba a ser su reacción.

Y entonces una mano pequeña tocó su mano, que tenía apoyada junto a la rodilla. Sus dedos se entrelazaron... un pulgar le acarició la piel con delicadeza. La menuda sueca esperó a que los ojos azules se alzaran y entonces sonrió. —Sí. Hablé con él antes de que fuéramos a Hamburgo.

Rayne soltó el aliento que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo. Apretó la mano que tenía en la suya, asombrada de lo pequeña que era realmente. Sin pensarlo, le dio la vuelta y sus dedos acariciaron la palma.

Liv tragó saliva. La piel le hacía cosquillas donde la tocaba Rayne, y tomó aire temblorosamente.

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De repente, los profundos ojos azules levantaron la mirada, siguiendo los delicados rasgos... los labios suaves... la suave curva de las mejillas... la pelusilla tenue y fina que las cubría. Te amo. Las palabras brotaron repentinamente en su mente. Y casi... casi las dijo en voz alta.

La pequeña rubia le sonrió alegremente. Casi...

Matthias suspiró y cerró el cuaderno en el que había estado escribiendo. Bueno, este mes ha ido bien. Sonrió por dentro y se levantó. Metiendo el cuaderno en uno de los cajones de su escritorio, se irguió y salió de la oficina que compartía con Rayne.

Mmm. Hablando del rey de Roma... ¿dónde se había metido? Esta noche no tenía que venir, pero de todas formas solía aparecer durante una hora o dos. Pero por ahora no había ni rastro de ella.

Frunció los labios y entró en el bullicioso bar.

Había un grupo tocando al fondo del bar. Una buena cantidad de gente rodeaba el pequeño escenario, jaleando y aplaudiendo.

Volvió a sonreír, muy satisfecho del éxito que había tenido su bar en tan poco tiempo.

Una morena alta se abrió paso a través de la gente y se detuvo ante él, apartándose el pelo de la cara con un gesto lento y sonriéndole alegremente. —¿Has visto a Ray?

El rubio reprimió el comentario seco de que sólo los amigos usaban esa abreviatura del nombre de Rayne... y ésta no era una amiga en absoluto.

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Se llamaba Susie y se había convertido en una especie de acosadora de su alta amiga, echándole los tejos constantemente.

—Está ocupada.

Los ojos oscuros se estrecharon un momento, pero la sonrisa demasiado alegre siguió en su sitio.

—¿Ah, sí? ¿Pero va a venir esta noche? Matthias suspiró.

—No lo sé. No ha llamado, así que supongo que no. Disculpa, si no te importa, pero tengo que hablar con alguien.

Con eso, la dejó allí plantada, se apartó y no tardó en perderse entre la multitud. Jo, ¿pero qué le pasa? Sacudió la cabeza y luego tuvo que reprimir una risita al imaginarse a Liv diciéndole cuatro cosas a la molesta morena, pues sabía que la pequeña rubia tenía mucho genio.

Casi había llegado al grupo de gente al que se dirigía cuando de repente unos gritos en la entrada le llamaron la atención.

Uno de sus porteros, un turco alto e inmenso, entró y soltó un resoplido. —¡Problemas, jefe!

El cielo estaba poblado de estrellas que titilaban suavemente. Unas nubes pálidas se movían despacio por la oscura superficie.

Hacía un frío agradable y Liv aspiró profundamente el aire fresco. Cerró los ojos para disfrutar del momento.

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A su lado oyó el leve roce de la ropa cuando Rayne se cerró la chaqueta ligera que llevaba y jugueteó con sus llaves mientras se alejaban caminando del cine del que acababan de salir.

—Me ha gustado mucho la película. —Mmm.

Liv sonrió y se volvió hacia la mujer más alta. —¿A ti no?

Los claros ojos azules, casi grises en la oscuridad, la miraron y luego Rayne suspiró. Metiéndose las manos en los bolsillos, se encogió de hombros.

—No ha estado mal.

