5 LA CIENCIA, LOS VALORES Y LA VERDAD
6.2 LA LIBERTAD INTERIOR O CONSTITUTIVA
La libertad es una de la notas definitorias de la persona (3.2.5). Permite al hombre alcanzar su máxima grandeza, pero también su mayor degradaci- ón. Es quizá su don más valioso, porque empapa y define todo su actuar.
El hombre es libre desde lo más profundo de su ser. Por eso los hombr- es modernos han identificado el ejercicio de la libertad con la realizaci- ón de la persona278: se trata de un derecho y de un ideal al que no pode- mos ni queremos renunciar. No se concibe que se pueda ser verdadera- mente humano sin ser libre de verdad.
La libertad tiene cuatro grandes planos, que se superponen e implican
mutuamente. Considerarlos atenta y correctamente permite admirar este don peculiar del hombre y evitar reduccionismos y confusiones en su c- onsideración279. A esto se dedicarán los epígrafes de este capítulo: prime- ro hablaremos de la libertad constitutiva, después de la libertad de elec-
ción (6.3), en tercer lugar de la realización de la libertad, o de su desarr-
ollo (6.4, 6.5), y en cuarto lugar de la libertad social (6.6), en su exceso y defecto (6.7, 6.8) y en su punto medio (6.9).
El primer nivel de consideración es la libertad constitutiva, también llama- da fundamental o trascendental. Es el nivel más radical y profundo: la
persona humana es un ser libre. Esta libertad llega hasta el nivel más pro-
fundo del hombre; no es una mera propiedad de sus actos, sino de su
mismo ser. Para captarla bien, y a fondo, se pueden hacer estas tres
consideraciones:
1) La libertad constitutiva consiste en ser una intimidad libre (3.2.1), un
espacio interior que nadie puede poseer si uno no quiere, y en el cual yo
estoy, de algún modo, a disposición de mí mismo. Soy independiente, aut- ónomo, puedo entrar dentro de mí, y ahí nadie puede apresarme, ni quitar- me la libertad. Se trata de un espacio interior inviolable, que puede definir- se entonces como un poseerse en el origen, ser dueño de uno mismo y, en consecuencia, de las propias manifestaciones y acciones. Es caracte-
rístico del espíritu este poseerse a sí mismo.
Ningún cautiverio, prisión o castigo es capaz de suprimir este nivel tan p- rofundo de libertad: se puede mantener una creencia, un deseo o un amor en el interior del alma, aunque externamente se decrete se abolición abs- oluta. Todas las formas de perseguir la religión o la libertad de pensamie- nto se saldan con un fracaso porque jamás llegan al interior de la concie- ncia, que es siempre libre e inviolable. Ningún poder humano tiene capaci- dad ni legitimidad para quebrantar esta libertad. La tortura es la violencia dirigida a lograr ese quebranto. Los cañonazos pueden reducir una ciudad a polvo, pero nunca matar el derecho y la aspiración a la libertad. Los m- ártires prefieren la muerte antes que dejar de ser libres. Los cautivos por sus ideales se reafirman en ellos.
Esta libertad interior o constitutiva, de la que mana la dignidad de la perso- na (3.1), es la base de los derechos humanos y el ordenamiento jurídico (9.3, 11.6). Su importancia en este aspecto es enorme, porque de ello brotan:
a) Los derechos a la libertad de opción y expresión: cada hombre tiene derecho o buscar la verdad, a aceptarla y a proclamarla, según su leal s- aber y entender. Parte de esta libertad es el derecho a la libre discusión en esa búsqueda, tanto teórica como práctica: cada uno es libre de pens- ar como crea mejor.
b) El derecho a la libertad religiosa, que es un libertad enraizada en lo m- ás íntimo y profundo del hombre, porque es el derecho a relacionarse con
el. Ser Absoluto (17.8). Nadie puede interponerse en esa relación. Esta libertad interior incluye no sólo creer, sino también practicar una fe. c) El derecho a vivir según dicten las propias creencias y convicciones, es decir, a respetar y seguir las normas morales y éticas que señale la p- ropia conciencia, la tradición común a la que uno libremente pertenece (9.8) y el proyecto vital que uno elija (6.5).
