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Necesito De Ti

In document Si Fueras Mia (página 71-79)

No puedo mover mi cuerpo, o más bien no quiero. Siento que estoy en una nube demasiado alta como para arriesgarme a caer. Tengo miedo pero también estoy feliz. Es una combinación absurda. Pero si uno lo piensa bien, todo en este mundo es absurdo, las razones de nuestra propia existencia son demasiado ridículas para ser tomadas enserio y contra todo pronóstico aquí estamos, flotando en un universo sin fin.

Paso el resto de la tarde suspirándole a mi habitación vacía recordando el almuerzo junto a mi profesora, recordando sus gestos, su sonrisa, su mirada… Dios, era demasiado perfecta para ser real.

Y saldría esa noche, no quiero ni pensar en qué plan, con la estúpida meserita de pacotilla. Mis pensamientos comenzaron a dirigirse por un camino que me trastornaba.

Como mi único escudo busqué mis auriculares y dejé que las canciones me envolvieran, era imposible que la profesora saliera de mi mente, pero al menos me deshice de su amiguita.

Cerré los ojos, escuché dos álbumes enteros de Melendi antes de que se abriera la puerta de mi habitación con la fuerza de un tornado.

—… tengo un buen rato llamándote —alcancé a escuchar su reprimenda mientras me quitaba los audífonos.

—Perdón yo…

Ella se sentó en la cama a mi lado.

—Necesito saber qué pasa con Verónica. Vaya, otra que no se andaba por las ramas.

—Nada mamá. Ya lo dije en la oficina del director, yo no la besé. Ella suspira tratando de apaciguarse.

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—No hay nada malo si lo hiciste… —No la besé.

—Confía en mí…

—No, mejor tu confía en mí, no la besé… ella y yo… somos amigas, nada más. No me interesa de otra forma.

—Bien, te voy a creer, solo quiero que sepas que tu padre y yo te apoyamos, incondicionalmente en cualquier cosa. Vamos Ana, tu puedes contarme lo que quieras…

Una fugaz visión de Marcela Navarro me nubla la vista. —Ya lo sé mamá.

Ella no se va, me mira en silencio, hay algo en su forma de verme que no me gusta para nada.

— ¿Qué tienes? —se decide a preguntar. —Nada —respondo rápido.

Se levanta y comienza a caminar por mi habitación, ni siquiera pone mala cara al ver manchas de pintura sobre la alfombra, por lo que concluyo que está buscando algo, algo que le diga lo que yo me niego a confesarle.

Contempla la pintura sin terminar. —Llevas mucho tiempo con esté ¿no? Asiento.

—Casi no he tenido tiempo de pintar… ya sabes, mucha tarea.

—La profesora de literatura—lo dice como si esa fuera la explicación a los problemas del mundo entero.

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—¿Ya la conocías? —pregunto casi sin pensar.

Ella continúa mirando el cuadro, como si no me hubiese escuchado. Estoy a punto de formularle la misma pregunta cuando me responde.

—No.

Hay tantas cosas dichas en ese “no” que me pongo nerviosa. ¿De dónde conoce a mi profesora? Y ¿Por qué lo niega?

—Hace rato me dio la impresión de que no era la primera vez que se veían. Ella se gira hacia mí.

—La gente se pone nerviosa cuando ve a un policía, y más los criminales… ¿Qué estaba tratando de decirme? De cualquier forma lo que menos me pareció Marcela Navarro era nerviosa, más bien las dos se miraban con el mismo nivel de intenso odio.

Cada vez que conversaba con alguien sobre mi profesora de literatura surgían nuevas dudas. Esa mujer era un completo misterio.

—Recuerda lo que dijo el director… no más escenitas de esas con nadie. Ya hablaré personalmente con Verónica para que se ande con cuidado.

Iba a salir de la recamara cuando me atreví a preguntarle:

—¿Qué pasa si resulta que me gustan las chicas? —las palabras salieron atropelladas.

Pero ella lo entendió y volvió sobre sus pasos para sentarse de nuevo junto a mí.

—¿Quieres hablar de alguien en particular?

Bajé la vista avergonzada, tal vez era demasiado pronto para formular esa pregunta, pensándolo bien ni yo misma sabía lo que quería.

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—Solo pregunto. Ella suspira.

—Ana. Si tuvieras una relación con una chica tu padre y yo tendríamos exactamente el mismo conflicto que si fuera un chico —me toma de la mano— No estamos preparados para verte con alguien. Sea hombre o mujer. Pero tu felicidad siempre va a estar por encima de todos nuestros prejuicios.

Tengo el impulso de volver a dirigir la conversación hacia Marcela Navarro. Me invade la necesidad de saber más sobre ella, durante todo el almuerzo habíamos hablado de mí, como la vez anterior. Pero insistir con mi profesora encendería los focos rojos en mi madre, después de todo era detective, tenía un sexto sentido que la hacía atar cabos con suma facilidad.

Se despidió plantándome un beso y de nuevo volví a fijar la vista en el techo, me sentí flotar hasta muy tarde en la madrugada cuando el sueño me atrapó, al día siguiente, sin embargo, fui la primera en despertar, y no tenía una pizca de hambre.

Quería ir lo antes posible al colegio pero la idea de reportarme enferma también me tentaba. ¿Cómo reaccionaría Marcela Navarro al verme? Ayer evidentemente había quedado en shock cuando le dije que no me interesaba Verónica con una mirada bastante significativa, ni siquiera sé por qué lo hice, me sentía envalentonada, ella hablaba sin tapujos y quise, por un instante, ser igual de directa, pero el tema no fue el más indicado ¿cómo tenía que reaccionar yo al verla? ¿Fingir que nada paso para que sus pensamientos sobre mí y mi declaración perdieran fuerzas? ¿acaso eso quería? ¿Retroceder? ¿Volver al principio?

