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Y Entonces Lo Supe

In document Si Fueras Mia (página 79-86)

Presiono responder.

Escribo y borro mensajes con manos temblorosas y el corazón latiéndome de prisa.

“¿Vienes?” esa fue una pregunta “Ya estoy sola” ¿acaso era ese un

ofrecimiento? No parecía molesta por haberme sorprendido hurgando en su aula, incluso había participado en mi mentira al director. ¿Qué es lo que quería? Tratándose de Marcela Navarro era imposible adivinar, esa mujer era un misterio dentro de otro.

¿Qué tenía que responderle? Tal vez lo más indicado era mentirle, decirle que estaba en clases o de plano ignorar su mensaje y fingir que nunca fue leído. Respiré hondo. ¿A quién trataba de engañar? Moría por verla.

Mi respuesta fue dicha en dos letras. >>Ok.

Mientras caminaba a su salón me sentí como un estúpido muñeco vudú, allí estaba. Posiblemente me gritaría, me reportaría, me castigaría con un jodido ensayo, tal vez me bajaba puntos o mandaba a llamar a mis padres… me podía llamar para un millón de cosas y ninguna debería buena, sin embargo respondí “Ok” por el simple hecho de que cualquier castigo valdría la pena si saciaba mi necesidad de verla.

Apenas iba a golpear la puerta cuando esta fue abierta dejándome con la mano en el aire.

Ella me escudriña con sus desquiciantes ojos negros por una fracción de segundo e inesperadamente me jala y cierra la puerta del salón.

Yo tengo un mini infarto, todos mis sentidos cayeron presas de su arrebato. —Tú no sales de un problema y ya estás buscando meterte en otro.

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Aquello es un regaño a todas luces pero ella no parece molesta en lo absoluto. Qué mujer tan extraña.

Abrí la boca con la intención de disculparme pero ella me dio la espalda para caminar hasta su escritorio. Dudé unos segundos antes de seguirla.

—Usted me pidió que viniera… —comienzo a dudar que el mensaje hubiese sido para mí.

Tal vez cometió un error, tal vez el texto iba dirigido a otra alumna. Sentí como mi estómago era rociado por ácido y de nuevo tuve el impulso de alejarme. —Yo te lo propuse —dijo con un falso tonito de inocencia

En mi cerebro se dibuja un enorme signo de interrogación. — ¿No quería que viniera?

—Me inquieta saber ¿Qué no tienes más clases?

Con esos arranques bruscos que tiene se gira y mediante una seña me indica que me siente en su silla. Ella se pone sobre el escritorio y sus ojos me bombardean.

No le obedezco. Me quedo de pie, a su lado, mirándome las uñas. —Algebra —susurro dudosa— pero iba a llegar tarde así que… — Ha claro, que perdiste un libro ¿Ya lo encontraste?

—No estaba buscando un libro… Era mejor dejar de mentir.

— ¿Perdón? Es que no te escuche bien…

Me había oído perfectamente. Bien, yo había entrado a su salón motivada por un impulso estúpido y ahora pagaría caras las consecuencias, ella estaba jugando conmigo. Me torturaría antes de matarme. No esperaba menos de Marcela Navarro.

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—No estaba buscando un libro —le digo en voz alta y enfrentándome a sus ojos.

Ella arquea las cejas interrogante. — ¿Qué buscabas entonces?

Le había mentido al director, no podía retractarse y decir que yo andaba husmeando en sus cosas. Así que el asunto solo era entre nosotras dos, nada me salvaba de un ensayo pero preferiría eso a una nueva visita de mis padres. Estaba claro que mi mamá y la profesora no se soportaban y no quería ser la causa de un altercado entre ellas, estaba visto que ambas tenían un carácter bastante explosivo.

—La estaba buscando a usted.

Vuelve a indicarme con un gesto que me siente. Pero me quedo como una estatua de mármol en mi lugar.

— ¿A mí?

Podía percibir el arduo trabajo de mi cerebro buscado excusas coherentes. —Quería invitarla a almorzar.

Levantó más las cejas

—Usted me ha invitado dos veces —continúe— me parece correcto que la tercera corra por mi cuenta.

Allí estaba, la odiada profesora de literatura, completamente muda. Llevaba muchos años trabajando en la docencia, se sabía todos los pretextos, pero nunca se esperó que una excusa viniera cargada de tan buenos argumentos ni una actitud tan decidida.

No planee mis palabras, pero cuando estas salieron de mi boca entendí que lo que le había dicho era verdad. Desde el principio esas fueron las intenciones de mi subconsciente.

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El tono de su voz me advirtió que era mejor obedecer.

Ocupé su lugar. Se necesitaba más valor para sentarse ahí cuando Marcela Navarro te estaba mirando del que ocupe para hacerlo en su ausencia.

