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En La Biblioteca

In document Si Fueras Mia (página 31-39)

Cuando despierto no ha amanecido del todo.

Mis padres aún duermen. No sé a qué hora llegaron pero es evidente que alguien se tomó la molestia de arroparme.

Busco el móvil para revisar mis redes sociales antes de que llegue la hora de arreglarme, al encenderlo soy acribillada por 15 mensajes de Vero, todos peguntando a donde me había metido.

Admito que fui una grosera con ella, aparte de plantarla le había gritado… y no se lo merecía, Verónica no solo era mi mejor amiga, era la única, desde siempre. Ya me disculparía con ella, llegando al colegio.

Sus mensajes me trajeron el recuerdo del almuerzo, de Marcela Navarro, y sonreí tontamente al pensar en ella.

Pero me equivoqué al pensar que esa comida de alguna manera había establecido un lazo entre nosotras. Las dos semanas siguientes no dio la más mínima señal de recordar el almuerzo, incluso empezaba a dudar que hubiese estado con ella es ese restaurante, tal vez tenía una hermana gemela… o tal vez el cansancio me había hecho alucinar. No le tomó mucho hacerse muy mala fama en el colegio. Pronto se convirtió en la profesora más odiada, tanto por sus alumnos como por aquellos que habían escuchado las aterradoras narraciones de sus clases, de sus complicados interrogatorios, de los insufribles exámenes orales y por supuesto de nuestra más grande pesadilla, los ensayos. Y peor parte es que el resto de los maestros trataban de imitarla, no les hacía gracia que una profesora recién llegada se hubiese ganado el respeto absoluto de todos los estudiantes o el temor, como se le quiere ver a lo que Marcela Navarro inspiraba en sus pupilos, que se paseaban de un lado a otro con el rostro detrás de un libro o garabateando las líneas de algún ensayo que tenían pendiente. Honestamente a mí me intimidó desde el principio pero a medida que avanzaban los días la profesora Navarro iba despertando otras cosas en mí. Aparte de ser una mujer indudablemente hermosa, también era inteligente, ingeniosa y elegante. Mientras hablaba en las clases yo no podía hacer nada más que contemplarla con fascinación. Ella

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tenía un poder especial para atrapar toda mi atención y mantenerme embobada, aun cuando no estaba frente a mí.

—Pero si ayer conté 100 más… —le gritó Vero a su libreta después de contar por quinta vez el total de palabras que llevaba hasta ese momento.

—Tal vez se te quedaron en el salón —me burlé. —ja-ja-ja ¿Cuántas llevas tú?

Me encojo de hombros.

—Pasaré toda la noche trabajando en eso. —Es una reverenda estupidez —se queja. La vieja bibliotecaria carraspea molesta.

— ¿qué? —pregunto en un susurro mientras ojeo unos libros que alguien ha dejado sobre ese escritorio.

—Este ensayo a mano ¿Cuál es el caso?

—Revisar la ortografía —respondo con obviedad. —Para joder diría yo.

La bibliotecaria vuelve a carraspear molesta, al mismo tiempo que mi amiga lanza un furioso bufido y vuelve a su labor de contar palabra por palabra. En lugar de estar contando debería ponerse a escribir, pero prefiero guardarme mis pensamientos. No anda de muy buen humor, últimamente nunca trae humor. Me he percatado que Marcela Navarro le jode hasta un punto que no puedo comprender. Jamás ha parecido que trae nada en su contra, la profesora le ha dado a mi amiga el mismo trato que a todos.

Inesperadamente comienza a guardar lapiceros, cuadernos y libros en su mochila.

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Ella ha guardado todo pero continua sentada frente a mí. —No soporto esta idiotez ni un segundo más.

—El trabajo es para mañana —le recuerdo. —Y tú ni siquiera lo has empezado.

—Ya te dije que he decidido no dormir esta noche y terminarlo…

—No importa… si decides hacerlo o no… tendrás la calificación más alta, como siempre…

—Se me da bien la escritura —le digo encogiéndome de hombros. Hay una rara sombra en sus ojos pero no logro interpretarla.

— ¿Segura que es por eso?

Desde que discutimos en medio de mi cocina no habíamos vuelto a mencionar que la profesora Navarro me había llevado a casa, pero algo me decía que en esos momentos Verónica quería conducir la conversación hasta ese punto —¿Qué tratas de decirme? —pregunto a la defensiva.

Ahora es ella quien se encoje de hombros.

—No sé… solo he pensado mucho… tú la defiendes menudos, justificas todas sus locuras, me he dado cuenta no soy tonta… Y luego ella te favorece en la notas…

—¿Qué estas tratando de decirme? —vuelvo a preguntarle alzando la voz más de lo necesario.

Ella evita mirarme.

—Me da la impresión de que se traen un acuerdo… como un rollo raro… — ¿Un rollo? —Pregunto entre asqueada y molesta —Ella no me favorece en nada, estudio mucho y trabajo duro para entregarle tareas más o menos decentes, pongo el mismo empeño en todas mi materias… pero la literatura se

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me da. Y si la defiendo es porque tú la juzgas por todo, de loca y bruja no la bajas y te cuesta reconocer que en estas semanas has aprendido con ella más de lo que pudiste aprender en la primaria y la secundaria. Estas siendo muy egoísta Vero.

Ella niega con la cabeza varias veces, parece que quiere decir algo pero no encuentra las palabras correctas.

