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120 —Sí vámonos a casa.

In document Fragmentos - Grit Jahning (página 120-135)

Las gruesas gotas de lluvia golpeaban las ventanas con un ritmo constante. Una espesa capa de agua resbalaba por el cristal, haciendo borrosas todas las imágenes de fuera.

Unos ojos claros se posaron en la escena del amanecer y luego volvieron a la figura acurrucada en el sofá, envuelta en un albornoz grueso y suave que se tragaba las delicadas curvas ocultas en su interior.

Esto se está convirtiendo en una costumbre, ¿verdad? Una sonrisa afectuosa bailaba en los labios rojos. Pero desapareció al ver la fina venda que rodeaba la frente de Liv. Las dos se habían dado una ducha, pero al no poder dormirse inmediatamente, se habían sentado en el sofá y se quedaron charlando.

La pequeña rubia se había quedado dormida por fin. La cabeza morena se volvió de nuevo hacia la ventana.

Liv había visto su peor faceta esta noche y sin embargo... aquí estaba. Profundamente dormida en su sofá, con una ligera sonrisa en los labios.

Rayne levantó la mano y se tocó sus propios labios, en los que aún sentía el cosquilleo de los delicados besos que se habían dado.

Un suave suspiro.

La alta figura, vestida con pantalones de pijama y una camiseta vieja, se echó hacia delante.

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La pequeña figura se movió. Un leve sonido, pero Liv no se despertó. Rayne sonrió y la sacudió por el hombro con mucha delicadeza.

Nada.

—Eh... dormilona... venga, vamos a ponerte cómoda.

Otro ruido, que sonaba sospechosamente parecido a un gruñido. —Mmm...

Y entonces unos adormilados ojos verdes miraron parpadeando a la mujer más alta y Rayne tuvo que reprimir una sonrisa cuando la nariz de Liv se arrugó al fruncir el ceño. Jo, qué preciosa es.

Liv se incorporó despacio y se pasó las manos por el pelo, intentando acicalárselo un poco.

—Ya lo has hecho otra vez. —Una dulce sonrisa quitó a las palabras cualquier idea de mal humor que pudieran haber transmitido.

Una alegre sonrisa y la cabeza morena asintió. —Sí.

Se sonrieron la una a la otra, disfrutando de su cercanía. —¿Quieres ir a la cama?

—No lo preguntarás en serio, ¿verdad? —Liv sonrió y se levantó.

Se acurrucaron juntas en la cama de Rayne, sin intercambiar palabra. Liv se puso de lado y colocó la cabeza en un hombro oportunamente cercano. Levantó despacio la mano para tocar la tripa de Rayne, en un gesto que se transformó en una suave caricia.

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Los ojos verdes se alzaron y se encontraron con unos sonrientes ojos azules. La pequeña mano se movió de nuevo, esta vez tocando la sonrisa de los labios de Rayne. La pequeña figura se inclinó hacia delante y sustituyó los dedos por unos labios suaves y temblorosos.

Los ojos claros se cerraron y Rayne casi no oyó las palabras que subieron flotando hasta ella en un leve susurro.

—Jag älskar dig.

Movió la cabeza un poco para mirar a Liv. —¿Qué significa eso?

Unos tranquilos ojos verdes la miraron. Luego la cabeza rubia hizo un ligero gesto.

—Significa buenas noches.

La cabeza morena se ladeó ligeramente. —Ah, vale... Buenas noches, Liv.

El silencio se posó a su alrededor y Rayne aprovechó un momento para disfrutar del calor del cuerpo de Liv pegado al suyo.

Del aroma de su champú. Del aroma que era Liv.

Un brazo largo alargó la mano y apagó la luz, dejándolas a oscuras. Los únicos ruidos eran el tictac del reloj, los suaves suspiros de la madera... y el lento despertar de la ciudad allí fuera.

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He pedido un deseo Puedo soñar

Puedo ser lo que quiera ser Sin miedo

De vivir la vida

Y hacer realidad mis fantasías

He aprendido muchos trucos para ayudarme a vivir mi vida Tú me has ayudado a encontrar mi paraíso

Cuando llegaste fuiste como

< estribillo > un rayo de sol por mi ventana eso es lo que eres, mi estrella brillante

un rayo de sol

que hace que me sienta en la cumbre del mundo que me dice que llegaré lejos

Tratando de alcanzar nuevas cimas Tú me has inspirado para que lo intente

He sentido la magia por dentro Y he sentido que puedo volar Miro el mundo con optimismo Tú me has hecho apreciar mi vida Porque cuando llegaste fuiste como

< estribillo >

Tú eres la calma cuando yo soy la tormenta Tú eres la brisa que me empuja a seguir Cuando voy a la deriva, tú me das un ancla

Estás ahí por mí < estribillo >

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ahora

La oscuridad se había posado sobre la pequeña ciudad como una manta suave. Las estrellas relucían a través de las nubes lentas apenas visibles en el terciopelo negro.

