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No Me Imagino Sin Ti

In document Si Fueras Mia (página 106-117)

Leo toda la noticia una, dos… más veces de las que puedo recordar pero las necesarias para saber de memoria al menos la mitad del reportaje.

No sé cuánto tiempo paso mirando la pantalla, esperando que todo eso desaparezca de pronto, descubrir que estoy alucinando, que es una mala broma, que es un sueño.

Pero la noticia sigue ahí, las palabras que el reportero usó hacen eco en mi habitación. Y lo que siento no se puede resolver apretando los puños.

Cierro la laptop con fuerza y la lanzo contra la pared. Me levanto y de un manotazo tiro el caballete donde estaba a medio el hacer el dibujo de un paisaje en calma. Pateo las latas de pintura salpicando con mil colores la alfombra. Golpeo la pared con fuerza hasta que mi mano enrojecida y ensangrentada es incapaz de seguir respondiendo a mi furia. Pero el dolor físico no es suficiente para aplacar mi rabia, salgo de casa azotando la puerta y comienzo a correr, en algún lado leí que el ejercicio era bueno para apaciguar la ira. Pero esta me persigue hasta un pequeño parque a seis cuadras, necesito calmarme, me siento cansada, adolorida, con ganas de asesinar a alguien y mi mano clama por atención.

Intento levantarla, mover los dedos y revisar los daños. Pero es inútil, una lagrima se escurre por mi mejilla, duele como el infierno, y no es lo único que me está torturando. Me siento sobre el pasto a espaldas de un viejo árbol. Ahora solo quiero llorar, levanto las rodillas y recargo mi frente en ellas adoptando una posición fetal. Necesito calmarme, alejar mis pensamientos de todo aquello que me lastima, pero parece imposible, el dolor en mi mano es un recuerdo latente de aquel reportaje sobre Marcela Navarro.

Ella me dolía. Me dolía haber flotado en su nube, que no era más densa que el humo de un cigarrillo y ya se había disipado, tal y como llegó, sin que yo tuviera tiempo para meter las manos o intentar defenderme. Aunque siendo realistas, allí, a miles de kilómetros sobre la tierra, era imposible hacer nada por mí misma.

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No quería definir con palabras porque Marcela Navarro me afectaba de esa manera. No quería exponer la realidad ni siquiera ante mi misma porque podía escucharse ridículo y también en gran medida por que todas las expresiones que conocía para hablar de lo que sentía por mi profesora me parecían demasiado pequeñas, huecas.

Solo sé que hay personas que no son para ti, personas que sencillamente no son para nadie, y la profesora Navarro era una de ellas.

— ¿Ana? —una voz que acaricia las letras de mi nombre cada vez que lo pronuncia llegó hasta mis oídos.

Primero creí que era un sueño, una maldita pesadilla. Así que decidí ignorarla. —Ana, ¿qué ocurre? —insistió.

Levante la cara, con los ojos ardiendo y mis mejillas húmedas.

Ella se quedó petrificada una fracción de segundo, pero inmediatamente después se inclinó a mi lado. Intentó tocarme pero rápido me hice a un lado y no volvió a intentarlo de nuevo, se limitó a estudiarme con la mirada y sus ojos no tardaron en localizar mi mano amoratada y temblorosa.

— ¡Por Dios…!

Por primera vez la veía con el pelo recogido, unas gotas de sudor resbalaban por su largo cuello y vestía con ropa deportiva que acentuaba más su perfecta figura. Era más que evidente de dónde provenía su talento para engatusar a chicas que tenían casi la mitad de su edad.

Ella se sentó cerca de mí. Quiso tocarme pero de nuevo la evadí.

— ¿Qué pasa Ana? —susurró con tanta ternura que por un segundo creí que le importaba la respuesta.

Pero la voz en mi cabeza volvió a recitar las partes más dolorosas del reportaje. —Quiero estar sola.

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Me miraba fijamente. Sus ojos me habían parecido el cielo, el inferno, y mundo planos con extremos peligrosos. Pero ahora, justo en ese momento yo no podía ver en ellos más que una inmensa oscuridad que succionaba todo a su paso.

—Ana habla conmigo, por favor.

