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LOS FINES DEL HOMBRE: TIPOS DE INSTITUCIONES

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FUNDAMENTOS DE ANTROPOLOGÍA R Yepes Stork

8. LA FELICIDAD Y EL SENTIDO DE LA VIDA 1 LA FELICIDAD: PLANTEMIENTO

9.7 LOS FINES DEL HOMBRE: TIPOS DE INSTITUCIONES

Muchas veces se ha hablado ya de la vigencia del fin en la vida humana (3.6.1) y de cómo el fin general del hombre es la felicidad (8.1), el bien y la verdad (3.6.4). Sin embargo, es hora ya de espicificar cuántas clases de

fines hay en ella. Para ser coherentes con nuestro planteamiento, lo har-

emos señalando también las instituciones que la sociedad humana ha

arbitrado para ayudar al hombre a alcanzarlos, de modo que se vea plá-

sticamente que, como se indicó antes (9.1), la sociedad es un sistema de auxilios a la perfectibilidad humana.

La enumeración que se va a hacer a continuación tiene cierto carácter p- rogramático de buena parte de lo que resta hasta el final del libro: en post- eriores capítulos iremos aludiendo a las instituciones aquí mencionadas, en cuanto eso nos permita resaltar en qué sentido contribuyen a la plen-

itud humana. Se trata, por tanto, de un enfoque metódico que pretende m-

ostrar la contribución de las instituciones al perfeccionamiento del hom-

bre, mostrando a éste en aquellas situaciones y actividades que forman

parte de una vida plenamente humana. Una antropología que no considere

todas ellas no puede ofrecer una visión completa de esa clase de vida.

Por tanto, podemos distinguir hasta cinco tipos de fines humanos y sus instituciones correspondientes:

1) El hombre no se da la existencia a sí mismo: nace como hijo. Por eso debe ser criado. Más tarde, necesita alimentarse él y los suyos, siendo «l- os suyos» aquellas personas que tienen con él una comunidad de origen y de vida mediante la que se perpetúa. La finalidad esencial de la familia (10.9) es fácil y al mismo tiempo difícil de resumir: constituye el hogar (4.6); en él el hombre y la mujer nacen, crecen, se reproducen y mueren, cumpliendo de un modo humano, en comunidad de vida con los seres amados, el fin que les impone su naturaleza biológica y corporal (10.2). La familia es la primera y más básicas institución humana. La crisis por la que hoy atraviesa no debe desviar la atención acerca de su carácter natural:

el hombre es un ser familiar (10.10).

2) La producción, el allegamiento de medios para satisfacer necesidades mediante la técnica y el trabajo, creador de cultura y perfeccionador del medio, permite la técnica y el trabajo, creador de cultura y perfeccionador del medio, permite al hombre subsistir y vivir bien administrado los medios de que se dispone (13.2, 13.3). El conjunto del plexo instrumental, en cua- nto está orientado a la subsistencia humana, forma la vida económica y las instituciones en ella contenidas (13.1). Estas instituciones, en otro tie- mpo predominante agrícolas e industriales, forman hay el mercado (13.8), la organización del sistema de producción, en el cual la empresa es la ins- titución fundamental (13.9).

El sistema económico permite atender a las necesidades humanas. Su

organización es sumamente compleja. El conjunto de instituciones que la autoridad pone en marcha para atender a esa organización forma parte d- el estado (14.5), que hoy no es ya una institución puramente política, como se advierte al pensar en la seguridad social, la empresa pública, los cuer- pos de funcionarios, etc.

3) La autoridad debe instaurar y defender un sistema que atienda al mant- enimiento de la justicia: son las instituciones jurídicas (11.6) y el conjunto del aparato legislativo, formando por quienes generan esas regulaciones (poder legislativo), las aplica, (poder administrativo) y velan por su cump- limiento (poder judicial y de policía).

Pero la autoridad debe instaurar una institución que mando sobre los pod- eres legislativos, administrativo, judicial, policial y económico del estado: es el poder ejecutivo, el gobierno, que implica un conjunto de instituciones destinadas a otorgar, dar uso y controlar (o retirar en su caso) el poder a quienes lo ejercen. El conjunto de estas instituciones hace mucho que ha dejado de depender de una sola o unas cuantas personas.