Además de todo esto, hay que tener también en cuenta que la libertad
interior no es una trinchera, detrás de la cual uno se aísla dando la espal-
da a los demás, o rechazándolos. Es bueno descubrir y experimentar esta dimensión de la libertad (tan propia de la adolescencia, en la cual el mundo interior es vivido por primera vez como algo libre e inédito), pero ensegui- da hay que pasar al segundo nivel, la apertura, la manifestación, el ejerci- cio de la libertad y su desarrollo. El que se quede aquí es el introvertido, el que sólo vive la libertad hacia sí mismo, el que ama ante todo su indepen- dencia, su inviolabilidad, el que no comparte su «privacy» y, en consecu- encia, está solo y sin amigos (7.8), pues la soledad es, ante todo, aisla-
miento de la persona280.
2) La libertad constitutiva es apertura a todo lo real, no estar atado a unos pocos objetos, sino tener una amplitud irrestricta de posibilidades, infin- itud respecto de los objetos que se pueden conocer y de las acciones que se pueden realizar para alcanzarlos281. Esto ya se dijo al hablar de la pla- sticidad de las tendencias humanas (1.7.3) y las características del pens- amiento (2.3): uno puede «pasearse» por el mundo entero, porque está a- bierto a todo.
Cuando al hombre se le quiere quitar la libertad, se le mete en la cárcel. Encarcelar consiste en encerrar entre cuatro paredes, es decir, en supri- mir la capacidad de moverse, de salir fuera. Esto es eliminar la apertura natural y libre: no poder moverse: «El espacio es libertad, ya que sólo p- uede darse libertad mediante un salir o estar fuera de sí pero este fuera sólo existe en un espacio». Liberar de la prisión es «dejar en libertad», es decir, tener «espacio libre»282. El hombre no soporta el encerramiento por- que, además de cuerpo y vida, tiene espíritu, que significa apertura y lib-
ertad (3.5). Sólo puede encarcelarse a un ser libre. Después de la muerte,
el castigo más universalmente aplicado al hombre, es quitarle la libertad
metiéndolo en prisión, que es una forma de torturar. Esto no se puede
hacer sin causa y procedimientos justos.
Pero el espíritu, además de apertura, es actividad. La libertad debe realiz- arse: debo diseñar libremente mi conducta. Por tanto la libertad constitutiva es también inquietud de libertad, inclinación a autorrealizarse, a alcanzar el fin de la naturaleza humana del modo en que uno decida hacerlo (3.6.3). Aquí se puede definir la libertad como ser causa de sí mismo en el orden
de las operaciones283: se mueve uno a sí mismo hacia donde uno quiere, para alcanzar la propia plenitud. Se trata de afirmar «¡sé tu mismo!» resp- ecto a uno. La libertad fundamental hace posible la tercera dimensión de
la libertad, que es precisamente esta realización y despliegue (6.4), el
forjar un proyecto de vida que encarne aquellos valores que uno busca o ha encontrado. Se puede expresar así: «¡Realízate! ¡Sé el que puedes lle-
gar a ser!». Esta es una tarea que tiene carácter moral–práctico (3.6.4).
3) Es muy importante advertir que el hombre no es sólo libertad, pues en
tal caso no sería nada. La libertad constitutiva convive con todo lo que
uno ya es, es decir, con todo lo pre–consciente o inconsciente (2.8). Lo
preconsciente e inconsciente es, en primer lugar, mi propio cuerpo. Ade-
más está el conjunto de elementos biológicos, genéticos, cognitivos, afec- tivos, educacionales y culturales que el hombre lleva consigo cuando comienza su vida consciente y mientras desarrolla ésta. A este conjunto lo llamamos (2.8) síntesis pasiva.
