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LA VIOLENCIA EN EL MUNDO HUMANO

In document Fundamentos de Antropología - YEPES (página 194-196)

FUNDAMENTOS DE ANTROPOLOGÍA R Yepes Stork

11. VIOLENCIA, LEY Y DERECHO.

11.3 LA VIOLENCIA EN EL MUNDO HUMANO

La violencia en el cosmos es más bien excepcional y extraordinaria, sup- one una rotura de los ritmos naturales y vitales: son las catástrofes, supe- riores con mucho a cualquier medida. En cambio, es más frecuente en el mundo humano, y esto resulta particularmente doloroso de contemplar: el hombre es capaz de desmesura y de violencia hasta un grado difícilmente sospechable. ¿Por qué? La respuesta tiene sabor fuerte, pero auténtico:

porque es dueño de su propia ley y puede atropellarla, ¿cómo? Prescindi-

endo de aquello que en él es regla y medida de sí mismo y de lo demás: la razón, que es la instancia humana que tiene hegemonía y capacidad de a- rmonizar y dirigir las demás (2.7). La ley del hombre es la medida de la r-

azón sobre sí mismo y sobre los demás. Cuando prescinde de ella, se

torna violento e irracional, pierde lo que en él es hegemónico y directivo, y se hace malo a sí mismo (3.5.2). La violencia es la pérdida de la razón: no tiene explicación, es la fuerza bruta. Ante ella sólo cabe defenderse o llo- rar. Muchas veces hay que hacer ambas cosas.

La ley, en el hombre, brota en el acto de la inteligencia que mide a los d- emás seres y así mismo y regula y dirige la conducta: la razón es tan radi- cal como la biología (1.2), y es la instancia que gobierna las acciones. La

violencia en el mundo humano es el imperio de la irracionalidad, deponer

a la razón de su lugar y embrutecerse. «La civilización occidental ha ido f- orjando en el mismo centro de sus sustancia histórica el fenómeno, elusi- vo a toda explicación racional, del crecimiento a velocidad gigante de la violencia en todos los países, en todas las latitudes, bajo todas las formas. La violencia se nos presenta hoy como un problema cardinal»605. Es éste un juicio severo, pero más bien realista.

La abundancia de la violencia en nuestra sociedad puede verse en la per- sistencia de las guerras, en todas las formas de terrorismo mundial, en las guerrillas, insurrecciones y combates del mundo entero; en el aumento de la inseguridad ciudadana y de la desprotección de los débiles, los pobre, los niños y los que no han tenido la oportunidad de salir de la ignorancia, frente a narcotraficantes, asesinos, mafiosos y explotadores de todo género; en la persistencia de las distintas formas de miseria y supresión de libertades (6.6); en el atropello del competidor en las relaciones econó- micas (13.6); en el predominio de intereses tiránicos; en toda forma de a- utoridad despótica (9.5); en la imposición de la fuerza como criterio de rel- aciones interpersonales (6.9); en el aumento de situaciones injustas; en las manipulaciones que sufre la opinión pública (14.4); y también de la d- esprotección de los enfermos y de los niños aún no nacidos frente a una legislación impuesta (10.12)

A esto podemos añadir el estatalismo excesivo (14.5), que sofoca la inici- ativa individual y extorsiona la economía de los particulares; las leyes inju- stas y los procedimientos inicuos; la corrupción administrativa y política; la mentira y el cinismo de algunos de los que gobiernan y conforman la soci- edad (políticos, informadores, profesores, etc.); la discriminación ideológi- ca, religiosa y racial; el nacionalismo exacerbado; el abuso de poder, tod- as las formas de violencia sexual y sobre todo, el incontable número de muertos que todos los abusos anteriores amontonan a cada día en las ca- lles del mundo. No es necesario aumentar la enumeración de las formas, magnitudes y frecuencias de los actos violentos606. Más bien procede p- reguntarse por los motivos de su abundancia.

El motivo fundamental es un mal encauzamiento de la agresividad. Siendo ésta un instinto natural (1.7.2), la violencia humana consiste en alimentarla sin ponerla en manos de la razón, que es quien le da ley, la modera, la en- cauza, le convierte en fuerza armonizada con el resto de las dimensiones psíquicas, y la dirige a sus fines inteligentes. La agresividad humana es

un instinto que, sin no se hace razonable, se vuelve violento: aquí se m-

uestra de nuevo que la razón es tan radical como la biología, pues ésta no es capaz, en el caso del hombre, de moderar por sí misma la agresividad. Quien busca hacer daño, por otra parte, hace mal uso de la razón, pues la pone al servicio del odio (7.6).

El carácter dialógico o dialogante de las personas (7.1) podemos contem- plarlo ahora a un nivel casi biológico: toda violencia sería, en el fondo una

carencia de ternura con el otro. Pero quien no da ternura quizá es porque

no la ha recibido de nadie, ni la tiene. La psicología nos dice607 que ésta es lo que el niño busca en la madre y el impulso primario de la madre hacia el niño. La ternura establece el diálogo afectivo que completa la urdimbre humana, familiar social que rodea al ser humano en período naciente y creciente, y termina de completarlo. El diálogo entre el niño y su entorno es el ámbito en el cual la ternura une y la agresividad separa, conformando así el ámbito de la socialización primaria: «si la esencia del diálogo reside en la esperanza de que algo suceda, sólo los seres vivos pueden tomar la iniciativa de un diálogo, y hacerlo, esperar la iniciativa de aquel con el que se dialoga. Cuando no hay una respuesta, el niño recurre a la violencia… La agresividad es, pues, en el fondo, una solicitud de diálogo; la violencia,

un diálogo frustrado»608.

Desde aquí parece claro que «hay que interpretar toda conducta agresiva

como un diálogo mal llevado. Toda agresividad remite, en realidad, a otra

agresividad larvada que la suscita… Toda agresividad, toda violencia, por extraño que parezca, trata de dialogar, de manera razonable, irrazonable o, que es la más frecuente, desesperada. ¿Por qué? Porque en ello está la clave de la estructura psíquica más secreta. Porque la respuesta de la ternura que el hombre necesita es la que le constituye en los niveles com- plejos de su persona, de donde brota la autonomía, la iniciativa, la creativi- dad, la plasticidad del espíritu»609. En pocas palabras: sin ternura nos

hacemos agresivos e inhumanos; la persona violenta manifiesta un déficit

de cariño que ésta tratando de remediar, quizá sin saberlo.

El problema radica en que en la estructura social contemporánea provoca en el mecanismo vital dialógico (7.1) carencias graves. De ahí que la viole- ncia sea a ella casi consustancial y aparezca de tantos modos, primero en las relaciones interpersonales, después en las relaciones de las personas con las instituciones y los grupos y viceversa y por último en las relacion- es de los pueblos y naciones entre sí610. Dichas carencias, según lo dich- o, son básicamente dos: la falta de ternura y la falta de ley. La primera es la ausencia de amor. La segunda la ausencia de justicia. El amor y justicia son, como se dijo, las dos relaciones interpersonales propiamente human-

as. Por eso, no es necesario insistir en que la violencia anula toda relaci-

ón interpersonal e impide cualquier manifestación del otro: es impersonal.

La falta de interlocutor significa embrutecimiento. De hecho, el mundo contemporáneo encierra dentro de sí muchas formas de barbarie y de a- pelación a la fuerza como medida de las relaciones humanas e institucion- ales. La misma existencia de la tecnocracia (4.8) y el desprestigio de la ley (11.1) se deben a ello.

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