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Ganas De Ti

In document Si Fueras Mia (página 86-96)

— ¿Qué hizo qué? —Hugo tenía los ojos como platos y varias personas se giraron hacia nuestra mesa.

—No me hagas repetirlo.

—Ya te lo había dicho yo —dice con una sonrisita de autosuficiencia— si es que eso es algo que se nota a todas luces, tú eras la única ciega que no se daba cuenta…

—Ya basta. Cambiemos de tema.

— ¿Y qué hiciste tú? —pregunta ignorándome.

—Se lo conté a un gilipollas morboso que trabaja en un restaurante de comida rápida.

Ambos reímos.

— ¿Qué hiciste? —insiste él.

—Ya déjalo. No me sacaras ni una palabra más.

—Ana, por Dios, no puedes soltar una bomba así y luego dejarme con la duda… mínimo una bofetada en cada mejilla, con lo loca que eres…

—Por supuesto que no… — ¿Entonces si te besó? — ¡Por supuesto que no!

—Entonces como te libraste de su libido ¿saliste corriendo? Respiro profundo antes de responder.

—Vomité.

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—Eres increíble, la pobre babea por ti hace años y cuando por fin se arma de valor tu vomitas… eso sí que debió ser épico, yo no volvería a hablarte si me hicieras algo semejante eh.

Me encojo de hombros

—De hecho no habla desde entonces… —Un tonto impulso mató una gran amistad.

Recuerdo a Marcela Navarro y mi estómago se encoje. Terminó la semana y ella siguió con la misma actitud, remarcando que todo había terminado… antes de empezar. No sé qué me dolía más, si no verla o su indiferencia.

— ¿Qué hay de tu profesora? —pregunta adivinando mis pensamientos. — ¿Qué hay con ella?

Frunce el ceño.

—Eso es lo que te pregunté, andas toda despistada… Intento disimular mis nervios con una risa.

— ¿A qué viene tu pregunta?

Hugo se ha terminado su hamburguesa y empieza a pellizcar la mía que está casi entera.

—Fue raro verte con ella —dice restándole importancia— ¿desde cuándo te da clases? ¿Son muy amigas?

Ese hombre tenía la jodida curiosidad de una mujer.

—A ti como que te encanta el chisme zopenco. Cualquier día de estos tú y Verónica se fugan juntos a esas marchas del orgullo.

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— ¿¡Yo!? —Pregunto tirándole en la cabeza una papa frita— Por si no lo recuerdas vomité encima de Verónica. No hay espacio para mí en esas marchas…

Mi traicionera mente dibuja los labios de mi profesora de literatura sobre un lienzo imaginario. Me ruborizo frente a Hugo, como si él hubiese podido ver lo mismo que yo.

—Yo no estaría tan seguro —susurra entrecerrando los ojos.

Finjo reírme para disimular mi repentino ataque de nervios. No me gusta para nada estar bajo el escudriño de su mirada, afortunadamente en ese momento mi teléfono comienza a sonar.

Lo saco de mi bolsillo y miro el número. Me siento palidecer.

— ¿Hola?

Aún cabe la posibilidad de que me esté llamando por error. — ¿Dónde están metida Ana?

No es un error, es ella. ¡Es ella! Marcela Navarro me está llamando.

Los ojos de Hugo me hacen millones de preguntas y yo no puedo evitarlo, no puedo contenerlo. Respondo a todas sus dudas con mi más grande sonrisa. —Yo vine a almorzar— contemplo la hamburguesa entera sobre mi plato— pero ya terminé ¿Me necesita para algo?

Silencio.

—Estoy terminando de revisar unos trabajos y tengo el resto de la tarde libre, así que pensé que sería buena idea verte y hablar… Creo que nos quedaron algunos asuntos por discutir.

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—Si —respondo con un hilo de voz y después de reparar profundo me atrevo a preguntar— ¿Dónde nos vemos?

—Pues no puede ser un lugar público. Ya sabes... —¿Qué tal mi casa? —ofrezco sin pensarlo. Hay un silencio sepulcral al otro lado de la línea.

