FUNDAMENTOS DE ANTROPOLOGÍA R Yepes Stork
11. VIOLENCIA, LEY Y DERECHO.
11.1 NOCIÓN DE LEY Y SUS CLASES
Más atrás se dijo (9.3) que uno de los elementos de la vida social es la a- utoridad, y que ésta necesita unos criterios que le permitan mantener arm- onía, la comunicación y la acción concertada, de modo que no se destruya la vida social por la discordia y la violencia. Este sistema de regulación so- cial se basa en la justicia y el derecho, cuyo mantenimiento exige las corr- espondientes instituciones (9.7). Todas ellas se apoyan en unos criterios previos que son la condición de posibilidad de su misma existencia.
Esos criterios se contienen en una palabra: ley. Sin esclarecer lo que esta decisiva noción significa no cabe una antropología jurídica, ni podemos avanzar en la comprensión del hombre y de las instituciones mediante las cuales alcanza su plenitud, lo cual es ahora nuestra tarea. El problema ini- cial radica en despojar a este término del matiz peyorativo y molesto que tiene: se concibe hoy la ley como una prohibición o un constructo legislati- vo paralizante. La ley significa, dentro de la amplia herencia que ha dejado el racionalismo, un obstáculo para la libertad, un instrumento en manos de las instituciones judiciales y poder político. Es un término desprestigiad- o593.
Interesa enormemente liberarse de esa visión «judicial», instrumentalista (4.10) o rigorista (2.8, 2) de la ley, y descubrir que es algo mucho más a- mplio, profundo y significativo para el cosmos y para el hombre que un s- imple código de prescripciones y prohibiciones. La ley es, al menos, la c-
ondición de posibilidad de la vida social y de la conservación de la exi- stencia humana, frente a los peligros que la amenazan, en especial la
violencia y la inseguridad. Pero además, está en el corazón del cosmos, del hombre y de las comunidades. Cuando se olvida esta dimensión cós- mica y humana de la ley, se concede primacía a la fuerza bruta en las relaciones interpersonales.
Para entender este planteamiento es preciso apuntar en primer lugar a la noción de movimiento, sea éste cosmológico, físico, vital o libre. Todo m- ovimiento supone una potencia594, un poder, un impulso, una fuerza para realizarlo. No vamos aquí a extendernos en la clasificación de lo movimie- ntos ni en su estructura interna. Basta recordar (1.5.1) que la materia tie- ne una forma que diferencia a unas de las otras. Esa forma es cambiante cuando acaece el movimiento, como sucede especialmente en los seres vivos, que poseen una forma dinámica que se llamó alma. Pues bien, la ley
es la medida del movimiento. Esta medida tiene el carácter de una regla directiva de la acción y el movimiento595. La ley del péndulo es la regla
directiva del movimiento pendular, según la cual éste se realiza. Todo m- ovimiento físico tiene una ley, y la ciencia física la estudia, y la formula m- atemáticamente. Pero los movimientos de los seres vivos también tienen l- eyes, que estudia la biología, y también la conducta humana, por ejemplo que es libre, y esto lo estudia la antropología.
Lo importante es advertir que la potencia o fuerza que produce un movimi- ento necesita adquirir una forma, ceñirse a ella, para poder culminar: es el caso de un atleta que salta dos metros de altura. La regla de su movimie- nto es dar medida al salto, de tal modo que resulte armónico y que las e- nergías se encaucen ordenadamente, de tal modo que supere el listón. La ley puede definirse entonces como medida y orden del poder y de la fuer-
za, en este caso de la saltadora.