Intenté levantarme para huir lejos de ella, de su belleza, de sus endemoniados ojos, pero me detuvo sosteniéndome de los hombros.

—Tiene que verte un médico.

Clave mi vista en unos niños que perseguían mariposas.

—Ana ¿Qué pasa? —Insistió acercándose a mí y acariciando mi mejilla— Si tienes problemas déjame ayudarte.

La miré, pude percibir en ella preocupación y…. ¿dolor? —Déjeme en paz…

—Te estuve buscando a la salida ¿Por qué no me esperaste como quedamos? Siento sus manos recorrer con ternura mi rostro. ¿Por qué no la busqué? ¿Por qué no me fui con ella? Hubiese pasado esa tarde disfrutando sus caricias, sus besos que tanto anhelaba. Sin sospechar la verdad, sin imaginármela, sin el más mínimo interés por saberla. Flotando en ese punto donde solo ella me podía elevar.

Así como había hecho con tantas otras…

— ¿Por qué ya no trabajas en la universidad?

Apartó sus manos de mí y por su expresión parecía que alguien le había lanzado un balde de agua fría. Esta vez fue ella quien dirigió sus ojos lejos de los míos. Tardó un par de minutos en responder, y tuve la sensación de que en esos dos minutos cabían varias eternidades.

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Mi silencio fue elocuente.

—Es cierto —parece avergonzada— me relacioné con algunas de mis alumnas. Habló despacio, como si midiera sus palabras y si de alguna forma yo esperaba estar preparada para su respuesta me había equivocado, en alguna parte de mí aún conservaba la esperanza de que todo hubiese sido un mal entendido, un chisme, pero ella lo estaba confirmando todo.

Apreté los puños, imaginar a Marcela Navarro con alguien más me convertía en presa fácil de una furia cegadora.

—Yo te respondí, ahora tengo derecho a que tú me respondas ¿qué te pasó en la mano?

Me debatía entre gritarle, fracturarme la otra mano dándole una bofetada o salir corriendo lejos de ella. Al final decidí responderle.

—Me golpee accidentalmente la mano con la pared —susurré. — ¿¡Qué!? Esta loca, ¿Por qué…?

—Es mi turno de preguntar —la interrumpí con frialdad— ¿Cuántas alumnas? Ahora era ella la que parecía querer abofetearme. Pero también se contuvo y me respondió.

—No lo sé —comentó pensativa— honestamente no puedo decirlo… pero eso no importa… termino…

— ¿Cuántas? —tengo los dientes apretado para no gritar. —No lo sé.

— ¿Tantas eran que no puedes recordar?

Cierra los ojos y respira profundo, está perdiendo la paciencia, pero yo no tengo fuerzas para contenerme.

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—Tranquila, tomate tu tiempo para contarlas a todas… —era consciente del filo en mis palabras.

—Por Dios Ana, trabajé en la universidad mucho tiempo… fueron 15 las que declararon pero…

—Se trataba de muchas más —termino su frase con la misma frialdad. Realmente deseaba abofetearla.

— ¿Cuántas veces te golpeaste accidentalmente?

Miré mi mano que parecía un pedazo podrido de carne. —También más de 15.

Cerré los ojos. Me sentía sin fuerzas y el dolor no hacía más que crecer. —Déjame llevarte al doctor —suplicó.

Sentí sus manos atrapar mi cuerpo, su calor envolverme, su aroma hipnotizándome, sus labios besando mis mejillas bañadas por las lágrimas. No dije nada, ella me ayudó a levantarme y de nuevo me abrazó por la cintura. Tomamos un taxi y cuando estuvimos dentro recargué mi cabeza en su hombro, dejando que su apacible respiración me tranquilizara. Lo sabía, estaba tomando la mano del diablo, vendiéndole mi alma por un contrato lleno de huecos donde terminaría por hundirme de un momento a otro.

Mis padres entraron al consultorio con paso firme y hablando con un nivel más elevado del necesario.

Primero me miraron a mí con preocupación, pero luego dirigieron su atención al doctor que calificaron de incompetente y al final se percataron de la presencia de Marcela. Mi mamá la miró como si fuera un gusano asqueroso

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que se arrastraba sobre sus botas y mi papá parecía dispuesto a sacarla a patadas de allí.

