La voz grave atravesó como un susurro el silencio que las envolvía y alcanzó de lleno una parte de su alma, acariciándola al reconocerla.
Con los ojos cerrados, la pequeña rubia sonrió y asintió. Notó un ligerísimo toque en la cara, una caricia delicadísima en la cara.
Tragó y abrió los ojos.
Y se topó de lleno con unos profundos ojos azules.
Rayne no pudo resistir más, al ver a Liv allí, con esa dulce sonrisa en la cara, con los ojos cerrados.
Alargó la mano y le tocó la cara, acariciando su piel. Suavemente...
Movió los dedos por la suave mejilla y se detuvo en aquellos labios durante una pequeña eternidad. Tragando, levantó la mirada.
E interrogó en silencio a unos ojos verdes.
Se le aceleró el pulso cuando notó que Liv se apretaba contra su caricia. Volvió a cerrar esos ojos verdes como respuesta igualmente silenciosa.
Se echó hacia delante. Despacio. Vacilando...
Se le aceleró la respiración. Tenía la cara a meros centímetros de la de Liv.
El delicado aroma que siempre envolvía a la pequeña rubia era casi palpable, intensificado por el aire cargado, y se mezclaba con los olores que las rodeaban. El primer contacto fueron sólo sus labios al encontrarse por un leve instante.
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Rayne levantó una mano y la puso en la mejilla de Liv. Volvió a posar sus labios en los de ella y notó su ligero temblor. Despacio... muy despacio, profundizó el beso.
Notó que la pequeña figura se arrimaba más a su propio cuerpo.
Unas manos pequeñas se alzaron para tocarla y se posaron en su tripa, aferrándose a su camisa con una fuerza casi desesperada.
Los labios de Liv se entreabrieron y sus lenguas se tocaron. Las entrañas le estallaron de calor con un estremecimiento.
Pareció pasar una eternidad hasta que por fin tuvieron que tomar aire. Los ojos claros se abrieron y tragó al ver esos rasgos delicados.
El ligero rubor era muy evidente. Esos ojos verdes seguían cerrados y había una sonrisa dulce bailando en esos labios tan... tan suaves.
Se quedaron mirándose.
Sin decir una palabra. Sonriendo simplemente y sin embargo diciéndose más de lo que las palabras podrían expresar nunca.
Y de repente, surgiendo de entre las hojas y las flores, aparecieron colibríes, que revolotearon zumbando a su alrededor, con un destello de alegres plumas al pasar ante ellas.
Rayne respiró hondo y se limitó a observar a Liv cuando ésta soltó una exclamación de profundo placer cuando las pequeñas aves flotaron suspendidas ante su cara, con los cuerpecillos inmóviles en el aire y las alas batiendo sin cesar.
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La voz de Liv vibraba de alegría, y se volvió para seguir el vuelo de los pájaros. —Estoy mirando. —Un murmullo grave.
La cabeza rubia se volvió para mirarla. Las mejillas de Liv se tiñeron de un suave rubor, y estaba a punto de agachar la cabeza cuando una mano grande le tocó la mejilla.
Sus miradas se encontraron.
—Y nunca he visto nada tan bello. —Con tranquilidad. Con certeza.
Liv tragó y, cerrando los ojos, se apretó contra la suave caricia, deseando que este momento no terminara nunca.
El corazón le dio un vuelco cuando un par de brazos fuertes la estrechó, y de repente en su oído resonaron unos latidos firmes y rítmicos, latidos que se aceleraron cuando ella se acomodó en el delicado abrazo.
Perdiéndose...
Una suave caricia en la cabeza y el mundo que la rodeaba desapareció.
Nada importaba salvo el cálido cuerpo en el que estaba apoyada. Hundió la cara en el pecho de Rayne y aspiró hondo, llenándose del olor de la mujer más alta, sabiendo que no había lugar más seguro que éste.
De pie en medio de plantas y flores exóticas. Rodeada de innumerables pajaritos de colores, notando la caricia de sus alas al pasar.
Soltó el aliento, sabiendo que Rayne notaría el calor de su respiración a través de la camisa... y no pudo contener las lágrimas que le brotaron de repente.
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Rayne notó que el pequeño cuerpo se fundía con el suyo y cerró los ojos. Apoyando la cara en la cabeza rubia, empezó a mecer a la esbelta figura entre sus brazos.
Supo que por fin... por fin había encontrado su destino. Y que jamás lo volvería a dejar marchar.
Unos ojillos oscuros las miraban, mientras unos cuerpecitos pasaban zumbando alrededor de las figuras altas que estaban abrazadas tan estrechamente que ni una brisa podría haber pasado entre ellas.
Los pajaritos se perseguían alrededor de las humanas.