Toda esta maquinaria administrativa, legislativa, judicial y ejecutiva son las instituciones políticas, que entendidas en sentido amplio son el esta- do, el cual está al servicio de la organización de la sociedad, de la división

del trabajo, y de la promoción de las instituciones comunitarias. Su tamaño es tan grande que se puede hacer difícil ver la indudable relación que tie- ne con la vida buena, que es, según hemos visto, el fin de la vida social. 4) El hombre necesita aprender durante su minoría de edad el uso del ple- xo instrumental en el que va a vivir, lo cual conlleva un proceso largo y complejo (7.1). Las instituciones educativas capacitan al hombre para desempeñar una función en ese plexo, y ganarse así el sustento que necesita para vivir. Sin esta preparación, el hombre sería un miserable. E- sta capacitación consiste en convertir al hombre en un profesional, es decir, dotarle de una profesión (12.4).

Sin embargo, la persona puede sufrir formas de miseria diferentes ala ign- orancia: por ejemplo, la falta de salud (16.3). Se necesitan también institu- ciones que cuiden al hombre débil y miserable (16.8), que le protejan, la amparen, le asistan y le ayuden a salir de esas situaciones. Son las inst-

las sanitarias. Las instituciones educativas (12.11) y asistenciales velan por los seres humanos que no se valen por sí mismos.

5) Pero el sistema educativo y las instituciones asistenciales, como el est- ado y el resto de las instituciones económicas, serán lo que sea la cultura de una sociedad, entendido ahora por cultura el conjunto de saberes y

obras humanas, y las instituciones culturales que los guarda, en cuanto tienen que ver con la acción práctica y los valores (12.2).

La identidad de los valores en un grupo humano es lo que genera la exi- stencia de verdaderas comunidades. Las instituciones culturales pueden

ser comunitarias en su mayor medida porque están edificadas sobre los valores, que son los criterios de sus tareas comunes. Por ejemplo, una s- ociedad gastronómica es una institución delicada, de distintas maneras, a la promoción de los valores gastronómicos, una filatélica, de los valores f- ilatélicos, etc. Las instituciones culturales más importantes son aquellas que difunden en la sociedad unos criterios de conductas referidos, no a la gastronomía o la filatelia, sino al conjunto de la vida humana. Nos referimos a la moral y la religión (17.9).

La moral, como tal, puede ser enseñada por una comunidad con fines c- ulturales o artísticos o por sus miembros, como ocurre en una universidad, una sociedad de escritores o un grupo de teatro. Sin embargo, siempre ha solido ser enseñada dentro de la religión, que es la respuesta última del

hombre acerca del sentido de su vida (17.1). La pretensión de que sea el

estado el encargado de custodiar los valores morales nace como consec- uencia de la convicción de que la religión es innecesaria en la sociedad (17.7). Que el estado tenga ese encargo es inviable, por que los valores

morales sólo se pueden enseñar cuando se realiza una tarea común,

pues son los criterios de ella. Los dos tipos de instituciones más adecua- das para enseñar la moral son la familia y las instituciones religiosas, porque son los únicos cuya tarea común abarca la vida entera. La religión habla de la vida humana como tarea que nos es común a todos, y nos da criterios para orientarla hacia su destino. En la familiar se nos enseña a

vivir, en el sentido más profundo que se pueda dar a esta palabra.

Por tanto, las instituciones culturales y religiosas guardan, proporcionan, realizan e incrementan los valores y los fines, sin los cuales la vida hum- ana es sólo una pura necesidad biológica ciega.Es en ellas donde el hom-

bre se cultiva a sí mismo y a su interioridad, y donde se hace verdader-

amente culto (12.1).

Resta añadir la distinción entre instituciones públicas y privadas. Las pri- meras se reúnen en el estado, que se ocupa, como ya se ha dicho, de

una parte de las instituciones económicas, educativas y asistenciales, y

de las políticas. Las privadas son la familia, la empresa y las instituciones educativas, asistenciales y religiosas. Hoy en día, la tendencia general es tratar de reducir el poder y tamaño del estado, y potenciar las instituciones privadas, como se dirá más adelante al hablar de la sociedad civil (14.5). En resumen, las instituciones se dividen en cinco tipos496: familiares, e-

conómico–profesionales, jurídico–políticas, educativo–aistenciales y c- ultural–religiosas. Conviene tener en cuanta y no alvidar algo importante:

la exposición posterior acerca de ellas no se hará señalando su perfil organizativo (cosa más propia de las ciencias sociales), sino más bien m-