«La síntesis pasiva es cronológicamente anterior a la libertad, pero cuan- do ésta se constituye, la asume. Yo no soy libre de tener una determinada constitución biopsicológica, pero sí soy libre de asumirla o no en mi proye- cto biográfico»284. Mi dotación afectivo–valorativa, la urdimbre afectiva en la que me he criado, la configuración biológica, física y material de mi situ- ación, etc. son las condiciones prácticas iniciales de mi libertad. Imagina- rse una libertad pura, carente de esas condiciones y de síntesis pasiva,
sin limitación, es una utopía: una libertad así sencillamente no existe,
pues todos estamos determinados inicialmente en nuestras decisiones por la situación en la que vivimos y por el tiempo en el que hemos nacido. Dic- ho de otro modo: nuestra libertad es una libertad situada, parte de una s-
ituación determinada285.
Imaginarse que la libertad consiste en la ausencia total de barreras, de l- ímites que me constriñan, en la carencia de toda determinación, es una f- antasía, porque una libertad indeterminada, genética, que no es nada y p- uede serlo todo, es una abstracción inexistente: el hombre tiene cuerpo, historia, nacimiento y síntesis pasiva. Confundir esa abstracción con la l- ibertad es un error que Hegel supo criticar con agudeza286. Si al principio se pone una libertad que carezca de cualquier límite o determinación, lo q- ue resulta es la arbitrariedad y el capricho; si creo no estar atado a nada, cualquier cosa es lícita y posible: «nada es verdad; todo está permitido» (Dostoievski). Pero lo primero que es verdad es todo lo que ya soy desde que nací. Debo aceptar mis limitaciones, porque son el requisito de mis gr- andezas. Libertad no significa independencia total, no depender de nadie
ni de nada: sencillamente, eso no se da287.
La persona humana nunca parte de cero, porque el cero es una abstrac- ción: vivimos en una situación determinada y concreta; somos libres des-
de ella., no podemos dejar de tenerla en cuenta. La síntesis pasiva hay que asumirla, no como una rémora, sino como una riqueza que me pone
en condiciones de formular libremente un determinado proyecto vital. Lo
que ya soy no es un inconveniente, sino, precisamente, aquello que posibilita en la práctica el ejercicio de mi libertad. Esto tiene que ver con
el uso de la voluntad que llamábamos aprobar o refutar: yo apruebo lo que
ya soy, parto de todo eso para empezar a ser yo mismo. La Revolución F-
rancesa postuló más bien una idea de libertad que consistía en abolir el
sistema en que vivían, con todos sus valores, y sustituirlo por otro, ideado
mediante la razón abstracta: era partir de cero, y deshacerse de todo el peso muerto de la «síntesis pasiva» que les tocó vivir. La consiguiente arbitrariedad práctica de los revolucionarios fue lo que Hegel criticó288. 6.3. LA LIBERTAD DE ELECCIÓN O DE ARBITRIO
Nosotros tenemos conciencia de que podemos elegir o no (podemos ejer- cer la libertad o no) y de que podemos elegir esto o aquello (podemos especificar la libertad de una u otra manera). Estas dos capacidades, de
ejercicio y de especificación, integran la capacidad de autodeterminación
de la voluntad que se conoce como libertad de arbitrio o libertad psicol-
ógica, según la cual efectuamos la elección (5.2). «Choice» es la palabra
inglesa hoy más característica para designar esta preferencia por una entre muchas posibilidades. La libertad de elección se experimenta espo- ntáneamente dentro de nuestra conciencia: todos tenemos experiencia de que algunas de nuestras acciones proceden de una libre elección.
Hay tres maneras de entender la libertad de elección o arbitrio, según se incurra en un defecto en un exceso, o en un cierto punto medio, que par- ece más verdadero. Vamos a exponerlas a continuación:
1) El defecto consiste en decir que la libertad de arbitrio no es real, sino
sólo aparente. En realidad, añade esta opinión ya mencionada (2.6), nue-
por motivaciones que nosotros ignoramos la mayor parte de las veces, pero que son causas eficientes de nuestro comportamiento.