—No creo que a tus padres les parezca buena idea recibirme en…

—Mis padres no están. Avisaron que llegaran tarde porque tienen un caso. Ella duda unos segundos, que me parecen eternos.

—Nos vemos allá —concede al fin. Y la llamada muere.

(…)

Cuando doblo la calle descubro que hay un Ford fiesta blanco frente a mi casa. Mis piernas tiemblan mientras me acerco. Está dentro del auto revisando unos papeles tan concentrada que ni siquiera se percata que la estoy viendo. Mi deseo de pintarla crece, por lo menos quisiera tener una foto.

Me acerco despacio y golpeo el cristal, ella tiene un ligero sobresalto. —Ana —me saluda saliendo de su auto— ¿Dónde estabas?

Sus labios se posan en mi mejilla obsequiándome un fugaz beso. Tengo que hacer un enorme esfuerzo para contener un suspiro.

—Yo… estaba almorzando en… — ¿Con tu amigo Hugo?

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La miro interrogante. — ¿Cómo lo supo? Se encoje de hombros.

—Tú me lo dijiste, que ibas a almorzar con él todos los fines de semana. —No con él, más bien en el lugar donde trabaja —le digo— ¿Necesita algo? — ¿Me invitas a pasar? —pregunta mirando mi casa.

Soy un manojo de nervios ambulante y mis manos tiemblan mientras busco la llave correcta.

La siento sonreír a mi lado. Lo que me faltaba, se burla de mí. —Tienes una linda casa —dice cuando por fin logro abrirle.

Aterrada veo como dirige su atención a los cuadros que adornan las paredes. —Mi madre insiste en exhibirlos… ya sabe cómo son los padres con sus hijos, ella ve esas pinturas mejores que las de Picasso…

— Eres bastante buena —murmura— realmente tienes talento. Agradezco que esté de espaldas y no pueda verme enrojecer.

Camina despacio. No puedo creer que esté allí y no puedo entender que es lo que quiere. Se aparece de pronto como sin nada, después de haberme ignorado.

—Es pequeña. Pero prácticamente estoy sola aquí, eso la hace parecer muy grande a veces.

Me adelanto para llevarla hasta la biblioteca de mi madre. —Tiene buen gusto —dice mirando algunos títulos.

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—Es increíble lo parecida que eres a tu madre. —Sí, todos me dicen eso…

De verdad que éramos idénticas. Pero mi madre era alta y de cuerpo atlético mientras que yo era una enana debilucha.

Aprovecho que está ensimismada mirando a su alrededor para contemplarla con mayor detenimiento, necesito guardar su imagen en mi mente. Así como está ahora, sin fingir ser nadie más, sin estar presionada por el sistema, agobiada por sus alumnos o cansada del trabajo.

No puedo entender como puede ser tan perfecta. Se lleva las manos a los bolsillos de sus jeans.

— ¿Cómo va ese ensayo?—pregunta caminando hacia mí.

Es increíble lo complicado que se vuelve respirar cuando ella está cerca.

—Lo empezaré en cualquier momento… —me encojo de hombros— estaba esperando el fin de semana para dedicarme a ello.

—No tienes que hacerlo. Por eso vine hasta aquí, estaba un poco alterada por mi encuentro con el director yo… no tengo motivos para castigarte.

—Entré a su salón sin permiso, el castigo está bien fundamentado. Ella niega con la cabeza.

—Tú fuiste a buscar un libro. Esa es la declaración oficial. Me sonríe.

Es increíble como puede ser una verdadera pesadilla y luego simplemente se vuelve tan encantadora.

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Pasa por mi lado y sale de la biblioteca, voy detrás de ella, la miro curiosear por ahí como una niña dentro de una juguetería.

Tengo el impulso de caminar a su lado, de decirle que no quiero separarme de ella, que me gusta su compañía, de al menos invitarla a ver una película, pero no me atrevo, siempre que quiero dar un paso hacia ella término alejándome 20. No podía seguir más a mis tontos impulsos, tenía que ser inteligente y paciente… muy paciente.

Se detiene frente a mi habitación. La puerta está abierta por lo que tiene una clara visión del trabajo sobre el caballete, una montaña de latas de pintura, una guitarra eléctrica en una esquina, el escritorio sobre el que están varios bocetos a medias y la alfombra que todavía tiene manchas de pintura.