—Justo lo que te digo, nunca te quedas sin argumentos si se trata de la profesora Navarro… pero un día no tendrás justificaciones que valgan, para defenderla...

—Señoritas —dice una ronca detrás de mí— me hacen el favor de ir a discutir en la cafetería.

Sin esperar a que respondamos la vieja bibliotecaria me toma del hombro para que me levante. De inmediato tomamos nuestras mochilas.

—Acaba de interrumpir una buena telenovela.

Alguien aparece entre los estantes hablándole a la anciana. Este es un sueño, tiene que ser una pesadilla.

—Buenas tardes profesora Navarro —saluda la vieja— creo que necesito un cartel de guardar silencio un poco más grande.

—Castigaré a un par de alumnos y se los enviaré para que encarguen de ello —sus ojos negros se mueven directo a Vero —Señorita Hernández venga conmigo.

No espera una respuesta y comienza a alejarse, mi amiga duda unos segundos antes de seguirla y me quedo como estúpida viéndolas marcharse. Ahora si Vero estaba en problemas. Salgo de la biblioteca convertida en un manojo de nervios. Camino despacio hasta el salón de literatura, cerca de allí está una pizarra con las actividades extraescolares, finjo verla mientras trato de percibir algún sonido que se escape de esa puerta.

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Me giro. Evelyn una muchacha medio gótica está detrás de mi mirando las múltiples actividades.

—No, todavía no me pongo de acuerdo con Vero para matricularnos en una… siempre estamos juntas.

—¿La estas esperando?

—No debe tardar ¿tú ya te anotaste en algo? —Está en problemas —dice ignorado mi pregunta. —¿De qué hablas?

—No te hagas, la vi entrar a ese salón y la profesora tenía una cara… ¿andaba alzándole la falda a las de primero o qué?

Me alejo molesta escuchando su risa divertida.

Siempre han molestado a Vero. Mi amiga es un tanto ruda y muy poco femenina por lo que han corrido varios chismes en los pasillos del colegio. Incluso en primer año todo creían que ella y yo teníamos una especie de romance.

Estoy alejándome del pasillo cuando escucho que alguien azota una puerta, me giro de golpe.

Mi amiga camina furiosa hasta mí y la chica gótica la mira intrigada. — ¿Qué pasó? —le pregunto.

—Me soltó uno de sus tontos sermones. — ¿Y…?

— ¿Y qué?

—¿De qué será tu ensayo? Te puedo ayudar, enserio… —No me pidió ningún estupido ensayo.

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—Entonces te fue bastante bien. Mi amiga se encoje de hombros.

—Es una imbécil. Ya verá quien ríe a lo último.

No importa cuánto le insista ella no dice nada más de Marcela Navarro por el resto de día. Me da la impresión de que sabe algo de nuestra profesora, pero no consigo que diga nada. Lo único que suelta es una inquietante frase “Aléjate de ella” y eso hace que mi curiosidad se multiplique.

No solo quería, si no que necesitaba saber de ella. Saber las cosas que conocía Vero y más, pero en esa escuela nadie había estado lo suficientemente cerca de la profesora Navarro como para tener información personal.

Voy hasta mi lugar favorito, bajo la sombra de un enorme árbol, y saco mi móvil.

Pasando los dedos sobre la pantalla abro el WhatsApp, en medio de mis contactos está el número de David, casi no le enviaba mensajes y cuando lo hacía era para preguntarle sobre Vero, porque su hermana no atendía el teléfono.

¿Qué se supone que tenía que escribirle?

“David necesito información sobre la profesora Navarro porque tu hermana no quiere decir nada”. Si ponía algo así él como mínimo iba a dejarme en visto y luego me agregaría como “La loca” en su lista de contactos. Si no es que ya lo tenía así.

Paso un buen rato pensando y otro más mirando embobada su foto de perfil. Finalmente me decido a teclear.

>>Hola

Envío el mensaje antes de pensarlo dos veces y arrepentirme. Paso un buen rato esperando que dé señales de vida

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Leo su respuesta un millón de veces, ¿y ahora qué? >> Genial y a ti.

Esa clase de conversaciones jamás conducían a nada.

>>Descansando, acaba de terminar el entrenamiento. Jugaré el sábado en contra de tu escuela.

>>Enserio. Qué bien! Mucha suerte. >> ¿Irás al partido?

>> No lo sé, no sé mucho de soccer. >>Va a ser muy divertido.

Esa conversación cada vez estaba más lejos de Marcela Navarro.

Tenía que encontrar la manera de llegar hasta mi punto sin encender los focos de alerta en David para que luego le contara a su hermana que anduve indagando.

>>En realidad tengo mucha tarea. Mi nueva profesora de literatura es medio bruja.

Apareció una palomita al lado de mi mensaje, luego dos y al instante se volvieron azules.

>> Ya Vero me habló de ella.

>>Si, tengo que hacer su tarea, ya sabes cómo es, escuché que te dio clases ¿no?

>>Tuve que volver a cursar su materia. Pero no creo que tú tengas tantos problemas con ella…

>> ¿Por qué? Ella es igual de cruel con todos. Mis dedos tiemblan al enviar el mensaje.

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>>No creas, siempre tiene sus prioridades... Espero que siga escribiendo, pero no añade más. >> ¿A qué te refieres?

Su respuesta es corta, contundente... >>A ella le van bien las jovencitas.

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