Al parecer todos en el lugar estaban actuando una película y yo era la única que no tenía la jodida de lo que pasaba a su alrededor.

— ¿Qué te pasó Ana? —preguntó mamá cuando mi padre saco a Marcela para hablar afuera.

— ¿No me digas que van a interrogar a mi profesora porque yo tuve un accidente?

—Déjaselo todo a tu padre.

—No hay nada qué él tenga que hablar con Marcela. — ¿Sabías que ya la había detenido?

— ¿Mi papá fue quien la metió a la cárcel?

—No estuvo en la cárcel —me corrigió— se metió en muchos, problemas, y fue detenida mientras se hacían las averiguaciones, pero al final salió bien librada.

—Porque era inocente, no pueden estarla acosando…

—Si podemos y más si estaba contigo —volvió a corregirme— ella salió libre no porque fuera inocente, sino porque era lista. Sabía cubrir sus huellas, mentir, manipular. Toda mi vida he tratado con criminales. Marcela Navarro se mantenía en la raya, pero a fin de cuentas todos en esa línea terminan perdiendo el equilibrio y caen hacía un lado. La minoría se corrige pero los que no un día terminan esposados y hundidos hasta el cuello.

— ¿Eso qué significa?

—Que más le vale alejarse de ti ¿Si sabes por qué estuvo presa? Bajé la vista.

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—Por tener relaciones con algunas de sus alumnas —murmuré despacio repitiendo no solo sus palabras si no también su forma de decirlo.

—Así es, y a tu padre no le gustan mucho las personas que juegan con otras — comentó amenazante —hace tiempo que está buscando un motivo para encarcelarla y más cuando supo que entraría a trabajar en tu escuela.

Tragué saliva.

—Ella no ha hecho nada malo. Sus ojos van hasta mi mano. —Ella no me hizo esto…

—No estaría respirando si así fuera —dijo mi padre entrando de nuevo al pequeño consultorio.

— ¿Dónde está?

Pero en ese momento el doctor comenzó con su insoportable parloteo. Me dió algo para el dolor, me mandó a hacer una placa y me puso una venda. Intentó averiguar cómo había pasado, al regresar a casa mis padres también lo intentaron, como no tuvieron éxito decidieron hacer la investigación por separado. No les dije una sola palabra. Pero al ser detectives dedujeron que algo me había enfurecido. Vieron el desorden en mi habitación y marcas en la pared. Supieron que yo misma me había provocado las lesiones, y llegaron a varias conclusiones, la que menos les gustó fue la que implicaba a mi profesora.

La había metido en problemas y lo sabía, después de todo ella nunca había intentado propasarse conmigo, nunca demostró tener segundas intenciones, ni mucho menos me dio motivos para que me encariñara. Yo fui quien la buscó. Todo había sido culpa de una gama de pensamientos y sensaciones que se mezclaron, creando accidentalmente una emoción para la que yo no estaba preparada, una emoción que me tomó por sorpresa y que dio señales de vida, no cuando la besaba si no mientras pasaba las letras del jodido reportaje.

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Llorando, imaginándola con alguien más, viendo la culpa en su mirada. Lo entendí todo, entendí mi necesidad de ella, entendí mi deseo, entendí mis ansias… entendí que la amaba.

Eso era a lo que me había negado, tal vez llegó desde el primer momento que la vi entrar al salón, tal vez llegó desde mucho antes de conocerla. A fin de cuentas era amor, en eso no cabían explicaciones.

Mis padres se cansaron de preguntarme y me dejaron sola pero los conocía lo suficiente como para saber que tenía que alejarme de Marcela Navarro.

Las pastillas que me recetó el medico no sólo tuvieron éxito con el dolor, sino que además me dejaban medio atontada, por lo que esa noche no me costó quedarme dormida. Y ese sueño realmente fue reparador, al despertar mi único dolor era físico y en escala del uno al diez podía darle un tres, en cuanto a todo lo relacionado con mi profesora, ahora podía pensar con claridad. No había razones para culparla de nada, y si mis padres lograban implicarla en cualquier cosa yo podía alegar su inocencia y lo haría, si era necesario lo gritaría ante ellos, lo gritaría ante los abogados, lo gritaría en la corte y a los periódicos y a todo aquel que se atreviera a acusarla. Para empezar, como primer acto oficial en su defensa tendría que alejarme de ella. El sólo pensamiento aplastó mi corazón como a una hoja de papel y me di cuenta de que pese a lo firme de mi empeño estar lejos de mi profesora sería insufrible. Busqué mi móvil para poner música y me encontré con cinco llamadas perdidas de Marcela Navarro, respiré hondo y las borré todas. Conecté mi teléfono al estéreo donde empezó a sonar "No Me Imagino Sin Ti" de El Tren de Los Sueños, la canción difícilmente podía ser más adecuada.