Liv se mordió el labio inferior para disimular la sonrisa. —¿Tampoco has visto nunca la serie de televisión? —No.

—Ah.

Siguieron caminando en silencio por la Königsstrasse hacia el viejo Rathaus. Las calles estaban casi desiertas. Sólo la gente que salía tarde del cine y algunos adolescentes se movían por ellas. Un perro callejero pasó a su lado y sus ojos oscuros y tristes las miraron un momento antes de desaparecer por uno de los pequeños callejones tan típicos de Lübeck.

—Siempre me ha gustado esa forma que tenían de insinuar que eran más que amigos, ¿sabes? Eso de "¿son o no son?"

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Los ojos azules, ahora interesados y ligeramente divertidos, se encontraron con su mirada y ella se echó a reír, dándole un manotazo en el brazo que tenía más cerca.

—En el fondo soy una romanticona, ¿vale?

Rayne dejó de caminar, con la cara repentinamente seria. —A mí me parece muy bien.

Liv tragó y notó que se le calentaba la cara con un leve rubor cuando la mujer más alta se acercó más a ella. Una mano grande y sorprendentemente cálida le tocó la cara, acariciándole la mejilla con suavidad.

—Me gustas tal cual eres.

—...gracias... —fue lo único que se le ocurrió a la pequeña rubia, que de repente se ahogó en esos ojos azules que estaban tan cerca de su cara. La cabeza morena se ladeó un poco y luego bajó muy despacio.

Rayne vio que los ojos verdes se cerraban y con una leve sonrisa acarició los labios de Liv con los suyos, maravillándose de nuevo por lo suaves que eran. Fue un beso delicado y breve.

Pero los ojos verdes tardaron un momento en abrirse de nuevo. Rayne suspiró despacio y esperó a que los ojos, ahora de un verde intenso, se encontraran de nuevo con su mirada.

—Así que ni se te ocurra cambiar, ¿me oyes?

Liv se rió suavemente e hizo un gesto negativo con la cabeza. Suspiró en silencio cuando Rayne le cogió la mano y entrelazó los dedos con los suyos.

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Siguieron caminando en silencio hasta el apartamento de la mujer más alta. Se detuvieron al lado de su coche.

Ninguna de las dos quería despedirse aún.

—¿Te apetece beber algo? —Por dentro Rayne se dio de tortas por la estupidez de la pregunta, pero su preocupación se desvaneció cuando la cabeza rubia se puso a asentir antes incluso de que hubiera terminado de hacerla.

—¿Y por qué quieres ser pediatra?

Estaban sentadas en el sofá oscuro, Rayne un poco de lado, con un brazo apoyado en el respaldo del sofá y el tronco girado hacia la pequeña figura que estaba a su lado.

Liv se mordió el labio inferior y se colocó unos mechones cortos detrás de la oreja. Habló con tono tranquilo al contestar.

—Siempre he querido ayudar a la gente. No sé... desde que era niña he querido mejorar la vida de las personas. Estar a su lado si puedo... aliviar el dolor que sienten. Cuando tenía diez años, mi hermana pequeña murió de cáncer. Fue una época horrible para mí y creo que fue entonces cuando decidí hacerme pediatra. Rayne acarició la manita que sostenía con un gesto cariñoso. Liv se volvió hacia ella con una ligera sonrisa bailándole en los labios. Soltó un suspiro lento y algo tembloroso.

—¿Cuándo acabarás tus estudios?

—El año que viene. —Los grandes ojos verdes se posaron en los bellos rasgos y en ellos vieron una sonrisa dulce pero seria.

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Rayne sonrió y apretó la manita que sostenía al ver el ligero rubor que ascendía por el cuello de Liv.

—¿Y tú?

La mujer más alta se encogió de hombros.

—Mi padre siempre quiso que me alistara en la Armada Real. Tuvo que retirarse después de sufrir un accidente y volvió a su vida de pescador. Es decir, estaba contento, pero siempre quiso que yo tuviera las mejores oportunidades.