Era casi medianoche y la ciudad se preparaba para dormir. Los restaurantes estaban cerrando y las barcas que ofrecían travesías por el lago de Plön ya habían atracado por esa noche. Sus cascos golpeaban los postes a los que estaban amarrados, produciendo extraños ecos en el silencio que iba cayendo. Los ruidos de los coches flotaban por las calles iluminadas por las farolas situadas en las aceras que lo bañaban todo de un cálido tono amarillo.

Algunos paseantes nocturnos, envueltos en gruesos abrigos, seguían caminando por la ciudad rumbo a los pequeños bares que seguirían abiertos. La gente que pasaba las vacaciones en la pequeña ciudad situada cerca del lago y a tan sólo una hora de distancia del Mar Báltico se recreaba en las luces que bailaban sobre el agua. Suaves susurros flotaban por el aire, transportados en la leve brisa que se había levantado y que acariciaba la nieve, creando remolinos en la noche fría.

El ruido de puertas de coches al cerrarse. Risas. Voces alegres. Motores de coches.

Unos claros ojos verdes sonreían a la docena de personas que se preparaban para volver a casa, riendo... bromeando... Había sido una noche estupenda. Se había divertido mucho. Y sin embargo...

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Saludó con la mano a Evelyn y a su amiga, que avanzaban marcha atrás por el camino de entrada para regresar a Lübeck, con la ayuda de las bromas de los demás invitados. Lorenz se había tenido que ir antes porque su turno empezaba a las once.

Liv sonrió.

Pasó casi media hora hasta que casi todos los coches se fueron del pequeño jardín delantero de la casa. El único coche que quedaba era el de Matthias, que estaba ayudando a Corinna a entrar en él.

Unos ojos marrones claros le sonreían y él le robó un beso, meneando las cejas descaradamente. Luego se irguió y miró a la pequeña figura que estaba de pie en los escalones de la casita, envuelta en una sudadera enorme que él sabía que era de otra persona.

Vio el vaho que se formó cuando Liv suspiró.

—Espera un minuto —le dijo a Corinna, y volvió con su amiga. Los claros ojos verdes lo miraron con apacible cariño.

—¿Te olvidas algo, Matti?

Él negó con la cabeza y carraspeó. Sabía que la pequeña rubia había tenido la esperanza de que Ray apareciera esta noche. En realidad, él mismo lo había esperado, pero...

—¿Vas a estar bien?

Una dulce sonrisa y Liv le apretó el brazo.

—Estoy bien, Matti. De verdad. La fiesta ha sido estupenda... Sólo estoy... cansada, eso es todo.

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Vio en sus ojos que no la creía. Junto con... Rayne... era el único que conseguía entenderla con tanta claridad.

La cabeza rubia se ladeó con una mirada cálida y comprensiva en los ojos azules. Ella sabía que, en cierto modo, él la comprendía de verdad. Respiró hondo, pero no dijo nada.

Saboreó la humedad de la nieve en la garganta.

Entonces Matthias suspiró y volvió a abrazarla. Quiería decir muchas cosas, pero sabía que esto era algo entre Ray y Liv. Y tenían que solucionarlo. Pero le hacía daño ver el mismo dolor y sufrimiento en los ojos de ambas...

—Cuídate, ¿me oyes? Liv se echó a reír y asintió.

—Lo haré. Conduce con cuidado, ¿vale? Seguro que la carretera es un horror. —Sí... —Matthias volvió la cabeza hacia la calle—. Vamos a tardar una vida en llegar a Lübeck. Bueno, no es que tuviéramos planes ni nada por el estilo... — Hizo una mueca burlona y esta vez la pequeña rubia le dirigió una sonrisa auténtica y alegre.

Eso le recordó lo poco frecuente que era ya. Cómo la personalidad alegre y abierta de Liv llevaba casi dos años oculta bajo una sombra...

Se puso serio. —Eso está mejor.

Esos ojos verdes lo miraron confusos, pero luego se llenaron de comprensión y Liv bajó la cabeza un momento, colocándose un mechón rubio detrás de la oreja. —Vale... nos largamos. ¡Que seas buena!

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Una sonrisa afectuosa y un gesto de asentimiento fueron la respuesta y se dio la vuelta y se dirigió al coche. Y a los pocos minutos se hizo el silencio de nuevo. Un escalofrío estremeció a la pequeña figura que estaba de pie en el frío, y Liv respiró hondo, disfrutando del frío que le acariciaba la cara y le quemaba la piel. Retrocedió un paso y cerró la puerta tras ella. El calor de la casa le resultó raro por un momento. Echando un vistazo al caos del salón y la cocina, se encogió de hombros y subió las escaleras.