De vez en cuando las tocaban y sin embargo era muy evidente que no las molestaban. Y por un instante, parecieron sonreír ante lo que veían...
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Aquí en estos brazos Empezó nuestra historia Antes de que estuvieras
Mi corazón tenía sed Mira mis labios, verás
Que he bebido del río Que corre hacia el mar
Del amor verdadero
< estribillo > A salvo en estos brazos, Ahí es donde quiero estar
A salvo del dolor, en estos brazos Ahí es donde quiero estar
Si muero
Que sea aquí contigo Pues aquí contigo Sin duda estaré a salvo A salvo del odio, de las mentiras
De los buitres de Cristo No necesito dioses
No tengo temores, te tengo a ti < estribillo >
No me dejes nunca, no me dejes nunca Di que nunca me dejarás
Tómame en tus brazos Y di que nunca me dejarás Tómame en tus brazos y estréchame
Di que nunca me dejarás
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entonces
La puerta se cerró con un leve chasquido que resonó misteriosamente por el apartamento oscuro y silencioso. Por las ventanas de la cocina y la sala de estar entraban rayos de luces que se arrastraban por la alfombra clara, destacando los muebles y los marcos de la pared con fuertes contrastes.
De la calle y de los apartamentos de debajo llegaban sonidos apagados que flotaban por el silencio, y luego un leve suspiro estremeció el aire.
Una mano pequeña echó a un lado el pelo rubio despeinado por el viento y dejó caer una bolsa pequeña junto a la puerta de la cocina.
Una figura esbelta —apenas una sombra en la oscuridad— entró en la sala de estar.
Se dejó caer en la butaca, iluminada por un rayo de luz que destacó la sonrisa de sus labios rojos, aumentando la suave chispa de los claros ojos verdes.
Liv cerró los ojos y alzó la mano derecha para tocarse los labios, que aún sentían el hormigueo del beso de despedida de Rayne.
La mujer más alta la había traído a su apartamento. Aquellos ojos azules la miraron simplemente... tantas emociones, expresadas e inexpresadas, que brillaban en las profundidades azules.
Después del beso en el Jardín Botánico se habían quedado allí, abrazadas la una a la otra con una necesidad casi desesperada, hasta que otros visitantes entraron en esta parte del jardín y las miraron confusos, divertidos... indignados.
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Aunque ninguno dijo nada al toparse con una gélida mirada azul.
La sonrisa que Liv tenía en la cara se hizo más amplia. Mi protectora. Este pensamiento algo cursi se coló en su mente y se echó a reír. Pero ¡Dios, qué sensación tan increíble!
Nada en su vida le había hecho sentirse nunca tan bien.
El beso había sido tan delicado, tan suave. Sin exigencias, y sin embargo, prometía una pasión y un amor imposibles de comparar con nada de lo que hubiera experimentado jamás.
Amor...
Los ojos verdes se abrieron y se mordió el labio inferior. Las cejas claras se fruncieron al pensar. Había creído que amaba a Torben. Pero la sensación de perderse en el abrazo de Rayne... el calor de ese cuerpo fuerte... su olor... Caray, no tenía ni idea de lo que es estar enamorada.
Pero sabía que se estaba enamorando.
Y se estaba enamorando muchísimo. De Rayne.
Al recordar su primer encuentro... la sonrisa apareció de nuevo... había habido algo entre ellas desde el momento en que Rayne abrió de golpe la puerta de su coche.
Sus ojos se encontraron y fue...
No tenía palabras para describir lo que había sentido, pero había sido una sensación asombrosa de conocer a la alta desconocida plantada allí junto a su puerta, intentando decir algo, con unos claros ojos azules que la miraban atónitos.
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Un suspiro, y la pequeña figura se reclinó en la butaca, estirando las piernas cansadas y sacándose la camisa de la cinturilla de los vaqueros.
No había tenido ni idea de lo que iba a pasar.
Estar con Rayne era lo único que había querido. Habían hablado, reído... guardado silencio mutuamente. Un silencio muy cómodo que no habían necesitado rellenar con palabras.
Y entonces...
Dios, no se esperaba que Rayne fuera a besarla.
Pero, oohh, cómo agradecía que la mujer de más edad hubiera decidido dar ese paso. La leve sonrisa se hizo más grande. Los dientes blancos relucieron en la oscuridad. Y esos labios habían sido tan suaves y tiernos como sabía que lo serían.
La caricia de Rayne delicada y extrañamente familiar...
Habían terminado su visita al jardín, pero ni Rayne ni ella prestaban en realidad atención a lo que las rodeaba.
Las dos habían pillado a la otra mirando. Se habían echado a reír. Se habían llenado de felicidad.