Cuando salí de la ducha el reloj me señaló justo el tiempo que necesitaba para desayunar rápido y salir a tomar el autobús. Era un día realmente terrible, densas nubes negras se arremolinaban en el cielo y amenazaban con dejar caer su ira sobre la ciudad en cualquier momento.

— ¿Vienes conmigo?

Un Ford blanco se detuvo frente a mí, ni siquiera lo había visto llegar, era como si de pronto se hubiera materializado en la calle.

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Di un paso atrás.

—Esperaré el autobús —susurré.

Ella me miró sin poder creer que la hubiese rechazado. —El día pinta fatal...

—Llegaré puntual a clases si eso es lo que le preocupa —dije cortante mirado a todos lados para cerciorarme de que mis padres no estuvieran espiando. —No, eso me da igual lo que me preocupa es que no llegues nunca —dijo y salió de su auto— los autobuses ya de por si son peligrosos, pero lo son aun más en días como este.

—Lo dice porque no conoce a los conductores.

—Ni me interesa conocerlos, lo único que me importa es que estés bien. Mientras lo decía se acercó a mí. Demonios, ¿cómo es que no podía notar lo mal que me ponía tenerla tan cerca? ¿Por qué no se daba cuenta que yo la ponía en peligro?

—No quiero meterla en problemas.

Me observa atenta. Su mirada penetrante parece traspasar mi mente y leer mis pensamientos.

—No me asusta tu padre —me confiesa como si de verdad hubiera leído mi mente.

—Debería. Él quiere que vaya a prisión. —Tampoco me asusta la cárcel.

Me acaricia la mejilla y yo tiemblo como una maldita hoja seca que está apunto de desprenderse de su árbol.

—Mi único temor es que te pase algo malo —susurra y besa suavemente mi mejilla—quiero protegerte y sé que tu harás lo mismo por mi ¿Me equivoco?

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Muevo la cabeza de un lago a otro.

—Yo no voy a dejar que la lleven a la cárcel. —Entonces ven conmigo.

Subí a su auto con una sensación extraña en el estómago, como si estuviera montándome en otra nube, una más alta que la anterior.

—Lamento no haberte dicho.

— ¿Decirme que? —le pregunté confundida. —El lío legal en el que estuve implicada. —Ha claro —solté nerviosa.

— ¿Fue un arranque de celos?

—Para nada —mentí— forma parte de su vida privada.

—Así es —me espetó— pero aun así lamento que te hayas enterado por otro medio que no fuera yo misma. Por supuesto que hubo oportunidades para que te lo dijera pero no soy muy de andar pregonando mi vida privada.

—Entiendo. No estaba molesta por eso, quizá un poco confundida pero es todo… — mentí de nuevo.

El semáforo cambió y tuvo que detener el auto.

—No quiero que me odies por lo que sabes de mí —murmuró — y menos que nada quiero que te alejes.

Sus palabras detuvieron mis latidos, mi respiración y cambiaron el curso de mis pensamientos, que se estamparon directo en sus labios.

De nuevo puso su atención en el camino y avanzó lentamente detrás de una larga hilera. Pero yo no pude quitarle mis ojos de encima.

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Ayer descubrí que la amaba, hoy no tenía dudas, la estaba deseando como nunca. Así, tal y como estaba todo, con lo complicada que era la situación, la estaba deseando a ella, pese a ser mi profesora de literatura, pese a que me llevaba varios años en edad y un millón de eternidades en experiencia. La deseaba y no me importaba en lo más mínimo que ella fuera una mujer... y yo también.

Cuando finalmente logré dejar de verla y miré al frente me di cuenta que conducía sobre unas calles que no llevaban al colegio...

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