Estas motivaciones determinantes procederían, precisamente, de la sínte- sis pasiva: el código genético, los sistemas de condicionamiento debidos al aprendizaje infantil, las frustraciones psicológicas, el subconsciente, el ambiente familiar, el medio geográfico, la clase social, el sistema económi- co... Todos estos factores reducirían casi a cero, según esa explicación, el margen de la libertad de elección: uno actúa siempre determinado por un motivo que hace que la libertad sea sólo una apariencia de libertad. Cua- ndo uno cree actuar libremente, en realidad está siguiendo un interés (7.2) fáctico predeterminado, incluso sin saberlo. Los intereses sustituyen a la libertad.
Un determinismo de este tipo289 se puede reducir a esto: en la conducta humana todo es síntesis pasiva. Toda elección está predeterminada por ella. Este planteamiento es muy frecuente en las ciencias sociales (psicol- ogía, sociología, etc.), que buscan en los fenómenos humanos sus caus- as anteriores en el tiempo (5.1 2): la conducta humana sería una función
del sistema nervioso o social, y cumpliría unas leyes generales, de las
cuales sería un simple caso. Por ejemplo: los criminales serían enfermos y, por tanto, no culpables, pues delinquen porque su enfermedad les inclina genéticamente a ello, o porque la sociedad les ha hecho así; no son libres para no delinquir.
Los defectos de este planteamiento ya fueron señalados al hablar de la ciencia (5.1.2): las leyes generales, cuando la persona anda por medio, se cumplen de modo distinto al previsto. Además, este planteamiento respon- de bastantes veces a una explicación materialista del hombre, según la cual son los condicionantes biológicos, fisiológicos, genéticos, económic- os, subconscientes, etc., los que causan la conducta humana de un modo mecánico290.
A todo esto hay que decir que la experiencia espontanea nos dice de modo rotundo e innegable que uno puede de hecho decir ante algo «¡no
me da la gana!» o «lo hago porque me da la gana»291. Esta evidencia sólo se puede negar formulando una teoría que dice que el ¡no me da la gana! es una apariencia falsa. Pero en realidad una teoría que afirma que la e- xperiencia que todos tenemos es engañosa resulta ser ella misma mucho más engañosa y menos de fiar, porque quien pone la evidencia espontán- ea bajo sospecha nunca suele aportar como prueba más que simples teo- rías que nadie ha comprobado jamás292.
La «filosofía de la sospecha»293, que ve detrás de todo motivaciones ocu- ltas, es un camino ya desacreditado para entender al hombre. El positivis- mo del siglo XIX lo ejercitó de modo generalizado. Para esta «filosofía de la sospecha» el hombre es un simple instrumento, un muñeco, movido por c- ausas «estructurales» o materiales, por ejemplo la libido y la represión (F- reud), el inconsciente colectivo (Jung), los intereses de clase (Marx), etc. Es evidente que la síntesis pasiva condiciona nuestra libertad de decisión (6.2). Pero una cosa es condicionar y otra suprimir. Los intereses inclin- an a la voluntad en un determinado sentido, pero no anulan la libertad. 2) El exceso en la valoración de la elección consiste en decir que la libe-
rtad significa, ante todo y sobre todo, elección, y que basta elegir para
ser libre, independientemente de que uno elija bien o mal. El mejor y más c- ualificado representante de este modo de pensar es J.S. Mill (1859), para quien «si una persona posee una razonable cantidad de sentido común y experiencia, su propio modo de disponer de su existencia es el mejor, no
porque sea el mejor en sí mismo, sino porque es su modo propio»294. Se trata de una exageración del derecho a vivir según las propias conviccio- nes al más atrás se aludió (6.2):
«La única libertad que merece ese nombre es la de perseguir nuestro pro- pio bien a nuestra propia manera (our own good in our own way) mientras no intentemos privar a los demás del suyo... Cada uno es el mejor guardi- án de su propia salud física, mental o espiritual. La humanidad se beneficia más consintiendo a cada uno vivir a su manera, que obligándole a vivir a la manera de los demás»295.
