5 LA CIENCIA, LOS VALORES Y LA VERDAD
5.7 EL ENCUENTRO CON LA VERDAD
Las verdades conocidas teóricamente (5.6) pueden versar sobre los obj- etos de la Naturaleza, pero también sobre el mundo humano: América se
descubrió en 1492. Esto es una verdad histórica. Hay setas que no se pueden comer, porque son venenosas. A pesar de que esto se sabe, todos los años hay gente que se intoxica porque come setas venenosas pensando que no lo son.
Las verdades teóricas (hay setas venenosas, que son tales y cuales) se convierte en fines o criterios de la acción cuando uno las elige como obje- tivos. En ese momento esas verdades se convierten en bienes, es decir, en algo que no apetece o quiere tener, o en males, algo que hay que evitar (las setas venenosas). A esos bienes que uno elige y que son fin y crite- rio de la acción les hemos llamado valores (5.3). La salud es un valor, fre- nte a las setas venenosas, que son un disvalor. Una verdad que se con- vierte en un fin o criterio de conducta es un valor. Por ejemplo: me puede gustar mucho la música de Chopin y puedo decidir estudiarla, aprender a tocar el piano, pagar para recibir clases, y llegar así a tocarla y disfrutarla. Esa música es para mí un valor muy importante, al que dedico mis energía- s. Esta es la dimensión práctica de la verdad en la vida del hombre, su a- parición a través de la acción humana: la verdad rige la conducta por
medio de los valores.
La fuente de los valores y el modo en que la verdad práctica aparece en la vida humana es triple, como se dijo (5.3): las vigencias sociales, la
educación y el descubrimiento personal, realizado a través de la experi- encia vivida. Este último es el más interesado e importante, y por eso le v-
amos a dedicar una mayor atención258.
Para ello es preciso distinguir en primer lugar entre verdades grandes y
pequeñas. Las primeras son asuntos serios e importantes en sí mismos ni
para nosotros (15.3): el amor, la amistad, la muerte, la felicidad, el destin- o… Las verdades pequeñas son asuntos que no son importantes ni en sí mismos ni para nosotros: ¿Cuántos botones tiene mi chaqueta? Me da igu- al; es una verdad pequeña. Estas verdades son la superficie de la vida, lo anecdótico, lo trivial, lo exterior y efímero, aquello de los que no queda un recuerdo, porque no está incorporado al mundo personal de cada uno. En el fondo esas realidades podían ser o haber sido de otra manera, y no p- asaría casi nada.
En cambio, las verdades grandes se suelen presentar como experiencia
directas de valores y realidades muy centrales en la vida humana: en esa
experiencia descubrimos algo que hasta ahora no sabíamos, una realidad que había estado ausente en nuestra vida. El encuentro con la verdad es en estos casos una experiencia que marca al hombre de manera muy int- ensa: el conjunto de esas experiencias radicales es una parte fundame-
ntal de su mundo más personal e íntimo. Por eso vamos a tratar de desc-
ribirlas, aunque para ello hayamos de adelantar ideas y conceptos que m- ás adelante se expondrán y que asimismo más adelante se entenderán m- ejor:
1) El encuentro con la verdad puede ser más o menos intenso, y puede t- ener muy distinto carácter: podemos encontrar la verdad en un teorema matemático (en este caso equivale a entenderlo: «¡claro! ¡es verdad!»), c- aer en la cuenta de la importancia de los sentimientos o cualquier otra ver- dad grande acerca de nosotros mismos, encontrar una persona de la que nos enamoramos; descubrir que tenemos una enfermedad incurable y que vamos a morir; podemos encontrar la verdad en el ejemplo de un sabio, de un santo, de un hombre de acción, a quien captamos como modelo; nos podemos «enamorar» de una obra literaria, de un autor, etc. En todos los casos, se trata de una cierto iluminación que nos hace descubrir algo
importante que no sabíamos.
