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43 Porque por un momento le sonó como

In document Fragmentos - Grit Jahning (página 43-49)

Se volvió y se encontró con la cara preocupada de Matthias. —...Hola...

Se miraron largo rato en silencio, intercambiando recuerdos. Tácitos como siempre. Y como siempre no les importó el silencio.

—Hur har du det?

La menuda rubia sonrió ante el uso del sueco por parte de Matthias. Lo había dicho bien, pero tenía mucho acento.

—Estoy bien, Matti... es que necesitaba estar un ratito a solas.

Él la miró, observando sus rasgos... esa sonrisa ligera y dulce que le bailaba en los labios.

La tristeza que había en sus ojos.

La cabeza rubia se volvió de nuevo, arrebujándose más en el grueso abrigo. Señaló algo que tenía delante.

—Es bonito, ¿verdad?

Matthias avanzó un paso y se colocó al lado de Liv. No le veía la cara, pero estaba seguro de saber en qué estaba pensando. De modo que no le sorprendió cuando la suave voz se dirigió a él.

—¿Qué tal estaba?

Matthias soltó aliento despacio. —Cansada.

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Y Ray le había parecido de verdad cansada. Y extrañamente perdida.

De nuevo se hizo el silencio entre los dos. Hasta que él se dio cuenta de que a ella le temblaban los hombros. Sin decir palabra, se puso delante de ella y la estrechó en un cálido abrazo. Notó que la pequeña figura se estremecía en un llanto silencioso.

—Ssshh... todo va ir bien... —Meció a la pequeña figura, susurrando dulces palabras de consuelo, sabiendo que no era su consuelo lo que ella necesitaba. O quería.

Encima de ellos el cielo empezaba a nublarse lentamente, ocultando los puntos de luz parpadeante tras un pálido gris. De alguna parte los ruidos de los coches se colaban en el jardín de atrás, acompañados de la mezcla de voces y música que salía de la casa.

Una alfombra de ruido suave que se posaba apaciblemente a su alrededor.

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entonces

El agua caliente rodeaba a la alta figura de un vapor delicado, empañando el cristal de la ducha. El agua caía a plena potencia sobre el cuerpo inclinado hacia delante, con los brazos estirados, las manos apoyadas en los azulejos.

Una larga melena oscura, empapada, se pegaba a los anchos hombros y la espalda, rizándose en las puntas.

Sobre la piel relucían pequeñas perlas de agua, que se deslizaban despacio por el largo cuerpo.

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Un suave suspiro, apenas audible por el ruido que hacía el agua. Qué día...

Rayne cerró los ojos, dejando caer la cabeza entre los hombros para que el agua le diera en el cuello, rígido tras pasarse horas agachándose para recoger la basura de la fiesta.

No sabía cuánto tiempo llevaba en la ducha y no le importaba. Lo único en lo que podía pensar era en...

Liv.

Jamás se había imaginado que la pequeña rubia fuera a verla allí, como tampoco esperaba que Liv bajara a hablar con ella.

Aunque no se habían dicho gran cosa.

Sus labios esbozaron una ligera sonrisa, derramando pequeñas gotas de agua. Se habían quedado allí paradas, mirándose la una a la otra. Sonriendo.

Sintiendo...

Se podría haber quedado allí para siempre mirando esos delicados rasgos... esos ojos verdes... esa sonrisita tímida.

Le había hecho falta toda su fuerza de voluntad para no echarse hacia delante y besar esos labios. Labios que sabía que eran suaves como la seda. Y esta sensación era casi tan real como un recuerdo...

Sabía prácticamente desde su primer encuentro que se sentía atraída por la pequeña rubia. Lo cual no era ninguna sorpresa porque Liv era...

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Y por un momento pensó que hasta podría tener una oportunidad. Pero anoche ese sueño se rompió en mil pedazos, cuando Liv apareció con un joven guapo que era evidentemente más que un buen amigo.

Dios, cómo le había dolido. Y sin embargo...

Esta mañana había sido casi demoledora por sus nuevas posibilidades. Todavía le hormigueaba el brazo en el punto donde Liv la había tocado antes de marcharse.

