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33 —Feliz cumpleaños.

In document Fragmentos - Grit Jahning (página 33-37)

Ella sonrió y aceptó los regalos. Los puso encima de una mesa cercana para poder mirarlos. Abrió primero el más grande, levantó la tapa de la caja y soltó una exclamación.

—Dios... ¡Matti, no deberías haber hecho esto! —Los atónitos ojos verdes miraban fijamente una primera edición de las obras completas de Albert Strindberg.

Una expresión satisfecha se apoderó de la cara del joven... era evidente que estaba muy contento de sí mismo.

—Corinna me ha ayudado... un poco. —Lo cual le valió otro empujón. Él se echó a reír y le robó un beso—. Además está firmado.

Liv abrió el libro que tenía en las manos con cuidado... y se quedó mirando en silencio lo que había escrito allí. Luego levantó la mirada, con los ojos verdes relucientes de lágrimas. Volvió a abrazar a Matthias, estrechándolo con fuerza. —Muchísimas gracias... —Un leve susurro.

Unas manos grandes le acariciaron la mano con ternura. —De nada, pequeñina.

Liv sorbió y se frotó los ojos con una mano. Y luego se volvió hacia el otro paquete que seguía encima de la mesilla. Sus dedos tocaron el delicado envoltorio... su cuerpo se quedó inmóvil. Miró a su amigo.

—Mm... es... yo... nosotros... —farfulló él.

Liv tragó y abrió muy despacio la cajita. Cogió en sus manos el collar que encontró en ella. Con un dedo tocó el pequeño colibrí hecho de oro de las Colinas

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Negras que relucía suavemente con delicados tonos de verde y rojo. Y que le traía tantos recuerdos...

—...Rayne...

entonces

El cielo ya estaba pasando despacio de un negro oscuro a un gris pálido cuando volvieron a casa. Evelyn gimió y se apoyó en la puerta del cuarto de estar.

—Estoy muerta. Mátame. —Liv se echó a reír y meneó la cabeza. Pero antes de que pudiera responder, los ojos azules le clavaron una mirada—. ¡No digas nada! La menuda rubia alzó las manos como si se rindiera y se volvió hacia la cocina. Necesitaba algo de beber y todavía no estaba lista para acostarse... sabiendo que Torben se iba a quedar a pasar la noche.

Seguía sin poder quitarse la cara de Rayne de la cabeza. La alta británica había parecido tan perdida, allí fuera del bar. Contemplando las estrellas. Y lo único que ella había querido hacer en ese instante era estrecharla entre sus brazos y quedarse allí. Quedarse allí y olvidarse del resto del mundo.

Liv suspiró y se sentó en una de las sillas que rodeaban la mesa de la cocina. Estaba confusa.

Los sentimientos que tenía por su jefa eran muy nuevos para ella. Y sin embargo, le resultaban tan correctos que parecía casi sobrenatural. La necesidad de estar cerca de Rayne... de ver esa sonrisa... de oír esa voz... a veces esos sentimientos eran tan fuertes que llegaba a sentir dolor.

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Notó la mano de Torben que se posaba en su hombro y cerró los ojos. Su caricia no era lo que deseaba sentir en su cuerpo.

—Estoy bien... —Se volvió y le sonrió, con la esperanza de resultar lo suficientemente convincente porque por dentro no le apetecía sonreír en absoluto. Le apetecía salir corriendo del pequeño piso que compartía con Eph y Lorenz, quien había decidido pasar la noche en casa de su novio. Lo que de verdad quería era volver al bar, encontrar a Rayne... y olvidarse del mundo. Perderse en esos increíbles ojos azules. Y en la calidez del abrazo de Rayne. Tragó y apagó la luz de la cocina. Torben y ella se quedaron en una débil penumbra. La luz de las farolas de la calle entraba por la persiana medio bajada, formando bandas brillantes en las paredes y en sus caras.

Notó que el brazo de Torben le estrechaba los hombros mientras la llevaba a su pequeño cuarto.

Suspirando, Matthias retiró del suelo otro trozo de cristal roto. A lo mejor usar vasos y platos de plástico no habría sido tan mala idea después de todo. Lo tiró a la bolsa de basura que tenía al lado y se enderezó. Miró el bar, muy contento por cómo había salido la fiesta de inauguración. Sus profundos ojos azules soltaron destellos y se balanceó sobre los talones.

Una expresiva maldición en inglés procedente del fondo del bar lo sacó de sus reflexiones y se dio la vuelta. Vio a Rayne mirando con mala cara algo que no conseguía distinguir desde donde estaba.

Su alta amiga llevaba de este humor desde que había vuelto de su breve salida durante la fiesta. Y podía imaginarse lo que lo había provocado.

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Los ojos claros se volvieron hacia él y se dio cuenta de que tardaba un momento en controlar un comentario cáustico.

—Sí... estoy bien. —Una mano de dedos largos aplastó una servilleta y luego la tiró a un cubo de basura. Por el aire flotó un sonido hueco cuando aterrizó en el fondo metálico.

Matthias suspiró de nuevo y se acercó un poco, sabiendo que no le convenía seguir preguntándole si de verdad estaba bien.

—Ha estado muy bien, ¿no crees?

La alta figura se apoyó en la barra. Los ojos claros recorrieron la estancia. Basta, Ray. ¡No es necesario que lo pagues con él!

Haciendo un esfuerzo, le sonrió. —Sí, muy bien.

Por la forma en que su cuerpo pareció relajarse, vio que había logrado calmar sus preocupaciones, agradeciendo que siempre estuviera pendiente de ella.

Durante las dos horas siguientes trabajaron sobre todo en silencio, limpiando los peores estropicios, y decidieron ocuparse del resto cuando los dos hubieran dormido un poco.

Matthias la acompañó al coche. Se la quedó mirando en silencio un momento. —¿Estás segura de que estás bien? —Su voz sonaba seria y extrañamente apagada, lo cual solía indicar que estaba preocupado de verdad.

Ella volvió a sonreír. Esta vez de forma auténtica.

—Estoy cansada. Y hay algo en lo que tengo que pensar muy en serio. Eso es todo.

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