ostrándolas como «escenario» de las actitudes y acciones que la perso- na necesita realizar en ellas para alcanzar su plenitud. Por eso los capít-

ulos que restan mostrarán una antropología de la sexualidad y la familia (10), una antropología jurídica (11), económica (13) y política (14), una

antropología cultural (12), una antropología del dolor y de la muerte (16,

17.2) y una antropología de la religión (17), desarrollada a partir de una

9.8 LA TRADICIÓN

Las tareas comunes de una institución pueden acumularse durante gene- raciones (9.6): son un depósito de experiencia y cultura, de bienes comu- nes de los que las generaciones siguientes se benefician. La educación (12.11), dentro de esa institución, consiste en acceder a ese depósito, no como una mera información que se memoriza o a la que se tiene acceso para «usarla», sino como aquello que hicieron los que estuvieron antes

aquí y que a mí me «importa»497.

Cuando se vive de este modo, el depósito de bienes comunes marca ya

una tarea primera e inicial: conocerlo y perpetuar los valores contenidos

en él, ponerlos al día., hacer una versión actualizada, de modo que los que vengan detrás puedan seguir beneficiándose de ello, y recibirlos en tales condiciones que les queda incluso incrementarlos. Ese depósito puede l- lamarse tradición, y convoca, fundamentalmente, a asumir la obra dejada

por mis antecesores, aprovechar la oportunidad de tenerla a disposición y obrar de modo creador e inédito, según la inspiración que ella me ino- cula. Cuando se vive así, la tradición tiene una serie de virtualidades que

no suelen considerarse mucho:

1) Me permite conectar con mi propio pasado, que es vivido entonces como un valioso depósito de experiencias, valores y cultura que hay que

aprender (12.1). El pasado no se debe tirar a la basura, pues es algo que

merece la pena conservar, porque forma parte de mi propia sustancia e identidad (3.4, 6.2), me reconozco en él, en especial dentro de una comu- nidad. Por eso el pasado hay que narrarlo: para conocerlo y volverlo a poseer de nuevo, para hacerlo mío. En las instituciones es imprescindible narrar la propia historia, para poseerla y poder conectar con ella la propia identidad y tarea. La historia de las instituciones es importante para quien- es la habitan.

2) Esa conexión puede ser reforzada por los sentimientos, en especial el que los clásicos llamaban pietas, piedad, que consiste en amar y venerar

los propios orígenes498, es decir, los padres, la familia, la estirpe, la com- unidad propia, la patria, la tierra y el cielo, Dios, ante los cuales el hombre siente una tendencia de afirmación y reconocimiento, por proceder de ell- os (10.10, 17.6).

3) La mayor virtualidad de la tradición es que permite ganar tiempo porque

guarda memoria de las soluciones que fueron eficaces para determinad-

os problemas: cuando se aplican esas soluciones de modo preventivo, los problemas incluso pueden ni siquiera llegar a plantearse. Esto es claro en el caso de la jurisprudencia inglesa, en la que siempre se guardaba memo- ria de los casos antecendentes499.

4) La tradición, sobre todo la más inmediata, la referente a mi propio oficio y profesión (12.4), se convierte además en un recurso a partir del cual se me abren posibilidades inéditas en mi actuar: comienzo donde los antece- sores terminaron, continúo su obra, pero de modo creador, adecuado a los tiempos que me ha tocado vivir. «La historia se desarrolla a partir de oportunidades y alternativas descubiertas»500. Estos descubrimientos se realizan cuando a la creatividad humana se le suma el aprovechamiento

del pasado. La tradición, entendida como aquí se dice, pone a mi disposi-

ción una gran cantidad de posibilidades de futuro, basadas en la experie- ncia anterior501, pero abiertas a la novedad que yo puedo añadir: «el futu- ro no es posible sin la tradición»502.

5) Lo mejor que entonces puedo trasmitir a la generación siguiente es ese

depósito tradicional, pero incrementando por mi propia contribución a él.

De este modo, el encargo me lo da mi propio pasado, y cobran valor virtu- des como la fidelidad a mis propios orígenes o esencias, y la admiración por los clásicos: éstos serían entonces aquellos héroes, sabios o artistas

pasados, de mi comunidad o de la comunidad humana en general, que han encarnado valores de modo sobresaliente y paradigmático, y que me sirv- en de modelo e inspiración en la tarea de vivir o de actuar503 (5.4). Al mis- mo tiempo debo pensar en las generaciones siguientes para transmitirles

los valores que yo he recibido: por ejemplo, la riqueza de las especies

naturales (4.8). Así se muestra que el aprecio por la tradición despierta

el sentido histórico de la existencia humana (12.10).