—Tu hábitat natural —susurra mirando a su alrededor.

Se detiene a mirar, en la pared junto a mi cama hay dos posters uno de Txus Di Fellatio y otro de Till Lindemann.

—Eso nunca lo hubiese imaginado —dice señalándolos— En cuestión de hombres tienes mal gusto.

—Los de Justin Bieber se habían terminado —le digo sarcástica. Ella sonríe.

—Creí que la etapa metalera había muerto.

—No están como para tirarlos a la basura —me defiendo— de hecho me gustan mucho.

—Si te van esa clase de hombres, el chico del restaurante no tiene la más mínima oportunidad.

—A mí no me van ninguna clase de hombres.

Muy tarde me doy cuenta lo que acabo de decir, otro estúpido impulso que podía arruinarlo todo.

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Pero mi profesora prefiere fingir que no me ha escuchado y continúa paseándose por la habitación.

—Vaya, me he encontrado con tu doppelganger — ¿Mi qué?

—Tu gemela malvada.

Sostiene una foto donde estoy yo. La reconozco, fue una instantánea que me saqué antes de entrar a un concierto de Mago, allí tenía alrededor de doce años, la mitad de mi cabello era de un rojo encendido, tenía un piercing en el labio y otro en la ceja, aparte de llevar una camisa negra con una estrella invertida y unos jeans rasgados.

Voy hasta ella para quitársela pero en un fugaz movimiento se aparta de mi camino.

—Eso es horrible.

Extiendo la mano para que me la de, pero permanece inmóvil y sonríe con malicia.

—Creo que la voy a conservar. —Nada de eso.

De nuevo me acerco a quitársela y ella se hace a un lado. —Puedo regalarle otra…

Ella la mira de nuevo.

Quiero que la tierra me trague. —Me ha gustado esta.

Salto para arrebatársela pero es muy hábil. — ¿La quieres de vuelta?

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Prácticamente me abanica con la foto.

—No me puede robar eso. Soy hija de policías —la amenazo.

—Bastante torpe si me lo preguntas —se burla— hagamos un trato, si consigues quitármela te la devuelvo.

Voy hasta ella. Primero todo mi empeño está en recuperar esa foto, pero durante el forcejeo percibo la cercanía de su cuerpo y mis objetivos se nublan. Finalmente la acorralo en un rincón.

Inesperadamente ella guarda la foto en el bolsillo trasero se sus jeans. —No crea que no me atrevo a quitársela…

— ¿Te atreves?

Ambas dejamos de reír ante la insinuación. Pero no di un paso atrás, al contrarió me acerque más a ella. La agarré de las caderas para separar su cuerpo de la pared, no era nada fácil. Para conseguir esa foto tenía que ser más brusca, y me invadía el terror de echarlo todo a perder, otra vez.

Busqué sus ojos, pero al hacer contacto con los suyos estos me acorralaron. Entonces me di cuenta que había algo en su mirada, algo que logró despertar de un tirón hasta la más recóndita de mis emociones, porque me di cuenta que en sus ojos también había deseo.

Cerré los ojos.

¡Qué clase de puñetero juego era ese! si ella quería besarme porque no lo hacía. Y lo que menos podía explicarme, si yo misma quería besarla, por qué diablos permanecía inmóvil.

Dejamos de forcejear. Ella puso su mano en mi vientre y sentí como emprendía un lento y enloquecedor ascenso. Percibí su pulgar en mi pecho y un débil gemido escapo de mis labios.

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Ese sonido fue el disparo que marcó el inició de la carrera, fue el grito con el que se declaraba una guerra, fue una explosión que derrumbo las últimas losetas de cordura que aún quedaba entre nosotras.

En un brusco movimiento mi profesora invirtió los papeles. Con excesiva fuerza me puso contra la pared.

Su mirada le hizo mil cosas a mis labios. Me quedé inmóvil, esperando sus besos, con la respiración entrecortada, el pulso acelerado y mis sentidos por las nubes.

Pero entonces ella hizo lo que menos hubiese imaginado en ese momento. Dio media vuelta y se fue.

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