Tomaron un café en un pequeño bar cerca de la universidad y luego decidieron regresar a Lübeck. Rayne sabía que ella tenía clase por la mañana.
Se quedaron largo rato delante de su edificio de apartamentos, despidiéndose una y otra vez... pero sin moverse.
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Alzó la mano para tocar la cara de Rayne. Le tocó la mejilla con una caricia vacilante pero tierna. Le dio un vuelco el corazón al ver que esos ojos azules se cerraban y la cabeza morena se apretaba contra la caricia.
Tardaron un momento en volver a abrirse.
Incluso ahora, recordando ese momento, sentía un hormigueo en el estómago. Un hormigueo de algo tan intenso que soltó un leve gemido.
Se acurrucó en la butaca y volvió a cerrar los ojos.
Apoyando la cabeza en la mano que había tocado la cara de Rayne, soltó un lento suspiro. Tenía la mente llena de imágenes de esa hermosa cara.
La voz grave. La risa amable. La caricia suave.
El agua chapoteaba perezosamente en la orilla, llevándose piedrecitas y palitos, dejando sólo un lienzo vacío listo para volver a ser utilizado, esperando nuevas huellas que llevarse al mundo, a orillas desconocidas llenas de sueños...
La arena se había enfriado considerablemente al caer la noche, pero a la alta figura sentada en la playa no le importaba.
A lo lejos oyó el sonido de la sirena de un barco que anunciaba su presencia. Los ojos claros escudriñaron la oscuridad, pero no consiguió distinguir el contorno del barco. Probablemente un pesquero de arrastre.
Sus ojos siguieron la línea que separaba el mar del cielo, apenas visible en la oscuridad difuminada que compartían.
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No había conseguido calmarse después de que Liv entrara en su apartamento. Tenía que hacer algo. De modo que decidió ir a la playa, con la esperanza de que se le calmaran el corazón y el cuerpo.
Respiró hondo, notando el aire salobre en la garganta, saboreándolo un momento al recordar las noches largas y apacibles que había pasado de niña en el barco de su padre, cuando lo acompañaba a pescar.
Como siempre, los recuerdos trajeron consigo los últimos restos de la pena. Su padre había muerto en un accidente hacía casi diez años. Ella ya estaba entonces en la universidad en Alemania.
Bajó la cabeza morena hacia el pecho y la sonrisa pequeña y triste que le había bailado en los labios cambió.
Porque captó un ligerísimo rastro de un olor bien conocido en su camisa.
Dejándose caer hacia atrás en la arena blanda, alzó los ojos al cielo y contempló las estrellas que relucían en lo alto por entre las que se movían despacio pálidas nubes grises que jugaban al escondite con los puntos de luz.
Y sin embargo... su mirada fue más allá del cielo.
Fue más allá... buscando un alma que sabía que la estaba esperando. Un alma que siempre había sabido que algún día encontraría. Era una certeza que llevaba en el corazón y que nunca había puesto en duda. Había salido con otras antes. Pero nunca había tenido el deseo de convertirlo en algo más serio o profundo. Ninguna de ellas había conseguido llegar nunca a su interior. A su interior de verdad.
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Los claros ojos azules siguieron el paso de un avión por el cielo oscuro. Sus luces parpadeantes parecían extrañamente fuera de lugar en medio de la antigua frialdad que representaban las estrellas que había a su lado.
Y entonces se había encontrado con el par de ojos verdes más bello que había visto en su vida y cayó.
Se hundió en algo nuevo y, sí, que le daba miedo.
Pero esta pequeña parte de su interior que siempre había estado buscando sonrió y suspiró de alivio...
Los largos brazos se alzaron y se doblaron detrás de la cabeza morena. El viento empezaba a arreciar y agitaba los mechones oscuros, tirando de ellos... tentándolos... acariciando los pómulos elevados y los labios rojos.
Rayne sonrió más.
Lo que había pasado hoy... se tocó los labios... no habría podido evitarlo, como no podía evitar respirar.
Cerrar los brazos alrededor del cuerpo ligeramente tembloroso de Liv. Estrecharla.
Besarla...
Volvió a respirar hondo, apenas capaz de contener la carcajada de felicidad, de vértigo casi, que le acariciaba los labios. La felicidad que sentía por dentro era tan intensa que sentía el pecho a punto de estallar.
Al oír un zumbido muy leve se volvió y miró hacia atrás. Los contornos oscuros de las dunas eran visibles en la oscuridad que la rodeaba.
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Destellos de luz que bailaban entre las delgadas hojas de hierba que crecían en las dunas.
Ladeando un poco la cabeza, Rayne se quedó allí sentada observando a los diminutos insectos.
La puerta se cerró tras él y Lorenz bostezó. Rascándose la cabeza rapada, dirigió sus pasos de inmediato hacia la cocina, sabiendo que seguramente encontraría algunas sobras de comida.