Cuanto se acaba de decir se puede aplicar a una familia y a su mansión o posesiones, a una empresa (por ejemplo: en muchas ocasiones es timbre de prestigio y calidad que una marca diga «casa fundada en 1904»), a u- na institución educativa, a una nación, a una iglesia o institución religiosa (baste pensar en el pueblo judío, en el que se reúnen sobradamente estas notas), etc. La tradición forma «la cultura» de una institución: muestra c- ómo se hace su tarea propia y específica (en ocasiones la reglamenta con detalle, como en el caso de los cocineros), qué fiestas y costumbres, qué lenguajes es el adecuado, etc.

Una sociedad rica en tradiciones es rica en posibilidades y en vida com- ún, y tiene sentido histórico, puesto que no hay nada que una más a los

miembros de una comunidad que sentirse hijos y representantes de una misma tradición: crecen en ella las costumbres propias, y con ellas las leyes, la seguridad y el orgullo por la propia riqueza cultural.

Es claro que la tradición puede recibirse desgajada de la inspiración h-

istórica que la hizo nacer, como una mera experiencia normativa de lo

que se puede y no se puede hacer, y no como la respuesta a un problema real y lacerante que hubo que solucionar en el pasado. Incluso la propia dinámica histórica hace que la tradición tienda a fosilizarse, a encorsetar la actuación libre y creadora de los educados en ella504. En tales casos, las instituciones pierden su carácter de comunidades, pues sólo conserv-

an lo antiguo, pero no crean nada nuevo, y sus valores se convierten en objetos guardados como antigüedades, sin fuerza inspiradora: se ha

evaporado la verdad expresada en ellos (12.3). Entonces hay que renov- ar la tradición, y eso consiste en volver a los orígenes, es decir, a retomar

la inspiración inicial y abandonar lo que ya no sirve. También puede suc-

eder que esa institución esté obsoleta, porque ya no existen los problem- as o situaciones que buscó solucionar: entonces hay que crear otra nue- va. O quizá es que desaparecieron en ella la autoridad política o la comu- nicación y, con ellas, lo común (9.6).

Un proceso de este tipo fue el que en parte produjo en los siglos XVII y XVIII en Europa un rechazo creciente y masivo a las tradiciones recibidas de los siglos anteriores: las instituciones se quedaron anticuadas y apar-

ecieron problemas nuevos; la tradición se hizo opresiva. Forma parte de

la cultura de la Ilustración una mentalidad que proclama el abandono de la tradición a cambio de la apuesta por el progreso futuro505. Las costumbr- es heredadas fueron entonces, y son todavía, vistas como algo anticuado e inservible, y se apostó por la capacidad creadora, por el valor de lo nu- evo, la novedad (entonces era, sobre todo, la ciencia, la técnica y un nue- vo modo de entender la libertad), que todavía está bien presente en nuest- ra cultura como progresismo, una actitud muy extendida en Europa desde hace más de dos siglos, y que apuesta por la superación de lo tradicional, puesto que cree firmemente en el progreso como una ley histórica (5.1.3) según la cual lo que está por venir será un avance respecto de lo antigu-

o506.

Hubo también quienes se opusieron a esta actitud y fundaron lo que se llama tradicionalismo, un aprecio excesivo por la tradición y las viejas ins- tituciones que suprime la necesidad de innovarlas y adecuarlas a los nue- vos tiempos. El tradicionalismo se parece al fundamentalismo (6.8). El

conservadurismo, en cambio, subraya la importancia de la tradición, y

estima que el progreso se da sólo desde ella: es una corriente de pensa- miento que desde el siglo XVIII ocupa un lugar importante en la sociedad europea, aunque tiene matices muy diversificados507.

El momento histórico actual ha confirmado la tendencia a una revalorizaci- ón de las tradiciones y de las comunidades como algo que enriquece la propia identidad, en vez de empobrecerla. El progresismo se ha atempera- do, como se dijo (5.1.3), y el conservadurismo se ha renovado. Ambos tienen ramificaciones políticas, de las que se hablará (14.8).

9.9 EL PLANTEAMIENTO INDIVIDUALISTA DE LA VIDA SOCIAL

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