Y así, encontrar la verdad es «caer en la cuanta» de una realidad, un «v- erbo» y exclamar: «¡es verdad!». En sentido fuerte es descubrir, identific-
ar y aceptar con emoción, cuál es el modelo o la persona conforme a la cual vamos a diseñar nuestra vida. La experiencia más clara del encuent-
ro con la verdad es la conversión religiosa. En ella, se encuentra a Dios (17.8), Alguien en quien quizá no se creía, o se creía poco, y que de rep- ente se muestra como verdadero, como interlocutor del hombre: sale al encuentro y nos habla. En realidad hay tantas formas de encuentro como personas, pero en todas surge esta exclamación: «¡es verdad!».
2) La realidad encontrada como verdad, como se ha dicho, conmueve
profundamente al hombre. La primera consecuencia del encuentro es
precisamente una cierta conmoción. El ejemplo más clásico es el enamor- amiento (10.3). Se puede enamorar uno de una persona, pero también de un paraje, de una idea, de una causa, de un acto o una vida ejemplares, como acabamos de decir. La conmoción del encuentro es un sentimiento muy rico y profundo, que adquiere un verdadero carácter de metanoia, de transformación interior: descubro que en mi vida ha faltado esa verdad que he encontrado. Mi vida anterior parece vacía, pobre, pequeña, sin i- nterés, errabunda, sin sentido último. No me reconozco a mí mismo en ella: hasta entonces había perdido el tiempo, porque «ella» (esa verdad enco- ntrada) me era desconocida.
3) La consecuencia inmediata es aceptar la tarea que la realidad encont-
rada me encarga (8.4). He de abrirme a una nueva ocupación: la de incluir
en mi vida esa nueva verdad. Comienza la aventura: la reorganización de
mi vida para dedicarme a cumplir la tarea que me advienen en el encue- ntro con la verdad. La verdad me encarga una misión: me hago cargo de
ella porque se sitúa ante mí, merece ser conquistada, y ésa es la tarea q- ue aparece como novedad. Esto es lo que le pasó a Frodo259: conoció la historia del Anillo y sus poderes, y supo todo lo que dependía de él, y a- ceptó la misión de llevarlo hasta las Montañas Azules. Se encontró con e- sta verdad: el Anillo.
4) Si el encuentro con la verdad constituye una experiencia profunda y radical se convierte en algo permanente, porque nos trasforma y pasa a
formar parte de nosotros mismos. Las verdades grandes e importantes,
cuando se experimentan en carne propia, dejan una honda y profunda
huella, que difícilmente se borra con el paso del tiempo: la muerte de un
ser querido, haberse enamorado de verdad, haber sufrido un fracaso im- portante… Cuanto más alto es el valor encontrado y más intensa la ex!- riencia de él vivida, más dentro de nosotros mismos queda esa experien- cia. Y es que en el hombre lo que es profundo es permanente, y lo que
no es permanente es que no es profundo, sino superficial, periférico, a-
necdótico, pasajero, poco importante. Lo realmente valioso arraiga en lo más hondo de nosotros mismos, pasa a ser algo personal, y en ello está implicada y afectada la persona misma.
Y así, la experiencias radicales y las verdades incorporadas a lo hondo del alma para a ser uno de los ingredientes básicos de la felicidad, pue- sto que son las que inspira la conducta y se convierte en meta y tarea a
realizar; son el lugar de donde brota el sentimiento de que somos felices,
o de que estamos en camino de serlo (8.3).
5) El encuentro tiene otra virtualidad: me dota de inspiración. A partir de entonces «nada es igual». La inspiración es un impulso para ejercer mi lib- ertad tratando de reproducir y expresar la realidad con la que me he enc- ontrado, y encarnarla en mi vida o en mi obra. La verdad tiene un carácter dinamizante respecto de nuestro operar. Nos hace ver las cosas de otra manera. Seguir la inspiración es actuar conforme al encargo que ella nos da.
La verdad, para que sea plena, no sólo hay que conocerla, sino también vivirla. No se trata sólo de entenderla teóricamente, sino de incorporarla a
nosotros, de vivir la vida desde la inspiración que ella nos inocula. La verdad y la vida humana se necesitan mutuamente para quedar cumplidas. Las grandes verdades transforman nuestra vida, como el pasó a Frodo. Aquí se puede ver la estrecha relación entre verdad y libertad: la primera es la que da sentido a la segunda, pues la verdad es el bien que busca una inteligencia libre.