Resulta obvio que desde este punto de vista la ley tiene mucho que ver c- on la armonía (2.7), el orden, la belleza (7.5) y el fin alcanzado: la ley de
cada cosa es la regla del movimiento con que alcanza su plenitud. La ley
de la saltadora es efectuar un buen salto. En este sentido, se puede decir que existe una ley natural en cada cosa, según la cual ésta alcanza su c- ulminación (3.6.1). Cumplir la ley propia, desde este perspectiva, significa
llegar a ser perfecto, aunque ésta sea una idea que repugne unos oídos
acostumbrados a pensar en la ley como una constitución abstracta que e- ncorseta y paraliza las energías vitales espontáneas. Esa es una visión dualista, que contrapone dialécticamente vida y razón como enemigos irr- econciliables, cuando en realidad son complementarios. La visión que aquí se ofrece, más clásica, no es dualista, sino amiga de la ley, porque ve en ella el camino de la plenitud y de la belleza de los seres: la ley de las águil- as es remontar el vuelo, siguiendo las corrientes ascendentes del aire; es una ley que forma parte de la armonía general del cosmos, y que lo hace bello, pues permite que esas fascinantes aves surquen el cielo596. La violencia, por el contrario, es la fuerza sin ley, es decir, un poder sin
medida, sin armonía, que destruye la forma de las cosas e impide su plen-
itud: por ejemplo, envenenar un nido de águilas o abatirlas en pleno vuelo. Es obvio, como se verá después, que el universo, el ecosistema y el mun- do humano son un escenario en el cual el hombre siente sobre sí la amen- aza del mal y la sombra de fuerzas enemigas que pueden destruirle, y a las que debe hacer frente para conjurar el peligro. Si no se pone la noción de la ley en contraposición con la de violencia, siendo ambas dos modos
diversos de expandirse la fuerza y el movimiento, es más fácil justificar o
ser víctima de la fuerza bruta597 y de un proceso ciego, ante el que no c- abe más que resignarse (8.8.1). El nervio de la visión clásica, también de los estoicos, es: el universo tiene una ley que lo rige.
Tras lo dicho resulta obvia la distinción entre ley cósmica o natural y ley h- umana. La primera no es aquí objeto directo de nuestro estudio, pero no ha dejado ni dejará de aparecer, en cuanto el hombre tiene trato con las cosas (16.7): ahora resulta también obvio añadir que la benevolencia fre-
nte a lo real significa respetar la ley que les es propia y ayudar a que se cumpla (4.9). En este punto resulta sugestivo agregar que la justicia pue- de ser entendida en primer lugar como armonía, es decir, como proporci-
ón ordenada y medida de las cosas, cada una dentro de sí y unas con o- tras: la justicia cósmica, es decir, ecológica, significa respetar el lugar que las águilas tienen en el cosmos, y si es oportuno, ayudar a que se mante- nga. La justicia, también ahora se ve (7.8), da lugar al amor, porque lleva a contemplar y admirar a los seres en su plenitud propia. Ahora podemos d- efinir también la ley como medida de la armonía interna de cada cosa,
regla de su desarrollo. La ley es algo intrínseco a los seres, pues es el
La ley humana, por su parte, tiene unas características propias, derivadas de su ser peculiar. Dedicaremos este capítulo a perfilar el lugar que le
corresponde en la vida humana y a mostrar los elementos que la acomp- añan, todo lo cual resulta ser mucho más importante de lo que estamos a-
costumbrados a pensar, como se pone enseguida de manifiesto en la
ausencia de ley, pues, como toda realidad humana también ella puede f-
altar, dando lugar entonces al imperio de la fuerza bruta y la lucha conflic- tiva. Es lo que trataremos a continuación (11.2, 11.3, 11.4), antes de habl- ar del carácter racional de la ley (11.5), de la justicia y el derecho (11.6) y su relación con la ética (11.7) con las costumbres (11.8) y la seguridad de la vida humana (11.9). Por fin, mostraremos cómo estos elementos quedan
bajo la custodia de la autoridad (11.10, 11.11) un elemento de la vida
social que nunca está ausente de ella (9.3). 11.2 QUE ES LA VIOLENCIA
La ley, según se ha visto, es la medida del movimiento y significa asegurar el dominio de la forma sobre la materia, pues es la regla de ambas598. Un ser vivo, según su propia ley, está lleno de vida, de fuerza, porque crece (vivir es crecer: cfr. 1.1.1) y al crecer se conserva la forma. La fuerza de
los seres vivos es un impulso o poder que guarda la forma y la increme- nta: un árbol de grande raíces tiene grandes ramas, se hace poderoso y
lleno de hojas y frutos. La fuerza vital mueve a los seres que la tienen, los conserva, los hace fuerte, los multiplica. Es una fuerza con la ley: la ley
de la vida.