La casa no era grande. Abajo, una cocina y un salón, además de un baño y un despacho pequeños; arriba, dos dormitorios y un baño más grande. No era mucho, pero había sido... de ellas.

Liv se detuvo en lo alto de las escaleras. Cerrando los ojos, se apoyó en la pared, recordando el orgullo de aquellos claros ojos azules...

Ray había tardado casi cuatro meses en dejar el sótano como lo quería.

La pequeña rubia tomó aire temblorosamente y luego los ojos verdes se posaron en la puerta del final del pasillo. En contra de su voluntad, dio unos pasos hacia la pequeña habitación y abrió la puerta.

Al encender la luz, notó que le empezaban a temblar las manos. Hacía casi tres meses que no entraba en esta habitación... La recibieron unos vivos colores. La habitación era alegre y llena de vida.

—Oh, Dios... —Fue un susurro desesperado al tiempo que le fallaban las piernas y se desplomaba en el suelo, hecha un ovillo sollozante. La pequeña figura se estremecía por las lágrimas... todo su cuerpo estaba contraído por la fuerza del llanto—. Oh, Dios... por favor, Rayne, te necesito...

Fuera se empezaban a acumular las nubes, formando un muro sólido de gris pálido, y a los pocos minutos caían delicados copos flotando a través de la noche.

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Posándose en cualquier superficie, cubriéndola de una capa de inocencia... pero incapaces de enterrar los recuerdos. O el dolor...

No había mucho tráfico en la pequeña carretera que llevaba a Plön. La máquina quitanieves había pasado por esta carretera hacía unas cuantas horas, pero todavía se podía circular por ella.

Por el momento no había nada salvo silencio. El bosque que bordeaba la carretera estaba inmóvil y apacible. Se podría pensar que la nieve se había tragado todo el ruido y sólo había dejado silencio.

El viento frío que soplaba y acariciaba las ramas de los árboles desnudos era gélido y estaba congelando la nieve que cubría los árboles y el suelo y que relucía alegremente cuando le daba alguna luz.

De repente, la quietud quedó interrumpida por el ruido de un coche al detenerse. Luego la puerta del coche se cerró, con un sonoro eco a través de la noche, seguido del crujido de unas pisadas que avanzaban por la nieve helada.

Un vaho caliente flotaba en la oscuridad. Un suspiro.

Y unos ojos claros que miraban a través del claro que había delante, hacia la insinuación de luz en el horizonte que era Plön.

Rayne se abrazó a sí misma. El frío penetraba fácilmente la gruesa camisa que llevaba. Se había dejado el abrigo en el coche. Pero le daba igual.

De todas formas, no temblaba de frío. Estaba asustada.

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¿Cuántas veces había estado en esta carretera en los dos últimos años? Y siempre se había detenido al llegar a este punto. Se había quedado aquí durante horas mirando hacia Plön a través del claro del bosque.

Y todas las veces había dado la vuelta y había regresado a Lübeck. Incapaz de dar el último paso. O el primero, en realidad...

No sabía si sería capaz de mirar esos ojos verdes y no ver... Un suspiro tembloroso. No ver el calor y el amor que siempre había visto en ellos. La expresión delicadamente divertida y la risa suave. Esa voz dulce que le llegaba al alma.

De algún modo había sido más fácil mantenerse lejos. Pero también le había hecho mucho más daño.

Detrás de ella pasaba otro coche. El silencio aumentaba el ruido.

La alta figura se estremeció y Rayne aspiró hondo el aire frío, notando cómo le quemaba la garganta.

Recordar la primera vez que durmieron juntas en la misma cama tampoco la había ayudado esta noche. Dios... había sido casi mágico. La sensación del cuerpo pequeño y cálido entre sus brazos. Para ella había sido tan natural como respirar.

Y despertarse aquella mañana...

A su pesar, Rayne notó que se le formaba una leve sonrisa en los labios.

Echó la cabeza hacia atrás. El viento bailó a través de su melena negra, echándole mechones sueltos por la cara. Los ojos claros contemplaban los puntos de luz que centelleaban en lo alto.

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Despertarse aquella mañana había sido igual de mágico...

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entonces

El pequeño gorrión sacudió el cuerpecillo. Desplegando las alas, alzó el vuelo y flotó en la fuerte brisa por encima de la ciudad. Sus ojillos oscuros observaban las siluetas de los edificios de debajo.

Las torres de las iglesias se alzaban por encima de la ciudad. Sus tejados relucían bajo la luz que las acariciaba, junto al antiguo Rathaus y el mercado que ahora seguía vacío y en silencio, pero que dentro de unas horas estaría ajetreado y lleno de gente.

En estas primeras horas de la mañana no se oían ruidos fuertes y sólo algún que otro coche. Ladridos de perros. De algún lugar lejano el suave sonido de una música.