6) Cuando me encuentro con la verdad, cuando se me manifiesta un trozo del sentido de lo real, también se pone en marcha mi capacidad creadora (6.1), porque hace su aparición la belleza (7.5). El hombre encuentra en
la verdad un arranque para su capacidad artística. Primero porque la ver-
dad hay que decirla, expresarla y «retratarla» en bellas obras de arte. Es una tarea ingente, que los hombres de todos los tiempos han procurado ll- evar a cabo: reproducir la verdad, crear su réplica. La obra de arte nace de «la repentina conmoción producida por lo contemplado»260. El sentido más alto de toda creación artística es decir la verdad encontrada, expres- ándola en una obra nueva (12.7). Todo artista trata de decir algo, de expr- esar su experiencia, su encuentro: la realidad (la verdad) es bella, y des- pierta mi deseo de reproducirla.
Las grandes gestas humanas (artísticas, religiosas, políticas, intelectuale- s…) son fruto de la inspiración que una determinada verdad ha puesto en
las vidas de sus protagonistas. Ellos, encarnando ese valor, se han con-
vertido en héroes (5.4). Toda vida humana tiene una verdad inspiradora. Si se adopta una verdad recortada, baja, la inspiración será del mismo ca- libre. El crecimiento del hombre se realiza gracias a su inspiración en la v- erdad (6.4). Es ella la que enciende las alas de las dormidas capacidades humanas. Por eso las gestas son tan decisivas. Expresan la máxima ten- sión de conquista, de esfuerzo, de expresión de una realidad «encontrad- a». Y una gesta puede ser, simplemente, subir una montaña: ¿por qué? «Porque está ahí», como dijo Sir John Hunt, que dirigió la primera conquista del Everest en 1953. La montaña más alta del mundo era una verdad pue- sta ante él, una realidad encontrada. Y pisar su cumbre fue poseerla. Qui- en no entiende el dinamismo humano que late en esa gesta no entiende al hombre mismo.
7) En último lugar es preciso añadir unas palabras sobre la relación entre
la verdad teórica y la verdad práctica, es decir, entre lo que se piensa y lo que se vive, entre las verdades que uno tiene por ciertas y el modo en
que éstas influyen en la conducta: si uno, sabiendo que esta seta podría ser venenosa, se la come, obra de modo libre, pero poco coherente Existe hoy cierta separación entre ambos tipos de verdades: hace un tie- mpo, si a uno le convencían de algo, tenía que cambiar su modo de vida para adecuarlo a esa verdad aceptada e incorporada, porque teoría y p- raxis, práctica, formaba un bloque compacto (D Innerarity): alguien podía estar equivocado, pero era coherente con sus ideas. Hoy esta relación ya no es tan evidente: se admite que uno puede mostrar unas ideas radicales acerca de la sociedad, y al mismo tiempo vivir lujosamente (cuando antes quizá habría tenido que hacerse revolucionario). Hoy, la coherencia o aut- enticidad, y la influencia de las convicciones (5.9) en la conducta práctica, han dejado de ser tan naturales y normales, y por tanto éticamente exigi- bles como un deber, quizá porque no se ven tan necesarias. Esto quiere decir que el encuentro con la verdad es débil, porque no llega a inspirar
conducta. La autenticidad o coherencia es la armonía, que no siempre se da, entre la verdad teórica que uno tiene por cierta y la verdad práctica que se refleja en la propia conducta. Hoy, en lo teórico se admite una plu-
ralidad de concepciones y valores (6.7), y en lo práctico se sigue más b- ien el imperio del gusto y de la moda, los cuales no tienen por qué estar en
armonía ni en contradicción con aquéllos. Sencillamente, se consideran como planos diferentes y separados261.
Si la verdad teórica y la práctica no tienen nada que ver, ambas se vuelv- en triviales: no hay modo de lograr una inspiración seria. Cuanto aquí se ha dicho sobre el encuentro con la verdad apunta a reforzar la idea de q- ue la verdad encontrada es auténticamente poseída cuando la conducta
es coherente con ella por brotar del núcleo de la persona. En caso contr-
ario, esa verdad se vuelve trivial y periférica, porque no incluye para nada en el modo de actuar. Esto se dejará más claro en 5.9.