La alta figura se enderezó y terminó de lavarse. Cerró el agua y salió al baño lleno de vapor. Se secó el cuerpo y el pelo antes de encaminarse a la cama.

Sus claros ojos azules se dirigieron un momento a la ventana, observando el despejado cielo azul, escuchando los sonidos suaves del exterior.

Se acomodó en la cama, tumbada boca arriba, con los brazos cruzados detrás de la cabeza. La sonrisa seguía bailando en sus labios.

Tenía la mente llena de los recuerdos del amanecer y de las posibilidades que podría traer la noche. Liv y ella habían quedado en Zum Zölln, un popular punto de encuentro para los estudiantes de medicina que querían divertirse. Pero los domingos estaba generalmente mucho más tranquilo que entre semana.

Los claros ojos azules se cerraron. Y con otro suspiro Rayne se quedó dormida. La sonrisa no desapareció de su rostro.

El pasillo de la planta estaba extrañamente silencioso. Por el aire resonaban unos pasos suaves, anunciando que se acercaba alguien.

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Pasaban unos minutos de la una de la tarde y la planta de pediatría estaba inmersa en un merecido descanso. Los niños habían comido hacía media hora y ahora estaban echando una siesta, lo cual permitía a los enfermeros ponerse al día con su papeleo y comer ellos mismos.

Una cabeza rubia se movió de un lado a otro, observando los alegres dibujos y los animales de peluche olvidados en las sillas alineadas a lo largo de las paredes.

Los claros ojos verdes se posaron más tiempo en algunos dibujos evidentemente realizados por un niño que mostraban a una enfermera y un médico.

Los labios rojos esbozaron una dulce sonrisa. Una sonrisa que no podía evitar desde por la mañana. No había conseguido disimular del todo sus ganas de que llegara la noche... por suerte, Torben lo había confundido con la emoción que siempre sentía antes de ir al hospital donde, todos los domingos, leía cuentos a los niños.

Llevaba un par de libros bajo el brazo y había dejado su mochila y los zapatos de calle en su taquilla del sótano.

Disfrutaba inmensamente con estas tardes. Contar cuentos tocaba algo muy profundo en su interior.

Acercándose a la puerta que llevaba a la sala de enfermeros, atisbó por la esquina y vio una cabeza morena. En la oscura melena sólo se veían unas pocas canas.

Era Magda, la enfermera jefa de la planta de pediatría. Tenía cuarenta y pico de años y la actitud perfecta para bandearse con niños enfermos y médicos gruñones, además de padres recalcitrantes.

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Magda le caía muy bien. La mujer de más edad había sido una fuente de fuerza incombustible durante algunas de sus experiencias más duras, y siempre lograba animarla cuando pensaba que no iba a poder con ello.

Dejando los libros en una mesa cercana, se acercó a la enfermera por detrás, despacio y tratando de hacer el menor ruido posible, apenas capaz de contener la risa.

—Ni se te ocurra, junges Fräulein.

Cualquier comentario que pudiera haber hecho se le quedó atravesado en la garganta y tosió por la sorpresa, mirando directamente a la cara sonriente de su amiga de más edad.

—¿Cómo haces eso? —Liv meneó la cabeza con indignación fingida.

—Cariño, no serías capaz de sorprender ni a una persona ciega y sorda, ¿sabes? Liv se quedó mirando a Magda en silencio un momento y luego su labio inferior se echó hacia delante, formando un puchero de primera categoría.

La mujer de más edad se echó a reír y frotó los brazos de Liv. La joven sueca le caía maravillosamente. Ladeó un poco la cabeza, observando la sonrisa dulce de Liv y el brillo más vivaz que de costumbre de esos extraordinarios ojos verdes. Tenía la cara algo sonrojada, y Magda no pudo evitar sonreír a su vez. Y no pudo evitar notar que su joven amiga tenía el aspecto de una persona enamorada. —Bueno, ¿cómo te va?

El ligero sonrojo se transformó en un rubor encantador y Liv bajó la mirada, jugueteando con su camisa.

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