Rayne se quedó en silencio y posó la mirada en la televisión. El sonido estaba apagado y en ese momento había un anuncio de una gran compañía de telecomunicaciones alemana.

—¿Y te alistaste en la Armada?

—No. Me... hacerme soldado no me convencía. No sabía cómo explicarlo, pero... bueno, él se quedó decepcionado, pero aceptó mi decisión. Así que me trasladé a Berlín y estudié ciencias económicas.

Las cejas claras se enarcaron con gesto de sorpresa.

—Sí... me hicieron unas ofertas muy buenas. Me puse a trabajar en una de las compañías británicas más importantes y todo el mundo me decía que tenía una carrera estupenda por delante. —La alta figura volvió a encogerse de hombros—. Entonces mi padre murió durante una tormenta en alta mar... Durante un tiempo me quedé sin rumbo. Entonces volví a encontrarme con Matthias, que no paraba de hablar de tener su propio negocio. Me pidió que me asociara con él... y bueno, así es como he acabado aquí.

Se miraron la una a la otra un momento en silencio y luego dijeron a la vez: —Me alegro de que estés aquí.

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Se echaron a reír, rompiendo la tensión que había empezado a acumularse. Y entonces Liv cobró clara conciencia de la mano grande que se había trasladado de su mano a su pierna y le acariciaba el muslo suavemente.

Miró a los profundos ojos azules y carraspeó. Rayne ladeó la cabeza.

—Tranquila, ¿vale? No tenemos que hacer las cosas deprisa. Quiero que estés a gusto.

—Lo estoy. Es que... —Se sonrojó de nuevo—. Es que... nunca he... ya sabes... con una mujer.

—Mmm... —Rayne observó los delicados rasgos—. ¿Tienes miedo?

—¡No! —La cabeza rubia hizo un gesto tajante—. Pero nervios sí. O sea... —El rubor se hizo más intenso—. He leído... cosas... pero no sé si sabré qué hacer... ya sabes...

La figura alta se echó un poco hacia delante.

—Créeme... lo sabrás. —Al ver que Liv se estaba poniendo incómoda, intentó relajar el ambiente—. ¿Y qué son esas cosas que has estado leyendo?

Era evidente que le estaba tomando el pelo, y la menuda rubia se echó a reír. Acercándose más a la mujer más alta, susurró:

—Como que te lo voy a decir...

Estaban tan cerca que Rayne veía las motas doradas que salpicaban el verde de los ojos de Liv. Tan cerca que olía su perfume y el aroma que era simplemente Liv.

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Tragó. Cruzando la distancia que las separaba, posó los labios sobre los que tenía tan cerca, vacilando al principio, pero luego sintió la respuesta de Liv y notó que el pequeño cuerpo se pegaba más al suyo.

Unas manos pequeñas se alargaron hacia ella al tiempo que las suyas se empezaban a mover...

Ring. El timbre del teléfono las sobresaltó a las dos, y los claros ojos azules se clavaron con enfado en el molesto aparato.

Sonó de nuevo y oyó que Liv tomaba aliento temblorosamente. Oyó un leve susurro:

—...caray...

Sin poder reprimir del todo la sonrisa, alcanzó el teléfono. —Ja?

La sonrisa desapareció de su cara al reconocer la voz alterada de Matthias, que hablaba en un alemán acelerado que le resultaba casi incoherente al caer en su fuerte dialecto del norte.

—Eh... calma... más despacio. ¿Qué pasa?

Lo escuchó... y Liv vio que se le ponía la cara impasible y los ojos claros se volvían fríos, con una expresión que le produjo escalofríos en la espalda.

Al cabo de un momento, Rayne colgó y alcanzó el jersey que estaba en la butaca. —Tengo que irme. ¿Te quieres quedar o prefieres irte a casa? No sé cuándo voy a volver.

Las cejas claras se fruncieron. Estaba desconcertada por la frialdad de la voz grave de Rayne, tan opuesta a la dulce calidez con que hablaba normalmente.

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