Esta mentalidad. Muy extendida a los países anglosajones, y en consecu- encia en sus productos televisivos y cinematográficos, viene a sostener que: 1) cada uno es libre de elegir lo que quiera; 2) siempre que los demás no se vean perjudicados. Por tanto, aunque alguien se equivoque, es pre- ferible dejarle en el error antes que imponerle una opinión o una elección que no sea la suya propia (sin excluir, claro esta, la posibilidad de conve- ncerle):
«La espontaneidad individual tiene derecho al libre ejercicio. Los demás pueden ofrecerle, hasta entrometerse, consideraciones que ayuden a su juicio, o exhortaciones que refuercen su voluntad; pero es é1 quien al final decide. Todos los errores que probablemente cometa a pesar de estos c- onsejos o advertencias, están lejos de compensar el mal que supone per- mitir que otros le impongan aquello que ellos consideran un bien para él»296.
Según esta opinión, lo peor es que alguien no ejerza su «choice». Si esto se da, basta para que el hombre se realice. Es decir, poder elegir es el
valor primero y principal. Todo es elegible, en especial los valores y el e-
stilo de vida («life–style») de cada uno.
Este modo de entender la libertad va necesariamente acompañado de la i- dea de que todos los valores son igualmente buenos para aquel que lib-
remente los elige, pues lo que los hace buenos no es que en sí mismos lo
sean o lo dejen de ser, sino que son libremente elegidos. Todo lo que se e- lige libremente es valioso, por ser ocasión de que se ejercite la libertad. No importa tanto si a la larga eso perjudica a la sociedad, e incluso al que lo ha elegido: lo único verdaderamente importante es que cada uno haga lo que quiera, siempre que no perjudique a los demás. Para realizarse,
basta elegir libremente. A su vez, todo aquello que alguien elija librement-
e, es no sólo tolerable, sino admirable, puesto que es expresión de auten- ticidad.
Esta opinión refleja bien el modo más común en que hoy se entiende la lib- ertad, y contiene tres verdades indudables: 1) Sin libertad de elección, no se puede ser libre; 2) No se puede imponer a nadie el bien y la verdad a costa de sacrificar su libertad; 3) La autenticidad es un idea irrenunciable, y consiste en esto: «existe cierta forma de ser humano que constituye mi propia forma. Estoy destinado a vivir mi vida de esta forma, y no a imitaci- ón de la de ningún otro»297 esto es ser fiel a uno mismo.
Según lo visto hasta ahora, en el hecho de poner la libertad de elección c- omo valor primero se advierten algunas deficiencias:
a) Se tiende a dejar en la penumbra los condicionamientos de la elecci-
ón. Para Mill, la libertad equivale prácticamente al uso de la voluntad que l-
lamábamos poder o dominio, que es la elección respecto del futuro. La e- lección respecto al pasado, que llamábamos aprobar o refutar, y que se ejerce respecto de lo que ya soy, es poco tenida en cuenta. Por eso se concibe la libertad como espontaneidad, porque se piensa que el deseo espontáneo nace sólo de sí mismo, y con él se realiza uno a sí mismo. Pero ser de verdad espontáneo es muy difícil: uno se realiza a si mismo d- esde una situación y hacia unos fines, y según unas preferencias previa- s: creer que uno se realiza a sí mismo sólo por elegir lo que «espontánea- mente» prefiera es, primero, engañarse, y después guiarse por los dese-
os e impulsos sensibles, no por la voluntad, como se dirá en seguida. Vivir
con autenticidad significa no renunciar a lo que uno ya es.
b) Los fines de la acción, primer y decisivo desencadenante de ella (5.2),