De nuevo sentía nauseas.

Miedo, cariño, ansiedad, deseo, rencor… yo era un manojo de emociones incontrolables que irremediablemente terminaban posándose sobre mi profesora de literatura.

Pero fue ella la que fingió que nada había pasado, durante su clase estuvo igual de fría y calculadora, apenas y me miraba lo necesario para hacerme preguntas, como si fuera cualquiera dentro de ese salón y no pude evitar

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cuestionarme ¿a cuantas chicas de mi clase ya se ha llevado a almorzar? El estómago se me encogió y apreté los puños, inexplicablemente rabiosa. Cuando la clase finalizó fui la primera en salir. No esperé a nadie, a grandes zancadas me dirigí al baño y una vez adentro golpee la pared con fuerza. Iba a estallar, de pronto sentía que mi vida entera estaba de cabeza por cuestiones que se escapaban de mi entendimiento.

—¿Qué estás haciendo conmigo Marcela Navarro?

Una chica de primero se acercó a lavarse las manos y me miró de reojo con cierto temor, como si fuera una cucaracha parlanchina que había salido de las cañerías.

Genial, ahora sería la lesbiana loca del colegio.

Bufé malhumorada al pasar por su lado y volví sobre mis pasos hasta quedar frente a la puerta de literatura.

Golpeé con los nudillos antes de ponerme a pensar que estaba haciendo ahí. “Solo quiero verla” me dije interiormente “Saber que ayer almorcé con ella… que no fue un sueño. Quiero que me mire”

Pero adentro nadie respondió, había notado antes que cuando lee se queda ensimismada, como si el libro se la hubiese tragando.

Llamé con más fuerza, de nuevo sin resultados.

Respirando profundo empujé la puerta y tímidamente me asomé al interior. No estaba ahí.

Sin medir mis acciones entré al salón cerrando la puerta tras de mí. Caminé directo al escritorio.

Allí estaba ese libro que tanto leía.

Lo tomé entre mis manos y me senté en su silla. Era bastante cómoda y tenía su aroma, respiré profundo y cerré los ojos dejando que la sensación de su cercanía creciera.

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Me estaba convirtiendo en una desquiciada fetichista. — ¿Qué estás haciendo conmigo Marcela Navarro?

Repentinamente la puerta se abrió, me levanté como impulsada por una descarga eléctrica, pero ella me vio, aunque sólo de rojo. Estaba más atenta al director que era quien había abierto sin dejar de mirarla mientras le gritaba. —¡… creí que eras más lista!

Me aleje temblorosa del escritorio sin perderme detalle.

El director no se había dado cuenta que yo estaba ahí y mi profesora lo miraba impasible.

—Discutí con toda la junta para tenerte aquí —siguió gritando con un pie adentro del salón y otro en el pasillo.

La profesora de literatura arqueó las cejas y clavó sus ojos en mí. El director siguió la ruta de su mirada y de pronto ambos me dedicaron su total atención. Yo estaba de pie en medio del salón, con la boca ligeramente abierta, temblando de pies a cabeza y mirándolos como una idiota.

— ¿Señorita Orozco que demonios hace aquí? Ahora yo era el blanco de su furia.

—Yo estaba… —mi mente no funcionaba del todo bien—Estaba buscando… un libro… yo creí que lo había dejado aquí, pero, pero no está por ningún lado… La profesora Navarro caminó despacio hasta su escritorio manteniéndose totalmente inexpresiva.

—Le envíe su libro con la señorita Hernández —comentó sin mirarme mientras se sentaba en el lugar que yo había usurpado dos segundos atrás.

—Entonces iré a… a buscarla… a Vero.

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Pasé junto al director que me obsequió su peor mirada y cerré la puerta detrás de mí.

Me recargué en la pared y respiré profundo varias veces. Últimamente yo era una imprudencia tras otras. Estaba a punto de marcharme cuando la voz ronca del director se volvió a escuchar.

—De eso estoy hablando… No soy un hombre de segundas oportunidades y tú no te merecías ni la primera…

Hubo un silencio. Supuse que la profesora estaba hablando, pero como ella no se encontraba exaltada su voz me resultaba inaudible.

—Es hija de policías…

Mi corazón volvió a latir acelerado ¿hablaban de mí?

De nuevo el silencio que indicaba que ella estaba hablando.

—Te traen entre ceja y ceja. Un solo movimiento estúpido de tu parte y nada te salva. Estas en la cuerda floja, desde que se supo lo de…

—Podemos hablar después —la escuché decir— cualquiera podría estar cotilleando detrás de la puerta…

Salí corriendo del pasillo sin pensármela dos veces. ¿Sabía que yo estaba ahí o lo dijo al azar? Cada día eran nuevas preguntas sobre Marcela Navarro y cada vez estaba más lejos de responder al menos una. ¿Hablaban de mí? ¿De mis padres?

Necesitaba pensar, al menos todos estaban muy concentrados en sus aulas y no tenía que soportar miradas inquisidoras sobre mí.

Salí al patio cuidando que nadie me descubriera de ociosa en horas de clases y me regalara una nueva visita de mis padres. Iba en camino a mi refugió detrás de un árbol gigantesco cuando el móvil, en el bolsillo trasero de mis jeans, comenzó a vibrar. Al consultarlo descubrí que había entrado un mensaje de un número desconocido.

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>> ¿Vienes? Ya estoy sola. Marcela Navarro. El corazón me dio un vuelco.

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