Por el contrario, cuando la fuerza pierde su ley y su medida, deforma a los seres (es el caso de los animales monstruosos), es un impulso des- –mesurado, que des–figura y deshace la forma, es ciego y destructor; mata aniquila. Es el caso de una riada, un incendio, un maremoto, un derr- umbamiento, un huracán, que son formas de violencia natural de seres i- nertes, que amenazan o destruyen la vida, la cual tiende a escapar de ell- os. En el caso de la enfermedad (16.3), la fuerza del propio vivir se deso- rganiza y puede llevar a la muerte.
La fuerza que tienen los seres vivos sólo es violenta cuando se sustrae a la ley de la vida, y ocasiona una destrucción desordenada, es decir, sin
sentido, que no sirve para nada. Dar a luz es doloroso, pero es un acto de violencia natural, pues la medida de él es el ser que nace. La visa es sie- mpre fuerte, recia, se afirma, e incluso es agresiva, pues el impulso de la agresividad (1.7.2) lleva a apartar los obstáculos que se interponen en el camino de un ser vivo que desea algo. Vivir es luchar por vivir (17.2) y la
victoria es salud (16.3). La ley de la vida lleva al león a matar a la cebra,
para comérsela, y por eso corre tras ella, después de acecharla, hasta q- ue la abate y la vence. Si el león o el lobo enloquecieran, y matasen cient- os de animales, su acción sería ya violenta, pues no estaría al servicio de la vida, sino de la muerte y la destrucción.
El sentido propio del término violencia designa la ausencia de una medi- da interna y externa del acto de fuerza599. La fuerza que tiene esas medi- das y las guarda sólo se puede llamar violencia si se añade el término nat-
ural, e indica el ritmo o recurrencia de determinados eventos, como un
alud de nieve o el oleaje, que sólo son destructivos por accidente o azar, como un meteorito que cayera en una ciudad: la fuerza se convierte en
violencia si destruye sin medida.
No cabe en esto debilidad: la fuerza es buena, significa potencia y plenit- ud600. Pero debe colaborar con la vida e impulsarla. Si la agresividad insi- ste en destruir sin razón, sin ley, es ya violencia: se ha vuelto amenazad- ora. Cuando el hombre percibe un mal que le resulta inevitable, siente mie- do o temor de él (2.4). El miedo es el sentimiento que acompaña a la perc- epción de la inseguridad, es decir, es sentir la amenaza del mal y del pelig-
ro. El miedo se une a la tristeza, que lleva a rechazar el mal presente (16.2). El miedo es tristeza anticipada, temor de un mal que viene: la triste- za, en cambio, es aversión de un mal ya advenido. En cualquier caso, el
mal es privación601, ausencia, en especial de la vida, orden y plenitud: d- e–formación, corrupción, límite, finitud; en suma, debilidad.
La violencia atemoriza al hombre porque encarna la fuerza del mal, que es destructora y quebranta la ley de los seres naturales. Este quebranto de- struye el orden, es decir, el equilibrio y armonía del conjunto de ellos. La
violencia es por tanto ruptura del orden, entendiendo, no como sometimie-
nto a una regla y autoridad extrínsecas que constriñen, sino como la rela- ción que guardan las partes respecto de la unidad del todo602, formando así una unidad de belleza y perfección603. La ruptura violenta del orden cósmico, aparta a los seres de su plenitud: impide que culminen e introdu- ce un desequilibrio, disarmonía o fealdad en el sistema total de sus relaci- ones604, como es el caso de un huracán.