Pasó ante la puerta de la sala de estar y se detuvo.
Volviéndose de nuevo, se apoyó en el marco de la puerta, con una sonrisa cariñosa bailando en sus labios. El piercing que tenía en el labio inferior se movió hacia un lado.
En la butaca había una figura acurrucada. Tenía la cabeza rubia apoyada en un brazo y una pequeña sonrisa en los labios.
Se acercó y se acuclilló delante de su amiga dormida.
—Eh, Kleines... —Al no recibir respuesta... y no la esperaba, pues conocía bien la capacidad de Liv para quedarse dormida en cualquier sitio y hacer caso omiso del mundo mientras dormía... la sacudió del hombro con mucha delicadeza. La respuesta fue un leve quejido.
—Liv, vamos, que mañana vas a estar fatal de la espalda.
La cabeza rubia empezó a moverse y luego unos ojos verdes y adormilados lo miraron parpadeando. Tardaron un momento en reconocer quién era, pero entonces lo saludó con una sonrisa amable.
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Liv bostezó y se incorporó. Estiró su pequeño cuerpo y se quejó al notar el dolor sordo de los músculos entumecidos en los riñones.
—Caray... me has salvado la vida, Lorenz.
Se levantó despacio de la butaca, mordisqueándose el labio inferior. Lorenz se echó a reír suavemente y enderezó su propio cuerpo menudo. La camiseta ceñida que llevaba destacaba sin embargo un cuerpo muy musculoso.
—Sí, lo sé. ¡Por eso me quiere la gente, tú incluida! —Sus amables ojos marrones la miraron risueños y los dos se trasladaron a la cocina.
El joven se puso a hurgar en la nevera y de su garganta brotó un ruidito de felicidad al encontrar algo de pizza al fondo.
La menuda rubia se había sentado a la mesa pequeña que habían comprado para la cocina y estaba acariciando el borde con los dedos. Seguía con la mente llena de los acontecimientos de hoy... sus ojos se posaron en el reloj de la pared y sacudió la cabeza. De ayer, puesto que eran las dos de la mañana.
Una vez más, un leve suspiro de felicidad agitó el aire a su alrededor.
Volvió la cabeza y se encontró con la mirada interrogante de Lorenz. El joven masticaba feliz el trozo frío de pizza.
Liv se echó a reír y se estremeció en broma. La respuesta fue un inocente encogimiento de hombros.
Se mordió el labio inferior. Sus ojos verdes contemplaron a su amigo un momento en silencio. Luego respiró hondo y le hizo un gesto para se sentara a la mesa.
Él se sentó frente a ella, apoyó los codos en la superficie y la miró parpadeando con devoción.
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Ella le dio un manotazo en el brazo, pero luego se puso seria y ladeó un poco la cabeza rubia.
—¿Cómo supiste que eras gay?
Habían encendido la pequeña luz de la cocina que colgaba justo encima de la mesa y dejaba parte de la estancia a oscuras. Los únicos ruidos que se oían en el piso eran el tictac del reloj y el leve crujido de sus sillas.
Los amables ojos marrones de Lorenz la miraron sorprendidos. —Mmm... buena pregunta. —Le sonrió—. Me enamoré.
—¿Así de sencillo?
Él se echó a reír y se acomodó en la silla.
—No... no, no fue tan sencillo. —Su voz se puso seria de repente—. Estaba muerto de miedo por lo que de repente estaba sintiendo por uno de mis amigos. Es que... por aquel entonces tenía quince años y todos mis amigos no paraban de hablar de chicas y de la "experiencia" que tenían. Y yo... yo me pasaba el día pensando en... —Soltó aliento despacio—. Se llamaba Kirsten. Tenía una sonrisa preciosa y yo... se me encogía el estómago cada vez que lo veía o me hablaba. Al principio no sabía lo que estaba pasando, pero al final... bueno, acabé dándome cuenta y... te lo aseguro, me dio miedo.
Miró a los bondadosos ojos verdes que tenía delante y sonrió cuando Liv le acarició la mano.
—No podía hablar con nadie. Al menos, eso es lo que me decía a mí mismo. No había forma de que se lo fuera a decir a mis padres, así que opté por ignorar lo que me estaba pasando por dentro y me dediqué a seguir el juego. Salía con chicas. Me jactaba con los chicos de lo "lejos" que había llegado con algunas...
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pero por dentro me sentía fatal porque me... no me gustaba nada besar a una chica. No quería tener a una mujer entre mis brazos, sino sentir la fuerza de un cuerpo masculino junto al mío. Bueno, en aquella época leía mucho. Porque quería entender lo que sentía. Por qué era distinto de mis amigos... Pocos meses