—Ana no puedo salir contigo —para nada me gustó la forma en que lo dijo. —Entiendo si tiene otros planes… —me apuro a decir— puede ser cualquier día…

Suspira.

—A muchas personas no les parece adecuado que regularmente esté saliendo a almorzar con una alumna… entenderás que hay normas en este colegio — empieza a contar con los dedos— No besuquearse en los baños, no faltar a clases, no entablar una relación que vaya más allá de lo profesional con los alumnos, no hurgar en las pertenencias privadas de un profesor, no…

—Vale, ya entendí —la corto— ¿eso tenía furioso al director? ¿Qué no me pudo expulsar? Porque si es por eso yo misma me doy de baja...

—Tú no lo molestaste, fui yo.

—Porque salió conmigo —comprendo.

—Hubiese tenido el mismo lio por cualquier otra. —Yo soy la hija de policías…

Se quita los lentes y cierra los ojos, en un movimiento casi inconsciente comienza a tallarse el puente de la nariz. Por primera vez la veo agobiada. Después de todo mi profesora de literatura era humana.

—Escuchar detrás de las puertas es otra falta al reglamento. — ¿Por qué no me acusó? —pregunto con timidez.

Ella se encoje de hombros.

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Solo ella podía plantearme mil dudas en una respuesta. —Entonces me está bateando —bromeo.

Ella curva sus labios en una sonrisa cansada. —Sigues siendo mi alumna favorita.

—Y por lo visto la más problemática ¿Tampoco almorzará con las otras? Expreso en voz alta la duda que me estaba carcomiendo el alma.

Pero ella vuelve a ponerse sus anteojos y me mira como si quisiera leer mis pensamientos.

— ¿Cuáles otras?

—Con las que almuerza —le explico encogiéndome de hombros— Tiene un montón de grupos y no creo que yo sea la única que se lleva a…

Ella ríe con ganas interrumpiéndome y mis mejillas se encienden. — ¿Estas celosa?

Se estaba burlando de mí.

—Para nada —me apuré a decir y desvié mis ojos.

—Si te digo que eres mi alumna favorita deberías intuir que eres la única a la que he llevado a almorzar. No salgo con otra mujer.

Primero me dice que debemos alejarnos y luego prácticamente me coquetea. Esa mujer que volvía loca y no la forma agradable, realmente cada palabra provocaba un hervidero en mi cerebro y cualquier día de estos acabaría con una camisa de fuerzas, en una habitación de paredes acojinadas susurrando “¿Qué estás haciendo conmigo Marcela Navarro?” una y otra vez.

—Ok —era lo más inteligente que podía decir en esos momentos. —¿Ok?

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De nuevo me miro las uñas.

—Tal vez deba irme, antes de que alguien vea que estoy aquí y el director… ya sabe… piense mal…

Estaba a punto de abrir la puerta cuando ella dice: —Fue un placer haberte conocido.

Como si nunca más nos fuéramos a ver.

Y la realidad me golpeo de esa forma nada gentil que tiene para hacerlo, fue como esa sensación de caer cuando estas dormido. Por una fracción de segundo imaginé no volver a ver a Marcela Navarro. Todo el terror, la tristeza, la rabia, la frustración… todo el remolino de emociones tenían un solo fundamento y fue entonces cuando supe, cuando comprendí que la quería. Mi cerebro no podía racionalizar nada de momento, solo la quería y punto. De todas las formas en que se puede querer a una persona, tanto en cuestión de sentimientos, como de posesión… y más de posesión.

Vuelvo sobre mis pasos hasta ella. —Allá afuera ya no es mi profesora.

Esta perpleja, esa es la palabra correcta para describir su expresión. —Ana…

—Todavía me debe un almuerzo y el director no puede saber lo que pase allá, es lo justo —y entonces ocupe una táctica de manipulación que había aprendido de ella— ¿o acaso no quiere almorzar conmigo?

Una vez más consigo que ella desvié la mirada.

Cuando vuelve a poner sus ojos en mi entiendo que he ido demasiado lejos. —Señorita Orozco la conversación ha llegado a su fin. Quiero para la próxima semana un ensayo de 3000 palabras con el tema: La manía de reincidir en acciones ilícitas.

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—¿Me va a castigar? ¿Eso responde? —Que sean 5000 entonces.

—¿Qué? —A mano.

Abro la boca para seguir insistiendo pero con una mirada bastante dura me dice que deje de fastidiar.

¿Yo la fastidio?

Atravieso el salón dando grandes zancadas.

—Una cosa más. La próxima vez que vaya a hurgar en mis cosas espero que realmente haya olvidado un libro o habrá consecuencias mucho peores. No me importa. Doy un portazo al salir del aula.

Lo he arruinado. No éramos nada, pero con mis estúpidos impulsos ya había arruinado ese “Nada” que había entre ella y yo.

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