El pajarillo se posó en el alféizar de una ventana y volvió el pecho hacia el sol, capturando los primeros rayos de luz que besaban los tejados de la ciudad dándole los buenos días.

Volvió la cabeza y sus ojos oscuros atisbaron por las ventanas junto a las que estaba posado.

Los rayos de luz avanzaban por la alfombra... acercándose despacio al fondo de la estancia, tocando un montón de ropa de cama y unos cuerpos cálidos, haciendo cosquillas en los dedos de unos pies destapados.

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Unos ojos claros miraron hacia la ventana, parpadeando adormilados. Una ligera sonrisa se dibujó en los labios rojos al ver al pajarito que se estaba inflando. Una bola suave de plumas y ojillos oscuros.

Rayne soltó el aliento despacio. Sin dejar de sonreír, volvió la cabeza hacia el pequeño cuerpo totalmente pegado al suyo más alto.

Liv apenas se había movido en toda la noche. Un brazo seguía rodeándole la cintura con gesto posesivo y la cabeza rubia descansaba cómodamente sobre su hombro.

Unos cuantos mechones rubios le caían sobre la cara, acariciando los delicados rasgos.

Una mano larga se acercó y Rayne los volvió a colocar en su sitio, maravillándose por la suavidad del pelo.

Un suave suspiro.

Dios. Era increíble lo bien que se sentía al tener a Liv en sus brazos. Rayne respiró hondo y aspiró el aroma del cuerpo caliente por el sueño. Sintió un cosquilleo cálido que le subía por todo el cuerpo.

Colocó los brazos en una postura más cómoda alrededor del pequeño cuerpo, depositando un beso en la cabeza rubia.

Cerrando los ojos, se dejó flotar en la sensación que se estaba apoderando de ella.

—...te amo... —No fue más que un susurro. Un suspiro ahogado por el roce de las sábanas.

Rayne no sabía cuánto tiempo llevaba allí echada, en un punto entre el sueño y la vigilia, disfrutando simplemente de la quietud de la mañana y la sensación del cuerpo de Liv en sus brazos.

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Por la ventana los suaves tañidos de las campanas de las iglesias se colaban en la habitación. Empezó una y luego las demás iglesias de la ciudad se unieron a los pocos segundos. Un coro de campanas profundas y reverberantes.

El pálido azul del cielo se transformó poco a poco en un azul claro por el que se movían nubes esponjosas.

Fue la clara sensación de estar a salvo lo que acabó despertándola. Y el sueño de encontrarse en un abrazo fuerte y delicado se hizo realidad al notar el movimiento de los brazos de Rayne a su alrededor.

Liv estuvo un buen rato sin moverse. Todavía no quería romper el hechizo en el que se había despertado. El olor de Rayne la rodeaba y lo aspiró profundamente. En sus labios se formó una sonrisa.

Un corazón fuerte y firme latía bajo su oreja y volvió la cara ligerísimamente para hundirla en el cuerpo suave y cálido al que estaba pegada. Soltó un lento suspiro.

—...Dios, me encanta despertarme así...

Fue sólo un leve susurro, pero oyó que el corazón que tenía tan cerca se paraba un instante y volvía a latir al doble de velocidad, y se dio cuenta de que Rayne ya estaba despierta.

Por un momento ninguna de las dos se movió, pero por fin ella levantó la cabeza. Y se quedó mirando unos atónitos ojos azules claros. Unos ojos que relucían con tantas emociones que por un momento se quedó sin respiración.

—...hola...

Las bellas facciones sonrieron dulcemente. —...hola tú...

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Durante una pequeña eternidad no hubo nada salvo ellas dos. Y el mundo era sólo el espacio que compartían sus cuerpos...

Rayne alzó la mano y acarició los mechones rubios, tragando al ver que esos ojos verdes se cerraban y al notar que Liv se pegaba más a la caricia.

—Eres preciosa.

Los ojos verdes se abrieron parpadeando y la miraron sorprendidos. Y entonces un ligero rubor se extendió por esas bellas facciones.

—Gracias. —Un leve susurro y Liv bajó la mirada.

Pero la mano delicada que le acariciaba la cara volvió a subirle la cabeza para que mirara a unos ojos repentinamente serios.

—Lo eres.

Sonrió y sintió que el cuerpo que tenía debajo se relajaba. Y también se dio cuenta de lo pegadas que estaban. De la respiración acompasada de Rayne. De la forma en que esos ojos claros se oscurecían de repente...

Se encontraron a medio camino. Sus labios se tocaron con una suave caricia que poco a poco... muy despacio, se hizo más profunda.

Rayne sintió que todo su cuerpo cobraba vida al notar que Liv se pegaba aún más a ella, y sus manos emprendieron una exploración por su cuenta, moviéndose por debajo de la camiseta que llevaba Liv, acariciando su piel cálida

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